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EL CAMINO DE LA TERAPIA SOMÁTICA

El cuerpo como cartografía para la salud mental

Tania Mazó llegó a la terapia somática desde un lugar muy honesto: se sentía mal en uno de los lugares más hermosos del mundo. Hoy trabaja en Paraguay como terapeuta en este tipo de acompañamiento de salud mental, el cual aún no se instala del todo entre las alternativas locales. Su consulta es una invitación a escuchar y decodificar lo que el cuerpo quiere y necesita transmitir.

Por Nadia Gómez

Sucedió frente al mar, en una región de México en la que Tania vivió un tiempo. El paisaje era de esos que permanecen guardados, atesorados en la mente. La radiografía de ese momento no solo contempló lo estético, la armonía de la naturaleza vibrante, sino también algo que no cerraba. “Mi cuerpo no podía hacer que entrara en contacto con lo que realmente estaba sucediendo”, explica.

Aguantó muchas experiencias que hoy nombra con gratitud, «estoy muy honrada de haberlas vivido”, pero que en ese momento seguían pesando, instaladas en algún lugar que no era exactamente la mente. Fue a través de documentales de Gabor Maté y de Peter Levine que Tania encontró el hilo. Y tirando de ese hilo llegó a Buenos Aires, junto a una terapeuta referente del trabajo somático con enfoque feminista. Ahí comenzó un proceso que transformaría no solo su vida, sino también su manera de acompañar a otros. Esto sucedió en 2022.

Hoy Tania Mazó es, muy probablemente, una de las pocas personas en Paraguay que trabajan exclusivamente con herramientas de terapia somática, especialidad que aquí todavía es una rareza y que ella ejerce con la convicción de quien sabe, desde dentro, lo que puede hacer, con responsabilidad y entrega a los procesos que acompaña. 

Tania Mazó.

¿Qué es, exactamente, la terapia somática?

La palabra soma viene del griego y significa “cuerpo”. Y eso, en esencia, es de lo que trata esta terapia: de devolver al cuerpo el lugar que le corresponde en el proceso de sanación. Durante décadas, la psicoterapia tradicional trabajó principalmente desde el pensamiento. Se hablaba, se analizaba, se buscaban patrones en la historia de vida. Y eso tiene mucho valor. Pero esta disciplina parte de una premisa diferente: las experiencias difíciles, especialmente las traumáticas, no solo quedan grabadas en la memoria, también en el físico. En la postura, la respiración, el tono muscular, en la forma en que el sistema nervioso responde —o deja de responder— ante el mundo.

Peter Levine, un gran maestro de este enfoque y creador de la Somatic Experiencing, lo explica así: cuando enfrentamos una amenaza, el cuerpo genera una enorme cantidad de energía para pelear o huir. Es un mecanismo de supervivencia tan antiguo como la especie. El problema ocurre cuando esa respuesta no puede completarse: si la situación nos abruma, nos paralizamos o el peligro pasa pero el cuerpo no recibe la señal. Esa energía no desaparece. Se queda encerrada, en un estado latente, en los músculos y el sistema nervioso. A eso Levine llama una «fijación».

Una fijación, en términos sencillos, es una respuesta biológica que quedó a medias. Y puede expresarse de maneras distintas: tensión crónica, migrañas, movimientos involuntarios, fatiga, ansiedad, disociación. O incluso —y esto es lo que hace que este enfoque sea especialmente interesante— como rasgos de personalidad que en realidad no son rasgos de personalidad. «Lo que la persona cree que es su ‘forma de ser’ puede ser en realidad una consecuencia del trauma», señala Levine. Alguien que se describe como «siempre ansiosa» o «muy rígida» quizás no nació así. Puede que su sistema nervioso haya aprendido a estar alerta, y con el tiempo eso se volvió paisaje.

Aprender a escuchar desde adentro

Una de las preguntas naturales cuando uno escucha hablar de terapia somática es, ¿y cómo se trabaja, concretamente? Porque si las terapias cognitivas usan palabras, conceptos, interpretaciones, ¿qué utiliza la somática?

Usa el cuerpo como punto de entrada. Y para eso desarrolla algo llamado interocepción: la capacidad de sintonizar con las propias sensaciones internas. No en abstracto, sino en el momento presente. ¿Dónde hay tensión ahora mismo? ¿Dónde hay expansión? ¿Qué impulso aparece físicamente cuando pienso en tal cosa?

Es un entrenamiento, en el sentido más literal de la palabra. Y como tal, lleva tiempo y práctica. Tania lo describe como «aprender a habilitar espacios internos». A través de preguntas que invitan a la curiosidad —no al análisis, sino a la observación— se busca pasar de un estado de contracción a uno de distensión. Porque es desde la distensión que el sistema nervioso puede, finalmente, completar esas respuestas inconclusas.

Hay un concepto de Levine que ilumina muy bien cómo funciona este proceso: la titulación. Él tomó prestado el término de la química. Cuando se mezclan un ácido y una base de golpe, hay una explosión. Pero si se hace gota a gota, el sistema se neutraliza de manera gradual. Con el trauma pasa algo parecido: no se puede ir directo a lo más intenso, porque eso retraumatiza. La clave está en acercarse de a poco, en dosis manejables, y permitir que el cuerpo procese sin verse abrumado.

También hay una habilidad que Tania trabaja especialmente con sus pacientes: el doble monitoreo, que es la capacidad de mantener una conexión con el entorno —saber que estoy acá, en esta sala, en este momento— mientras al mismo tiempo se observa lo que sucede internamente. Esa conexión es la que da «agencia», como le llaman en la jerga somática: la capacidad real de responder ante los propios estados internos, en lugar de ser arrastrado por ellos.

¿Para quién es esta terapia?

Tania es clara al respecto: cualquier persona puede beneficiarse de un proceso somático. Pero hay ciertos perfiles que aparecen con mucha frecuencia en su consulta. «Veo personas que han pasado su vida conquistando cosas, pero muy desconectadas», dice. «Alcanzan ciertos propósitos y no saben cómo llegaron ni para qué». Es gente que aguantó, que empujó, que logró. Y que en algún punto —muchas veces con un burnout como disparador— se da cuenta de que algo no está bien. Que hay mucha mente y poco cuerpo. Que la presencia se fue perdiendo en el camino.

Ese burnout, aclara Tania, no debe tratarse de manera aislada. «Yo no puedo atender algo que no esté diagnosticado», explica. En casos así, el trabajo somático se integra con otros profesionales: clínicos, psiquiatras, psicólogos. «Sí o sí le pido un perfil vitamínico a esa persona, para ver que no tenga ninguna deficiencia. No es posible solamente regular el sistema nervioso y no atender la parte física realmente».

Esta visión integral se vuelve especialmente evidente en casos más complejos. Tania cuenta, por ejemplo, que al trabajar con una persona con problemas de consumo, adicción, se forma una triangulación con su psiquiatra y su psicóloga. Cada profesional aporta desde su enfoque: la estabilidad, el procesamiento emocional y los ejercicios corporales para sostener la compulsión. «Se habla de evolución», dice Tania. Y esa evolución, en el mejor de los casos, se construye entre varios.

Una terapia que todavía escasea

La Somatic Experiencing —que es una marca registrada y la corriente más reconocida dentro de este enfoque— tiene institutos en Uruguay, Argentina y Chile, pero no en Paraguay. Eso significa que formarse en esto requiere viajar. Lleva tiempo, dinero y una logística que no está al alcance de todos.

La propia Tania va al menos dos veces al año a Buenos Aires para seguir su formación. El nicho, reconoce, todavía es muy asunceno: hay psicólogas que se interesan y preguntan cuándo podrán aprender. Pero, por ahora, la oferta local es mínima.

«Cada sistema nervioso es una huella dactilar», dice Tania. Nadie vivió exactamente las mismas experiencias. Y eso hace que este trabajo sea, en sus propias palabras, «muy artesanal». No hay un protocolo único o una receta. Hay una escucha que incluye a lo físico, y un acompañamiento que parte de entender que lo que a veces creemos que somos es, en realidad, lo que nos pasó. El cuerpo guarda memoria. Y a menudo, para sanar, hay que aprender a escucharla.

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