Nota de tapa

Narciso

El nuevo capítulo del cine nacional

Ocho años después del estreno de Las herederas, su primera e icónica película, Marcelo Martinessi regresa a la gran pantalla con otra obra maestra. Aplaudida en el Festival Internacional de Cine de Berlín y ansiada por el público local, la obra suma otra voz a la conversación sobre quiénes somos y cómo nos contamos ante el mundo.

Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Producción de parte de la revista Pausa: Sandra Flecha. Producción de parte de Telefuturo: Desirée Colmenares, Juan Ramírez y Anorak Pereira. Asistentes de producción: Laura Ruiz Díaz y Pamela Pistilli. Iluminador: Gerardo Giménez. Locación: estudio de Telefuturo. Agradecimientos: Pablo Martínez, Laura Arias, Sofía Marín y Vitrola Acosta.

Dicen que el fútbol es la pasión de multitudes y, a riesgo de provocar una discusión, me atrevo a proponer que el cine es un fuerte contendiente. Basta con recordar la última vez que entraste a una sala oscura, el silencio que reinó cuando se encendió el proyector, verte sentado en una de las butacas al lado de completos extraños con los que en dos horas atravesaste todo el espectro emocional humano.

Una buena película hace eso, nos une mientras miramos una historia, del género y formato que sea, pero siempre juntos y en la oscuridad. Nunca te sentís solo cuando te percatás de que tu vecino de asiento tiene lágrimas atoradas en la garganta y que la persona sentada en frente se está riendo como si fuera la última vez en su vida.

¿Y qué pasa cuando lo que estamos viendo sucede en una calle que podemos reconocer, cuando los hechos representados en pantalla evocan eventos de nuestra historia? ¿Cómo nos sentimos si es nuestro acento el que narra?

Marcelo Martinessi. Fotografía: Javier Valdez.

Cada estreno es una nueva oportunidad para descubrirnos y reconocernos en el séptimo arte, y este capítulo cinematográfico tiene nombre propio: Narciso.

Ambientada en Asunción en 1959 e inspirada libremente en la novela de Guido Rodríguez Alcalá y hechos reales, Martinessi estrena su segundo largometraje: una historia en la que el deseo y la libertad chocan de frente con la represión.

Un camino de aprendizaje

Pasó casi una década desde que el mundo conoció a Las herederas, el primer largometraje de Marcelo Martinessi. Estrenada en la Berlinale 2018, solo es apropiado que su esperada segunda película llegara al mismo festival, hace apenas dos meses.

Para nosotros fueron ocho años de espera. Para Marcelo, ocho años de nuevas experiencias y de acumular aprendizajes. “El tiempo es un maestro silencioso. Entre una película y otra cambiaron también mis preguntas, aumentó el deseo de tomar riesgos narrativos y estéticos, de buscar un lenguaje propio que se sienta en la pantalla”, explica.

Diro Romero es el protagonista de la película. Fotografía: Javier Valdez.

Enfatiza que al decir “propio”, no se refiere solamente a él mismo, sino también a su círculo más inmediato de colaboradores, Carlo Spatuzza y Luis Arteaga, con quienes comparte proyectos desde hace más de 20 años. Marcelo agrega que el trabajo de Carlo y Luis tiene mucha fuerza en esta nueva película: “Narciso nace de ese tiempo ‘perdido’, en el mejor sentido de la expresión: en paseos por el centro con Guido Rodríguez (autor del libro), en viajes al casco histórico de Villarrica, en hurgar archivos de prensa, en largas noches con sus madrugadas de explorar —en colectivo— las enormes posibilidades de esta historia. Se trata de una película más atenta al temblor, más interesada en los intersticios”, dice el realizador.

Esa manera de encarar la producción es un respiro que él se permite en respuesta a la actualidad del arte visual: “En un tiempo de algoritmos, de producción serial de ‘contenidos’ que buscan resolverlo todo, es hermoso habitar plenamente nuestras propias dudas y contradicciones, permitir que se dejen ver en lo que hacemos”.

Una textura visual

La nueva película se ubica en un tiempo lejano, pero no ajeno. Transcurre a finales de la década de los 50 y se desarrolla en un momento sociopolítico de cambio, en los albores de la peor dictadura latinoamericana, cuando la gente todavía no sabía ni entendía ni quería reconocer, quizás, lo que estaba sucediendo.

Belén Vierci cumple el doble rol de actriz y productora en Narciso. Fotografía: Javier Valdez.

¿Cómo traer al presente una Asunción de otra época de manera orgánica? “Desde el inicio supimos que no queríamos reconstruir la ciudad como museo. Nos interesaba más evocar una memoria que reproducirla”, comenta Marcelo. “Trabajamos con las texturas de paredes que aún existen, atentos al ritmo de la radio de los 50, abrazando el sopor del tiempo asunceno mientras un ventilador ruidoso gira lentamente y el aire se vuelve casi inmóvil. La capital aparece como urbe recordada, casi soñada. Más que exactitud histórica, buscamos una atmósfera emocional, un tiempo suspendido”.

Narciso se grabó en digital, pero “intentando que la imagen tuviera una materialidad que dialogara desde nuestro lugar y nuestro tiempo con el cine noir clásico”. Con esa misión, el trabajo del director de fotografía, Luis Arteaga, fue crítico: “Trabajamos mucho la luz, los contrastes, la respiración de cada plano. La película, en sí misma, tiene algo de fantasma: queríamos que la estética pareciera de otra época”.

La temática se prestaba para filmar en película. “Me seduce la idea, porque hay algo en el grano y la fragilidad del soporte que dialoga con el espíritu de Narciso. Pero también creo que lo esencial no es el formato, sino la mirada”, acota.

Fotografía: Javier Valdez.

Mecanismos de reacción

Narciso transcurre en el marco de un régimen militar que comenzaba a consolidarse. Allí surge la figura magnética de Narciso Arévalos, un joven cuya única pasión es el rock and roll y cuya muerte prematura deja entrever una trama de deseos ocultos y opresión política. Resulta imposible rastrear las semejanzas entre el entonces y el ahora, aunque más de 75 años hayan transcurrido en medio. “Hay demasiados paralelismos. Tantos, que por momentos inquietan”, sentencia Martinessi.

“En la época de Narciso existían normas rígidas sobre cómo debían ser los cuerpos, los deseos, las voces; había un orden que parecía inamovible y que vigilaba cualquier desviación. Hoy, aunque hemos atravesado conquistas importantes, esa sensación de fragilidad vuelve a aparecer. En distintas partes del mundo, el avance de discursos conservadores y de nuevas derechas reabre viejas preguntas, reinstala miedos, vuelve a señalar (e incluso a atacar) a quienes se apartan de la norma”, dice Marcelo, y subraya: “Nada de lo que creíamos conquistado parece completamente a salvo”.

Su nueva película habla un poco de ese instante en que algo nuevo intenta irrumpir (“una música, un gesto, un deseo”), pero el entorno castiga al percibir una amenaza en lo desconocido. “Cualquier desviación, por más mínima que sea, activa mecanismos de corrección, miradas que vigilan, silencios que disciplinan”, agrega.

Manuel Cuenca se lleva uno de los roles titulares de Narciso. Fotografía: Javier Valdez.

El análisis de Marcelo es tan preciso que asusta: “Esa fricción entre tradición y cambio no pertenece solo al pasado; es un movimiento que se repite, casi como una respiración tensa de la historia. Narciso mira hacia atrás, pero también escucha el presente: nos recuerda que los avances no son definitivos, que las libertades son siempre delicadas y que cada generación debe volver a defender, con sus propios gestos, el derecho a imaginar otras formas de vivir”.

Es por eso que el arte no puede abstraerse de la realidad política. “Siempre me pregunto cómo dialogar a través del cine con un público que no piensa igual que yo; desde una política de la sensibilidad, no solo del discurso; que no levanta la voz, pero se vuelve visible en la coreografía secreta de los cuerpos, en la forma que negocian su cercanía.

Una política hecha de latencias, vacíos, gestos que parecen insignificantes, pero que contienen la promesa de otra forma de habitar el mundo y que abordan ese instante justo en que lo íntimo se vuelve inevitablemente colectivo. Es allí, en esas pequeñas fisuras, donde se dibuja una cartografía sensible del deseo, el poder y la posibilidad. Es en esos momentos casi imperceptibles cuando una sociedad deja ver sus límites y temores. Entonces lo político aparece como una vibración, no necesariamente como una consigna”, puntualiza.

La maestra Margarita Irún vuelve a colaborar con Marcelo Martinessi. La actriz fue una de las protagonistas de Las herederas. Fotografía: Javier Valdez.

Profundamente paraguaya

El crew de Narciso es totalmente multinacional: una directora de arte y una diseñadora de vestuario brasileñas, una estilista española, una maquilladora uruguaya y un director de fotografía venezolano. Estamos hablando de una diversidad de miradas que funcionan como múltiples filtros superpuestos para entregarnos una experiencia cinematográfica contemporánea.

“Fue una experiencia muy singular. Narciso es el resultado de siete países trabajando juntos y, sin embargo, nunca dejó de ser una película profundamente paraguaya”, asegura el director. La diversidad fue un capital que se aprovechó por completo: “Cada integrante llegaba con su propia memoria visual, su relación con la época, con los colores y los cuerpos, pero todos hicieron un gesto generoso: escuchar lo local, comprender lo propio, dejarse afectar por una sensibilidad no necesariamente suya. Se adaptaron con delicadeza al ritmo y la textura del mundo que la película proponía”.

“Creo que lo que vuelve paraguaya a una película como esta no es solo su lugar de producción, sino desde dónde está pensada, imaginada, soñada. Tiene que ver con una sensibilidad, una memoria y una manera de mirar el mundo que nace de una experiencia concreta”, agrega el director. Cuando le consultamos por la posibilidad de empezar a ver las coproducciones cinematográficas como un cine regional, lo rechaza y propone que la identidad nacional ocupa un lugar irreemplazable: “Siento que lo más fuerte que tenemos es justamente la posibilidad de situarnos en un lugar muy propio, el del ‘puñado de tierra’ de Campos Cervera y los yerbales de Barrett, con nuestra forma de entender la mediterraneidad, el lugar de la Alondra herida de Carmen Solar, con las cicatrices de las décadas vividas bajo el ‘Rubio’, con las fuertes historias de resistencia, de lucha, en este país tan roabastiano y casacciano a la vez, donde conviven con naturalidad Drácula y la Virgen de Caacupé”.

Aníbal Ortiz, actor, parte del elenco de la película. Fotografía: Javier Valdez.

¿Cómo encaja la película en la narrativa cinematográfica actual nacional?: “Siento que Narciso dialoga con un cine contemporáneo paraguayo que vuelve la mirada hacia la memoria colectiva como una forma de comprender el presente”.

En el acto de mirar al pasado, se puede confundir con nostalgia la necesidad de escuchar los “ecos del ayer”. Marcelo reconoce esa necesidad en varios filmes recientes y postula que “no voltean atrás por nostalgia, sino para iluminar las tensiones que aún nos atraviesan. Intentan escuchar voces que no habían tenido lugar, gestos que quedaron suspendidos, deseos que apenas pudieron insinuarse. En ese sentido, la película se suma a una conversación más amplia sobre quiénes somos y cómo nos contamos de cara al futuro”.

Sus palabras finales están dedicadas al público: “Les pediría que se acerquen con curiosidad. Narciso no busca dar respuestas, sino hacer nuevas preguntas. Me gustaría que la reciban como quien entra a una habitación vieja, abandonada y, poco a poco, empieza a abrir puertas y ventanas, para que la luz le permita descubrir las huellas que quedaron allí. No ofrece un relato cerrado, sino un espacio a explorar, en el que cada espectador puede encontrar, quizá, algo presente y propio en esas resonancias del pasado”.

Descubrí los matices de nuestro pasado en tu sala de cine favorita, desde este jueves 9 de abril.

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