Compañeros urbanos
Entre la calidez de un ronroneo al volver a casa y la calma que exige la vida urbana, los felinos conquistan los hogares modernos. El gato es una mascota adaptada a espacios pequeños y un compañero autónomo capaz de sanar el estrés cotidiano.
Por Eve Benegas. Fotografía: gentileza de los padres.
El sol de la tarde apenas iluminaba la sala cuando Wendy llegó a casa. Ni bien abrió la puerta de su departamento, su gatita Cocido se acercó sin prisa a frotarse contra sus tobillos y luego le rodeó las piernas. Cuando recibió un par de caricias en la cabeza, empezó a ronronear suavemente antes de saltar al sofá para acomodarse a un lado. Ya sentada allí, Wendy sintió su calor y, al ver cómo caía la noche fuera, el cansancio acumulado empezó a pesar un poco menos en un silencio cómodo y cotidiano.

Si bien la compañía de los gatos en la vida de la gente no es nueva, cada vez más personas se unen al club de los adoradores felinos. ¿Por qué esta mascota se convirtió en la compañía predilecta de la vida urbana?
Hogares pequeños
Una de las razones tal vez tenga que ver con que el paisaje de las ciudades cambió radicalmente en las últimas décadas. Cada vez hay más edificios, lo que nos obliga a vivir en espacios reducidos; y en esos pocos metros cuadrados habitables, el gato encontró su hábitat natural. Según informes de la European Pet Food Industry (Fediaf) y análisis de la firma Kantar Worldpanel, esta verticalización de los centros urbanos ha sido el principal acelerador de la adopción de felinos en los hogares metropolitanos.

A diferencia de otras mascotas que requieren metros horizontales de patio o jardín para desplazarse, ellos están felices con un estante elevado, el lomo de un sillón o un rascador de varios niveles. En un departamento compacto, no se sienten acorralados, simplemente dominan la altura. Además, es común utilizar redes de protección en balcones y ventanas. Esto permite que el felino disfrute del exterior urbano con vista panorámica totalmente resguardado de los riesgos de la calle.
Independencia
Otro de los factores podría ser que las dinámicas sociales están cambiando. Hay un aumento de hogares unipersonales, parejas sin hijos y jornadas laborales híbridas o prolongadas. En esta ecuación, la autonomía del gato encaja con precisión.
Investigaciones publicadas en la revista científica Animals sobre adaptación y apego en animales de compañía destacan que, si bien los gatos forman lazos afectivos intensos con sus tutores, toleran significativamente mejor los periodos de soledad en comparación con la alta vulnerabilidad del perro a la ansiedad por separación. Los felinos gestionan sus necesidades biológicas en la caja de arena y se asean solos. No demandan paseos en horarios fijos.

Presupuesto
Informes de consumo y economía del hogar, elaborados por firmas como Euromonitor y Kantar, señalan que en la ecuación costo-beneficio el gato resulta sumamente atractivo para el entorno urbano.
Al tener un menor volumen corporal, su consumo mensual de alimento es más acotado y predecible.
Su independencia logística elimina costos adicionales recurrentes en la rutina de las ciudades. Cuando se trata de perros, estos gastos suelen incluir paseadores diarios, servicios frecuentes de peluquería y guarderías para ausencias cortas.

La calma que transmiten
El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante decía: “El mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato”. Esa atracción que los humanos sienten hacia los felinos es cada vez más estudiada por la ciencia.
Un análisis del Centro de Investigación de Apoplejías de la Universidad de Minnesota (Stroke Research Center) reveló que la convivencia cotidiana con un gato puede reducir sensiblemente el estrés. “Hay días en los que percibe que no estoy bien, como si sintiera que mi energía bajó. En esos momentos se acerca sola, se acomoda sobre mi pecho o mi panza y ronronea. Se queda ahí, acompañándome. Es como si, de alguna manera, me sanara”, confiesa Wendy.

Amar sin poseer
Si hay algo en lo que todos los que tienen gatos coinciden es que es un tipo de vínculo único, basado en el respeto mutuo: el amor debe ser correspondido. Cada animal desarrolla un carácter diferente.
“Martín tiene una personalidad muy marcada. Cuando vuelvo, se baja de donde está para recibirme. Es como si me dijera: ‘¡Por fin llegaste!’. Pero hay días en los que empieza con un ‘miau, miau, miau’ apenas entro, como si me reclamara por haber tardado tanto”, comparte Anabel, madre de Martín.

Para Lauri, la compañía de Umi Daniel es una mezcla de paz y alegría. “Es genial que sepa pedir mimos cuando quiere pero morder también. Un payasito arisco es él”, lo describe entre risas.
Sergio tiene dos gatos con temperamentos muy diferentes: uno fue rescatado de la calle y al otro lo adoptó desde muy chiquito. “Pablito siempre fue desconfiada. Al principio no se dejaba tocar fácilmente y, si la acariciabas de una forma que no le gustaba, te mordía fuerte. Con el tiempo fue ganando confianza”, cuenta y prosigue: “Michibebé es todo lo contrario: muy sociable, parece más un perro que un gato. Lo llamás y viene, come todo lo que encuentra, está lleno de energía, es inquieto, llorón y siempre busca llamar la atención. Aunque ya haya comido, sigue pidiendo más”.

Ninguno de estos padres se imagina la vida sin sus amores peludos. “Para mí es como un hijo, mi compañero de vida. La verdad es que no me imagino mi día sin él. Es un gato con mucha presencia; cuando está, se nota. Llena la casa”, confiesa Anabel.
Wendy, por su parte, asegura que aprendió a comunicarse con su gatita: “Ella siempre está para mí y siento que me conoce muy bien. Si le hablo, me responde”. Y para Sergio, los días más tristes fueron un poco menos lúgubres con la compañía de Pablito: “Cuando ya no quedaba nadie más en la casa, ella seguía ahí. Llegar y encontrarla era saber que no estaba completamente solo”, comparte.

Ellos son, sin dudas, la compañía predilecta en la vida urbana y también debemos atribuirles lo que pueden enseñarnos sobre el afecto. El poeta español Javier Salvago propone amar a las personas como a los gatos: con su carácter y su autonomía, sin intentar dominar ni cambiar; dejar que se acerquen cuando quieran y que sean felices con su independencia.




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