AMOR, OBSESIÓN Y EL MIEDO A VOLVERSE INVISIBLE
Entre llamadas anónimas, secretos familiares y personajes al borde del colapso, la obra llegó al Teatro Latino con una propuesta que mezcla thriller psicológico, humor negro y un relato sobre la necesidad de ser vistos. Bajo la dirección de Diego Mongelós y con un elenco integrado por Maricha Olitte, Paola Maltese, Silvia Flores, Diana Frutos y Maco Cacavelos, Cómo es posible que te quiera tanto construye un universo donde la paranoia y los vínculos afectivos rotos se convierten en piezas de una historia delirante y perturbadora.
Por Eve Benegas. Fotografía: gentileza de la producción.
En la superficie, la trama arranca con la historia de Lidia, una mujer que tomó la drástica decisión de mudarse, guiada por los hilos del amor. Sin embargo, la promesa de estabilidad se fragmenta cuando su pareja debe partir al exterior por un viaje, y la aparente quietud de su nuevo hogar se transforma de la noche a la mañana en una pesadilla a causa de unas misteriosas llamadas anónimas en la madrugada.
Ante el acoso incesante, la policía decide asignar una agente exclusiva al caso e inicia la investigación; a partir de allí, el espectador se vuelve cómplice de un recorrido en el que cada pista sembrada no hace más que dinamitar las expectativas. “En paralelo, conocemos a las hermanas Lola y Mireia, cuya rutina se altera con la caótica llegada de su gemela, Candela, y su amiga Vicky. Sin embargo, por debajo la obra trata sobre identidad, deseo desesperado, ser vistos y validados por los demás; sobre las maneras en que la necesidad de amor atraviesa a los seres”, amplia Diego Mongelós, director.

La propuesta artística nació de la intuición de Diana Frutos, quien convocó al grupo de intérpretes antes de invitar a Mongelós a tomar el timón. Con Maricha, Paola, Silvia, Diana y Maco, la producción aglutinó a cinco de las figuras más potentes y queridas de la escena local. “Diana me comentó del proyecto, empezamos a ver textos y me acordé de Daulte. Me pareció interesante trabajar un libreto que combinara una alta exigencia actoral con una estructura dramática dinámica y atrapante, que nos sacara a todos de nuestra zona de confort; que las actrices pudieran trabajar otro tipo de roles a los que la gente está acostumbrada a ver de ellas”, detalla Mongelós.
Javier Daulte es un referente del teatro rioplatense contemporáneo. Su capacidad para desestabilizar al espectador desde lo cotidiano siempre le pareció fascinante al director. “Al leer la obra, vi de inmediato el potencial de trasladar ese laberinto de identidades y secretos al contexto local”, comenta.
Para la dirección, el principal atractivo —y el mayor desafío artístico— radicó en jugar activamente con las expectativas del público respecto a lo que está acostumbrado a recibir de ellas. El espectador paraguayo las conoce masivamente a través del código de la complicidad televisiva o la comedia directa, pero esta es otra apuesta: “Verlas transitar por la paranoia, la densidad dramática y el humor negro es muy atractivo. Todas tienen una enorme experiencia en el escenario y se potencian entre ellas”.

Es aquí donde la dirección de Mongelós opera con precisión: la comedia no se fuerza, dice; en su lugar, el humor negro emerge de manera orgánica, casi salvaje, desde el momento en que las actrices empiezan a encarnar la desesperación genuina de sus personajes y a evidenciar el sinsentido de las conductas humanas cuando se pierde el control. La risa, entonces, se convierte en la válvula de escape exacta que relaja al público un segundo antes de que el suspenso regrese a cerrarse sobre sus cuellos.
En paralelo, el diseño sonoro creado por Maco Cacavelos aporta una dimensión clave para la atmósfera de la obra. Además de integrar el elenco, la actriz y música trabajó una identidad acústica inspirada en el cine noir, con leitmotivs y sonidos incidentales que acompañan la tensión psicológica de la trama. Las llamadas anónimas, elemento fundamental del relato, adquieren una presencia casi fantasmal dentro de la sala. El director nos cuenta un poco más sobre los insights de esta puesta.
¿Cómo fue el proceso para consolidar el proyecto y lograr que la obra sea un hecho?
– Fue un proceso muy interesante. Los textos de Daulte tienen un tono y crean una atmósfera muy particular; te quedarías corto tratando de encasillarlos dentro de un género. En primer lugar, el trabajo fue entender eso y a partir de ahí encontrar un tono propio para esta propuesta y las características de las actrices.
¿Con qué nos vamos a encontrar en el teatro? ¿Qué promete?
– El público se encontrará con una historia llena de giros que cambian las reglas del juego a cada minuto y un humor negro muy afilado que surge del absurdo de los exabruptos humanos. En este viaje el espectador pasa de la risa nerviosa al suspenso.

La obra original de 2007 se sitúa entre Buenos Aires y Barcelona, pero en esta puesta, Lidia se muda específicamente a Asunción. ¿Hay códigos locales o modismos para que el público se sienta identificado?
– Realmente hicimos ajustes muy específicos en el lenguaje y las dinámicas de relacionamiento, bajo una premisa de dirección muy clara: buscamos un lenguaje cotidiano, común a nuestra forma de hablar asuncena, pero evitamos caer en el modismo pintoresco o regionalista. Los relatos, sin embargo, tienen un tono que busca ironizar la narrativa policial. Se busca construir una sutil lejanía para sostener el misterio del thriller. Al despojar el texto de localismos excesivos, el espectador no se relaja en la comodidad de lo puramente costumbrista. Esa distancia estética es un recurso clave: le permite al público analizar la escena, sospechar de cada pista y, en definitiva, ir atando cabos en paralelo con los personajes.
Los conceptos de obsesión, lealtad rota y la necesidad de atención parecen problemas muy actuales. ¿Cómo resuena esta obra hoy?
– Si bien en 2007 no vivíamos aún la hiperconectividad y la dependencia de la validación virtual de hoy, el texto ya diagnosticaba esa enfermedad contemporánea: la necesidad de que el otro certifique que existimos. La obsesión de los personajes por espiar, por construir una personalidad desde la fi cción y el reclamo de atención son paralelismos exactos de nuestras neurosis actuales. La obra no envejece en absoluto, sino que se reafi rma como un espejo de nuestros días.
Como director, ¿cuál es tu lectura sobre esa necesidad de ser vistos, y cómo se traduce visual y actoralmente en la puesta?
– La invisibilidad social o afectiva puede generar monstruos. Cuando una persona es sistemáticamente ignorada, el deseo de ser vista se vuelve violencia o manipulación extrema. Actoralmente, esto se traduce en personajes que constantemente buscan la mirada del otro o, por el contrario, se esconden detrás de máscaras. Visualmente, trabajamos mucho con los puntos de visión en escena. La iluminación es fundamental para aislar o exponer a las actrices y reforzar la sensación de constante escrutinio.

En el teatro no hay primeros planos como en el cine o la televisión. Al ser esta una obra de secretos, pistas y llamadas nocturnas, ¿se pueden diseñar los focos de atención y el movimiento escénico para que el espectador descubra la verdad al mismo tiempo que los personajes?
– Al no tener una cámara que recorte la imagen, el diseño del movimiento escénico y de la iluminación se convierte en nuestro “montaje cinematográfico». Usamos la simultaneidad: mientras un personaje habla por teléfono en un sector iluminado, las sombras o los sutiles movimientos corporales de otro en la penumbra le revelan al espectador pistas antes de que la trama las verbalice. Direccionamos la mirada del público, que se convierte en detective dinámico; su visión construye el primer plano.
En cuanto al espacio en sí, ¿cómo logra la escenografía potenciar el thriller?
– El espacio escénico es una caja negra, con muy pocos elementos que se mueven por medio de las propias actrices. Visualmente van construyendo y modificando el lugar al servicio de la narración.

Anuncian un final tan inesperado como inevitable; sin desvelar el misterio, ¿qué debate se desea dejar abierto en el espectador?
– La obra se abre a múltiples interrogantes a través del misterio, el humor y la ironía. Sería simplista de mi parte mencionar solo uno o dos. Pero hace especial énfasis en cómo actuamos cuando las circunstancias nos arrastran al límite. Daulte no nos deja el camino fácil de los buenos y los malos.
Me interesa que el espectador experimente una contradicción incómoda: que sienta empatía por el dolor y la postergación de quien sufre, pero que a la vez se horrorice al ver de lo que somos capaces los seres humanos por un instante de justicia o atención personal.
Mongelós insiste en que el verdadero final de la obra no ocurre con el aplauso. Su intención es que la discusión continúe después, en el camino de regreso a casa, durante una cena o una conversación entre amigos. Que el público salga intentando ordenar las piezas del misterio, pero también que debata sobre las dinámicas de los vínculos humanos que se presentaron en el escenario.




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