Nota de tapa

El futuro mau de Lucas We

Una reinterpretación de códigos culturales latinoamericanos

Con vistas a su primera exposición individual, conversamos con el artista y director de arte Lucas We, quien, tras un proceso de migración, se estableció en Asunción y expandió, desde lo colectivo y comunitario, su trabajo artístico y visión de la cultura popular.

Por Nadia Gómez. Dirección de producción: Betha Achón. Producción: Sandra Flecha. Fotografía: Javier Valdez.

Es jueves por la mañana cuando Lucas We me recibe en su oficina. Llego con una taza en mano y, al encontrarme rodeada de bocetos, dibujos, lienzos y pinturas, me agarra pánico de que el contenido termine manchando uno de sus trabajos. Minutos después, él también trae un café y, apenas lo apoya, se le derrama un poco en la mesa. Le digo que eso era lo que temía que pasara y me dice, sonriendo, que las manchas son parte del proceso, que no me preocupe. Todo el arte que nos rodea rápidamente se vuelve mucho más amigable y hasta lúdico.

Lucas Mendoza, conocido por su nombre artístico Lucas We, nació en Buenos Aires y vivió gran parte de su vida en Formosa (Argentina). Dibuja desde que puede recordar. Para recibir educación universitaria, migró a la ciudad de Resistencia (Chaco) y estudió en una facultad pública, donde se encontró con el mundo del arte, urbano, específicamente. “En 2001 hubo una crisis grande en Argentina, eso despertó a la gente, que salió a las calles. Se empezaron a ver murales gigantes, se pegaban carteles, se hacían esténciles, se pegaban stickers, todo para manifestarse, y eso me movió mucho”, cuenta.

Su interés por lo colectivo —que se ve muy reflejado en su trabajo— nació en ese momento. Inspirado por esa fuerza movilizadora, formó el Grupo We. “We es como una muletilla que se usa como asombro para cualquier cosa. Me llamaba la atención que todo el mundo en Resistencia decía: ‘Wee, ¡qué bueno está eso!’ o ‘Wee, ¡qué buen trabajo!’. Al ser de afuera, empecé a escucharlo, lo agarré e hice el grupo”, agrega.

Fotografía: Javier Valdez.

Según Lucas, el Grupo We estaba formado por un montón de chaqueños y de diferentes provincias que salían a la calle a pintar esténciles y otras cosas que él iba aprendiendo en la facultad. “Habremos sido cinco o seis más o menos. Lo que pasó fue que con el tiempo quedamos unos cinco que trabajábamos en proyectos, pero muchas veces se unían amigos de la facultad. En ocasiones éramos siete tipos que pintaban a la madrugada”, comenta. 

En 2008 estaba terminando la facultad y como le quedaba una materia pendiente, decidió quedarse y probar suerte en Resistencia, con la idea de crear un espacio de trabajo. “Con un amigo abrimos el estudio y fue el fracaso más grande de mi vida. No sabía nada, me di cuenta de que era un desastre. Me gustaba dibujar, hacer arte, capaz tenía buen gusto para ciertas cosas, pero eso no significaba nada para tener un cliente, para hacer un presupuesto y una factura”, cuenta entre risas.

En contraparte, el Grupo We estaba creciendo. Lucas notó que, en ese momento, en otros países se pintaban bastantes personajes gigantes. Había pensado que le gustaría mucho replicar eso, pero con un toque suyo, con una insignia local: “Ahí conecté con la mitología guaraní, con el Pombero, el Jasy Jatere, el Luisón, todo eso que compartimos, pues tenemos la misma cultura, las mismas leyendas; nos asustan con lo mismo, digamos”. Él tomó esos personajes y los imaginó a su manera, deformados, nada parecidos a las pocas imágenes que ya existían.

“Ahí conecté con la mitología guaraní, con el Pombero, el Jasy Jatere, el Luisón, todo eso que compartimos, pues tenemos la misma cultura, las mismas leyendas; nos asustan con lo mismo, digamos”

El grupo empezó a pintar murales y postearlos en Flickr, una plataforma de fotografías orientada a crear comunidad, muy popular en ese entonces. “Todas las semanas subíamos algo. Yo no tenía internet en casa, iba a un cíber que estaba en la esquina. Todo lo que hacíamos era con muy escasos recursos, y eso también le dio una fuerza interesante. Nunca compré pinturas para salir a pintar, era usar la cabeza por sobre los materiales. Nos adaptábamos a lo que había”, recuerda. Lucas cree que trabajar en esas condiciones también le hizo crecer mucho en cuestiones de creatividad.

La presencia virtual que les dio Flickr estaba rindiendo sus frutos. Alguien, a unos 281 kilómetros de Resistencia, se fijó en el trabajo del grupo: “Nos llamaron de Asunción, de la agencia Oniria; nos propusieron dar un taller de pintura en la calle. Éramos cuatro y, supuestamente, vinimos un finde, pero nos quedamos una semana de fiesta acá. Me enamoré de Paraguay, de Asunción. Dije: ‘Yo quiero vivir acá’”. Lucas procedió a pintar un paisaje asunceno que una generación muy específica tuvo el privilegio de conocer; era la época de sitios culturales alternativos y artísticos como Planta Alta, Taller 1130, Puerto Abierto. Proliferaban los espacios autogestionados y las iniciativas diversas.

Tras ese primer acercamiento, Lucas empezó a colaborar con Oniria desde Resistencia. Sin embargo, se encontraba en medio de una crisis: “Allá no trabajaba en lo que me gustaba, sino en una imprenta, haciendo plotter o cualquier otra cosa”. En 2009 decidió lanzarse al vacío, probar algo radicalmente distinto a todo lo que había hecho antes. Escribió a Oniria para avisar que se iba a Buenos Aires, pero que, si había algo en Asunción, le avisaran: “Obviamente era todo mentira, nada de la capital. Tanteé”. 

Fotografía: Javier Valdez.

De vuelta, Asunción acogió a Lucas, pero esta vez definitivamente. Oniria le hizo una propuesta y así el tanteo se convirtió en realidad, estaba todo en sus manos: “Me preguntaron cuándo me gustaría venir y pensé que tenía tantas cosas que arreglar. Respondí que en abril. Corté el teléfono y me dije: ‘Listo, en abril mi vida cambia’”. Lucas tenía una rutina hecha en Resistencia: novia, estudio que llevaba adelante con un amigo y un contrato de alquiler, pero eso no lo detuvo: “Y un día me vine, en 2010. Llegué a Paraguay con un bolso, una tele y un colchón que compré”. Así arrancó acá. 

Actualmente se define como director de arte, una nomenclatura que engloba todas las cosas que ama hacer. “Me gusta diseñar, soy diseñador gráfico de profesión, y es lo que me trajo, lo que me mueve y lo que me da dinero para vivir. Soy ilustrador, tengo las herramientas para dibujar. Aparte de eso, colaboro haciendo escenografías, espacios, pinto murales. Entonces todo lo que tiene que ver con la gráfica, con el arte, con la pintura, con el crear con la mano… ese es el mundo donde me muevo”.

“Todo lo que tiene que ver con la gráfica, con el arte, con la pintura, con el crear con la mano… ese es el mundo donde me muevo”

La migración y sus posibilidades

Dejar el hogar, el paisaje conocido, los amigos y la familia, el confort de un cielo familiar, es un hecho que marca la vida de quien decide migrar. En el caso de Lucas, fue hace 13 años: “Creo que toda mi fuerza y los no prejuicios, que gané con los años, tienen que ver con ser de fuera. No sentí miedo, no me importó nada. Tuve tiempo para hacer las cosas; debía ir los fines de semana a la casa de mi abuela, no había que hacer otra cosa más que lo que yo quería hacer”. Para él fue una etapa muy importante, un poco egoísta, cree, pero necesaria cuando uno tiene ganas de hacer lo que desea.

De adolescente, Lucas tenía la impresión constante de que cuando estaba por hacer algo, justo surgía otra cosa, aparecía otra responsabilidad. “Esa sensación la sigo teniendo, pero ya la controlo. Fue muy importante para mí ver hasta dónde podía dar, y para eso a veces únicamente hay que estar solo. Creo que la migración me dio eso, el estar conmigo mismo para descubrirme”, explica.

Fotografía: Javier Valdez.

Algo importante es que Lucas llegó a Asunción con mucha hambre, con ganas de crecer y expandirse. “No dormía. Iba a trabajar a las 8.00 a Oniria, salía a las 7.30 de la noche. Llegaba a mi casa, a veces comía algo; a las 9.00 iba a pintar a un local, me quedaba hasta las 2.00 de la mañana. Volvía y al día siguiente iba a laburar. Lo último que me importaba era descansar o parar”, asegura el artista.

Detrás del estilo reconocible de Lucas existe un trabajo importante que con los años fue moldeando y visibilizando su mirada y su manera de concebir el mundo. “Tiene que ver con un montón de entrega física, el haber circulado por muchos lugares. Si conozco a tanta gente es porque creo que estuve en varios sitios, siempre haciendo algo. Soy una persona que crea. Por suerte tengo el espacio para ello, me siento muy privilegiado por eso. Pero aparte del privilegio, creo que hubo mucho trabajo para llegar hasta ahí”, reflexiona.

Un mejunje latinoamericano y popular

Quien conoce el trabajo de Lucas We puede identificar las temáticas que le interesan y que le interpelan, un contraste saturado entre la cultura local latinoamericana y elementos culturales globales. “Me encanta la simbología local, las costumbres; también lo regional mezclado con lo global, cómo funciona esa cosa medio kitsch. Me gusta dónde estamos. Creo que si viviera en Berlín me aburriría, o sea, me atrae por lo punky que es, pero es como debe ser y acá está todo desordenado. Eso me inspira”, agrega. 

Mientras hablamos, veo en su oficina una imagen familiar, la figura de Laurys Diva, la modelo e influencer que se ganó el corazón y la simpatía de los paraguayos con su autenticidad. “Es un ícono increíble, lo más real y popular que existe. La ves vestida de Gucci, con una gallina y un autazo, y digo: ‘Esto es un cuadro’. Yo llevo eso mismo con una visión casi futurista. Esta es mi Gioconda”, explica. Tomar los fenómenos locales sumergidos en una mirada particular, en este caso la de Lucas, más un toque de futurismo, es la receta que vemos en su trabajo, y que está más aún presente en su próxima y primera exposición individual, Mau Future.  

Fotografía: Javier Valdez.

A los códigos locales que se ven en su trabajo, como la representación de Laurys, Lucas los considera genuinos. “Yo a ella no la creé; existe. En realidad, el arte es ella. Yo trato de retratarla a mi manera, pero ella, espléndida con gallinas y autazos, existe en Paraguay, y es una personalidad muy conocida. Alguien de afuera va a pensar que uno inventa esto, pero Paraguay, Latinoamérica, te da toda la iconografía”, afirma.

Sumado a todo esto, lo que tiene ver con lo callejero, lo que Lucas observa en la calle, también constituye una gran fuente de inspiración: “Me siento una persona que deja por sentadas cosas. Al arte lo veo como: ‘Che, esto está pasando ahora y dejo registro de que ocurrió’”. Un trabajo artístico que se entiende casi como un archivo vivo, intervenido; que más que contener la información de un hecho histórico, social y político, tiene un lenguaje propio, que nace de la voz y la mirada del artista.
 La Bolivia que vino a sacudir

Si alguna vez te tocó estar en Asunción y, además, coincidir con una fiesta Bolivia, esta parte de la nota apunta a activar esa nostalgia por el baile contagioso, por una atmósfera tropical, amiguera y con mucho ritmo. Bolivia es un proyecto de Lucas que nació en un cumpleaños suyo, el 17 de febrero de 2011, un año después de llegar a Asunción. “Cuando vine había empezado a conocer lo que sería la nueva música, la cumbia digital. Fui a un encuentro de diseño en Mar del Plata, vi a unos chicos que tocaban en vivo y me volaron la cabeza. De ahí nació un poco todo lo que me gusta, creo”, agrega.

Cuando llegó a Asunción, se sentía un loco porque escuchaba ese estilo siempre. “Acá nadie curtía la cumbia. Sonaba mucho rock y era muy internacional, muy yanqui. Cuando me tocaba poner música, decía: ‘Bánquense’. Era casi un momento de risa”. En ese entonces Lucas dibujaba un personaje llamado King Bolivian, un sudamericano lleno de oro, muy sudaca, que emulaba un aire de lujo pero, al mismo tiempo, de cierta precariedad. Sin pensarlo mucho, organizó su fiesta de cumpleaños con el nombre Bolivia 2.0.

En la primera edición tocó Kitapena, antes de que la banda existiese como tal. La decoración fue de Maika Rasmussen, actual esposa de Lucas, con temática de fiesta patronal. “Pasé música por primera vez ahí, nunca lo había hecho. Miré YouTube y bajé un programa. Fue un desastre, estaba nervioso, pero esa fue la primera Bolivia”, explica.

“Acá nadie curtía la cumbia. Sonaba mucho rock y era muy internacional, muy yanqui. Cuando me tocaba poner música, decía: ‘Bánquense’. Era casi un momento de risa”.

Después, al proyecto se unieron varios amigos suyos, crecieron y se convirtieron en un colectivo de personas que llevaban adelante esta fiesta. “Todos los que estábamos ahí crecimos mucho. Juanma (López Moreira), por ejemplo, que hacía los videos, en esa época no se dedicaba al audiovisual, y hoy es un gigante en eso. Lili (Fretes) arrancó con la decoración y hoy tiene un estudio increíble para ese tema (Fresco). Yo hacía todo lo que tuviera que ver con gráfica, experimentaba, y hoy hago lo que hago”, menciona Lucas.

El proyecto, por más exitoso que fuera, se hacía cada vez más difícil. Todo el equipo fue forjando su camino; los miembros empezaron a tener hijos y a embarcarse en otros proyectos. Pasó el tiempo, pero para Lucas era claro que eso no podía morir. “Ahí inventé el concepto de Fiesta Grande, que para mí significaba que Bolivia fuera parte de una actividad mucho mayor y con otro encare”. El evento mutó, se transformó y actualmente sigue existiendo y movilizando al baile y al goce a miles de asuncenos.

Fotografía: Javier Valdez.

Mau Future

Este viernes 3 de noviembre, Lucas We expone sus trabajos de manera individual por primera vez. “Eso representa mirarme. Este año, esta exposición, creo que es mi momento bisagra, en un sentido en que creo que venía trabajando bastante comercialmente con diseño e ilustración, y me agoté, necesitaba hacer algo. Este fue mi plan, mi objetivo del 2023”, considera.

En conversación con amigos, y luego de examinar mucho el trabajo que viene haciendo, todos se referían a su estilo como uno muy cercano a lo popular, pero con una mirada futurista y digital, similar al concepto de Bolivia. “Ahí surgió lo de Mau Future, que viene de la premisa punk no future, pero le localizamos más y le pusimos mau, de trucho” (en la jerga local), explica el autor y agrega que su obra “tiene que ver con el arte urbano, con lo que veo, con lo que pinto, con la gente popular, con los trabajadores, y siempre con una mirada hacia cómo será este lugar de acá a 50 años. Si ya existen autos voladores, ¿van a tener que esquivar los cables de las calles o los van a sacar? No sabemos qué va a pasar, estamos en Paraguay”.

Fotografía: Javier Valdez.

Para la exposición, Lucas experimenta con lienzos, pinturas y arte urbano, y también trabaja en colaboración con Diego Esquivel, un artista de Tobatí que hace esculturas con ysypo. “Estoy rayando puertas de autos como parte de mi obra, trabajo con ladrillo y con elementos que veo. No habrá nada que no exista en lo cotidiano. Creo que la gente se va a encontrar con un paisaje familiar, pero con otro abordaje. Reinterpreto la calle; para mí eso es un poco lo que se va a sentir, es la intención”, nos adelanta.

Así como en sus proyectos anteriores, la exposición la trabaja desde un punto de vista colectivo. Esto implica la participación de dos colegas y amigos, Gustavo Riego y Rolo Ocampos, quienes lo acompañan, esta vez, para la selección y acomodación de las piezas. “Mi intención es emular ese frente de colectivo que está saturado de cosas, eso me encanta”, promete.

La inauguración de la exposición es el viernes 3 de noviembre, en el Centro Cultural de España Juan de Salazar, a las 19.00, con más de 40 piezas que invitan a sumergirse de lleno en el imaginario mental de Lucas We.

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