Nota de tapa

Rosa y Daisy

Manos que hablan el mismo idioma

Llegamos a Piribebuy en una fría mañana de mayo, en vísperas del Día de la Madre, para intentar retratar la transmisión generacional de una popular técnica ancestral de la artesanía nacional. Nos retiramos con el corazón lleno e inspirados por un dúo que encontró en los hilos el espacio que llaman hogar. Este domingo, la pausa es de Rosa y Daisy.

Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Fotografía: Javier Valdez. Agradecimientos: Alejandra Rojas y Agencia PRessencia.

Daisy González es testigo del laborioso quehacer de su madre, Rosa Segovia, desde que tiene memoria. “Siempre le vi trabajando”, dice con una mirada dividida entre la Rosa de décadas pasadas y la que está sentada hoy a su lado, una mujer con más de 50 años de experiencia en el tejido del poncho de 60 listas y Tesoro Vivo del Paraguay.

Doña Rosa, se podría decir, es habitué de nuestras páginas. Nos dio la bienvenida a su hogar, como hoy, varias veces antes, y fue uno de los Personajes del Año de Pausa en 2023, justo a su regreso de consagrar su tejido —y de muchas otras en su Piribebuy natal— como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Hoy la conocemos en otra faceta, mucho más importante para ella que cualquier reconocimiento. Afuera, le dicen maestra, artesana y hasta hechicera de los hilos, pero acá tiene el título principal: mamá.

Fotografía: Javier Valdez.

De sus tres hijos, no hay uno solo que desconozca el telar de cuerpo, que se arma a partir de una silla y se sostiene entre dos pilares. Pero mientras que sus dos varones mayores ya dejaron atrás el jeporavo, Daisy González, la menor de todos, se alza como la heredera definitiva no solo del negocio familiar instaurado por una larga línea de mujeres, varias generaciones atrás, sino también del conocimiento que todas ellas le legaron y al que accedió a través de la instrucción de su madre.

De chica, su primer trabajo fue armar y peinar los flecos del poncho. Habrá tenido unos 8 o 9 años, y Rosa era apenas más joven que ella cuando dio sus primeros puntos. Sin embargo, Rosa no solo enseñó a sus hijos. Desde 2002 educa y guía a unas 15 mujeres que trabajan comunitariamente, cada una desde su especialidad: cuerpo, faja o guarda. “Es más fácil, porque si uno aprende de niño o niña, no se olvida más. Ellos agarran rápido las técnicas y la forma; son ágiles sus manitos”, dice la maestra y da a entender que se trata de una especie de juego para los pequeños.

Para Daisy, era una tarea: “Los hijos lo vimos como un trabajo muy sacrificado, porque ya se levantaba a las 4.00 de la mañana, más o menos, entre hacer las cosas de la casa y sentarse al telar”. Si bien se puede armar la urdimbre en solitario, Rosa sugiere hacerlo con sus compañeras, “para agilizar el trabajo y deshilar el hilo por las estacas, trabajamos entre dos o entre tres”. Agrega que la compañía hace que el momento sea más “lindo”, un tiempo compartido entre artesanas.

Fotografía: Javier Valdez.

Hoy es un poco diferente porque su marido, un exfuncionario de las FF. AA., ya está jubilado y puede ayudarle en ese trabajo. “Le costó un poco aprender porque fue de grande”, confiesa doña Rosa con una mirada cómplice, y enfatiza la importancia de estudiar la técnica desde la infancia para afianzar ese conocimiento y enseñarle al cuerpo a trazar los patrones con las manos y con la mente.

Un camino de vida

Si bien comparte el amor y el compromiso de doña Rosa, a Daisy le tomó un poco más de tiempo encontrar su lugar como artesana. ¿La razón? La misma escena que ya nos describió: levantarse de madrugada para ver a su mamá trabajando mucho antes del despunte del sol, pero consciente de que no podían asegurar la venta de un poncho.

Sabían que uno al año se vendería, quizás dos si hacía mucho frío ese invierno; no más. En el mostrador acumulaban 10 o 15 a la espera de un comprador, y doña Rosa no podía tejer más que eso. No tenía que ver con la capacidad de sus manos, tampoco con su fuerza de voluntad, mucho menos con su vocación al trabajo; pasa que para el 15.° poncho, se quedaba sin materia prima y no podía comprar más.

Fotografía: Javier Valdez.

No tenía más remedio que esperar a que alguien se acercara a tocar su puerta en busca de una de sus creaciones. Aun así, muchos visitantes llegaban y pedían descuentos y rebajas, lo que forzaba un escenario que le obligaba a poner en la balanza la dignidad de su trabajo, de un lado, y la necesidad de vender, por el otro.

Doña Rosa comparte un recuerdo doloroso y didáctico, que vivió con uno de sus hijos. El pequeño fue testigo de cómo un comprador forzó la mano de ella para adquirir dos ponchos por el precio de uno, y anuló por completo el costo de tiempo, mano de obra y conocimiento. “Yo pensaba que no podía trabajar más porque ya terminó mi capital, tenía que vender para pagar a las demás su parte”, recuerda. Con lágrimas de rabia, el niño le pidió que no volviera a “regalar” sus piezas de esa manera; ella obedeció.

Un solo poncho requiere de la dedicación de cuatro artesanas juntas, por 10 días, 10, 12 o 14 horas seguidas. “La ventaja es que las mujeres que trabajan dentro de sus casas, haciendo sus labores desde ahí, además del poncho, combinan eso con la familia; entonces, cada una teje en su hogar, en su espacio”, explica Daisy.

Fotografía: Javier Valdez.

Es natural que, desde muy joven, Daisy se cuestionara si este sería su camino. Para su futuro deseaba estabilidad, no solo días interminables, inclinada sobre el telar sin mayor reconocimiento que el de su comunidad. No está sola, porque muchos otros jóvenes herederos del conocimiento ancestral pierden el interés por no poder proyectar una vida próspera como artesanos.

Entonces —y además del techaga’u que le daba mientras trabajaba largas horas de oficina en Asunción— dos cosas sucedieron que le replantearon el camino que eligió. Por un lado, recibió el pedido de dos ponchos, que le llegaron como un incentivo para seguir con el legado. Por otro, su mamá atravesó un delicado estado de salud y necesitó la ayuda de su hija no solo para tejer, sino para varias dimensiones de la vida.

Afortunadamente, madre e hija miran atrás riendo y hacen chistes internos que, seguramente, habrán parecido muy difíciles tiempo atrás. “El año pasado dije: ‘Bueno, por algo pasan las cosas’. Entonces, como había varios pedidos, tenía que organizarlos con las demás compañeras, y coser, que es la parte final del poncho ya”, recuerda.

Fotografía: Javier Valdez.

Un cambio cultural

Doña Rosa y Daisy reconocen que hubo un cambio en el escenario cultural cuando el Instituto Paraguayo de Artesanía tomó la posta de la revalorización del poncho de 60 listas. Y lo ubican unos años antes de lograr la declaratoria de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

Como Rosa veía a Daisy muy instalada en su carrera de recursos humanos y haciendo su vida al margen de la artesanía, abrió las puertas de su escuela. “Yo enseñaba a sobrinas, primas, vecinas y a las hijas de mis amigas porque se vendía más y empezó a faltar mano de obra. Por eso puse este taller, que con mucho sacrificio construí con la ayuda de mi familia; a las que quieran aprender, yo les invito. Estoy las 24 horas en casa, enseñando y trabajando, porque no puedo estar de balde”, dice riendo.

Ella no niega la visión de su hija y otros jóvenes, sabe que en su momento fue casi imposible sostener una familia como tejedora. Pero el panorama ya no es el mismo: “Con esta demanda que tenemos, uno puede sobrevivir y progresar, porque se ve más en las redes sociales y en todo”. Entre sus clientes reconoce la curiosidad, por una parte, pero también una verdadera valoración de lo minucioso de lo artesanal. “Vienen a buscar. Llaman, preguntan, piden que les enviemos una foto. Y ya empiezan los pedidos”, dice con la satisfacción de quien persiguió este momento toda una vida.

Fotografía: Javier Valdez.

Y aunque existen compañeras que venden los ponchos a un precio inferior al suyo, los clientes terminan buscando la experiencia, la perfección y la calidad de doña Rosa.

Quizás tenga que ver con que sus prendas recorren el mundo, en hombros de artistas y políticos. “Es un orgullo para mí. Es muy importante que se vea mi trabajo, que se valore en el mundo y por todos lados. ‘Este hizo Rosa Segovia’: eso me motiva a seguir trabajando. Ese poncho lo aprendí de niña, de criatura, y lo tengo dentro. Lo que sé hacer todavía viene de generación en generación, de mi mamá y mis tías, porque son diferentes telares, y hasta hoy hay mujeres que se especializan en un telar”, cuenta.

Como hay tres partes dentro del poncho de 60 listas, hay tres telares específicos para cada una. Son pocas las artesanas que, como ella, dominan las tres y hoy se dedican a transmitir ese conocimiento.

Dedos que tejen historias

Una cosa es ayudar a otra persona a desarrollar su técnica, pero hoy el trabajo es suyo, propio, y las semillas que va sembrando salen de sus manos. Daisy siempre admiró cómo Rosa amaba hacer el tejido, sentarse en su silla y empezar a hilar por el telar con una dedicación impecable.

Fotografía: Javier Valdez.

Hoy Rosa ve en Daisy esa misma entrega y atención al detalle, y al mirar un tejido ya sabe que ella fue la autora; dice que las manos hablan su propio lenguaje y cada una tiene un acento único, que se traslada al poncho. Al mirar la obra de Daisy, encuentra sus “palabras” y su “tono” en medio de la trama, incluso cuando replica los diseños que muchas otras hicieron antes que ella. “En cuanto a la artesanía, y no solamente del poncho, se puede notar que cada mano es diferente. Cuando trabajamos juntas, debemos hacer que muchas manos hablen el mismo lenguaje. Como es artesanal, no es algo perfecto, pero buscamos que esté bien hecho”, afirma.

Hace unos 25 años, la pequeña Daisy se despertó y encontró a su mamá tejiendo con el telar a la cintura en la oscuridad de la madrugada. Hacía frío. En sus pequeños pijamas se acercó a ella y, entre queja y exclamación, le dijo algo que Rosa nunca va a olvidar: “Mamá, cómo quiero ser grande para ayudarte a trabajar”. Hoy lo hacen juntas, ya no de madrugada en el costado de la casa, sino en horarios regulares y con la seguridad de poder construir el futuro —propio y de su comunidad— sobre el sólido entramado del poncho para’i.

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