Nota de tapa

Inolvidable regreso mundialista

Un balance del paso de Paraguay por la copa del mundo

La Albirroja tuvo una participación históricamente positiva en el torneo ecuménico de América del Norte: luego de la derrota dolorosa ante la anfitriona, solo perdió con una de las tres selecciones europeas a las que enfrentó, eliminó a un gigante y jugó cinco partidos como en Sudáfrica 2010, su mejor precedente. El público, tanto en los estadios como en nuestro país, se sumó a la fiesta.

Por Blas Brítez. Imágenes: AFP y EFE. Fotografía de tapa: Mauro Pimentel.

El Mundial de Fútbol, durante al menos un mes, modifica nuestra percepción del curso de la vida, que no es decir poco. Esta se tiñe entonces de las urgentes señas de identidad de este deporte: de remates y de faltas, de caídas y remontadas, de cánticos y gritos, de risa y llanto.

Sus metáforas pueblan nuestro lenguaje cotidiano cada cuatro años con un súbito ejército de apoyos y detracciones, de amores y odios. Exacerban de esta manera nuestras viejas querellas y nuestra fe renovada, como si del antropológico mito del eterno retorno se tratase: aquellos rituales milenarios, solo aparentemente iguales en su repetición, sobre los que escribió el historiador rumano de las religiones, Mircea Eliade. Después de todo, Dios es redondo como la pelota, según dictaminó el cronista y escritor mexicano Juan Villoro, quien siempre que hay un mundial nos regala la magia de su sabia prosa futbolera.

Las hazañas y las frustraciones de los futbolistas se vuelven, en este tiempo que es como un paréntesis del tiempo circular, la brújula moral de todo el planeta, pues ante las asiduas cámaras de televisión expresan las propias hazañas y frustraciones, por más insignificantes y extáticas que sean, públicas o privadas, personales o colectivas. Así es el Mundial, sobre todo cuando participa en él la selección de nuestro país: una revelación de nosotros mismos.

La Albirroja regresó tras 16 años a un mundial, por lo que esta global experiencia reveladora los paraguayos la hemos podido vivir en primera persona, millones de nosotros de forma remota, millares en los mismos estadios. Una generación que nunca jugó ni vio a Paraguay competir en una Copa del Mundo se ha estrenado ruidosamente este año.

Los dirigidos y capitaneados por los Gustavos — Alfaro y Gómez, respectivamente— llegaron hasta los octavos de final del torneo que sigue desarrollándose en América del Norte, con picos históricos de derrota y victoria que unieron a un país bajo la enseña tricolor de manera a la vez festiva como amarga: tal cual lo mandan tanto el fútbol como la vida.

Franck Fife / AFP.

El balompié paraguayo arrastraba una condena que, por momentos, se hizo perpetua: 16 años de mirar los mundiales por televisión, de masticar la decepción de ver a la Albirroja quedarse una y otra vez a las puertas de la cita máxima. Aquella particularidad de la garra y el orden defensivo se había transformado, luego de cuatro eliminatorias consecutivas, en un recuerdo borroso. 

Por esto, su sola presencia ya constituía un triunfo para futbolistas que, desde las eliminatorias para el Mundial de Brasil 2014, se habían quedado atragantados por el fracaso. Sin embargo, lo que se vivió en las canchas de Estados Unidos fue una montaña rusa de emociones que devolvió al país al mapa grande del fútbol internacional, matizada por el fervor de un pueblo que asombró al mundo y empañada, inesperadamente y al final de la participación paraguaya, por la miseria de la política doméstica.

Tras la larga noche

El debut mundialista en Los Ángeles ante Estados Unidos el 12 de junio, a pesar de la derrota dolorosa por 4 a 1, fue como la rotura de un maleficio que duraba desde Sudáfrica 2010. Una generación entera de jóvenes paraguayos, como hemos dicho, creció sin saber lo que significaba ver la camiseta albirroja en el torneo más importante del planeta. El proceso de reconstrucción fue tortuoso, marcado por la inestabilidad en la dirección técnica y la pérdida de peso específico del Defensores del Chaco como bastión.

Sin embargo, tras cinco partidos decepcionantes con Guillermo Barros Schelotto como entrenador, llegó Alfaro. Ya no hace falta rememorar cómo el santafecino lideró, con táctica y paternalismo del litoral del río Paraná, durante el resto del clasificatorio la transformación albirroja para volver al Mundial.

Franck Fife / AFP.

La clasificación se celebró como un desahogo colectivo. Aun así, en la noche de Lima en que se cerró la eliminatoria, el propio Alfaro dejó espacio para la incertidumbre de saber si este plantel estaba a la altura de las potencias. Poco después, en estado de shock, Paraguay entero sabría lo que era realmente aquella incertidumbre.

El fixture fue cruel y el debut, catastrófico: el peor de Paraguay en la historia de los mundiales. Enfrentar al anfitrión, en este caso Estados Unidos, siempre conlleva un riesgo, pero la goleada amenazó con consumir las reservas anímicas del equipo y los nervios de un país. El equipo lució inconexo, superado por la velocidad física y la dinámica de los norteamericanos.

En las calles de Asunción y las redes sociales, el fantasma del fracaso y las críticas despiadadas hacia el cuerpo técnico y determinados jugadores amenazaban una retirada prematura. Para los hinchas, los días previos al partido contra Turquía, previsto para el 20 de junio, fueron la repetición constante de una pesadilla.

Sin embargo, demasiadas veces se dijo que es en el barro donde el futbolista paraguayo suele encontrar su mejor versión, y no está lejos de la verdad. El vestuario entonces se blindó contra la tentación del fracaso que contagiaba puertas afuera. El cuerpo técnico asimiló el golpe táctico, reordenó las líneas y apeló a la memoria emotiva nacional: el bloque bajo, la solidaridad extrema en las coberturas y la efectividad quirúrgica cuando se trata de atacar. La reposición a la catástrofe inicial fue ya entonces una de las primeras conquistas del Mundial para Paraguay: ganar la batalla contra uno mismo.

La madurez de un equipo se mide por su capacidad de adaptación a las distintas caras que muestra un partido, por lo que la imagen contra EE. UU. (en la que el gol de Mauricio no pareció cambiar su pobreza) se asemejó más el miedo escénico de la inexperiencia que la tónica general que tomaría Paraguay, a partir de allí, en cuanto a actitud. Tras el golpe inicial, se midió de igual a igual con el rigor táctico y físico del fútbol europeo. Frente a los turcos la Albirroja recuperó su ADN más puro, con dosis de heroísmo de manual al jugar más de un tiempo entero con un hombre menos por la expulsión de Almirón en San Francisco. El planteamiento defensivo rozó la perfección geométrica, con base en la entrega física y el orden. El gol de Matías Galarza a los 64’, hasta ahora el más rápido del torneo, fue la consecuencia inmediata de este orden táctico.

Saltando sobre el partido en San Francisco contra Australia, cinco días después, que Paraguay empató sin goles y consiguió su clasificación como un desabrido mejor tercero (ante la crítica de la afición y la prensa nacionales, por un planteamiento avaro que no rimaba con Alfaro), los siguientes compromisos ante otros dos combinados europeos se saldaron “casi casi” manteniendo el invicto: contra una Alemania en reconstrucción en dieciseisavos de final; contra una Francia acaso imbatible, en octavos. 

La histórica eliminación a Alemania

Ante las tres selecciones europeas, en suma (y aquí radica, probablemente, la más inédita de las conquistas paraguayas en mundiales) Paraguay no solo cerró los caminos hacia su arco con una disciplina que des – esperó por momentos a los estrategas rivales, duchos en esquemas ofensivos y posesión de la pelota, sino que les compitió con el cuchillo entre los dientes. A la victoria sobre la joven y prometedora selección turca, le siguió el empate 1 a 1 con Alemania en Boston el 29 de junio, tras más de 120 minutos y la siempre angustiosa tanda de los penales.

Odd Andersen / AFP

Nunca antes Paraguay había eliminado a una selección de la talla de la germana, tetracampeona del mundo. El arquero de 25 años, Orlando Gill, quien detuvo dos penales, se convirtió en una figura descollante cuando, en la previa, el arco era una de las grandes dudas paraguayas. Los ecos de su actuación recorrieron el mundo, tanto como la consabida historia de sus difíciles momentos familiares tras la pandemia, jugador desconocido hasta hace poco más de un año. 

Franck Fife / AFP.

Si este mundial será recordado por los compatriotas en las próximas décadas, será por un partido que paralizó y concitó la simpatía del mundo entero: el choque contra Alemania. Los teutones, históricamente candidatos y poseedores de una maquinaria futbolística siempre en renovación, miraban a Paraguay con el favoritismo que le otorgaban los papeles, tal vez el precedente de los octavos de Corea-Japón 2002, cuando eliminaron a la selección de José Luis Chilavert y Roque Santa Cruz. Acaso también miraban con algo de subestimación, pero los partidos se juegan en el césped. Paraguay firmó en Boston una de sus páginas más brillantes.

Odd Andersen/ AFP.

El orden defensivo albirrojo desquició a la ofensiva alemana, que chocaba una y otra vez contra un frontón. Por otra parte, el ataque paraguayo funcionó con la precisión de un reloj: en el minuto 42, el jugador de mayor talento en Paraguay, Julio Enciso, culminó de cabeza una jugada que incluyó una recuperación tras una barrida en el piso de Damián Bobadilla ante Kai Havertz, un pase de Almirón a Galarza tras dos defensores alemanes y la sesión final de este para el gol de la Joya

Jewel Samad / AFP.

A pesar del empate de Havertz a los 54’ y el sufrimiento del suplementario, es el sexto penal de Paraguay en la tanda el que quedará proyectado en nuestras cabezas, como en un loop eterno: los rulos mojados de sudor de José Canale, el aguerrido rostro impávido frente al hombre de los récords Manuel Neuer, la sobria zurda y la pelota al otro lado del arquero, la corrida y el grito de gol de un país fundido en la garganta de Canale. 

Alemania, el gigante de cuatro estrellas, armaba las maletas, eliminada por la rebeldía de Paraguay.

El mano a mano con Francia

El techo del torneo puso en el camino a la Francia de Kylian Mbappé, la subcampeona del mundo y uno de los planteles más caros y aceitados de la última década. El dios del fútbol colocaba en frente, otra vez, una oportunidad de revancha: el todavía más doloroso gol de oro de Lens en 1998, en el Mundial de la otra anfitriona, Francia, nos había eliminado en octavos de final por 1 a 0 y en tiempo complementario. Un protagonista francés de aquella jornada, Christophe Dugarry, vaticinó antes del lance en Filadelfia: “Paraguay va a ser vapuleado, humillado”. 

No hubo tal humillación: fue 1-0 con demasiada incomodidad y algo de nervios para Francia, que hasta entonces no había encontrado una resistencia tal como la paraguaya. Mbappé, el autor del único gol de penal, se mostró como pocas veces en los últimos años: de potrero. Por esto no saludó a Gill cuando le pasó la mano al término del juego. Fue una actitud ciertamente poco deportiva, pero no pasa de eso, como el propio arquero paraguayo lo reconoció enseguida.

Jewel Samad / AFP.

Pero, lamentablemente, la madurez demostrada por los jugadores en la cancha y por la gente en las gradas no encontró su correlato en la clase política paraguaya. En el momento de mayor comunión y orgullo nacional, la senadora liberal Celeste Amarilla introdujo una cuota de vergüenza internacional al emitir comentarios abiertamente racistas y descalificadores contra la estrella de la selección francesa. El intento de la legisladora por figurar o politizar un evento puramente deportivo a través del prejuicio y la discriminación étnica generó un repudio generalizado en el mundo, pero el daño ya estaba hecho: toda la empatía que había generado Paraguay, de repente, se convirtió en crítica furibunda, tras la inesperada respuesta de Mbappé en sus redes sociales, hecha con altura.

Estas declaraciones empañaron la impecable imagen de la delegación nacional y su público ante los ojos del mundo. Mientras los futbolistas, los más de 10.000 paraguayos por partido en los estadios y los millones en el país demostraban la grandeza de la estirpe guaraní compitiendo con honor ante la élite del fútbol, desde una banca legislativa se proyectaba la imagen de un Paraguay intolerante. Un recordatorio amargo de que, a menudo, los peores enemigos de nuestro prestigio no están en el campo de juego, sino en los pasillos del poder.

Mauro Pimentel / AFP.

El saldo final de este mundial para Paraguay es profundamente positivo. Se recuperó el terreno perdido durante 16 años de frustraciones, se demostró resiliencia para levantarse de una goleada humillante, se mantuvo el invicto ante Europa, se tumbó a un gigante como Alemania y se le discutió el protagonismo a Francia.

En las gradas y en las calles, además, el pueblo paraguayo demostró su fidelidad y su pasión inquebrantables.

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