La poética de la astrofotografía y sus imágenes inconmensurables
Desde la astronomía de los guaraníes a la fotografía con teléfono: en esta edición recorremos la técnica, la ciencia y la tradición detrás de la costumbre de observar el cielo nocturno. Recorremos esta fascinante disciplina con dos astrofotógrafos paraguayos que tienen la mirada puesta en las estrellas.
Por Leticia Ferro Cartes. Fotografía: Alberto Benítez y Rodrigo Ríos. Imagen de tapa: Rodrigo Ríos.
Hay una pregunta que, según el astrofotógrafo Alberto Benítez, probablemente se plantearon los primeros hombres y mujeres frente a una fogata, hace miles de años: “¿Qué es esa luz tan grande que aparece de noche?”. Mirar hacia arriba es algo que el ser humano hizo siempre, un gesto heredado de generación en generación, mucho antes de que existiera terminología científica para nombrar la astronomía.
Ese gesto no varió demasiado con los siglos. Lo que cambió fue la manera en que decidimos guardar lo que vemos. Un grabado tallado en piedra en el Cañón del Chaco, Arizona, parece registrar la supernova de 1054: un círculo junto a una Luna en cuarto creciente.

Siglos después, Galileo Galilei dibujó a mano lo que su telescopio le permitía ver. Retrató, fascinado, los cráteres de la Luna, las manchas solares, los satélites naturales de Júpiter moviéndose noche a noche; publicó esos bocetos en Sidereus Nuncius y convirtió por primera vez la observación en evidencia científica.
Hoy, esa misma pulsión de registrar lo que el cielo nos muestra vive en los teléfonos celulares de aficionados locales que captan la Vía Láctea desde el interior del país, y en los telescopios con los que, desde el Museo de Ciencias del Paraguay (MuCi), se busca acercar el universo a los paraguayos. También vive, mucho antes de que llegara la fotografía, en los relatos que explicaban el cielo nocturno como un camino, un sendero, una guía para volver a casa según los guaraníes.
Un gesto que viene de lejos
La primera foto astronómica de la que se tiene registro la tomó Louis Daguerre, que captó la Luna el 2 de enero de 1839. El registro se perdió para siempre cuando su laboratorio se incendió. Un año después, el químico estadounidense John William Draper logró lo que se conserva como la primera astrofotografía que sobrevivió al siglo XIX: un daguerrotipo de nuestro satélite natural, con una exposición de 20 minutos, a través de un telescopio reflector de apenas cinco pulgadas.

Los telescopios de la época se combaban bajo el peso de las cámaras, el seguimiento de los astros era impreciso y el proceso fotográfico, demasiado lento para captar algo más que la Luna o algún planeta.
Casi dos siglos después, Alberto Benítez no necesitó nada de eso para su primera fotografía de la Vía Láctea: le alcanzó con su teléfono. Empezó a fines de 2020, apenas se habilitaron los viajes tras los meses de encierro más duros de la pandemia. Fue a visitar a sus padres, en una zona rural de Itapúa, y ahí configuró el modo profesional en su celular, mismos ajustes manuales que permite una cámara réflex.
En una zona sin la contaminación lumínica de la ciudad, probó una y otra vez con un trípode hasta que, en lugar de nada, aparecieron en la pantalla las luciérnagas convertidas en trazos de luz verde y, detrás, las primeras estrellas.

“Entramos en la oscuridad para ganar la luz”, dice Benítez y menciona lo crucial de alejarse de la ciudad para captar sin interferencias la imagen que llega desde la Vía Láctea. Para saber qué tan oscuro es un cielo, los astrofotógrafos usan la escala de Bortle, que va del 1 (oscuro como el del Chaco paraguayo) al 9, el centro de una gran ciudad.
Cuanto más bajo, más estrellas se pueden fotografiar. Esa escala consulta desde aplicaciones gratuitas para el celular, al igual que la posición exacta de cada estrella según la hora y la época del año. Lo que antes exigía telescopios, placas de vidrio y minutos de exposición cuidadosamente calculados, hoy puede empezar con un trípode económico y un teléfono con una buena cámara.
El fotógrafo asegura que no es necesario contar con equipo complejo para iniciar el viaje por el fascinante mundo de la astrofotografía, y anima a iniciarse en él con un smartphone.
Del telescopio de la infancia al museo
Rodrigo Ríos es astrónomo, astrofotógrafo y hoy forma parte del equipo del Museo de Ciencias del Paraguay (MuCi), cuya futura sede se construye en la Costanera de Asunción y tendrá, entre otras cosas, uno de los planetarios más avanzados de la región. Pero su relación con el cielo no empezó ahí.
De niño hizo un curso de astronomía básica en el colegio Dante Alighieri, dictado por el profesor Blas Servín. En ese momento no lo sabía, pero años después ese mismo maestro se convertiría en su mentor y amigo cercano. Ríos describe esa etapa como una semilla que quedó dormida “por el mundo adulto y laboral” hasta que compró su primer telescopio y encendió la chispa que volvió a despertar su curiosidad.

Hoy, mientras el local del museo aún está en obras, Ríos y su equipo salen a divulgar astronomía a cielo abierto: con un puntero láser señalan constelaciones en plazas y escuelas de todo el país, cuentan las historias que hay detrás de cada una y, cuando pueden, llevan telescopios de alta potencia para que cualquiera pueda ver un planeta o nebulosa. Lo hacen de forma cercana y accesible para un gran público.
Esa práctica constante también entrenó su mirada técnica. Comparar sus propias fotografías con las de otros astrofotógrafos del mundo —muchas veces usando equipos parecidos pero con resultados muy distintos— lo volvió exigente con cada detalle. Empezó a reparar en elementos como el ruido de una imagen, la nitidez de una estrella o el procesamiento posterior a la toma. Con el tiempo, aprendió a anticipar el comportamiento del cielo: a qué hora sale o se oculta un planeta, cuándo es visible el centro de la Vía Láctea, si el clima va a permitir o no una buena fotografía. La pregunta que más le hacen, cuenta entre risas, es si estamos solos en el universo.
Ríos y Benítez siguieron sus sendas en la astronomía paraguaya por el mismo lugar: el quehacer en la ciencia de Blas Servín. Para Rodrigo, este profesor fue quien dictó aquel curso de astronomía básica que, años después, germinó en vocación. Juntos recorrieron escuelas, plazas y eventos de todo el país llevando telescopios para que cualquiera pudiera observar el cielo, en compañía de otros grupos de aficionados.
Un legado que persiste
Para Benítez, Servín representa una referencia distinta: la de sus investigaciones sobre la relación entre los guaraníes y el cielo, que explican cómo ellos identificaban, a partir de la posición de determinadas estrellas, cuándo cultivar la tierra.

El trabajo del maestro formó observadores y, a través de la investigación, rescató un saber ancestral. Su legado es importante, ya que la astronomía en Paraguay no es solo una disciplina técnica, sino también un ejercicio de memoria. Cada vez que un aficionado apunta su cámara hacia el centro galáctico, se vuelve hacia el mismo cielo que la humanidad ya miraba cientos de años atrás.
Pequeños frente a lo inmenso
El cerebro humano no está preparado para procesar distancias como las que maneja la astronomía. Según Ríos, no tenemos con qué comparar semejante magnitud, así que directamente no la entendemos. Pone un ejemplo: la estrella más cercana al Sol está a “solo” cuatro años luz, pero si viajáramos hacia allá en la nave más veloz que la humanidad construyó hasta hoy, tardaríamos entre 100.000 y 120.000 años en llegar.
Esa desproporción, lejos de ser solamente abrumadora, es también la que da sentido a buena parte de la astrofotografía: lograr que algo inconmensurable quepa en una imagen. Benítez lo describe como la sensación de entrar a otra dimensión, una que siempre estuvo ahí pero que la falta de práctica o de un cielo oscuro no permitían ver.

Al fotografiar el cielo, estamos mirando literalmente el pasado: la luz de las estrellas se mueve a unos 300.000 kilómetros por segundo durante millones de años antes de llegar a nosotros, de modo que lo que capta una cámara no es el presente del cosmos, sino un fragmento de su historia. Esa idea “de ver algo que ya no está”, que viene de un tiempo que ya pasó, es la que más conmueve a Ríos de observar a simple vista o con un telescopio, sin procesos digitales de por medio: esos fotones salieron de un planeta o una galaxia lejana y viajaron sin interrupciones hasta nuestros ojos.
“Nos hace sentir pequeños y grandes al mismo tiempo”, explica Alberto Benítez. Nos vemos chicos frente a la escala del universo y, al mismo tiempo, parte de un sistema del que también participamos. Esa tensión entre la insignificancia y la pertenencia es, para ambos astrofotógrafos, esencial a la hora mirar hacia arriba.
Un calendario escrito en el cielo
Mucho antes de que existieran los calendarios impresos, los astros cumplían esa función. Benítez lo explica a partir de su propia experiencia: hoy, los astrofotógrafos saben de antemano qué constelaciones estarán visibles según la época del año, pero ese conocimiento no es nuevo. Las primeras civilizaciones ya identificaron que en determinados meses aparecían ciertas estrellas y ese ciclo se repetía con precisión.
El centro de la Vía Láctea, por ejemplo, se hace visible en Paraguay hacia marzo y se puede fotografiar hasta aproximadamente setiembre, cuando el ciclo recomienza del otro lado.

Esa regularidad permitió a distintas culturas usar el cielo como guía: para saber cuándo sembrar o cosechar, orientarse en trayectos largos o anticipar cambios de estación. Por siglos, dice Ríos, el mapa nocturno fue el sistema de posicionamiento de la humanidad: su GPS original, mucho antes de que existiera un satélite.
Esa doble función de orientar y marcar el tiempo es una de las claves para entender por qué el ser humano nunca dejó de mirar arriba: no se trataba solo de admirar algo hermoso, sino que de esa información dependía para organizar su vida en la Tierra.
El camino del tapir
a llamaban “Tape”, el sendero que recorre el tapir, una guía espiritual que señalaba el camino de retorno. Mirar esa franja de luz difusa que cruza el cielo nocturno era como leer una ruta, clave para trazar cartografías celestiales.
El resto del cielo también tenía nombre y sentido. Las Pléyades (el cúmulo de estrellas que los astrónomos occidentales asocian con las siete hermanas) eran para los guaraníes “Eichu”, asociadas a un panal de abejas. Otro par, Alfa y Beta Centauri, representaban el amor de una pareja. Los eclipses, las lluvias de meteoritos y otros fenómenos celestes no se explicaban en términos puramente físicos, sino como señales, muchas veces vinculadas con el “jaguarete”, el jaguar, o interpretadas como presagios sobre la salud de un líder o el destino de una comunidad.

También hay mitos de origen construidos a partir del cielo. Los aché, pueblo originario del territorio paraguayo, explican la llegada del día y la noche a través de la ruptura de cántaros que contenían la oscuridad, un relato que, como tantos otros alrededor del mundo, busca dar sentido al ciclo más elemental: el que separa la luz de las tinieblas.
Para los guaraníes, el clima y las estaciones estaban gobernados por sus dioses, en estrecha relación con las direcciones cardinales y el calendario agrícola. Leer el cielo no era un ejercicio contemplativo, sino una herramienta de supervivencia, tan precisa a su manera como lo es hoy una aplicación que calcula la posición de una estrella.
Esta cosmovisión no quedó completamente perdida. Parte de ese saber llegó hasta hoy gracias a investigaciones como las del profesor Blas Servín, que documentó cómo los antepasados guaraníes identificaban, a partir de la observación de determinadas estrellas, el momento exacto para comenzar a cultivar. Esa vigilancia del cielo que hoy asociamos a la ciencia o un pasatiempo tecnológico tiene, en realidad, una raíz mucho más antigua y cercana de lo que imaginamos: no hace falta ir demasiado en el tiempo para encontrar tradiciones que también miraban los astros que hoy se fotografían.
Una invitación simple
Mirar el cielo —según los dos astrofotógrafos— no exige grandes telescopios ni cámaras profesionales. Alcanza con un teléfono, un trípode improvisado y, sobre todo, alejarse de las luces de la ciudad: a unos 50 kilómetros de distancia, el cielo local vuelve a mostrar lo que la contaminación lumínica esconde en el centro urbano.
Para quien nunca se detuvo a observar con atención, Ríos propone una puerta de entrada accesible: las lluvias de meteoros. Este año, las Oriónidas tendrán su noche pico entre el 21 y el 22 de octubre, con unos 20 cuerpos por hora; las Leónidas, entre el 17 y el 18 de noviembre; y las Gemínidas, consideradas entre las más intensas del año, entre el 13 y el 14 de diciembre. No hacen falta instrumentos muy complejos: solo un cielo despejado, algo de paciencia y, si es posible, compañía.

Para Benítez, la paciencia es un elemento central para lograr buenos resultados con la astrofotografía. Resalta que es crucial localizar un buen lugar, y sobre todo, hacerlo de forma segura y acompañada.
Los guaraníes leían en la Vía Láctea un sendero de regreso; hoy, un teléfono con trípode traduce esa luz en una fotografía. Entre un gesto y otro pasaron siglos, pero la pregunta de fondo sigue intacta: ¿Qué lugar ocupamos nosotros en algo tan inmenso?
Quizás esa sea, después de todo, la verdadera función de mirar el cielo: vernos reflejados en él como humanidad, encontrar un espacio para reflexionar sobre lo vasto del cosmos. Cada vez que alguien se aleja de las luces de la ciudad, arma un trípode y espera con paciencia a que aparezca una estrella fugaz, documenta esa fascinación que sigue uniéndonos con seres humanos de hace miles de años.




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