Preservar el bienestar en la era de la hipertecnología
Nuestra relación con la tecnología se ve permanentemente desafiada por los algoritmos, la IA y el uso de herramientas digitales y pantallas. ¿Cómo hacemos para que esa convivencia sea lo más saludable posible para nosotros y nuestras familias? Hablamos con psicólogas y expertas en el área para comprender las claves de un bienestar que hoy le falta a nuestra sociedad.
El estilo de vida contemporáneo nos exige estar conectados casi en permanencia, por trabajo, relaciones interpersonales, gestiones, pago de cuentas, entretenimiento, trámites bancarios o lo que sea.
Nuestros smartphones lo facilitan: un dispositivo que soluciona la vida entera. Lo que una vez se usó solo para hacer y recibir llamadas ahora es una caja infinita de posibilidades, información y soluciones. Es brújula, cámara, mapa, diccionario, asistente personal, televisión, consola de videojuegos, biblioteca. No hay función que no cumpla y, al mismo tiempo, es prácticamente imposible no contar con un teléfono: es una computadora superpoderosa al alcance de nuestras manos.
Relación reconfigurada
El surgimiento de las redes sociales en los 2000 reconfiguró la relación que las personas tenemos con nuestros teléfonos. El vertiginoso avance de la tecnología y, en particular, de los algoritmos en la siguiente década fue sumando protagonismo: una forma (o “la” forma) más de participar de la sociedad es conectarnos y estar presentes en las redes. En paralelo, el gran ecosistema de internet se ve atravesado hoy por la inteligencia artificial que ingresa a nuestra rutina en apps, sitios de búsqueda, redes sociales y, en los últimos años, con un rol más protagónico y central mediante los asistentes virtuales o chatbots (como ChatGPT y otros) y las funciones generativas de imágenes y videos.

Existen muchas formas de “estar” conectados: scrollear, generar contenido, socializar, curiosear… pero, ¿qué pasa cuando no somos conscientes del tiempo que pasamos online o eso empieza a afectarnos? “Hace años, cuando cuestioné el impacto de la tecnología en mi vida, hice un cálculo simple: ¿Cuántos libros podía leer si dejaba las redes? Me fijé en mi screentime y encontré que gastaba tres horas al día en varias apps juntas, más de mil horas por año. Dividí ese lapso por el promedio de lectura de una novela. El cálculo era simple: pude haber leído cien libros por año. Me encantaría decirte que destruí mi teléfono en ese mismo momento, pero me tomó otros cinco años más comprometerme al downgrading”, cuenta August Lamm en su publicación No necesitás un smartphone: Una guía práctica para el downgrading y reclamar tu vida, próxima a lanzarse en versión impresa por la editorial Penguin.
Lamm, escritora e ilustradora norteamericana, alguna vez fue influencer y contó con 400.000 seguidores en Instagram. Hoy comparte su travesía hacia un camino más analógico y menos dependiente de la tecnología en favor del autocuidado. El proceso le tomó varios años y actualmente se dedica a dar a conocer las lecciones aprendidas a través de reflexiones tan personales como prácticas.
Para ella, experimentar el mundo sin tecnología (entendida como la mencionada al inicio) fue un privilegio vivido por las generaciones de seres humanos hasta la actual. Tiene un punto muy interesante al respecto: todas las figuras históricas que adoramos y admiramos, “cada artista, escritor, político, activista previo al siglo XXI, existió en un mundo sin smartphones. Su contribución colectiva fue producida sin la ayuda de herramientas digitales o redes”. Afirma que la automoderación es prácticamente imposible con el uso de los teléfonos porque generan una gran dependencia.

Un tiempo de cambios vertiginosos
“En los últimos años, el uso de dispositivos tecnológicos ha impactado en la vida de las personas casi instantáneamente, y no hablo solo de quienes consumen cierto tipo de información, también de profesionales que descontextualizan los malestares de las personas y ofrecen respuestas como si fuesen recetas de cocina, las mismas para todos, y las suben a sus redes en forma de reels sin la responsabilidad que implica hacerse cargo del poder que tiene el lenguaje en la construcción de la realidad”, reflexiona Paola Kolher, psicóloga clínica y terapeuta de adolescentes y adultos.
A Paola le preocupa especialmente la distorsión cognitiva presente en todas las edades y observa que muchas personas hoy limitan el uso de redes sociales por la ansiedad que les genera estar todo el tiempo viendo imágenes perfectas de personas felices: “En las últimas semanas conocimos las sanciones y limitaciones, en algunos países, impuestas a una de las mayores empresas de tecnología del mundo por causar daños a la salud mental y la seguridad de niñas, niños y adolescentes especialmente”.
La psicóloga Maureen Montanía, investigadora, sostiene que a estas alturas el uso de la tecnología no es una cuestión de mera voluntad: “Las plataformas están diseñadas para activar sistemas de recompensa similares al juego en el cerebro, lo cual crea una dependencia análoga a la ludopatía. Basta con mirar alrededor para comprobar esto: las chances de ver a alguien, teléfono en mano, scrolleando, son altas”.
“Todas las plataformas están diseñadas para capturar y retener nuestra atención el mayor tiempo posible. Que revisemos el celular a cada rato, que no podamos parar de scrollear, no es algo casual, existen mecanismos de diseño persuasivos pensados para generar hábito y permanencia”, remarca Maricel Achucarro, de la Asociación de Tecnología, Educación, Desarrollo, Investigación y Comunicación (Tedic).
“Las plataformas están diseñadas para activar sistemas de recompensa similares al juego en el cerebro, lo cual crea una dependencia análoga a la ludopatía. Basta con mirar alrededor para comprobar esto: las chances de ver a alguien, teléfono en mano, scrolleando, son altas”.
Maureen Montanía, psicóloga e investigadora.
Achucarro subraya que nuestra atención es un recurso económico, y las plataformas monetizan el tiempo que pasamos conectados con nuestros datos, publicidad personalizada y con perfiles de comportamiento creados a partir de nuestra actividad online. “Todo está diseñado para generarnos dopamina instantánea”, asegura.
Camino al bienestar
“Denominamos tecnoestrés al malestar físico, emocional y mental que se da cuando nuestra relación con la tecnología deja de ser equilibrada y nos genera sobrecarga, agotamiento (memoria basura) o dependencia. Surge por la hiperconectividad constante, que es esa presión por responder rápido; la exposición permanente a estímulos digitales; a la pérdida de horas scrolleando y a no recordar más de dos o tres informaciones: reels, fotos o memes. Todo esto impacta en nuestra atención, en la retención de información e incluso en el estado anímico”, subraya Achucarro.
Sabemos que dependemos de la tecnología, es una herramienta clave prácticamente para todas las actividades humanas. Entonces, ¿cómo la gestionamos a nuestro favor? Siendo conscientes de su uso y el de nuestro entorno.
Existen muchas medidas que pueden mitigar el tecnoestrés, asistirnos para usar la tecnología a nuestro favor y evitar el agotamiento y el declive cognitivo. Para la activista, implica recuperar cierto grado de control, y esto tiene varias capas. Propone desafíos básicos y efectivos (ver cuadro) que se complementan con otras actividades “más analógicas”, como reunirse con la familia o los afectos, estar en contacto con la naturaleza, pasar un rato en la plaza del barrio, hacer deportes, unirse a un club de lectura o idiomas, jugar ajedrez o practicar algún hobby. Es decir, desconectar la mente de las pantallas por unas horas.

Para Kolher, amplificar las voces de amigos y familiares que representan cuidado y seguridad es vital para crear sensación de bienestar. “Conectar con el cuerpo de una manera amable, hacer lo que a cada uno le viene bien, aumentar el tiempo fuera de espacios digitales, realizar actividades que no busquen un ‘me gusta’, ampliar vínculos y tareas que permitan a las personas recuperar su agencia y su autonomía”, ahonda.
Nuestra atención: El lugar donde vivimos
A mucha gente le preocupa la influencia de la IA en la sociedad, dada su falta de regulación, especialmente porque hay un uso colectivo creciente por comodidad y practicidad. En contrapartida, desarrollamos menos nuestras capacidades intelectuales en la rutina.
Tedic no considera que la IA sea algo necesariamente negativo, pero es necesario analizarla críticamente. Uno de los desafíos actuales es que delegamos procesos cognitivos básicos. “Por ejemplo, buscar datos, resolver dudas, escribir, incluso conversar sobre nuestras emociones. Entonces, si bien para algunas cosas es muy útil, hay preguntas importantes que tenemos que hacernos, por ejemplo, ¿qué pasa si dejamos de ejercitar el pensamiento crítico? ¿Cómo impacta esto en niños, niñas y adolescentes que crecen resolviendo todo mediante esta herramienta? ¿Quién define qué información es correcta o relevante?”, se cuestiona la activista.
Sostiene que los chatbots pueden ser muy útiles si ayudan a aliviar tareas repetitivas o procesos pesados: por ejemplo, análisis o gestión de grandes volúmenes de datos. Ahí tiene sentido usar automatización. “Pero sí es importante entender que esta herramienta no genera hipótesis; puede que las referencias sean verosímiles y estructuradas, pero no son siempre verificables. Si todas las personas la usan como un buscador, probablemente tengan información falsa porque los chatbots no dejan de brindar respuestas y tampoco dicen si desconocen la veracidad”, detalla Achucarro.
“No tengo nada en contra de preguntar al chat incertidumbres, siempre y cuando entendamos que es una fuente más de información y, por lo tanto, merece que asumamos una postura crítica frente a las respuestas que nos ofrece”
Paola Kolher, psicóloga clínica y terapeuta de adolescentes y adultos.
Remarca que la inteligencia artificial no es objetiva ni neutral, porque es un sistema que se configura a partir de grandes volúmenes de datos, que a menudo están cargados de desigualdades, prejuicios culturales y vacíos históricos. “Eso significa que muchas veces reproducen sesgos de género, raciales, lingüísticos y geográficos. Entonces, cuando las usamos para todo (informarnos, estudiar o tomar decisiones), también estamos dependiendo de sistemas que priorizan ciertas perspectivas mientras otras quedan invisibilizadas. Por ello, tenemos que cuestionar qué voces están representadas y cuáles quedan fuera del conocimiento automatizado”, recomienda.
“No tengo nada en contra de preguntar al chat incertidumbres, siempre y cuando entendamos que es una fuente más de información y, por lo tanto, merece que asumamos una postura crítica frente a las respuestas que nos ofrece”, expresa Kolher y, especialmente, recomienda no tomarlas como única verdad.
Kolher recomienda poner en duda datos que aparentan ser falsos o materiales que no cuentan con el aval científico en temas relacionados con la integridad de las personas. ¿Y qué hay de quienes hacen consulta psicológica con la IA? “En ningún caso podría considerarse un proceso de terapia”, asevera. El sistema está diseñado para dar la razón, por lo que no presenta incomodidad o fricciones en sus respuestas, necesarias para el crecimiento personal y presentes en los procesos terapéuticos. En paralelo, se cuestiona la paradoja de “estar conectados”: “Podríamos preguntarnos, ¿conectados a qué, a quién? Somos en relación a otras personas. El riesgo de permanecer ‘en línea’ todo el tiempo es perder lo colectivo, las redes humanas, comunitarias; de comprar el discurso individualista, que premia el esfuerzo por encima de la colaboración”.
“Gran parte de nuestra vida social ocurre hoy en espacios digitales. Esta conectividad nos permite acceder a información, crear comunidad y organizarnos políticamente, pero también genera nuevas tensiones”, dice Achucarro. Esta hiperconectividad, para ella, transforma el tejido social de dos maneras: fortalece redes y comunidades digitales que antes no existían, pero también debilita espacios de descanso, intimidad y encuentro presencial.

Para Montanía, estamos ante un problema humano que requiere de una solución humana. “Los algoritmos serán muy ingeniosos para engancharnos y fatigarnos, pero lo cierto es que operan sobre vulnerabilidades que siempre han sido parte de nuestra especie: necesidad de pertenencia, miedo a aburrirnos, búsqueda de confirmación. Entonces, en lugar de volcar enteramente a la pantalla la aparente resolución de estas tensiones, necesitamos volver a tomar las riendas de nuestra mente mediante un consumo regulado y consciente, que no reemplace el manejo soberano de la atención y los afectos, sino que sea funcional a ellos, en su medida justa”, analiza. Para la investigadora, la idea no es deshacerse del celular, dejar de usar la IA o borrarse de todas las redes, sino preguntarnos qué hacemos, no tenerle miedo a la incomodidad.
“Primero, nuestra atención está siendo disputada; recuperarla va a costar esfuerzo. Segundo: volver a preguntarnos qué tipo de persona queremos ser y qué tipo de relaciones deseamos. Partir de ahí. Tercero, y lo más revolucionario: defender nuestra capacidad de estar presentes para que el algoritmo no nos gane. Nuestra atención es, literalmente, el lugar donde vivimos. Tenemos que volver a atendernos, entendernos, cuidarnos y querernos bien”, dice, y concluye: “Un día y una cosa a la vez”.
Consejos prácticos
¿Cómo transitamos nuestra vida hipertecnológica de forma un poco más saludable?
- Desactivar las notificaciones no esenciales para reducir la interrupción constante.
- ¿El doomscrolling se apodera de tu descanso? Monitoreá tu tiempo de uso de redes, colocá timers o usá apps que te ayuden con la gestión del tiempo.
- Configurar el celular con descanso visual en horarios nocturnos para disminuir la estimulación cerebral: el brillo de las pantallas y la luz azul son disruptores del sueño y el descanso, e interfieren con la producción de melatonina.
- Mejorar la calidad del sueño y evitar el junk sleep. Abandonar el uso de pantallas al menos una hora antes de dormir.
- Está demostrado que los colores vivos y brillantes de las pantallas y apps distraen la atención. La función de pantalla en escala de grises o colores apagados puede ser útil, así como poner el teléfono boca abajo.
- Propiciar espacios y horarios libres de pantallas, como las comidas y los encuentros sociales.
- Dar mayor protagonismo a las actividades analógicas: deportes, caminatas, salidas al parque o plazas, andar en bici, hobbies que no involucren pantallas (dibujar, pintar, bordar, tejer, practicar ajedrez, leer, escribir a mano). Es decir, salir un rato de lo online para compartir distintos intereses en soledad o en compañía de otros.




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