Cultura

LA CASA DE LA INDEPENDENCIA

Testimonio vivo de la ciudad antigua

Asunción es una urbe que devora su propio pasado. Pero en el estruendo del tráfico, sobre 14 de Mayo y Presidente Franco, todavía resiste la Casa de la Independencia. Entre la verticalidad de edificios de cristal y el asfalto, la construcción de 1772 hoy es un museo vivo que respira a través de sus muros de adobe. A propósito de las fechas patrias, conversamos con Christian Ceuppens, director de Museos Nacionales, quien nos habla de las recientes refacciones, y recorremos cada habitación del monumento histórico de la mano de nuestra guía, experta en museología, Stella Riquelme.

Por Eve Benegas. Fotografía: Fernando Franceschelli.         

La Casa de la Independencia se vistió de gala para albergar a miles de visitantes estas fechas patrias: grupos de estudiantes, familias, extranjeros, todos con la intención de conocer los secretos de los muros de 250 años. El equipo de Pausa fue recibido por Stella Riquelme, quien tiene formación en museología y museografía, y un amplio conocimiento de cada rincón del monumento. 

La experta explicó que la casa perteneció a la familia Martínez Sáenz. Inicialmente fue habitada por los padres y, posteriormente, heredada a sus dos hijos varones: Pedro Pablo y Sebastián Antonio. “Este lugar posee una gran importancia histórica, ya que aquí se reunían para conversar y planificar los pasos hacia la libertad del Paraguay”, relata Stella. De allí partieron los próceres, la noche del 14 de mayo, para intimar al gobernador español Bernardo de Velasco. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

En 1943 fue adquirida por el Estado y, posteriormente, declarada Monumento Nacional en 1961, en reconocimiento a su enorme valor histórico. “La Casa de la Independencia es un ejemplo muy representativo de la arquitectura colonial urbana del siglo XVIII. Conserva elementos característicos como muros de adobe, techos de teja apoyados sobre la estructura de madera, patios internos, carpinterías tradicionales y pisos de ladrillo. Es un diseño sencillo pero muy noble, pensado para el clima de la capital y construido con materiales locales y técnicas de la época”, explica Christian Ceuppens. Y agrega Stella: “En el casco histórico, es una de las pocas construcciones coloniales que aún conservan el estilo andaluz característico de ese tiempo”. 

Existen otras casas coloniales en Asunción, pero muy pocas mantienen tanto material original y un mantenimiento tan estable. “La mayoría ha sufrido transformaciones profundas o ya no tiene su estructura original, por eso esta casa es tan importante: es un testimonio vivo de la ciudad antigua”, asevera Ceuppens. 

Aunque ha atravesado distintos procesos de restauración con los años, lograron preservar una parte considerable de los materiales originales y mantuvieron las técnicas tradicionales utilizadas en su construcción.

Madera, barro y cal

Al recorrer sus salas, se percibe esa arquitectura pensada para el clima de Asunción, con muros gruesos que guardan el fresco y techos de teja que descansan sobre un armazón de palma y tacuara. Para el arquitecto Ceuppens, la clave de esta atmósfera reside en la preservación de los materiales: “Se conservan muros de adobe originales, sectores de las carpinterías, partes de la estructura de los techos y elementos del patio que mantienen su lógica espacial histórica”.

El director detalla que las primeras restauraciones sistemáticas comenzaron en la década de 1960, cuando se consolidó su uso como museo. Desde entonces, se han realizado intervenciones periódicas para asegurar su estabilidad y su conservación.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Si bien es muy difícil hablar de un porcentaje exacto, se puede afirmar que una parte importante de los muros y la volumetría general siguen siendo originales. Ceuppens aclara que las restauraciones se centraron en mantenimiento de techos, reposición de tejas y renovación de pisos, todo con el criterio de mínima intervención: «Los techos y pisos, por su naturaleza, han requerido más mantenimiento y reposición a lo largo del tiempo. Lo esencial es que el edificio mantiene su autenticidad espacial y material».

El mayor desafío es controlar la humedad, según explica el arquitecto. «El adobe es un material noble, pero muy sensible. No se puede modernizarlo, hay que respetar su lógica original», expone. Esta filosofía de mínima intervención es la que permite que, al entrar, el visitante sienta que ha retrocedido más de 200 años.

Asunción de 1800

Antes de adentrarnos a las habitaciones, la experiencia comienza con un imponente mural realizado por el artista José Laterza Parodi. Es muy fácil dedicarle un buen rato, estudiarlo completamente con la mirada; la obra nos transporta a la Asunción de finales del siglo XVIII y el visitante puede comprender la fisonomía de una capital que ya no existe, una red de trazados orgánicos, casas de una sola planta y la gran vegetación que ganaba terreno en cada esquina. Allí, entre los naranjos y el polvo de las calles coloniales, se distingue el triángulo de poder entre la casa de la familia Martínez Sáenz, la Catedral y el Cabildo, escenario de la gesta de la Independencia.

Esta pieza es muy visual y permite al ciudadano moderno leer la autenticidad del sitio. No solo nos dice dónde estamos, sino cómo se sentía caminar por una ciudad donde el horizonte estaba dominado por techos de tejas y paja, a pasos del río Paraguay. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Tesoros del interior: Un acervo que cuenta la historia

El museo funciona desde 1965, y desde entonces se impulsa un proyecto llevado adelante junto con historiadores y la ciudadanía con el objetivo de preservar y recrear la memoria de la época. “Todos los muebles y objetos exhibidos son originales de su tiempo; si bien no pertenecieron específicamente a la casa, permiten al visitante trasladarse al periodo colonial”, detalla Stella.

Por ejemplo, al observar un antiguo baúl o los muebles que aún conservan la técnica de ensamblaje, es posible apreciar los métodos constructivos de esa época. Incluso en la propia estructura de la vivienda todavía se pueden ver sectores donde los tirantes de palma y karanda’y permanecen unidos mediante grandes tarugos de madera. 

El acervo del museo está compuesto por muebles, documentos, objetos y obras vinculadas al proceso independentista y a la vida cotidiana de la época. “Muchos fueron donaciones, otros se adquirieron con el tiempo y algunos forman parte del patrimonio histórico nacional”, especifica Ceuppens. 

En la primera sala, el majestuoso cuadro de la intimación domina el espacio, rodeado del mobiliario que perteneció a los próceres. “Esta es una pintura de Guillermo Da Re; el escenario es un hecho histórico que forma parte de la serie de acontecimientos que conducirían a la Independencia del Paraguay y otros países latinoamericanos. En 1810 se produjo el destierro del virrey Cisneros, escena representada en este cuadro, que además es reproducida en el billete paraguayo de 10.000 guaraníes”, narra Riquelme. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

La otra pintura emblemática vinculada a nuestra Independencia es la realizada por Jaime Bestard, que representa la intimación al mandatario español frente a la Casa de los Gobernadores. “Precisamente por ese episodio, el lugar pasó a denominarse Plaza de la Independencia, aunque la construcción original fue demolida en 1903”, puntualiza la experta. Estos detalles nos permiten imaginar cómo pudo haber sido la vida cotidiana y social de la familia Martínez Sáenz.

El comedor y el dormitorio son espacios que humanizan la historia, con sillas y sillones de estilo colonial con esterillados y tallas en madera noble. Sobre la mesa y en las alacenas se exhiben piezas de loza, cristal y plata tallada. “La disposición de los utensilios refleja las costumbres de etiqueta del siglo XVIII”, dice Stella. 

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