Psicología

El autocuidado como consumo

Cuando cuidarse se convierte en una exigencia

Por Laura Persingola, psicóloga y mentora. En Instagram como @psic.laurapersingola

En los últimos años, el autocuidado se volvió una palabra omnipresente. Está en libros, redes sociales, publicidad, podcasts y charlas motivacionales.

Nos dicen que tenemos que cuidarnos más, priorizarnos más, elegirnos más. Y aunque el mensaje parece positivo, algo extraño pasa: muchas personas sienten que, incluso en nombre del “autocuidado”, están más cansadas y frustradas que antes.

¿Cómo puede ser que algo pensado para aliviar termine generando esa cantidad de presión? Tal vez porque, sin darnos cuenta, el autocuidado dejó de ser una práctica íntima y se convirtió en un producto, en una meta: un estándar.

Hoy parece que cuidarse tiene formas específicas: rutinas de mañana, tarde y noche; journaling; skincare; velas, infusiones, yoga, alimentación consciente, afirmaciones, cursos y suplementos. Todo muy lindo y estético. Todo muy compartible.

Pero, ¿qué pasa cuando no podemos sostener ese ideal? ¿Qué pasa cuando estamos agotadas, tristes, confundidas, y lo único que necesitamos es descansar o llorar? Ahí aparece una sensación silenciosa: la culpa.

¿Qué pasa cuando no podemos sostener ese ideal?

Un nuevo mandato social

Antes, cuidarse era algo que se hacía cuando se podía o como se podía, cuando se necesitaba. Hoy, muchas veces, se siente como un deber, una obligación más en una lista interminable de exigencias. Tenemos que trabajar bien, rendir, ser productivas, sostener vínculos, estar disponibles y, además, cuidarnos “correctamente” —no como sentimos que debemos hacerlo, sino como nos dicen que debe ser—.

Si no lo logramos, se siente como que algo está mal con nosotras. Pero el verdadero cuidado no debería percibirse como una tarea más; en realidad, se supone que la finalidad es aliviarnos, no recargarnos con una tarea más.

Como decía el psicoanalista Donald Winnicott: “El verdadero self necesita condiciones de sostén para poder existir”. Y sostener no es exigir, sino acompañar.

La industria del bienestar

No es casualidad que el autocuidado se haya transformado en una industria multimillonaria. El mercado detectó una necesidad real (descansar, sentir calma, encontrar sentido) y la convirtió en oferta constante. ¿Estás cansada? Hay un producto. ¿Triste? Hay una técnica. ¿Ansiosa? Hay una solución. ¿Perdida? Hay un curso. Y otro y otro…

¿Estás cansada? Hay un producto. ¿Triste? Hay una técnica. ¿Ansiosa? Hay una solución. ¿Perdida? Hay un curso.

Esto no significa que estos recursos no ayuden. Muchos, en realidad, sí lo hacen. El problema aparece cuando creemos que, sin ellos, no podemos estar bien. Cuando el bienestar se vuelve algo que se compra y no algo que se construye.

El autocuidado que se muestra

Otro fenómeno interesante es que hoy no solo nos cuidamos, ¡también tenemos que mostrarlo! El autocuidado se volvió contenido, fotografía, video que se comparte y se estetiza. Y aunque esto puede ser inspirador, también es bastante engañoso, porque nadie sube la foto del día en que no pudo levantarse de la cama, ni la crisis de llanto en el baño. No hay quien publique el momento en que dijo “no puedo más”.

¿Estás cansada? Hay un producto. ¿Triste? Hay una técnica. ¿Ansiosa? Hay una solución. ¿Perdida? Hay un curso. Pero no estamos fallando, simplemente somos humanos.

¿Estás cansada? Hay un producto. ¿Triste? Hay una técnica. ¿Ansiosa? Hay una solución. ¿Perdida? Hay un curso.

El autocuidado real no siempre es lindo

El autocuidado verdadero no siempre es suave, aromático y silencioso. A veces es incómodo. Duele. Cansa. Porque cuidarse también es poner límites, ir a terapia, decir “no puedo”; es alejarse de personas que lastiman e incluso dejar de exigirse estar bien todo el tiempo.

Muchas de estas formas no se venden. No tienen packaging, no son lindas de mostrar, pero sí profundamente transformadoras. Como decía Carl Rogers: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”. El autocuidado empieza por esa aceptación.

Volver a escucharnos

Tal vez una de las claves para salir del autocuidado como consumo sea cambiar las preguntas. En vez de cuestionarme qué debería estar haciendo para cuidarme, puedo empezar a pensar en qué necesito hoy, qué me está pesando, qué me daría un poco más de alivio y qué puedo o necesito soltar.

En vez de cuestionarme qué debería estar haciendo para cuidarme, puedo empezar a pensar en qué necesito hoy…

Estas preguntas no se responden con una compra, sino con escucha. Y escuchar no siempre es cómodo, pero sí honesto.

Cuidarse no es hacerlo todo sola

Otro riesgo del discurso actual del autocuidado es que se vuelve muy individualista. Como si todo dependiera de una misma. Como si estar mal fuera una falla personal.

Muchas veces estamos cansadas no porque no sepamos protegernos, sino porque estamos sobrecargadas, sostenemos demasiado, pedimos poco y recibimos menos. Por eso, cuidarse también es pedir ayuda, apoyarse y dejarse acompañar. Es reconocer que no todo se resuelve puertas adentro.

Somos seres vinculares. A veces también necesitamos de otros para sanar.

Muchas veces estamos cansadas no porque no sepamos protegernos, sino porque estamos sobrecargadas, sostenemos demasiado, pedimos poco y recibimos menos.

Un autocuidado más humano

No necesitamos vidas perfectas, necesitamos vidas posibles. Tal vez el autocuidado no sea hacer más cosas, sino hacer menos: menos exigencia, menos comparación y, en consecuencia, menos culpa.

Tal vez sea apagar el celular, dormir una siesta, salir a caminar, respirar o decir “hoy no”. Quizás el mayor acto de autocuidado actual sea dejar de perseguir una versión idealizada de bienestar y empezar a construir una versión real. Una en la que lo importante no sea que se vea linda, sino que se sienta verdadera.

Sin exigencias, sin filtros, sin culpa.

Recomendados

Sin Comentarios

    Dejar un comentario