El lago que se hizo canción
El Festival del Lago Ypacaraí vuelve a encender su escenario para la edición 54 con una programación multidisciplinaria que abarca teatro, poesía, danza, jazz, una noche de rock y un histórico homenaje póstumo a don Flaminio Arzamendia, representante del purahéi jahe’o. Para entender el espíritu festivalero, rememoramos su trayectoria y escuchamos a su gente hablar sobre la identidad de una fiesta que pertenece, desde siempre, al pueblo.
Por Eve Benegas. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Producción: Anabel Artaza. Fotografía: Javier Valdez. Imágenes de archivo: gentileza de la organización.
Al entrar a la ciudad, el camino desciende en una pendiente suave y levemente perceptible en los oídos. Si el día está despejado, el horizonte se regala en un paisaje nítido, de un verde profundo iluminado por los rayos del sol. El aire cambia, se siente la temperatura bajar un par de grados. El aroma a monte y tierra invade los sentidos.
Al terminar la bajada, emerge el símbolo indiscutible del pueblo: esa escultura a la que los lugareños llaman “la guitarra”, aunque sus trazos evoquen también la elegancia de una nota musical. No es casualidad, allí la música y el arte no son solo un adorno, son la identidad de todo ypacaraiense.

Finales de agosto e inicios de setiembre son buenas fechas para visitar la ciudad si uno quiere ser testigo de la magia ansiosa por los preparativos del festival. Apenas se escucha a lo lejos el retumbar de los tambores de la banda lisa ensayando, se sabe que el lugar está a punto de transformarse, de florecer en su máximo esplendor.
Las calles se cierran para ceder el paso a las comparsas; las bailarinas, con sus polleras de ensayo, ocupan la pista central de la plaza y todo parece encenderse. Ypacaraí despierta del letargo del invierno con un ímpetu y una fuerza que no se ve en ningún otro lado. El Festival del Lago está llegando.
Para saber lo que ocurre en este rincón del departamento Central cuando llega setiembre hay que entender primero que en Ypacaraí la historia se canta, se ejecuta en el tirón preciso de un requinto, se baila con elegancia y se transmite como un secreto de familia de generación en generación. “Es importante mencionar que para nosotros el festival tiene rostro colectivo. Somos un equipo humano consciente de que el movimiento cultural tiene un único propietario, y es el pueblo”, asevera Gabriel Rodríguez, secretario de Programación desde 2004.
Alma contestataria
El festival no comenzó como un megaevento financiado por grandes marcas, sino más bien como símbolo de protesta. En 1971, cuando la dictadura militar de Alfredo Stroessner llevaba ya 17 años aplastando cualquier atisbo de disidencia con puño de hierro, un grupo de jóvenes ypacaraienses, alentados por el entusiasmo del entonces intendente Samuel Elías y el padre Edmundo Candia, decidió que el aniversario de la ciudad debía celebrarse alrededor del arte.
Se reunieron en el Club Atlético El Porvenir. Gabriel lo recuerda con claridad: “Precisamente, ese fue el momento en el que don Humberto Rubin pronunció en off la estrofa poética: ‘El lago se hizo canción, Ypacaraí, con una guarania que lleva su nombre, inmortalizó universalmente la imagen y el romance de un país que sabe palpitar, porque está en el corazón de América’. Emblemático lema y legado que sigue siendo utilizado medio siglo después en cada apertura del festival”.

Lo que no sospechaban era que estaban encendiendo una mecha que ningún edicto policial lograría apagar. Durante los 70, mientras Latinoamérica se convertía en un mapa de sombras dominado por regímenes autoritarios, el escenario de Ypacaraí comenzó a transformarse. “El festival siempre fue un hecho político. La cultura es el reflejo del sentir y la identidad popular; por ello se hizo eco de esas manifestaciones y convirtió a su escenario en una verdadera ágora desde donde se expresaba el ideal, y la cultura se volvió faro de luz ante el oscurantismo”, rememora Rodríguez.
En ese contexto, en un país acorralado por la censura donde la palabra comprometida podía costar la cárcel, la tortura o la desaparición, la cultura encontró en el canto popular una trinchera. “En ese entonces, Paraguay no fue la excepción en la corriente denominada La Nueva Trova. Surgió entonces la denominada música de protesta, producto de las labores poéticas de Elvio Romero, Teodoro S. Mongelós, Maneco Galeano, Carlos Noguera, y de grupos musicales como Vocal Dos, Juglares, Ñamandú, Gente en Camino, Sembrador, por nombrar a los más emblemáticos”, menciona.
En 1986, bajo un edicto del Ministerio del Interior, la dictadura prohibió la realización del festival y Ypacaraí fue rodeada por contingentes de la policía estronista. Se decretó el estado de sitio, se prohibieron las reuniones públicas y la sombra clandestina de los pyrague se posó sobre cada esquina.
Gabriel Rodríguez tenía apenas 16 años cuando la policía sitió su pueblo. Recuerda la opresión en el pecho y la caminata presurosa antes de que sonara la hora del toque de queda. Pero en Ypacaraí el miedo produjo rebelión. Con la complicidad abierta del párroco Benito Páez, un sacerdote contestatario, el pueblo decidió que no habría silencio. Si les prohibían el escenario principal, levantarían escenarios en las sombras.

Así nacieron las históricas peñas populares en el patio de la iglesia Sagrado Corazón de Jesús. Osmar Saldívar, hoy presidente del comité del festival, recuerda cruzar la calle bajo la mirada vigilante de los uniformados llevando de la mano a su esposa y a su hija de tres años.
Los alrededores del templo estaban rodeados por la policía. Entonces los músicos tenían que burlar los retenes en los caminos de tierra para infiltrarse en el predio parroquial. Muchos no llegaron; otros cantaron con el nudo en la garganta mientras los agentes tomaban nota de sus nombres. “Ahí empecé a tomarle un cariño especial al festival. Ya no era solo música: era luchar contra la dictadura”, recuerda Osmar.
El festival fue prohibido desde 1986 hasta 1988. Pero ningún régimen apagaría esa llama encendida: simplemente se trasladó a zonas fronterizas hasta la caída de Stroessner en el 89. “La comisión organizadora y una caravana de pobladores cruzaron el río Paraná en canoas y buses clandestinos para realizar la edición exiliada en el anfiteatro Manuel Antonio Ramírez de la ciudad de Posadas, en la provincia argentina de Misiones”, transmite Gabriel Rodríguez.
El festival se convirtió así en un evento cultural que se celebró en el desierto del exilio para no arrodillarse ante la tiranía.
El rostro colectivo
Cuando la dictadura cayó en febrero de 1989, el festival regresó a las calles como una institución victoriosa. Pero la democracia trajo consigo sus propios desafíos, pues había que garantizar que las nuevas generaciones percibieran aquel movimiento como un organismo vivo que les pertenecía.
En Ypacaraí la transmisión del mandato se produce por contagio directo. Aquellos que fueron niños durante los primeros años, hoy son el rostro colectivo del festival. Gabriel Rodríguez es la prueba encarnada de esa continuidad: con el paso del tiempo, migró de los micrófonos a la arquitectura invisible del evento, la de la Secretaría de Programación. Desde allí, con la pluma afilada por la lectura y la devoción por la historia, se convirtió en el guionista oficial de la obertura del show: más de 20 guiones llevan su firma.
Esa convicción es la que mueve a Osmar Saldívar, que lleva décadas de romance con el festival y ha presidido la comisión organizadora de manera escalonada a lo largo de más de 20 años. Estuvo al frente de varias ediciones y bajo su coordinación se celebró el cincuentenario. Hoy, en la número 54, su figura sigue siendo el pilar sobre el que descansa el comité. “Lograr que más de 8000 personas se reúnan en una sola noche a escuchar música folclórica es una hazaña”, reflexiona Saldívar. Y enfatiza un punto crucial: desde hace mucho, el acceso es totalmente gratuito.

Al sostén institucional se suma el testimonio del concejal Sergio Benegas, autoridad municipal con vasta trayectoria en la gestión pública local y exsecretario general de la comisión en memorables ediciones. Para él, este espectáculo trasciende la simple agenda administrativa y toca la fibra más íntima de la comunidad: “Para los ypacaraienses, el festival es una cuestión de sentimiento por la ciudad, es la marca con la que nos identificamos, el mayor evento artístico y cultural del país, y en la época más oscura de la dictadura fue prácticamente el único escenario real para los artistas, que esperaban todo un año para cantar en libertad”.
En la gran entrega de este 2026 se produce el cierre de un ciclo histórico: la despedida de don Fernando Negrete como coordinador general, cargo que ha ejercido de manera ininterrumpida durante 18 años en su condición de intendente municipal. “El festival está metido en el ADN del ypacariense”, reconoce.
El festival fue declarado Patrimonio Cultural de la República en marzo del 2019. “Nos tocó la etapa difícil de reencontrar esa identidad tras la transición democrática, pero nos retiramos con la cabeza en alto y la satisfacción de haberle devuelto su brillo histórico”, declaró Negrete en el lanzamiento oficial del 2026.
La revolución de los hijos
Hasta hoy, la festividad sigue latiendo en cada habitante de la ciudad. Allí, sin dudas, todos alguna vez formaron parte, ya sea desfilando en representación de su colegio, en las presentaciones artísticas o vibrando como espectadores.
Para entender ese arraigo hay que escuchar a quienes crecieron respirándolo en el patio de sus casas. Para Javier Sacher, de la banda Salamandra, una de las voces más representativas del rock paraguayo contemporáneo, existen solo tres momentos sagrados en el calendario de un ypacariense: Navidad, Año Nuevo y el Festival del Lago.
“Mamá preparaba una vianda gigante de milanesas, marineras y tortillas porque el festival empezaba a las 20.00 y continuaba de madrugada. Nos quedábamos a dormir o a cabecear debajo de las graderías, pero nadie se iba antes de ver el último número”, recuerda. Fue en esas noches interminables que la música se le metió en las venas para siempre. Javi recuerda el impacto fulminante de ver a la banda de jazz de la Armada Naval de los Estados Unidos tocar: la fascinación por el saxofón terminaría moldeando su destino. “De lo sagrado que me queda en esta vida, uno de ellos es el festival. Por mi abuela, mi mamá, mi papá y toda mi historia en Ypacaraí”, admite.

Durante décadas, el evento mantuvo una ortodoxia inquebrantable: el folclore era la única bandera posible sobre el escenario principal. Pero la ciudad estaba pariendo artistas que se criaban bajo el influjo del festival aunque eligieran expresarse a través del rock u otros estilos.
Ahí entró la figura de Sahori Ayala, integrante de la tercera generación de gestores culturales e hijo de la vereda de la terminal de trenes. “Toda la vida viví en la misma casa frente a la estación. Crecí viendo al festival molestar a la dictadura. Con los años emergió una camada enorme de bandas locales como Salamandra y Bohemia Urbana, y la gente quería verlas en el festival. El clamor popular era fuertísimo”, explica Sahori.
Ayala asumió el desafío generacional de romper la rigidez de la grilla y abrir de manera orgánica un espacio exclusivo para las nuevas expresiones. “Me hice cargo. Dije: ‘Si lo hacemos, y a la gente no le gusta, que golpee mi puerta’”, cuenta. Pero el proceso fue tan natural que hoy la noche de rock es el cierre indiscutido, el momento en que la comisión se saca la corbata, se pone la remera negra, se relaja, se toma una cerveza y celebra con toda la juventud.

“Esto terminó fortaleciendo la autoestima de toda una comunidad. Antes, si salías de Ypacaraí, la gente te asociaba con algún político de cuestionable currículum. Hoy vas al Chaco o a Salto del Guairá, decís que sos de Ypacaraí y lo primero que te preguntan es si sos amigo de los Salamandra. Los artistas pasaron a ser profetas en su tierra”, sentencia Ayala, quien hoy se desempeña como programador del Festival de Jazz.
Detrás de esa magia visible existe un engranaje colosal que no se detiene jamás. Víctor Amarilla, productor técnico y músico de 30 años nacido en Ypacaraí, lleva casi siete ediciones en la compleja arquitectura del evento. “La planificación empieza seis meses antes. Pero para nosotros el fervor explota el 1 de setiembre. Saber que se viene el aniversario de la ciudad, la feria artesanal, la noche de aficionados, la noche de danza y el rock nos pone la piel de gallina”, admite.
Justicia para el purahéi jahe’o
En esta edición 54, el escenario del Centro de Eventos Municipal se abrirá para reivindicar la memoria de don Flaminio Arzamendia, máximo exponente del purahéi jahe’o, un género musical que durante décadas fue arrinconado, despreciado y estigmatizado por las élites.
Arzamendia nació en la compañía campesina de Hugua Hu, en las afueras de Ypacaraí, en el seno de una familia castigada por la pobreza extrema. En los 60, vivía bajo las reglas no escritas de un feudalismo rural tardío: sin tierra propia, con una madre aquejada del corazón, una abuela centenaria y un hermano con discapacidad a su cargo, debía cultivar los campos de los grandes terratenientes para que se le permitiera usar una pequeña parcela donde sembrar la mandioca del sustento diario.
Cuando el sistema lo despojó de esa parcela, el labriego experimentó un dolor insoportable. En ese instante de desesperación, soltó la azada y tomó la guitarra. Escribió sus primeros versos y comenzó a cantar con la urgencia de gritarle al mundo que los pobres también poseen una dignidad intacta.

Sin recurrir jamás a la violencia, Arzamendia se volvió el mayor juglar campesino del Paraguay. Con su conjunto, Los Romanceros Nativos, escribió más de 1000 letras y dejó grabadas casi 900 canciones. Sus versos, en un guaraní bellísimo y metafórico, retrataron la discriminación hacia el campo, las nostalgias del emigrante y la injusticia social. Toda la radiografía de su vida fue detallada por Gabriel Rodríguez en el lanzamiento oficial.
«El escenario desplegará un abanico multidisciplinario y el evento cumbre llegará el 12 de este mes en la noche central. Además de la agrupación argentina 40 Grados, que hace chacarera, veremos a leyendas como Francisco Russo, Mirta Noemí Talavera, la Orquesta Municipal Demetrio Ortiz, Tierra Adentro, Marcelo Rojas y el consagrado Orlandito Evert. Y finalmente, el domingo 13, la energía de la noche de rock cerrará los festejos en el aniversario de la ciudad. La invitación está hecha, Ypacaraí recibirá a todos quienes deseen disfrutar de la música y la cultura.
A lo largo de estos años, el festival ha mantenido el principio de que la cultura nunca debe someterse ante nada ni nadie. “Los tiempos cambiaron, el rol de la ciudadanía también, pero estoy seguro de que en cada corazón ypacaraiense sigue encendido el antiguo fuego del ideal que alguna vez fue hoguera y faro que señaló el rumbo democrático a seguir”, expresa convencido Gabriel Rodríguez.




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