Arte y gestión a la vanguardia
La visionaria marchante de arte Verónica Torres, pieza clave en la democratización de la escena artística paraguaya y pilar de la sociedad de galeristas nacionales, celebra 30 años de historia desde el lugar donde sentó raíces y se convirtió en escenario de la evolución de su gestión comercial: el shopping. Pionera y curiosa, la gestora reafirma que no hay sitio que no pueda ser habitado por una obra, la clave está en la selección.
Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros.
Casualidad es lo que llevó a una joven estudiante de Sociología a ingresar al rubro artístico, un mundo en el que se establecería como referente indiscutida de la recontextualización del arte nacional. Se llama Verónica Torres, y ya sea que estés inmerso o no en ese mundo, seguramente reconocés su nombre.
De los pasillos de la Universidad Católica a su primer trabajo en la galería Artesanos, de Ticio Escobar y Teresita Jariton, Verónica empezó a dar sus primeros pasos. “En ese momento era prácticamente la única galería de Asunción, por donde pasaban los grandes artistas contemporáneos nacionales y extranjeros de la época”, recuerda.

Ahí tuvo la oportunidad de conocer a Carlos Colombino, Olga Blinder, Josefina Plá, Jacinto Rivero, Ignacio Núñez Soler, Edith Jiménez, Jenaro Pindú, Susana Romero, Ysanne Gayet, Enrique Careaga, Ricardo Migliorisi, Osvaldo Salerno, Miguel Heyn, Lucio Aquino, entre otros. “De ellos aprendí el oficio y la gestión de un galerista”, agrega.
Su siguiente paso fue hacia un espacio propio, en ese momento compartido con Graciela Mayor. Juntas crearon Pequeña Galería en el shopping Villa Morra. “Fue una experiencia interesante y linda por la cercanía con el artista paraguayo Feliciano Centurión, residente en Buenos Aires, con quien tuvimos la oportunidad de conocer e intercambiar con jóvenes de Argentina que vinieron a realizar exposiciones en nuestro espacio”, comenta. Ese evento la puso en contacto con Margarita Paksa, Diana Aisenberg, Marta Vicente y Carlos Langone.
Junto con Graciela Mayor y el Centro Cultural de la Ciudad Manzana de la Rivera fue artífice de la muestra Violaciones domésticas, con tres artistas argentinas: Alicia Herrero, Ana López y Cristina Schiavi. En ese marco se realizó un panel sobre el entorno femenino en las artes plásticas, un tema que a la fecha se aborda de manera cotidiana, pero que en los 90 constituía un espacio totalmente disruptivo. “En esa época, hablar de feminismo y arte era un acto de rebelión silenciosa. Tres décadas después, se volvió a montar esa exposición en WGalería, de Buenos Aires, y en el Institute for Studies on Latin American Art (ISLAA) de Nueva York, para revisar la histórica muestra de 1994”, explica.
Creatividad, recontextualizada
En 1996, Verónica Torres tomó un paso decisivo en su carrera: abrió un espacio individual con su nombre en el recién inaugurado shopping Mariscal — Mariscal López Shopping, entonces—. “Estos centros comerciales surgen en Latinoamérica en los 70 y se tornan paulatinamente ejes de circulación pública. Los más concurridos y ocupados de las ciudades modernas. En este contexto, cuando se inauguró el Mariscal en 1996, quise abrir inmediatamente un nuevo espacio allí”, recuerda.
Verónica sabía que este nuevo escenario traía consigo ventajas considerables que se alineaban con su filosofía personal: “Desde el comienzo consideré que las obras de arte debían exhibirse a la mayor cantidad de público posible, y estos lugares eran los que mejor se prestaban para ese propósito”.

Fue un movimiento totalmente intuitivo, basado en la experiencia que había ganado en su proyecto anterior junto a Graciela Mayor, y generó un impacto en la escena artística. ¿Qué significó que una galería abriera sus puertas en un espacio tan cercano y accesible? “Como todo emprendimiento nuevo y original, este rompió paradigmas; por eso, tanto en sus inicios como hasta el día de hoy, existen opiniones encontradas sobre si el arte debería o no estar en un centro comercial”, reflexiona, pero es contundente en su enfoque: “El espacio en el shopping facilita el acceso de personas que no irían a una galería de arte, y eso beneficia tanto al artista como al posible cliente”.
“Aliento a que la gente compre y coleccione el arte que le guste, que le conmueva y que considere digno de acompañarle en su espacio de vida”
Existe un aura que rodea al arte, cierta reputación. Algunos le dicen “mística”, otros “esnobismo”, dependiendo del lado donde aterrices. ¿Cómo se concilia eso con un lugar comercial? “Justamente porque el arte siempre tiene mística, cualquier espacio está disponible para exhibir una obra, solo es cuestión de seleccionar y encontrar las adecuadas para cada sitio”, aclara Verónica.
Después de todo, la vida de los creadores —incluso los herederos— se sustenta con clientes y mecenas. “Sí, el lado comercial es clave para la supervivencia del artista y del galerista. En nuestro espacio de exhibición desarrollamos ciertas experiencias que significan contrapuntos y crean un lugar de intersección entre propuesta artística y objeto de venta”, elabora.
La galerista
El trabajo de un galerista consiste en elegir a los artistas y las obras que formarán parte de la colección de la galería, pero la realidad abarca mucho más. “El o la galerista mantiene, con el artista, una relación que puede ser de colaboración o de representación. Se encarga de promocionar y vender las obras, asistir a exposiciones, ferias, y relacionarse con los medios de comunicación. Además, programa las exposiciones y otros eventos; también ofrece servicios de posventa”, explica Verónica.
“En general, el rol del galerista no está valorado como debiera; se lo limita al aspecto comercial”, dice, y agrega: “No se nos ve como actores culturales que colaboran con el entramado final, como museos, galerías e instituciones diversas con las que realizamos préstamos de obras y trabajamos como enlaces con los coleccionistas”.

Su proceso de selección de una nueva muestra empieza mucho tiempo antes de la fecha de estreno. “En mi galería confeccionamos un cronograma anual. Miro la producción de los artistas y luego elijo lo que me interesa mostrar. Entonces convoco al curador o la curadora”, dice. En su espacio, ella elige la temática y trabaja de manera colaborativa con todos los involucrados.
La colección
Si bien se conmemoran 30 años del establecimiento de este espacio cultural y comercial, queda claro que su carrera artística empezó mucho tiempo antes. Su colección privada es testimonio de esa aventura y tiene muy claro el momento en que adquirió la pieza con la que empezó todo: “Es una cerámica biglobular de la artista Josefina Plá. Aunque no fue la primera obra, es una de las que más atesoro. Josefina fue una persona admirable, no solo por su faceta intelectual, sino por su defensa de los derechos humanos y la igualdad entre hombres y mujeres”.
No siente una predilección por un medio o disciplina, siempre que sea dentro de las áreas de las artes visuales. Tampoco tiene un hilo conductor per se, sino más bien una brújula interna que guía sus elecciones: “Lo que trato de lograr siempre es mantener la coexistencia de obras modernas y contemporáneas”.
Celebrar estos 30 años de trabajo al frente de su propia galería es un momento muy satisfactorio: “Un largo recorrido construyendo vínculos que permitieron sostener y amplificar la presencia de artistas en el circuito contemporáneo. En este marco contribuimos como intermediarios para la consolidación internacional de la artista Julia Isídrez. Desde 2021 represento al ceramista Jorge Enciso en Paraguay y lo vengo acompañando en su proyección más allá de nuestras fronteras”.

Indudablemente, la historia de Verónica Torres todavía no ha terminado de formarse, pero es imposible no reconocer su huella en ese proceso de amplificar el vínculo entre artistas y clientes a través de un espacio diferente. “Me gustaría que mi legado sea haber acercado el arte a la comunidad, haber democratizado su acceso a través de un trabajo sostenido en el tiempo”, menciona.
Verónica también dio un aporte fundamental a la labor gremial desde la Asociación de Galerías de Arte del Paraguay (Asgapa), constituida en 2012.
La dificultad de aconsejar
Inevitablemente le preguntamos a Verónica Torres qué recomendaciones ofrecería a los jóvenes que buscan iniciar su propia colección. “Resulta difícil dar consejos”, nos contestó tajantemente, pero, afortunadamente, no se quedó ahí: “Aliento a que la gente compre y coleccione el arte que le guste, que le conmueva y que considere digno de acompañarle en su espacio de vida”. En el mismo tenor, tiene una solicitud particular: “Pido que no se fomente la compra de obras falsificadas, porque eso destruye la creatividad del artista y degrada el mercado”.

Al mismo tiempo, identificar una obra que se convertirá en una inversión a largo plazo no es una tarea simple. “Es difícil saberlo, nunca es una ciencia exacta. Ha sucedido que piezas que no se vendían, luego de años, han sido revisitadas por la crítica y posicionadas en los grandes museos y galerías internacionales”, comenta.
Todo lo iluminado
“Es una metáfora de viaje, un manifiesto de vida”, dice Silvana Domínguez, curadora de la más reciente exposición de la galería, en su texto de sala. Todo lo iluminado se describe como el inventario, en un espacio acotado, que recorre sus 30 años de gestión.
La muestra “articula un eje troncal que pone foco en las gestiones extramuros y el deseo de concretar acciones en pro de la internacionalización de los artistas locales para el acceso a otras esferas profesionales globales”. El catálogo atraviesa pintura, grabado, escultura, objeto, fotografía e instalación, y cuenta con las obras de Feliciano Centurión, Julia Isídrez, Félix Toranzos, Mónica González, Carlo Spatuzza, Edith Giménez, Gustavo Beckelmann, Fabiola Adam, Jorge Enciso, Bettina Brizuela, Ricardo Migliorisi, Ofelia Olmedo, Bernardo Krasniansky, Francene Keery, Josefina Plá, Ogwa, Ysanne Gayet, Rosa Palazón, Carlos Rolandi, Daiana Stanley, Carlos Almeida, Patricia Wich, Moisés Pepangi, Miguela Vera, Fernando Achucarro, Mabel Valdovinos, Lucio Aquino, Enrique Careaga, Carlos Colombino y Benjazmín Ocampos.
“El espacio en el shopping facilita el acceso de personas que no irían a una galería de arte, y eso beneficia tanto al artista como al posible cliente”
El montaje fue más allá de las piezas e incluyó documentación de todo tipo, desde páginas de diarios y revistas hasta cartas y fotografías, pasando por los infaltables relatos orales de una memoria afectiva que aunque no se evidencia en la sala, “permite articular un guión curatorial para la colección de arte y la gestión cultural”, explica Domínguez.

Pero el foco no se queda sobre el espacio expositivo dentro del shopping Mariscal, sino que se distribuye en tres locaciones que hacen al pasado, presente y futuro de Verónica Torres. Además de la galería en el centro comercial, se ilumina también la trastienda, ubicada a unas cuadras, y la nueva iniciativa Home Gallery, que se desarrolla en el domicilio particular de la galerista, quien decide abrir las puertas de su acervo personal, previamente inédito.
“Desde el comienzo consideré que las obras de arte debían exhibirse a la mayor cantidad de público posible”
“El catalizador de la muestra es un mapa estelar de Feliciano Centurión, Chano y su manta izada, que nos recuerda que lo personal es político y que todo ejercicio de transformación y de conocimiento situado requiere poner en crisis el binarismo que estructura la realidad. Pensar el campo del arte como un tamiz de sensibilidades que impulsa la creatividad y la resistencia en la dimensión pública, constelaciones que se expanden desde una gran frazada con margaritas en el juego de ‘la vida me quiere-no me quiere-me quiere’”, cuenta Silvana. Finaliza de manera contundente: “Hay que mover todo, dar lugar a la imaginación, reacomodar, recrear, un vibrante ejercicio performativo, una fiesta, una celebración, porque el arte es luz. Y esa luz está iluminada en un centro comercial”.




Sin Comentarios