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Areguá

Ciudad mística del oro pytã

La vibrante capital del departamento Central se despierta este fin de semana con la llegada de la primera cosecha de frutilla. Una explosión de colores en obras de arte, vegetación, casonas coloniales y postres de la feria hacen de Areguá un destino ideal en el receso escolar.

Por Eve Benegas. Dirección de producción: Camila Riveros. Producción: Anabel Artaza. Fotografía: Fernando Franceschelli.

El mapa dice que el límite entre Luque y Areguá se dibuja de manera formal al cruzar el arroyo Yukyry. Sin embargo, para los sentidos, el verdadero umbral se esconde en esa curva pronunciada donde la avenida Las Residentas se dobla sobre sí misma y descubre la entrada a la ciudad mística. De repente, el cemento apurado se disuelve y el horizonte toma color; en sus veredas captura la atención la artesanía en cerámica, los atrapasueños que bailan con el viento y los espejos de bordes coloridos que decoran el paisaje urbano.

A solo 28 kilómetros de Asunción, Areguá es un territorio habitado por almas creativas, un santuario que cobija e inspira a artistas, alfareros y productores. Refugio de casonas coloniales con jardines que exhiben plantas que trepan por las paredes y portones. Allí se respira aire puro con olor a hierba fresca, mato y tierra húmeda.

Tras una semana de jornadas grises, ese día el sol salió a reinar en todo su esplendor. Los cálidos rayos le daban un destello especial a la Expo Frutilla, a los puestitos de la ruta y revelaban el regreso de la estrella más esperada de la temporada.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

El mes de julio marca el inicio de las vacaciones de invierno y consigo, el despertar de una ciudad que hace florecer el arte en sus manos y la naturaleza en sus campos en donde nacen las primeras frutillas, el oro pytã de todo el pueblo aregüeño.

La paciencia del agricultor

En la finca Alfonso de Boccard, en Estanzuela, las plantaciones se extienden en hileras perfectas y prolijas, cubiertas por mantas de plástico negro y blanco que brillan bajo el sol. En este paisaje, el viento invernal silba con suavidad, los teroteros custodian los surcos con su canto ruidoso y alegre, y los altavoces de los agricultores alegran la mañana con un vallenato enérgico que marca el ritmo del trabajo.

La tierra de los Alfonso de Boccard es alquilada por un gremio de 30 labriegos, entre ellos, Clementino Domínguez, actual presidente de la Asociación de Productores de Frutilla. En nuestra conversación, una de sus primeras inquietudes apunta a una fragilidad histórica: “Nuestra mayor preocupación es que la tierra que trabajamos no es nuestra, es alquilada. Muchos propietarios ya están vendiendo sus terrenos, nos vamos quedando sin espacio para cultivar frutillas”.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

En nuestro país, el acceso a la tierra es una de las deudas sociales más profundas. El avance de los loteamientos inmobiliarios devora el suelo agrícola y los productores de frutilla sostienen su herencia sobre una tierra arrendada. El milagro de la fresa, entonces, no solo lucha contra el hongo y el granizo, sino también contra la incertidumbre de quedarse sin un lugar donde echar raíces.

Pero Clementino no es pesimista; al contrario, está colmado de esperanza y ganas de ir para delante: “Muchas veces hablamos del tema con las autoridades municipales y la Gobernación. Les planteamos nuestra preocupación y, aunque nos dan esperanzas, hasta ahora no hemos tenido una solución concreta. No queremos nada regalado, desde luego; vamos a pagar el valor correspondiente, pero necesitamos ese empuje”.

Domínguez camina despacio y habla con una serenidad que inspira paz. Sus ojos tienen el brillo templado de un soñador que sabe esperar. “Este año la frutilla se atrasó un poco por el tiempo. Nosotros dependemos del clima, no podemos avanzar sin él. Así que ore paciénciata mante”, dice.

Clementino Domínguez, presidente de la Asociación de Productores de Frutilla. Fotografía: Fernando Franceschelli.

El agricultor se mueve con destreza entre las plantaciones; con sus manos de labriego orgulloso aparta las hojas porosas, anchas y verdes de las matas para revelar el tesoro de la temporada: pequeños puntitos rojos. Ver brotar estas primeras frutas es la culminación de un viaje familiar que comenzó en diciembre bajo la media sombra: “Trajimos las semillas de Caacupé, luego hicimos las reproducciones mientras preparamos la tierra”, detalla. Los pequeños brotes fueron cuidados día tras día hasta convertirse en estolones, hilos de vida vegetal que se mudaron a macetas antes de tocar la tierra definitiva en mayo.

Es una labor colectiva y cada miembro del hogar aporta su energía; su esposa emprende con la venta de minutas para sostener la economía durante la espera de la cosecha y sus hijos adolescentes se suman al cuidado de los 15.000 plantines.

Clementino contempla el horizonte y muestra con una sonrisa una frutilla enorme, perfecta y jugosa. La cosecha apenas comienza y las plantas alcanzarán su plenitud en agosto, pero en el aire ya se respira el logro alcanzado. “Ver estas primeras frutas para nosotros es lo máximo”, dice visiblemente emocionado: “Cuando cosechamos en familia, sentimos un gran alivio. Hay esperanza, valió la pena todo el sacrificio”.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Los agricultores se enfrentan a la lluvia, el frío, el calor y las plagas, pero nunca dejan de estar ahí. “Da gusto escuchar cuando mis hijos me dicen: ‘Mirá, papá, las frutillas ya están saliendo, vamos a poder vender’. Me llena de satisfacción. Es algo muy lindo”, comparte.

Con ese mismo entusiasmo, Domínguez ya proyecta el futuro de la asociación: industrializar el remanente para procesar los postres, helados y chupa-chups artesanales, para así lograr que el sabor dulce de Areguá no se extinga cuando termine la temporada en setiembre.

Su pasión por la tierra es total: “Amo lo que hago. No hay nada que no me guste en la chacra. Cuando a uno le gusta esto, la paciencia sobra”, reconoce con orgullo.

La esperanza de un pueblo

Cerca de la playa municipal, la serenidad de la chacra se ve interrumpida con la energía de una reunión a cielo abierto. Raquel Gómez Caballero, más conocida como tía Raquel, lidera el Comité Areguá-Centro, que nuclea a 22 familias, oriundas de distintas zonas de esta ciudad.

Raquel Gómez Caballero, productora de frutilla. Fotografía: Fernando Franceschelli.

Este gremio tuvo más suerte, pues trabaja en parcelas otorgadas por el Estado. “Son tierras destinadas a productores de frutilla y otros rubros. Es una ‘finca Gobernación’ y, sin importar el color político o el sector que esté al frente, todos los gobernadores nos han apoyado. Siempre nos dicen: ‘Estos terrenos son para ustedes, porque ustedes son quienes los trabajan y los hacen producir’”, explica Raquel.

Pero los problemas estructurales todavía se hacen sentir: el camino para llegar hasta el lugar es de terraplén y si el clima no acompaña, el acceso es complicado. “Obras Públicas no nos hizo caso este año. Para nosotros es muy triste que cuando llueve no podemos salir a vender nuestros productos. Tenemos que cruzar el agua descalzos o con botas largas”, cuenta.

Tía Raquel tiene la mirada fija de una estratega; es seria, metódica, una jefa comunal que no espera soluciones de escritorio. Mientras el sol de invierno ilumina las hileras en las plantaciones, ella y los demás socios abren las billeteras y aportan G. 50.000 cada uno para rellenar el camino vecinal con sus propios fondos. Allí se trabaja de pie porque la recompensa es alta. “Este es nuestro oro pytã”, dice, y la seriedad de su rostro se disuelve de golpe en una risa franca y esperanzadora. “Le decimos así porque paga todas las cuentas. La frutilla es la esperanza de un pueblo”, asevera.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

La temporada de la frutilla mueve la economía de muchas familias; no solo viven de ella quienes la cultivan, también dependen del movimiento los alfareros y muchos trabajadores que esperan la llegada de la cosecha para aumentar sus ventas.

Este 2026 toda la puesta de la Expo se adelantó por la situación económica que atraviesa mucha gente, pero el año pasado fue muy duro para los agricultores ya que la cosecha no salió bien. “Eso representó una gran pérdida para nosotros. En Paraguay no existe un seguro agrícola para los pequeños productores, como sí ocurre en otros países. Acá solamente cuentan con ese respaldo los grandes sojeros y arroceros. Quienes cultivamos frutillas y otros productos de la agricultura familiar quedamos completamente desprotegidos”, denuncia Raquel.

Frutikids

La finca Tía Raquel es pionera en la experiencia de coseche y pague. El Frutikids inició en la pandemia y hoy es uno de los atractivos turísticos más sólidos de la zona.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Con las vacaciones de invierno llegan los primeros visitantes y la finca se transforma en escenario de búsqueda del tesoro. Los chicos se arrodillan en la tierra y deslizan sus dedos con cuidado entre las hojas porosas para descubrir el sonido sutil del tallo al romperse. Las canastas de mimbre empiezan a llenarse de frutas brillantes mientras las pequeñas palmas de sus manos se pintan de un rojo dulce y pegajoso. “Para julio y agosto tenemos todo agendado. Vienen en buses, grandes familias, del interior, de todas partes”, cuenta emocionada Raquel.

Cerca del mediodía, el entusiasmo de las fincas se traslada con fuerza hacia el asfalto de la ruta principal. En cada mesa de los restaurantes de la zona, las jarras de jugo de un rojo puro marcan identidad a la hora del almuerzo.

Raquel y otras decenas de familias productoras cargan sus canastas colmadas de oro pytã para la Expo, festividad que da la bienvenida a los visitantes con la promesa de seguir la tradición local. Allí, en esa cuadra, las vitrinas de los puestitos se transforman en galerías colmadas de tartas con cuadrículas de masa, copas generosas de frutilla con crema, pastafrolas recién horneadas, alfajores artesanales y frascos de dulce que brillan como cristales bajo el sol radiante de invierno.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

La temporada de la cosecha apenas comienza, las matas se preparan para alcanzar su plenitud en agosto y la esperanza de un pueblo entero se sostiene con orgullo sobre esa pequeña joya carmesí que brota con fuerza de la tierra paraguaya.

Sin embargo, para adentrarse en este santuario de arcilla y mermelada, el visitante debe venir con su versión más serena. Areguá no admite apuros ni ansiedades, ya que las viejas vías del tren y la falta de caminos alternativos exigen paciencia.

Llegar hasta allí es disponer el cuerpo para caminar despacio entre las casonas hasta la iglesia en lo alto, conversar sin prisa con los alfareros y adentrarse en las plantaciones sin el temor de ensuciarse los zapatos. Areguá premia con su mística, su naturaleza y su dulzura a quien se entrega a su ritmo.

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