Nota de tapa

Mujer del campo, artista internacional

Julia Isídrez

Largos y sacrificados son los caminos que recorren los artistas populares en Paraguay, pero la recompensa es tanto más grande cuando llega. Es el caso de Julia Isídrez, una maestra de la cerámica consagrada dentro y fuera de su propia tierra. Su trabajo con el barro la llevó a dar clases magistrales en Santiago (Chile) y Montana (Estados Unidos), y a exponer su obra en ferias como Art Basel (Suiza), Documenta (Kassel, Alemania) y, en solo unas semanas, en la Bienal Internacional de Arte de Venecia. Clientes de todo el mundo llegan hasta la compañía Caaguazú de Itá para comprar personalmente sus piezas, y allí nos recibió ella para esta entrevista que tenemos el honor de presentar hoy a los lectores de Pausa.

Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Bethania Achón. Producción: Sandra Flecha. Fotografía: Javier Valdez.

Son las 4.00 de la madrugada cuando siente la voz de su mamá, Juana Marta Rodas, que la despierta. Su tono es cálido, pero firme, porque en media hora tienen que salir. El destino es una cantera cercana y el objetivo es recolectar barro.

Julia Isídrez tiene 10 años y ya conoce bien esta rutina. Sin importar el clima, caminan juntas, de la mano, unos tres kilómetros en busca de su materia prima. Ni las heladas son obstáculo para Juana Marta, quien simplemente se descalza para bajar a juntar la arcilla de la cantera. En los recuerdos de Julia, su madre pone sus zapatos y medias a un costado, y con la agilidad de quien lo ha hecho mil veces antes, entra a sacar el barro para hacer unas bolas de considerable tamaño que, más tarde, marca con hojas y deja a un costado. En el transcurso del día, un carretero va a pasar a recolectar las piezas para llevarlas a casa de la ceramista.

Julia Isídrez. Fotografía: Javier Valdez.

Son las 11.00 de la mañana cuando ambas regresan a casa. Julia se prepara para ir a la escuela mientras Juana Marta prepara el almuerzo y alista su uniforme. Como hija única de la reconocida artista del ñai’ũpo, tomó el turno tarde toda su vida para mantener el ritmo del sacrificado oficio. Juntas siempre fueron una dupla bien cercana y así lo recuerda hoy, a sus 57 años de edad y a más de 10 del fallecimiento de su madre.

Uno creería que el camino del barro ya estaba dibujado para Julia Isídrez desde el principio, pero Juana Marta no lo veía así. Ella quería que su hija tuviera muchas opciones de donde elegir su vida adulta. Se dedicó al ñandutí y la cerámica desde joven, y Julia creció viéndola trabajar para pagar por su educación. Se reconoce mimada y “malcriada” desde niña porque su mamá nunca le hizo “faltar” nada.

Cuando ella terminó el colegio, su mamá quiso vender una de sus vacas para enviarla a la universidad. Julia le pidió tiempo, le dijo que quería ser costurera. Y cuando terminó sus estudios de costura, nuevamente su madre iba a vender una res para comprarle una máquina de coser. Julia le pidió que no lo hiciera, pues ya sabía qué quería y no tenía nada que ver con telas e hilos: se decidió por el barro. “Y elegí bien”, dice casi 40 años después y añade: “Porque le doy trabajo a 17 personas y muchas familias pueden comer gracias a este arte”.

Julia Isídrez y Juana Marta Rodas, gentileza del archivo de la ceramista.

Un punto de quiebre

Para esta entrevista, Julia nos recibió en la comunidad que la vio crecer, en la compañía Caaguazú, de Itá. La producción de fotos de Pausa se realizó en su casa, que también es su taller y salón de ventas, en cuyo patio trasero hace las quemas que superan los 900 °C. Pero nuestra charla se dio más adelante y en un lugar cercano, en el predio donde está construyendo la escuela de cerámica con la que siempre soñó.

“Yo soy una mujer campesina, quiero que la gente me reconozca así”, dice con firmeza cuando la grabadora empieza a trabajar entre nosotras.

Fotografía: Javier Valdez.

El clima en Itá es diferente. Un poco alejadas del asfalto, disfrutamos del fresco de la tardecita y el aroma del campo, esa mezcla relajante de hierba fresca, rocío y animales. Allí Julia Isídrez, la única artista paraguaya viva que participará de la Bienal de Venecia 2024, se sincera sobre la desilusión con su propio país y las renovadas expectativas que trae consigo esta nueva etapa de su vida, después de firmar un interesante contrato con una importante galería brasileña para su representación internacional.

Es gracias a este contrato que está haciendo realidad su anhelado sueño de construir la escuela, que más adelante también servirá como residencia artística para los extranjeros que le contactan constantemente, que le piden la oportunidad de estudiar con ella. En su propia casa suele recibir a alumnos de todo el mundo, pero el espacio es limitado y siempre quiso contar con un lugar formal.

Está acostumbrada, ella, a que los extranjeros sean sus mayores fanáticos. Es que Julia ve que el reconocimiento del que goza en Paraguay tiene dos caras.

Por un lado, la “gente del arte”, como la llama, siempre se interesó por su obra y la de Juana Marta Rodas, y las impulsó. Las piezas antropomórficas y zoomórficas de su madre forman parte de la colección del Museo del Barro, y Julia recuerda con cariño a Carlos Colombino y Ticio Escobar, entre muchos otros nombres que históricamente trabajaron y trabajan por posicionar a los artistas locales.

Por otro lado, y con una visible molestia, Julia nos habla de los clientes y el Estado. Los primeros llegan a su taller con la intención de adquirir piezas, pero no dudan en contorsionar el gesto para decirle que el precio que le pone a su trabajo es demasiado alto. “Es muy caro”, le dicen. Recuerda el caso reciente de un arquitecto asunceno que fue hasta Itá a medir su obra, reservó varias piezas al costo acordado, pero después se echó atrás y le ofreció pagarle menos de un cuarto del precio original. Casos como estos se repiten todos los días.

“Me lastima el Paraguay. Se enojan cuando digo que el que más me ayuda es el extranjero, que siempre viene a comprarme; algunos hasta me pagan en dólares y dejan propina para los ayudantes. Siempre es así”

Julia Isídrez.

En cuanto al Estado, bueno, el término general se aplica porque Julia tiene la misma experiencia desde hace años. La última vez que sintió apoyo gubernamental fue durante el Gobierno de Fernando Lugo, cuando Juana Marta Rodas recibió la Gran Cruz en 2009 y una pensión graciable.

Julia lleva años pidiendo fondos para hacer realidad su escuela de cerámica. Más recientemente, a una importante figura del Gobierno actual, quien le prometió hacer realidad su modesto pedido: un salario mínimo para destinar a este proyecto. Las promesas se las llevó el viento y, hace poco, luego de hacerse pública su participación en la Bienal de Venecia, esa misma persona le dijo que su trabajo “está demasiado caro” cuando quiso adquirir obras suyas.

“Me lastima el Paraguay. Se enojan cuando digo que el que más me ayuda es el extranjero, que siempre viene a comprarme; algunos hasta me pagan en dólares y dejan propina para los ayudantes. Siempre es así”, agrega Julia, a quien le duele mucho cuando regatean la etiqueta de sus piezas, algo que la obligó a vender obras al 60 % del costo en distintos momentos de su vida.

Para hacernos una idea, una pieza cerámica de Julia Isídrez, de unos 120 cm de altura, requiere el trabajo de preparadores de barro, moldeadores, asistentes de quema y, al menos, cuatro personas para trasladarla.
Estas experiencias la llevaron a replantearse todo. “Dije que no voy a trabajar más con el barro, que sería pintora. Le pedí a una amiga, que es profesora de arte, que me enseñara y me dediqué a eso”, recuerda. De hecho, expuso sus cuadros en Luna Roja con mucho éxito: “Incluso vendí un cuadro de G. 6.000.000, pero mis obras de cerámica nadie quiere pagar. Entonces decidí dejar esto”.

Y en este punto de la historia es que nos planteamos si realmente existe el destino y si es cierto que aquellos que amamos y perdimos nos están observando, guiando nuestros pasos. Cuando su vida empezaba a cambiar, recibió la visita de un galerista brasileño que le ofreció un contrato de trabajo en exclusividad y una valorización justa de sus obras, con la representación internacional de su producción.

Este contrato, firmado hace unos seis meses apenas, fue la piedra fundacional de su escuela en Itá. Implicó la venta directa de varias obras que ya tenía en su taller y la comisión trimestral de nuevas creaciones, que irán a parar a la galería brasileña. Con este ingreso monetario, Julia empezó el proyecto que tenía parado hace tiempo; sin la ayuda que tanto pidió y nunca recibió, pero con el respaldo de su propio trabajo. “Esa fue una bendición. Seguramente, mi bisabuela María Balbina Cueva y mi madre Juana Marta Rodas no quisieron que deje la cerámica”, dice Julia, convencida.

Julia Isídrez. Fotografía: Javier Valdez.

Camino a la bienal

Aquel punto de inflexión desató una serie de hechos que la trajeron hasta donde está hoy, preparándose para viajar a Europa y participar de la 60 Bienal de Arte de Venecia. “Ya se fueron dos obras mías que miden 120 cm y 150 cm de altura. Son nuevas, no presentadas hasta ahora. De mi imaginación, hice una pieza en honor a mi bisabuela, mi mamá y yo”, nos adelanta.

Pero su agenda no hace más que abultarse, porque ya fue invitada a la 14 Bienal del Mercosur que se realizará en setiembre en Porto Alegre y a la 15 Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Curitiba. “Ya son tres bienales que me vienen encima después de que iba a dejar mi cerámica”, agrega con mucho orgullo. Y bien merecido es el reconocimiento para esta maestra del arte popular, quien podrá disfrutar en vida de la cosecha de tantos años de trabajo, suyos y los de las mujeres que la precedieron y le legaron el oficio del barro.

El primer curador latinoamericano de la bienal, Adriano Pedrosa, es además director artístico del Museo de Arte de San Pablo (MASP) y llegó a Paraguay para invitar a Julia Isídrez personalmente. “El señor Adriano Pedrosa vino especialmente para conocer mi taller antes de entregarme la invitación. Ya tenía la convocatoria, pero vino a verificar mi trabajo”, nos cuenta. Pedrosa, además, eligió nueve piezas de Juana Marta Rodas pertenecientes al acervo del Museo del Barro para la exposición internacional. Julia y Juana Marta son parte de los 332 participantes que conforman la selección, cuyo tema este año será Stranieri Ovunque – Extranjeros por todas partes.

“Es algo muy grande”, dice en este punto, con la voz embargada de emociones. “Mi madre empezó desde el suelo, se casó ya grande y quedó viuda, sola conmigo. Ahí arrancó otra vez con la cerámica, procuró mucho. Ella primero hacía cántaros de ñai’ũpo y hacia el final, cuando ya teníamos heladera, empezó con sus figuras zoomorfas y antropomorfas, que por supuesto fueron bien aceptadas. Estoy orgullosa de ella y de que mi obra va a estar a su lado en representación del Paraguay. Fuimos campesinas, ella luchó muchísimo y se la reconoció en vida”.

En primer plano: obras de la facellida Juana Marta Rodas, artista ceramista y madre de Julia.

En la obra de Julia Isídrez se ve la influencia de Juana Marta Rodas, y la propia artista aprecia todo lo que aprendió de su madre, pero se separan las figuras fantásticas que emergen del propio ingenio de Julia. Nunca fue su intención replicar lo que ya vio, sea en la producción de otros artistas o en la realidad misma. Su cerámica es particular, su terminación es minuciosa y su éxito es celebrado por todos aquellos que tenemos la suerte de ver en persona su preciada creación.

Julia Isídrez va a participar en persona de la apertura de la Bienal de Venecia el próximo 20 de abril, con el acompañamiento de artistas locales y el apoyo de la galería que hoy la convoca. Representará a Paraguay porque esta tierra roja corre por sus venas y lo hará sin el necesario apoyo de las instituciones que se embanderan con su trabajo, pero con el orgullo de haber respondido al llamado de nuestro arte popular.

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