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Incompetencia estratégica

El camino hacia la corresponsabilidad

Detrás de la clásica escena del varón que “no sabe” cómo encender el lavarropas o encontrar los remedios de los hijos no hay una incapacidad biológica, sino un cómodo aprendizaje cultural. En esta nota hablaremos de por qué la desigualdad doméstica no es un simple problema privado de pareja, sino un engranaje invisible que al mismo tiempo mueve y frena la economía. 

Por Eve Benegas. Retratos: Fernando Franceschelli.

Algo que sorprende de la investigación detrás de este artículo es que absolutamente todas las mujeres que socializaron la información tenían algo para contar. Recibí respuestas como “podés escribir un libro de mis anécdotas con mi ex” o “usá la foto de mi marido y ponela en tu nota”. Es como un guión invisible, pero ensayado: ella está muy atareada; él irrumpe en el caos y pregunta consternado: “¿Por qué no me avisaste? No puedo adivinar si no me decís”; por el contrario, si hubo un pedido explícito, él se excusa: “Yo no sé hacer, no me sale tan bien como a vos”. Resulta curioso que pueden dirigir una empresa, manejar camiones de gran porte, operar máquinas, trabajar bajo riesgo, pero no saben encender una lavadora, hacer un buen guiso o cualquier otra tarea que se espera de un adulto funcional. Y del otro lado, ella suspira y responde frustrada: “Dejá nomás, yo hago, es más rápido que explicarte todo”

No se trata de un defecto de fábrica en los genes masculinos, sino de una conducta —consciente o inconsciente— orientada a evadir las tareas del hogar mediante el ejercicio de una ineficacia simulada. Al final del día, el mensaje oculto se instala profundamente: si lo hago mal (o demuestro que no sé), no me lo volverán a pedir. Esta situación ocurre además en el trabajo, con compañeros o compañeras que se hacen los torpes y cargan con más tareas al que “sabe”. También sucede entre hermanos, pero se da principalmente en las dinámicas de pareja.

Para la especialista en investigación y comunicación con enfoque interdisciplinario de género Verónica Villalba, el fenómeno es el resultado directo de una socialización que moldea los cuerpos y las expectativas desde la niñez. “Asociamos el sexo y la construcción de lo femenino y masculino con los roles que nuestra cultura define: si nacés mujer, naturalmente ya estás preparada para ser mamá, criar, cuidar, cocinar, limpiar o fregar. Los hombres se dedican a producir recursos o realizar tareas relacionadas con la fuerza. Es una falta de capacidad debido a los mandatos culturales; pero las aptitudes se adquieren y se aprenden a lo largo de la vida”, explica. 

Verónica Villalba, especialista en investigación y comunicación con enfoque interdisciplinario de género.

A inicios de 2024, el Centro de Documentación y Estudios (CDE), con financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), realizó una encuesta de percepción sobre el cuidado en Paraguay que arrojó datos interesantes de esas representaciones: el 42,1 % de los encuestados (sin diferencias significativas entre géneros) afirmó estar de acuerdo con la frase “el cuidado es una tarea natural para las mujeres”. Esto demuestra la persistencia de un rol asignado a lo femenino.

Esta supuesta incapacidad “biológica” del varón para ver el piso sucio o recordar la cita del pediatra funcionó históricamente como barrera de protección para mantener privilegios. El doctor en Ciencias Sociales y sociólogo especializado en estudio del cuidado Sebastián Bruno coincide en que la estructura favorece esta evasión: «Seguramente habrá quien es plenamente consciente de determinado privilegio que le otorga la historia social de no tener el deber de hacerse cargo de las labores domésticas, y juega con eso y las evade”. 

Si bien históricamente los hombres se han encargado de generar recursos fuera del hogar y las mujeres fueron asignadas a las actividades reproductivas, hoy se cuestiona críticamente esa división sexual del trabajo. “Debemos entender que existen otros modos de organizarnos y que esta distribución desigual acarrea severas consecuencias en cuanto a la posibilidad de desarrollo”, advierte Bruno.  

El problema es que el mundo cambió, pero las expectativas se quedaron congeladas en el tiempo. “Hoy la realidad de la vida cotidiana no se da de esa forma, porque las mujeres, además de las responsabilidades domésticas, también son proveedoras”, apunta la especialista Verónica Villalba.

¿Quién cuida de la casa?

Pero en una relación en la que ambos trabajan, las exigencias y deberes en la casa son iguales, ¿o no? Según la encuesta sobre este tema realizada en 2016 por el Instituto Nacional de Estadística (INE), los hombres destinan, en promedio, apenas el 8,9 % de su tiempo a tareas domésticas, frente al 38 % de las mujeres. En cuanto a trabajos de cuidado, la diferencia también es abismal: ellos emplean 7,4 %; ellas, el 16,7 %.

Este notable contraste se complementa con datos más recientes. Entre 2024 y 2025, se realizó una investigación enfocada en quienes requieren atención permanente (personas dependientes). Los hallazgos arrojaron que el 84,7 % de los cuidadores principales en los hogares son mujeres, frente a apenas un 15,3 % de hombres. Estos son datos del estudio El cuidado en Paraguay: Estimación de la demanda y estrategias de cuidados de los hogares, liderado por Sebastián Bruno. 

Sebastián Bruno, doctor en Ciencias Sociales y sociólogo especializado en estudio del cuidado.

Si el cuidado sostiene la vida y la economía, ¿por qué, históricamente, fue tratado como algo natural y no como trabajo? Para la economista e investigadora Marcela Achinelli, el error de origen radica en una estructura ciega a su propio sustento: “El sistema económico en el que nos desenvolvemos observa lo remunerado como eje central de la producción. El cuidado es la esfera de la reproducción de la vida y, en ese sentido, está fuera de la contabilidad clásica. La producción tiene un valor económico; la reproducción, no”, expone. Esta desconexión genera una paradoja social profunda sobre cómo valoramos el tiempo y el esfuerzo en nuestra sociedad.

Achinelli lo gráfica tajantemente al analizar el mercado laboral: “Hay un problema cultural muy fuerte en cuánto pagamos por lo que más valoramos. Un CEO de una multinacional o una banca comercial gana sumas siderales por cuidar algo intangible como una marca o el dinero en una cuenta. Sin embargo, a quien se encarga de lo que más amamos —nuestros hijos o padres— queremos darle menos de un salario mínimo; ejercemos la explotación sobre otra persona, nuevamente mujer. Y así, con el ciclo vicioso de la esclavitud moderna, perpetuamos la pobreza”, dice la economista.

«El sistema económico en el que nos desenvolvemos observa lo remunerado como eje central de la producción. El cuidado es la esfera de la reproducción de la vida y, en ese sentido, está fuera de la contabilidad clásica. La producción tiene un valor económico; la reproducción, no»

Marcela Achinelli

El trabajo doméstico sostiene el capital 

A estas alturas no hay dudas de que el cuidado no es un acto de amor invisible, sino el motor que subsidia a la economía. Y no es una postura meramente ideológica o una forma de ver el mundo: evidencia estadística contundente lo respalda.

Si traducimos esos suspiros de frustración y horas de planchado a números fríos, queda demostrado que el mercado formal paraguayo no funcionaría ni un solo día sin el trabajo no remunerado de los hogares. Marcela Achinelli rescata una herramienta clave del análisis macroeconómico, la llamada “cuenta satélite”, un instrumento diseñado para medir aquello que no se contabiliza tradicionalmente. A partir de los datos históricos de la Encuesta de Uso del Tiempo (EUT), se estima que la labor doméstica representa aproximadamente el 22 % del PIB del Paraguay. 

Un estudio posterior coordinado en Paraguay por Verónica Serafini y un equipo del INE, el Banco Central y fondos de Naciones Unidas, llegó a la misma conclusión: el trabajo de cuidado y del hogar no remunerado equivale al 22,4 % del PIB de Paraguay. Para dimensionar el impacto, ese valor invisible supera holgadamente a sectores enteros de la economía como la agricultura o la manufactura. El dato más impactante del informe es que el 76 % es producido exclusivamente por mujeres.

Marcela Achinelli, economista e investigadora.

Esta masiva transferencia de tiempo se traduce de forma directa en el mercado de empleo formal. Al estar liberados de la gestión cotidiana, los hombres pueden apostar de lleno a su desarrollo profesional. En las edades centrales más productivas (entre los 30 y 49 años), los números locales muestran un abismo de oportunidades: la ocupación masculina roza un masivo 94 % en Paraguay, mientras que la femenina se estanca en torno al 70 %. Son 23 puntos porcentuales de diferencia que explican por qué, para muchas, la autonomía económica sigue siendo un privilegio lejano.

Bruno lo resume desde un impacto estructural: “Esa gran masa de generación de valor hace al sostenimiento social y, por ende, económico. Ese trabajo, producido en un 76 % por mujeres, posibilita que otros integrantes de los hogares, principalmente hombres, puedan salir a trabajar fuera del hogar y conseguir otros recursos. Esta falta de autonomía de ingresos es una falta de autonomía en general», dice.

Para transformar de raíz estas dinámicas, el primer desafío es cultural y comunicacional: debemos desmontar la celebración condescendiente hacia el hombre que realiza tareas básicas de cuidado —como pasear a su hijo o cocinar una noche—, mientras a las mujeres se les exige lo mismo como una obligación natural. No se trata de otorgar un aplauso, sino de instalar un estándar básico de convivencia y responsabilidad compartida. “Hay que abordar este proceso como un verdadero trabajo en equipo. Cada quien debe contribuir con la parte que le corresponde, y sumarle una dosis de humor ayuda a que la negociación de la cotidianidad se vuelva menos densa ante las presiones del contexto actual. Al final, la reflexión sobre la igualdad nos debe llevar a entenderla como algo que nos hace más humanos, no como competencia para ver quién hace más o quién es mejor”, dice Villalba.

“Desarmar culturalmente el mito del cuidado como un atributo exclusivamente femenino nos permitirá construir hogares más justos, enriquecer las crianzas con diversas miradas y descomprimir una carga que hoy resulta insostenible para las mujeres»

Sebastián Bruno

Para Sebastián Bruno, hay una luz de esperanza: en la misma encuesta de percepción sobre este tema en Paraguay, casi el 85 % de los consultados coincidió en que “los hombres pueden aprender a cuidar igual que las mujeres”. Según él, esto demuestra que la sociedad reconoce que no hay un destino inexorable determinado por el sexo, sino una destreza que se adquiere mediante el aprendizaje social. “Desarmar culturalmente el mito del cuidado como un atributo exclusivamente femenino nos permitirá construir hogares más justos, enriquecer las crianzas con diversas miradas y descomprimir una carga que hoy resulta insostenible para las mujeres”, asevera.

En ese esquema, el paso crucial para que un varón deje de ser “ayudante” y pase a ser un gestor corresponsable es asumir también la carga mental, es decir, la capacidad de planificar, recordar y organizar, y no solo de ejecutar la fuerza física. “Es perfectamente posible si entendemos al hogar como un equipo con diferentes responsabilidades según lo que cada quien puede aportar; bajo esta lógica, los adultos en su conjunto deben hacerse cargo de la organización y la previsión, y de desterrar la idea de que esa es una tarea exclusiva de la mujer”, sostiene Villalba. 

El desafío de este siglo no puede ser que las mujeres sigan conquistando el espacio público mientras arrastran solas el peso del espacio privado. Para Bruno, la meta es “que el Estado, el sector privado y los hombres asumamos la parte que nos corresponde”.

Al final, la reflexión sobre la igualdad nos debe llevar a entenderla como algo que nos hace más humanos, no como competencia para ver quién hace más o quién es mejor” 

Verónica Villalba

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