O cómo un pueblo del Paraguay convierte el cerro en altar y la calle en catarsis
Cada Jueves Santo en Yaguarón, el sol se retira y la noche se enciende con dos mil candiles de apepu para dar paso al Kurusu rape, la obra con la que el elenco Teatro Yara lleva ocho años reinventando el vía crucis. Con un Jesús que habla en guaraní, antorchas artesanales y un cerro que se vuelve un altar natural, esta representación se ha convertido en un espejo en el que los espectadores encuentran su propio dolor y su propia esperanza. En esta nota, conversamos con sus creadores.
Por Laura Ruiz Díaz. Fotografía: Dani González, para Teatro Yara.
Hay una hora, en Yaguarón, en que el sol se retira derrotado por el cerro y la noche empieza a extender su manto de silencio. Esa hora, del Jueves Santo, es también la del vértigo. Cuando el último rayo de luz se consume detrás de las piedras milenarias, algo empieza a gestarse en el empedrado del casco histórico.
No es el ensayo de una obra, ni la preparación de una procesión. Es la respiración de un pueblo que, desde hace ocho años, recrea la historia más contada del mundo como la primera vez. Y, también, como si ellos fueran los únicos que la contaran.
Quien llega a Yaguarón esos días lo hace arrastrado por la fama de la “Capital de la Semana Santa”, pero lo que encuentra, si se deja llevar, no es turismo religioso ni una puesta en escena convencional. Es otra cosa. Es una experiencia que los miembros del elenco Teatro Yara definen con una frase tautológica: “Se vive y se siente”. Como si eso, en este tiempo de pantallas y prisa, ya no fueran la misma cosa.

Son las 20.00 del Jueves Santo. Aún faltan dos horas para que comience Kurusu Rape, y en el Paseo de la Cultura, al costado del templo San Buenaventura, la quietud es engañosa. Los voluntarios empiezan a encender los candiles de apepu. Son dos mil, un despliegue en hilera como una promesa de fuego. La llama de cada uno es pequeña, frágil casi, pero al sumarse, trazan un sendero que el ojo sigue sin querer hasta perderse en la oscuridad que sube hacia el cerro.
Hay en esos minutos previos una solemnidad que no necesita discursos. El silencio se vuelve denso. Los actores, 40 en total, ajustan sus túnicas. Los soldados romanos, miembros de la Caballería de Yaguarón, revisan el paso de sus caballos. Las antorchas —200, también artesanales, hechas por los mismos intérpretes— esperan su turno.
Afuera, entre los asistentes que este año rozarán los 5000, hay quienes vuelven por quinta o sexta ocasión. También están los que van por primera vez y no saben bien qué esperar. Unos y otros comparten ese instante en que la luz eléctrica del mundo cede paso a la del fuego y la ciudad empieza a transformarse en otra cosa.

La decisión de usar candiles de apepú y antorchas va más allá de la estética, explican los productores. Es una vuelta al origen, una manera de iluminar el misterio con la misma materia con la que se alumbraban los misterios hace siglos. Pedro González, productor general de la edición 2026, lo explica con sencillez: “Representa la luz en medio de la oscuridad, un símbolo de guía y fuerza”. En lo teatral, agrega, ayuda a generar un ambiente más realista. Pero quien observa desde afuera entiende que esa es apenas la puerta de entrada a otra cosa: la posibilidad de que, bajo esa llama temblorosa, la ficción y la devoción se confundan hasta volverse indistinguibles.
“Para un público que, en algunos casos, creció con la estigmatización de su lengua materna, esta puesta se siente como romper las barreras del prejuicio, ya que va más allá de solo entender la obra, la siente como propia”
Genn Servín, productora y miembro del elenco en Teatro Yara.
Porque ahí reside el prodigio de Kurusu rape, ese fenómeno modesto y descomunal a la vez que hace que miles de personas caminen más de un kilómetro en la noche, sobre piedras y cuestas, siguiendo a un actor que carga una cruz.
No es la primera vez que teatralizan el vía crucis en Yaguarón. Luis Recalde, productor del elenco, recuerda los antecedentes: Un hombre llamado Jesús, adaptada por Julián Bordón, y El camino de la cruz, que se hacía en el patio del templo. Pero al nacer Teatro Yara en 2018, algo cambió y pusieron manos a la obra (literalmente). Héctor Lozzca, entonces director, introdujo elementos que definieron una identidad: la tropa montada, el protagonismo del fuego, énfasis en el vestuario y maquillaje. Y, sobre todo, el guaraní.

Un Jesús con voz propia
La decisión de que Jesús hablara en guaraní fue, en apariencia, lingüística. Pero como toda elección de peso, se encontró con una realidad potente. “Para un público que, en algunos casos, creció con la estigmatización de su lengua materna, esta puesta se siente como romper las barreras del prejuicio, ya que va más allá de solo entender la obra, la siente como propia”, explica Genn Servín, productora del evento. Este idioma, añade, es más expresivo para transmitir emociones.
Entonces, cuando Jesús clama en la lengua que los paraguayos usamos para el amor, el reproche o la súplica más íntima, la distancia entre el relato sagrado y la carne del espectador se disuelve. Ya no es la historia de un hombre en un pasado remoto. Es la historia de alguien que habla como la propia madre al rezar.

La dimensión catártica
Arturo Martínez, director de esta edición, lleva sobre sus hombros la tarea de guiar a un elenco en el que conviven actores experimentados con miembros de la comunidad para quienes esta participación es, ante todo, un acto de fe. No es una dirección convencional. “No lloramos por llorar, no gritamos por gritar”, dice con firmeza. Cada palabra, cada gesto y cada movimiento tiene su razón de ser. Y en un teatro itinerante, en el que el escenario es la calle y el cerro, en el que la lluvia puede aparecer sin aviso y el público está a un brazo de distancia, esa raison d’être se vuelve un asidero.
La experiencia que genera Kurusu rape no es un fenómeno aislado ni una invención reciente. La relación entre teatro y catarsis —esa purificación emocional que produce el encuentro entre el espectador y la escena— hunde sus raíces en la antigua Grecia. Fue Aristóteles, en su Poética, quien definió la catarsis como el despertar de las emociones en quienes observan la tragedia, con el argumento de que una obra lograda debe purgar o purificar al público de sentimientos como el miedo y la piedad.
Más de dos milenios después, los estudios académicos exploran esa misma potencia sanadora. La investigadora Chenyuan Jin sostiene en su texto Aristotle’s «Catharsis» as an Inspiration for Modern Drama Therapy (La catarsis de Aristóteles como inspiración para la dramaterapia moderna) que este fenómeno se ha convertido en una base teórica para el desarrollo de la dramaterapia contemporánea, que despierta la creatividad y la imaginación, contribuye a la reunificación de las personas con su mundo interior y remueve la carga de las experiencias difíciles.

En la misma línea, John Casson, especialista en dramaterapia, señala que los primeros públicos que iban a ceremonias chamánicas, tragedias griegas y rituales dramáticos no lo hacían solo por entretenimiento: estos tenían fines curativos para el beneficio espiritual y el bienestar de la comunidad. Recientemente, un estudio publicado en la revista The Arts in Psychotherapy concluye que la catarsis debe entenderse como una experiencia compartida que permite la transformación, y que el teatro funciona como un encuentro que moviliza la emoción, la representación y la posibilidad de cambio.
Hay una escena, cuenta Recalde, que funciona como termómetro de la obra: el encuentro de María con Jesús camino al calvario. En ese momento, si uno mira alrededor, puede ver a las mujeres del público —madres quizá— que acompañan con el cuerpo el padecimiento de la Virgen. Algunas lloran en silencio. Otras aprietan los labios. Pero todas, de algún modo, están ahí. No como espectadoras, sino como parte de un duelo que las excede y las contiene al mismo tiempo.
“En un contexto en el cual la gente lucha batallas diarias personales y colectivas, y se esfuerza por sortear dificultades cotidianas”, reflexiona Recalde, “Kurusu rape toca una fibra muy profunda dentro de cada uno y actúa como una especie de espejo emocional”. Esa es quizá la clave de lo que ocurre en Yaguarón esos días. La obra no ofrece consuelo fácil ni respuestas prefabricadas. En cambio, es un espacio —físico, ritual, comunitario— para que el dolor de cada quien encuentre una forma de ser nombrado. O mejor aún: de ser llorado.

La creación del momentum
La procesión avanza. Las piedras del camino se vuelven más ásperas a medida que la cuesta se empina. No es un detalle menor, insisten los productores. El trayecto es una traducción involuntaria pero efectiva del sufrimiento que se representa. La gente que sigue la puesta en escena siente en carne y hueso, aunque sea simbólicamente, la agonía del vía crucis. Es como si el cerro, con su geografía milenaria, se aliara para recordar que el dolor no es una metáfora, sino una experiencia física, concreta, que se graba en las plantas de los pies y en la respiración entrecortada.
Ahí, en ese punto donde el esfuerzo físico se encuentra con la conmoción espiritual, la obra alcanza su cúspide. Al pie del cerro Yaguarón, bajo un cielo que ha visto pasar siglos, la crucifixión se despliega como un altar natural. “Producir el clímax de Kurusu rape es un ejercicio de humildad y respeto, cada año trabajamos con el desafío de montar la parte técnica (luces, sonido, interpretaciones) en un escenario natural, lo cual brinda a nuestros actores y al equipo de producción una experiencia que difícilmente se puede equiparar a la de otras puestas en escena”, afirma Luis Recalde.
“Buscamos que el público sienta que la Resurrección no ocurre en un pasado lejano, sino ahí mismo, entre nosotros, bajo el cielo de Yaguarón”
Luis Recalde, productor y miembro del elenco en Teatro Yara.
En ese escenario imponente, donde la naturaleza se muestra en escala desmesurada, el actor que cuelga de la cruz es a la vez diminuto y gigantesco. Diminuto frente a la eternidad del cerro, gigantesco porque en su cuerpo frágil se concentra la devoción de miles. “Buscamos que el público sienta que la Resurrección no ocurre en un pasado lejano, sino ahí mismo, entre nosotros, bajo el cielo de Yaguarón”, dice Recalde.
Y entonces se entiende que el prodigio no es la técnica ni la escenografía, sino ese diálogo entre lo humano y lo divino que la locación hace posible: el cerro le presta su eternidad al actor, y el actor le presta su voz al sentimiento de todo un pueblo.

El fruto del trabajo humano
Pero el milagro de Kurusu rape no sería posible sin una urdimbre más terrenal, hecha de horas de reu-nión, vestuarios cosidos a mano, antorchas fabricadas por los mismos actores, coordinaciones con la Municipalidad que a veces rozan la tensión y a veces el encuentro. Genn Servín habla de ese trabajo invisible con la pasión de quien sabe que el arte es sobre todo disciplina: “Nacimos de la autogestión, y ese ADN no se pierde”. El éxito de esta alianza, añade, radica en entender que “aunque el apoyo institucional es el soporte, el corazón, el sudor y la mística le pertenecen al elenco Yara”.

En un país donde el arte independiente navega en aguas inciertas, los recursos son escasos y la burocracia muchas veces desalentadora, estos actores —la mayoría con otras ocupaciones, oficios y vidas— han logrado sostener por ocho años una producción que moviliza a decenas de personas y convoca a miles. No es poco. Es, quizá, el verdadero milagro de Kurusu rape: unos cuantos vecinos, con el teatro como bandera, lograron devolver a su comunidad un sitio de encuentro, catarsis y orgullo.
Porque el orgullo también está en juego. La obra recorre las calles que los yaguaroninos transitan a diario, las puertas de las casas se abren al paso de la procesión, los niños ven a sus vecinos convertidos en soldados romanos o en mujeres de Jerusalén, y algo se instala en el aire: la certeza de que este pueblo, con su historia, sus mitos, leyendas y fe, tiene algo único para ofrecer al mundo. No es una ocurrencia vanidosa. Han descubierto en el arte una herramienta para nombrarse y existir.
Cada palabra, cada gesto y cada movimiento tiene su razón de ser. Y en un teatro itinerante, en el que el escenario es la calle y el cerro, en el que la lluvia puede aparecer sin aviso y el público está a un brazo de distancia, esa raison d’être se vuelve un asidero
Al final, la cruz ya ha sido alzada y descendida, el actor que encarna a Jesús vuelve a ser Rodrigo Valiente en bastidores, los candiles de apepú se apagan uno a uno y la noche recupera su densidad habitual. Los asistentes emprenden el regreso. Muchos en silencio, con los ojos todavía húmedos. Otros buscan a los actores para darles las gracias. Algunos simplemente caminan, como volviendo de un sueño del que no querían despertar.

Luis Recalde lo resume con una sencillez que, otra vez, oculta una verdad profunda: “El único secreto es la constancia”. Ocho años de trabajo ininterrumpido, ensayos, ajustes y búsqueda. Ocho años en los que un grupo de teatro independiente pulió su versión de la historia más contada del mundo hasta convertirla en una experiencia que la gente quiere repetir cada Semana Santa. Y no es que el relato cambie, es que la manera de narrarlo, cada vez, se vuelve más cercana, más nuestra, más necesaria.
Hay historias, como esta, que no se cuentan para informar, sino para sobrevivir, para que un pueblo, frente al cerro, las piedras y la noche, se reconozca en el dolor de un hombre que habla su misma lengua. Y decir, con todo el cuerpo, que la Resurrección también es posible aquí, ahora, entre las dos mil luces que titilan en la oscuridad.
Kurusu rape se hará este año el 2 de abril, Jueves Santo, a las 22.00. Partirá del Paseo de la Cultura de Yaguarón. No se necesita entrada. Solo las piernas para caminar, los ojos para ver y, quizá, el corazón dispuesto a dejarse conmover por esa forma antigua y nueva a la vez que tiene este pueblo de contar su fe, su tierra y su memoria.

KURUSU RAPE
Yaguarón no es el único lugar donde la pasión cristiana se vuelve cuerpo y camino. En Villa Elisa, el Kurusu rape (o camino de la cruz) nació hace cuatro años en Paseo Parque; en Atyrá, el grupo Pasión de Cristo organiza una puesta en escena con más de 100 actores, donde los fieles suben al Kurusu Cerro en una procesión que desafía la inclinación del terreno; más al norte, en San Joaquín, la segunda edición del Kurusu rape reunió a más de 50 actores para revivir el calvario en los alrededores del templo jesuita de 279 años, reabierto para la ocasión. Y en Tobatí, desde hace 24 años, el elenco Misión y Vida convoca a más de 3000 personas con un vía crucis viviente que ya es sello de la ciudad. En Caacupé, el grupo teatral de la compañía Zanja Hû ofrece un vía crucis viviente en la explanada de la basílica, que recrea escenas bíblicas.




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