Arte

Silvana Nuovo

Las cápsulas del tiempo

¿Qué partes de la realidad capturamos y recordamos? ¿Quiénes somos en esta coyuntura? Silvana Nuovo, la artista de origen colombiano residente en Paraguay reconocida por sus pinturas y por impulsar la Feria de Arte Contemporáneo Oxígeno, ensaya algunas respuestas en su nueva muestra, de la que nos habla en esta edición de Pausa.

Por Patricia Luján Arévalos. Producción: Anabel Artaza. Fotografía: Fernando Franceschelli.

Una pequeña casa al lado de un arroyo, bañada por la luz que se filtraba a través de una exuberante vegetación. Ese escenario veraniego quedó grabado en la retina de Silvana Nuovo, pero no de presenciarlo personalmente, sino de experimentarlo a través de la mirada de un artista, en un cuadro que colgaba en el departamento de sus padres en Bogotá. 

“Tengo muchos recuerdos vinculados con el arte, ya que era una de mis actividades favoritas, pero la relación con esa pintura en la sala de mi casa me acompañó toda mi infancia: era una ventana a otro mundo. No se trataba solo de la imagen, sino de un ambiente que el pintor había logrado a través de los gestos, con la materia y el color, que hacían posible para mí estar ahí”, explica sobre su relación con aquella pieza. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Al escucharla describir ese cuadro y las emociones que le generaba, es inevitable considerar la influencia que ese artista anónimo habría tenido en la forma en que la propia Silvana pinta, con tanta atención a la atmósfera, capaz de transmitir hasta la temperatura y la sensación ambiental de la escena. “Creo que el hecho de que esa imagen me haya permitido entrar fue porque el lenguaje de la pintura me era familiar”, acota.

El interés por crear es, para Silvana Nuovo, algo innato: “Pienso que cada uno de nosotros nace con una determinada sensibilidad, modelada posiblemente por el ADN, información que no sabemos de dónde viene, supongo que en parte es modelada por las acciones y experiencias de nuestros antepasados. Mi abuelo paterno era ebanista y hacía muebles en madera que eran obras de arte; mi abuela materna pintaba; para mi mamá, la belleza en su vida era fundamental, todo lo hacía con cuidado y estética; mi papá también tuvo su faceta de escritor en su juventud”.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Ese vínculo fue estrechándose con los años y nuevas experiencias se encargaron de sellar esa relación. A los 20 fue a Florencia y quedó extasiada al recorrer los históricos museos de la ciudad italiana: “Casi tuve el síndrome de Stendhal, una especie de síncope ante tanta belleza, que justamente se suele llamar síndrome de Florencia”.

Este jueves 17, la consagrada artista se presenta en el espacio Hive con una nueva colección de obras recientes que exploran nuestra percepción de la realidad.

Si bien esta muestra se llama Reflexiones sobre el paso del tiempo, el tema se presenta en tu obra hace rato, desde los autorretratos con tus hijos hasta la serie en que los sujetos estaban sumergidos en el agua, como capturados por el momento. ¿Qué tiene el tiempo que te lleva a reflexionar constantemente y cuál es el desafío de plasmarlo en una cápsula, tal como es un cuadro? 

 – Creo que el tiempo es y será la médula de mi obra, aquello sobre lo que, de una u otra manera, siempre he trabajado. Y también es una de las grandes preocupaciones de muchos artistas. Tal vez sea incluso una de las cosas que nos impulsan a crear.

Por un lado, está la voluntad de congelar el tiempo a través del arte. Cuando creamos, existe la posibilidad de no sentir su paso. Por otro, aquello que generamos permanece y, por lo general, sobrevive más allá de nuestra existencia carnal. Es una especie de testimonio de nuestro paso por el mundo, pero también de ese momento exacto en el que la obra fue gestada.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Más allá de esto, hay otro aspecto del tiempo que me interesa particularmente en este momento: lo que nos toca vivir ahora. Hay en el mundo un aire de fatalidad, una sensación de decadencia, y creo que los artistas somos particularmente sensibles a estos estados.

Me interesa pensar en el tiempo como una flecha que avanza en una sola dirección, sin posibilidad de volver atrás, y en la entropía como uno de los desenlaces inevitables del mundo de la materia: todo se transforma, se desgasta, se dispersa.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

En medio de este aire de fin del mundo, busco una salida. Y la única que alcanzo a ver está en reconstruir nuestros vínculos con la vida, aquellos que nos permiten atravesar la inevitable decadencia de la humanidad y, ¿por qué no?, también renacer.

¿Cómo se mira Silvana Nuovo a sí misma y a los demás?

– Justamente trato de ver lo hermoso que hay en todo lo que me rodea. Cada momento, situación y persona tiene cosas bellas. Lo que nos muestran y enseñan los artistas en la historia es que, en los momentos más oscuros, el arte tiene la capacidad de revelar belleza. Lo estético, la verdad y la justicia pienso que están profundamente vinculados. Siempre existe alguna luz en la oscuridad, algo bello en la fealdad, una forma de bondad en la maldad.  

En un punto dijiste: “Cuando pinto algo, lo reconstruyo, lo habito”. ¿Cómo habitaste las obras que componen esta nueva serie?

– En esta serie hay muchas manos que muestran algo: una hoja seca, un pez que murió en un estanque, un insecto muerto. Pero no se trata solo de los elementos que la conforman, sino de la sensibilidad que muestra y la mirada del observador.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Está mi autorretrato en el espejo, tema recurrente en mi trabajo, al igual que el agua y los reflejos en general; está el espectador que contempla el paso del tiempo; la reproducción pictórica de una fotografía fallida, como una reflexión sobre nuestra memoria, que recuerda fragmentos de acontecimientos a través de los cuales reconstruimos una historia.

La memoria es una narración, no es objetiva. Del mismo modo, nuestra percepción está atravesada por las narraciones y los sentidos que damos a las cosas.

Por lo general, lo pequeño parece tener menos valor y tendemos a fijarnos más en las imágenes que en sus reflejos. Pero ¿y si finalmente fuera al contrario? ¿No es tan importante el final como el principio de las cosas? ¿Lo pequeño como lo grande? ¿El reflejo como la imagen?

En Reflexiones… conocemos tu visión de la cerámica. Aunque no es la primera vez que incursionás en este medio, no es de los más frecuentes en tu repertorio. ¿Por qué te llamó la atención y cómo encaja en el mundo que planteás para tu muestra?

– Con mi compañero de vida y de taller, Ricardo Álvarez, comenzamos a hacer cerámica a partir de unas residencias artísticas que organizamos en Areguá con Oxígeno. A mí, en particular, lo que más me atrajo de ella fue la posibilidad de encontrar un nuevo soporte para la pintura.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Me encanta la idea de que sean objetos. Hay algo ancestral en eso: su utilidad, que con la era industrial se ha desprestigiado mucho en el ámbito artístico por su posibilidad de reproducción. Creo que hoy en día esa frontera entre lo artesanal y lo artístico se ha roto, que las cosas que nos acompañan en nuestra vida cotidiana pueden estar cargadas de sentido. Desde los primeros artefactos que creó la humanidad, tuvimos la necesidad de decorarlos. Pero esas primeras decoraciones no eran banales: eran preguntas, historias, reflejos de una determinada mirada sobre el universo, una forma de conexión casi mística con él.

También me atrae la alquimia de la cerámica, el hecho de que la materia atraviese un proceso, como el del calor, para que la tierra se transforme, se endurezca y se convierta en algo nuevo. Puedo imaginar un resultado, pero al abrir el horno siempre hay una sorpresa. Esa transformación nunca está totalmente bajo nuestro control.

¿Qué ofrece la cerámica como medio que no encontrás en otras disciplinas?

– Para la sociedad contemporánea, es más fácil acceder al arte a través de objetos que tienen una “utilidad”. La esencia del fenómeno artístico hoy en día está, justamente, en permanecer dentro de la inutilidad en un mundo profundamente utilitarista.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Me gusta la paradoja de la cerámica: son objetos que pueden cumplir una función y, al mismo tiempo, contener mensajes y procesos. Hay arte porque hay preguntas, no es banal, no fue pensado únicamente para hacer que un espacio sea más bonito.

También me gusta su fragilidad y, al mismo tiempo, su dureza. En gran medida, fue la cerámica la que nos permitió conservar vestigios de civilizaciones pasadas. En los jarrones, por ejemplo, encontramos representaciones de escenas de la Odisea que nos permiten acercarnos a la manera en que esas sociedades imaginaban y representaban el mundo.

Invitás al público a reconocer la pequeñez de la humanidad, ¿recordás el momento en que vos misma llegaste a la misma epifanía? ¿Cómo se relaciona eso con tu práctica artística?

– La humildad y el respeto son las bases de mi práctica espiritual. Últimamente he escuchado entrevistas y podcasts de biólogos como Olivier Hamant y Pablo Servigne, así como de neurocientíficos como Samah Karaki y Albert Moukheiber, quienes, aunque parten de campos diferentes, reflexionan sobre una preocupación común: la necesidad de reconocer nuestros límites, cuestionar la idea de control y vincularnos de nuevo con otros seres humanos y no humanos que son parte de la existencia.

Olivier Hamant propone sustituir el culto al rendimiento por la búsqueda de la robustez: aprender del mundo vivo, que no busca la perfección ni la máxima eficiencia, sino mantener su viabilidad en un hábitat cambiante.

Pablo Servigne, desde la reflexión sobre la colapsología y la ecología, pone el énfasis en la ayuda mutua, la cooperación y la interdependencia como fuerzas fundamentales de lo viviente. Una de las frases que más me marcaron de una entrevista fue: “Es mejor llevarnos bien con nuestros vecinos que con nuestras ideas”. Hoy el mundo está tan polarizado, en parte por los efectos de las redes sociales, que muchas veces sucede exactamente lo contrario. Más que nunca, la supervivencia no es una cuestión de competencia: dependemos unos de otros y de innumerables formas de vida.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Samah Karaki me interesa por su manera de cuestionar nuestra relación con el cerebro, el comportamiento y la responsabilidad. De hecho, tiene un libro titulado La empatía es política, en el que nos invita a replantearnos las relaciones de poder desde la neurociencia. Albert Moukheiber, por su parte, trabaja sobre los límites de la percepción y el razonamiento. No vemos el mundo de manera objetiva: el cerebro construye representaciones a partir de experiencias, conocimientos y sesgos.

Todas estas ideas me llevan, desde lugares muy diferentes, a una misma conclusión: el mundo en el que vivimos no lo podemos controlar. Hoy, más que nunca, con todo nuestro desarrollo tecnológico y el avance vertiginoso de la inteligencia artificial, tenemos esa certeza. Tal vez la respuesta no esté en manejar más, sino en aceptar nuestros límites, aprender a convivir con la incertidumbre y reconstruir los vínculos que nos unen con el resto de lo viviente.

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