El invaluable templo del diseño
El Museo de Sillas de Asunción (MUSA) resguarda una colección emblemática y propone un recorrido de cinco niveles que conecta la cosmogonía del apyka guaraní con la vanguardia de la escuela Bauhaus y las actuales: las de plástico. Además, ofrece un itinerario por su más reciente exposición que narra los cambios de la humanidad a través de un único objeto: la silla. Fundado en 2013 por la familia Jury Calabrese —bajo el ímpetu del arquitecto Jorge Jury—, plantea hoy el desafío de consolidar su preservación como un legado patrimonial para el Estado paraguayo.
Por Eve Benegas. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Asistente de producción: Pamela Pistilli. Fotografía y retoque: Javier Valdez y Fernando Franceschelli.
El tránsito pesado de la avenida Artigas se disuelve en el instante preciso en que los pies pisan la pasarela metálica de rejilla negra que se extiende sobre un espejo de agua en la entrada del Museo de Sillas de Asunción. De un lado, el caos acelerado de la ciudad; del otro, un refugio donde el tiempo parece avanzar a un ritmo distinto.
El olor a madera tratada, barniz, cuero noble e historia inunda el aire y transporta al visitante a una atmósfera que oscila entre la elegancia sobria del living room de una casona del siglo XIX y la vibración cromática del arte pop de los años 60. Allí no hay aire de depósito ni la rigidez fría de las galerías. El espacio respira, tiene voz, cuenta sus memorias y, sobre todo, transmite una gran calidez.
Detrás de ese escenario se encuentra su gestor y fundador, el arquitecto argentino Jorge Jury, quien llegó a nuestro país hace 52 años y encontró un hogar. Hombre de fuertes convicciones y un decir apasionado que delata de inmediato su destreza en la pedagogía y su devoción por la belleza, sus profundos ojos celestes transmiten la nitidez de quien ha dedicado la vida entera a la curiosidad.

Jorge presenta y destaca a todo el equipo humano de MUSA, pero hace especial mención a la dueña del lugar, su gatita Michu; la directora, su perrita Tana Cachipé; y la mimada patita Hortensia, que está de reposo por maternidad, ya que se encuentra empollando sus huevecillos. A sus 82 años, Jury recorre el edificio con gran orgullo por todo lo que ha construido y nos cuenta en detalle acerca del lugar: “El espíritu de este museo es una gran pasión por los objetos, el denominador común es el diseño”.
Los caprichos del arqui
Arquitecto y diseñador industrial, Jury está al frente de su empresa Silday – Espacio de Diseño, que ofrece servicios de creación de mobiliario. Un día, un colaborador le planteó una interrogante y, sin quererlo, le dio un empujón: “Uno de mis vendedores me dijo: ‘Señor, yo quiero vender esto y usted me dice que es de su colección. Entonces tiene que decidirse: o somos comerciantes o coleccionistas’. Ahí mismo pensé que era hora de armar un espacio para exhibir las mil cosas que he juntado”.
Así fue que, hace más de una década, el MUSA abrió sus puertas, para exponer lo que él mismo llama “los caprichos del arqui”.
Pero ¿por qué sillas? Para Jury, el diseño no es la búsqueda caprichosa de la forma, sino la materialización de un concepto destinado a resolver una necesidad concreta. “Es la síntesis de la pasión de todos los diseñadores. Cada silla responde a una función diferente. Además, allí se condensan, como en una cápsula del tiempo, los avances tecnológicos de una época, sus tensiones culturales, sus transformaciones económicas y, de manera muy especial, sus luchas sociales”, asegura. Pocos objetos cotidianos guardan una relación tan íntima con el cuerpo y las jerarquías sociales.

Por siglos, sentarse cómodo fue un privilegio reservado al poder. Desde los tronos de la Mesopotamia y los faraones egipcios hasta las altas tribunas de la nobleza, el líder estaba elevado sobre una plataforma para marcar distancia de la multitud, que se mantenía de pie. La democratización de la silla vino con la democratización de las ideas y se convirtió en un derecho elemental de salud y respeto.
Ahora bien, ¿en qué momento un diseño deja de ser un simple mobiliario para convertirse en concepto? Jorge Jury está convencido de que el punto de inflexión llega al trascender su tiempo: “Cuando se desprende de su contexto histórico, nos interpela y empieza a transitar el sendero que lo lleva a ser una obra de arte”. Esa sensación se materializa en el recorrido, pues nos enfrentamos a la energía de las almas de quienes concibieron, utilizaron o rescataron cada uno de los objetos.
Arquitectura en espiral
Una de las características más impresionantes del MUSA reside en su distribución espacial. Es una escultura de cinco niveles y más de 2200 m², donde la arquitectura fue exactamente pensada para que cada objeto exhibido se luzca. Al pararse en el centro de la planta baja y elevar la mirada, se descubre el corazón del edificio: un atrio o túnel vertical en espiral por donde la luz natural entra en anillos concéntricos desde un tragaluz cenital. En los bordes circulares de cada piso, las siluetas de las sillas asoman e invitan al ojo a emprender un viaje que asciende en círculos.
El recorrido está pensado como un escenario de teatro abierto e intuitivo donde cada nivel representa un acto diferenciado.

En la planta baja y el primer piso se exhiben colecciones personales que el arquitecto integró bajo el paraguas común del diseño gráfi co e industrial. Destaca allí una deslumbrante vitrina dedicada a frascos de perfume. “Para mí, las fragancias son el limbo del diseño”, asegura Jury: “Mirás la forma del cristal, la curva de la tapa y ya estás sintiendo la elegancia y la identidad del aroma sin siquiera destaparlo”.
La segunda planta está dedicada en su totalidad a las piezas artesanales y sagradas de las etnias originarias de la región. Abarca creaciones de los pueblos Aché, Ava Guaraní, Yshyr, Mby’a y Paĩ Tavyterã.
Allí las piezas principales son las apyka, talladas a mano en bloques únicos de madera maciza. El aroma a este material se intensifica entre las figuras zoomorfas que emulan a los karumbe, con caparazones detalladamente incisos; el jaguarete, en posición de acecho; y el jakare. “Los artesanos, sin darse cuenta, lograban síntesis morfológicas que hoy son obras de arte. Cada pieza tiene proporciones, mensajes. Había una impronta a través de signos, arabescos y callados que identificaban al autor”, explica.
El tercer nivel celebra el nacimiento del diseño industrial moderno y la sofisticación del mobiliario europeo. La figura estelar de esta sala es el alemán Michael Thonet (1796-1871), que revolucionó el rubro al perfeccionar el curvado de la madera de haya al vapor.

El MUSA alberga una colección de más de 40 piezas dedicadas a la firma Gebrüder Thonet, que incluye modelos originales de los 1800 con sus característicos respaldos y asientos de esterilla de caña tejida a mano, así como reinterpretaciones actuales. En este piso conviven las Sillas de la corte, algunas con esplendor gótico; otras, con estilos absolutistas de los siglos XIV al XIX y del imperio napoleónico, lo que muestra cómo fueron símbolo de estatus, suntuosidad y poder político.
A la cuarta altura se rinde tributo a la creación paraguaya y al imaginario colectivo local. Un sector entero está compuesto por las obras de autor e intervenciones de grandes referentes de las artes plásticas nacionales, como Ricardo Migliorisi, Carlos Colombino, Hugo Pistilli, Roberto Goiriz y Waldo Longo. En sus manos, la silla abandona la función cotidiana para convertirse en un lienzo tridimensional impregnado de ironía, crítica social o pura expresión poética.
Junto a ellas se despliega la colección Sillas y oficios, que recupera piezas características de antiguos despachos, barberías, escuelas e instituciones públicas en proceso de extinción tecnológica. “Aquí tenemos un pupitre que pertenecía al colegio Goethe, una pieza de lapacho confeccionada a mano en 1893, pocos años después de finalizada la Guerra contra la Triple Alianza”, cuenta el arquitecto.
El quinto piso se abre como un mirador conceptual: allí se expone la colección Diseño latinoamericano. Mientras otros niveles miran al interior, las grandes ventanas del quinto dan a la ciudad. Desde allí se aprecian los cuatro puntos cardinales de Asunción: el verdor profundo del Botánico, las aguas del río Paraguay, la trama urbana de Trinidad y el perfil de la capital.

Entre las más de 700 piezas exhibidas, hay una que humedece los ojos del propio arquitecto. Se trata de una pequeña silla de madera, rústica y artesanal, fabricada por un hombre para su pequeño con discapacidad. “Sin conocimientos técnicos de
ergonomía ni presupuestos, aquel padre ideó una solución amorosa para que su niño pudiera comer en la mesa, sonreír. El hijo ya no está y su papá no pudo deshacerse de esta pieza, así que la donó al museo. Es uno de nuestros tesoros”, explica el arquitecto, profundamente emocionado al recordar.
Exposición temporal
Actualmente, el MUSA alberga la exposición temporal Así nos sentamos a través de 4500 años, propuesta pedagógica que contó con el apoyo de la Fundación Itaú para su montaje y producción. La muestra plantea un ambicioso recorrido de investigación que busca responder a una pregunta tan sencilla como profunda: ¿Cómo cambió la forma, el sentido y la experiencia de sentarse a lo largo de la historia?
Dispuestos a lo largo de las salas sobre elegantes atriles y caballetes, los paneles didácticos guían al visitante de manera secuencial y codificada a través de una línea de tiempo que abarca más de 70 diseñadores, 10 culturas y más de 200 piezas.

La exposición integra infografías de contexto histórico, fotografías de los autores o referentes de época y gráficos de fabricación. Como detalle, el público encuentra en la repisa inferior de cada panel pequeñas reproducciones tridimensionales en miniatura de los modelos más emblemáticos de cada periodo.
Para la exhaustiva tarea de investigación y curaduría de esta muestra, Jorge y su equipo se inspiraron en una obra de referencia indispensable para el estudio del diseño universal: el libro Chairs. Historia de la silla, de la periodista, historiadora del arte y ensayista española Anatxu Zabalbeascoa. La idea de la exposición fue concebida por el mismo Jury, la curaduría quedó en manos del arquitecto Víctor López Moreira, y la investigación y el diseño fueron de Claudia Quintana.
“Tomamos como punto de partida el trabajo de esta escritora y transformamos aquellas partes que nos parecían más ricas, con la libertad y el fanatismo de quien adora estos objetos”, explica el director del museo. La muestra estará abierta hasta la próxima edición de La noche de los museos, en noviembre.

El legado
Una de las mayores preocupaciones del arquitecto Jorge Jury no es el presente, sino el día después. “Este museo nace como una necesidad mía, como un extranjero que vive en este país y que quiere dejar un legado para cuando ya no esté en este mundo”, confiesa y prosigue: “Este sitio no es mío. Yo pretendo que la República del Paraguay lo acepte como una donación definitiva”.
Sin embargo, en el camino burocrático para transferir este patrimonio al Estado se ha topado reiteradamente con la indiferencia institucional. Aun así, Jury insiste en el llamado al sector público y privado para que el MUSA trascienda su existencia, ya que es un aula viva donde las futuras generaciones de arquitectos, diseñadores, historiadores y artesanos del Paraguay pueden aprender a leer la historia de la humanidad a través de la cultura material. “El desafío es evitar que esta colección monumental, que nos pertenece a todos, termine encajonada en un galpón o vendida al mejor postor cuando yo ya no esté para defenderla”, apela.

Mientras llega la solución definitiva que garantice la supervivencia del espacio, las puertas del edificio permanecen abiertas para todo aquel que desee conocerlo o volver. Los visitantes no solo encontrarán un recorrido por 4500 años de evolución morfológica de las sillas, sino también la calidez de su fundador, dispuesto a guiarlos piso por piso para explicarles por qué una curva de madera o un ensamble de metal pueden cambiar la forma en que entendemos el mundo.
En cada nivel de su estructura en espiral, las sillas siguen susurrando sus historias a quienes tienen la paciencia de sentarse a escuchar.




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