Nota de tapa

Corpus expositivo

Alquimia de las pieles rotas

Fueron tres años y medio de búsqueda obsesiva y radical. El artista Darío Cardona llevó su proceso creativo al límite absoluto de la resistencia física. Ese laboratorio personal se tradujo en Corpus expositivo, una propuesta de autor que no deja nada al azar y en la que todo muta. En la Manzana de la Rivera, la muestra explora la transformación de la materia, el cuerpo y la memoria, un diálogo sin intermediarios sobre la piel como último refugio del alma humana.

Por Eve Benegas. Dirección de producción: Camila Riveros. Fotografía: Javier Valdez.

Corpus expositivo es la obra más personal de Darío Cardona, el cierre de un ciclo antes de regresar al cine. En este trabajo, habita la frontera entre el arte performático y la alquimia pura; después de involucrar esfuerzo físico, alma y pasión, logró un tributo a las pieles que dejamos atrás para mutar, a los abrazos suspendidos y al desgaste de un cuerpo que lo entregó todo para volver a nacer.

La exposición cuenta con tres series exhibidas en diferentes espacios del Centro Cultural Manzana de la Rivera: en el patio de la galería se aprecia Exuvia; en el patio exterior está apostada la intervención conjunta con Roque Ardissone; y en Casa Castelví se luce El interregno. Las obras se interconectan, pero cada una provoca una sensación diferente. 

Fotografía: Javier Valdez.

“Todas hablan sobre la piel y la mutación. Fueron trabajadas desde la alquimia y, además, son extremadamente íntimas. De hecho, es la serie y la exposición más personal que hice hasta ahora. Para mí, representa un fin de ciclo. Después de esto vuelvo al cine. Es como cerrar una etapa”, confiesa. 

Cardona no delegó nada, se encargó en persona de absolutamente todos los detalles: desde la curaduría y los aspectos logísticos o de montaje, pasando por la dirección de luces, la selección del sonido ambiente y la espacialidad, hasta el gramaje de las invitaciones. Nada en el recorrido es ajeno a su huella; por eso, es una obra de autor. 

La piel como frontera y memoria

En el núcleo conceptual de la propuesta yace una pregunta filosófica sobre el cuerpo y sus límites: ¿Dónde termina el individuo y empieza el mundo? Para Cardona, la respuesta es inequívoca: “El último órgano en contacto con el exterior es la piel. Más allá de lo que esté fallando en tu interior o en el alma, esa es la última capa, la frontera que está en contacto directo con lo ajeno”. Bajo esa premisa, las obras actúan como testimonios tangibles de los procesos de duelo personales.

Fotografía: Javier Valdez.

“A veces, dolores muy fuertes se manifiestan de alguna manera en la piel”, explica. La utilización del cuero no es casual: al recuperar esta capa biológica despojada de su organismo original, Cardona la somete a un proceso de transmutación en que el tejido roto deja de representar la herida para convertirse en algo más. “Trabajo con materiales vivos, que siguen transformándose, como resina, goma y otros elementos que — según la temperatura— se contraen. Entonces, esta obra, y sobre todo la serie Exuvia, siempre está viva. Va a seguir cambiando durante todo el tiempo que dure”, explica. 

Exuvia

Es allí donde cobra sentido el concepto de Exuvia, término que en biología designa la cubierta que los artrópodos y reptiles abandonan tras la muda. Al desprenderse de esa estructura rígida, el organismo no muere; al contrario, se libera de una envoltura que le queda pequeña para seguir creciendo: “Esas pieles representan justamente eso para mí: dejar atrás un exoesqueleto, desprenderse de un periodo personal y comenzar otro”. 

Exuvia invita al recogimiento, al silencio y la contemplación. Allí, las obras cuelgan de las vigas y columnas como grandes pieles mutantes suspendidas en el aire, para que el espectador las pueda rodear y observar sus dos caras.

Fotografía: Javier Valdez.

El trabajo sobre el cuero en esta sección resulta hipnótico; la mezcla de resinas, gomas y pigmentos genera patrones abstractos que hacen imposible determinar dónde concluye el accidente biológico y dónde comienza la intención del artista. La superficie de las pieles exhibe pliegues, cicatrices y variaciones cromáticas que van desde tonos ocres y dorados hasta púrpuras y grises profundos.

Fotografía: Javier Valdez.

Al detenerse, la mente intenta descifrar un patrón, una lógica en la composición, pero la obra escapa a cualquier clasificación rígida y, muy al final, el espectador reconoce en cada pieza el reflejo de su propia piel rota. “Es quietud; es mirarse a uno mismo y preguntarse qué está viendo. Son piezas menos figurativas, entonces requieren contemplación. Es como cuando miramos la vida: no siempre sabemos qué está pasando. Observamos y de repente encontramos algo”, detalla.

Lenguajes del arte 

Antes de entrar a la otra sala, hay que pasar por el patio exterior, donde se encuentra la intervención conjunta entre Darío y el escultor Roque Ardissone. Ambos creadores optaron por exhibir la fase inicial de un proyecto colaborativo en desarrollo. Las piezas instaladas establecen un contraste visual entre la levedad flexible de la propuesta trabajada por Cardona y la rigidez de la estructura de bronce moldeada por Ardissone. El cuero abraza al metal, y este lo sostiene, otorgándole un porte sobrio y elegante. El color frío y las tonalidades orgánicas se acoplan de manera armónica. De esta forma, dos lenguajes de arte diferentes coexisten en un mismo ecosistema visual.

Fotografía: Javier Valdez.

Interregno

Al ingresar a la Casa Castelví, la atmósfera se vuelve dramática y envolvente. La palabra “interregno” remite históricamente al intervalo en el que un trono permanece vacante entre dos reinados. En la obra de Cardona, simboliza el umbral de un abrazo. 

Técnicamente, esta serie abandona el cuero para trabajar sobre pana, una tela de textura suave que el artista sometió a un riguroso tratamiento de sellado. Tras ensayar con múltiples combinaciones de resinas y barnices, Cardona logró una fórmula capaz de fijar el pigmento sin destruir la textura subyacente, de eliminar la visibilidad del tejido plano para transformarlo en una superficie pictórica profunda.

Fotografía: Javier Valdez.

Interregno es ese punto medio, ese momento entre una cosa y otra, entre estar bien y estar mal, entre príncipe y rey. Tiene una cosa de amor, de los años 80, de caos, agite y euforia”, plantea. Al contemplar estas piezas, la mirada del espectador se enfrenta a una auténtica batalla entre la luz y la oscuridad. Las veladuras sugieren tormentas lumínicas de las que emergen, de manera sutil pero inconfundible, figuras entrelazadas; se percibe el gesto de un abrazo suspendido en la penumbra.

Como si se tratara de cuerpos cayendo lentamente desde el cielo o sumergidos en la serenidad del lecho marino, la serie transmite un tono de exaltación amortiguada, una calma que sucede a la tempestad en la que el abrazo funciona como el único refugio posible ante el caos.

La génesis

Para entender la dimensión física y conceptual de Corpus expositivo, es necesario retroceder tres años y medio en el tiempo. Tras su exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, Darío sintió la necesidad de emprender una búsqueda mucho más allá de la representación figurativa. No se trataba solo de seleccionar un soporte e intervenirlo, sino además de someter al cuero a un proceso de investigación profunda, un trayecto en el que la piel y sus derivaciones orgánicas exigieron del artista una gran entrega física.

El taller de Cardona mutó progresivamente hasta convertirse en un laboratorio bioquímico no convencional. La materia prima principal se resistía a la manipulación dócil, de modo que recurrió a métodos nada convencionales. “Fue una investigación profunda. Tuve que entrar con el cuero a la pileta de casa para entenderlo. Lo cepillaba, me bañaba tres o cuatro horas para comprender su rigidez y, después, para velarle los colores, tenía que volver a sumergirme”, reveló. 

Fotografía: Javier Valdez.

Esta convivencia con el material no estuvo exenta de riesgos, ya que el uso continuado de resinas, solventes, ácidos, fuego y compuestos como el azul de metileno exigió un esfuerzo biológico que bordeó el peligro real; inhalar la reacción de los químicos sobre superficies orgánicas le costó tres episodios de internación. El gesto artístico dejó de ser una abstracción teórica para inscribirse directamente en el cuerpo del creador. 

Materia tridimensional 

Por otro lado, la investigación de Cardona supone un puente definitivo entre su formación e interés original en el lenguaje cinematográfico y su actual exploración tridimensional. En Corpus expositivo, un cuadro deja de ser un registro único para convertirse en una unidad susceptible de intervención. “Me interesaba que un solo fotograma tuviera movimiento, que contara una historia y transmitiera una emoción. Que, así como una película de una hora y media te deja una emoción, vos te puedas llevar algo similar de una sola captura, incluso sin entender exactamente qué estás viendo. Como a veces pasa con un filme, no sabés explicar qué ocurrió, pero algo te quedó. Y esta vez creo que logré eso”, dice convencido. 

Fotografía: Javier Valdez.

Cardona desacelera esa secuencia hasta congelar el tiempo en una sola unidad estática con la misma carga dramática y emocional de un cortometraje entero. El fotograma ya no es una imagen plana impresa, sino una superficie tridimensional expuesta al fuego, teñida con resinas farmacéuticas, velada con barnices y moldeada por la fuerza física.

Arte que transmuta 

Uno de los aspectos más fascinantes del trabajo de Darío es el equilibrio entre la disciplina técnica y el margen que le otorga al comportamiento autónomo de los materiales. Ante la pregunta sobre cuánto control existe en sus procesos y cuánto se debe al azar o al “error afortunado”, el artista es tajante: “Esto fue un 90 % de repetición y conocimiento de la técnica, y un 10 % de azar. Para velar los colores y dominar las reacciones, tenés que conocer muy bien el comportamiento de los compuestos”, explica.

Sin embargo, ese 10 % reservado al azar dota a la obra de su condición de organismo vivo. “Los compuestos como la resina y la goma reaccionan permanentemente a las variaciones climáticas; con el calor se expanden o modifican su flexibilidad; con el frío se contraen”, detalla Cardona. Por esta razón, Exuvia es una muestra que nunca permanece completamente estática: durante los meses de exhibición en la Manzana de la Rivera, las piezas continuarán sufriendo microtransformaciones.

Fotografía: Javier Valdez.

Pero esta condición plantea un dilema dentro del mercado de arte contemporáneo y el coleccionismo tradicional, caracterizados por la búsqueda de obras perdurables e inmutables a lo largo de las décadas. Como cuestionamiento a la conservación y venta de piezas que se degradan o mutan por su propia naturaleza bioquímica, Cardona responde con una síntesis conceptual: “Siempre hay un rompehielo para un consumidor de hielo. Se trata de quebrar un formato. Constantemente hay un ojo dispuesto a entender esa búsqueda”.

Al dotar a las obras de procesos tan extenuantes, las piezas se transforman en lo que el artista define como puertas. “Siento que estas piezas pueden funcionar como pequeños portales. Ya sea que la gente crea o no en lo espiritual, para mí son eso, porque tienen una carga de tiempo, proceso y emoción. Son umbrales visuales o energéticos, como cada uno quiera llamarlos”, asevera. 

Fotografía: Javier Valdez.

Tras someter su cuerpo al límite, convivir con la toxicidad de los compuestos y transformar el dolor en materia táctil, Cardona cierra un capítulo creativo con absoluta libertad artística y nos deja con la certeza de que el arte contemporáneo paraguayo encuentra en él a un explorador incansable de la condición humana.

Corpus expositivo nos recuerda que, al igual que los organismos que mudan su piel para continuar transitando el mundo, nuestras propias heridas y transformaciones son el testimonio inevitable de que seguimos vivos. 

La muestra, que se inauguró el 20 de este mes, estará abierta al público durante agosto y setiembre. Vale la pena darse una vuelta por la Manzana de la Rivera para conocer de primera mano la propuesta de Cardona. “La expectativa está, cada uno puede abrir su corazón y encontrar el sentido que la obra le genere”, finaliza.

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