Arte

Ojos que yo encendí

Diálogo con el arte iberoamericano

A través de 38 obras inéditas, 21 fotógrafas de Paraguay y España activan un diálogo transatlántico sobre la memoria, el cuerpo y la libertad creativa. Un siglo después de que la generación del 25 y Josefina Pla dejaran sus huellas en la cultura iberoamericana, la exposición Ojos que yo encendí se instala en el Centro Cultural Juan de Salazar. 

Por Eve Benegas. Fotografía: Fernando Franceschelli y gentileza.

El tiempo no logró apagar preguntas fundamentales que algunas mujeres formularon en las primeras décadas del siglo XX. Hoy, esas inquietudes vuelven a emerger con fuerza en las voces y las lentes de una nueva generación de creadoras a través de la exposición colectiva Ojos que yo encendí. Artistas contemporáneas en diálogo con figuras de la Edad de Plata, presentada en las salas del Centro Cultural de España en Asunción (CCEA) en el marco de la programación oficial e internacional del festival PHotoESPAÑA 2026.

Curada en conjunto por la fotógrafa y gestora cultural paraguaya Leonor de Blas y la curadora e historiadora de arte española María Santoyo, la muestra despliega un total de 38 obras que trazan un complejo juego de espejos entre generaciones, disciplinas y geografías. El proyecto reúne la búsqueda plástica de 11 fotógrafas del país europeo y 10 nacionales. 

Para entender la magnitud de lo que hoy se despliega en el CCEA, hay que viajar un año atrás, a Madrid. Allí nació la exposición Generación 25 de PHotoESPAÑA, concebida para rescatar del olvido a las intelectuales y creadoras de un periodo de efervescencia social previo a la Guerra Civil, a quienes la historia patriarcal y la represión franquista terminaron por borrar del mapa. “La Edad de Plata es una época de la cultura española que coincide con el desarrollo tecnológico, industrial y educativo de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX, reconocida como un lapso de gran auge y esplendor de las letras, la pintura, la música y las ciencias”, explica Laura Mesa, directora del citado centro cultural.

En esa primera etapa en Madrid, 11 fotógrafas españolas dialogaron con las figuras de escritoras, pintoras, científicas y pensadoras de la generación del 25, llamadas también las Sinsombrero. “Son intelectuales de ese periodo. Algunas forman parte de este homenaje en formato muestra: Maruja Mallo, Rosario de Velasco, María Teresa León, Marga Gil Roësset, María Zambrano, Josefina de la Torre, Rosa Chacel”, expone. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

La exposición llega a nuestro país como una continuación: suma a 10 artistas compatriotas que incorporan en esa constelación a Pla, para crear una muestra ampliada de 38 obras en que la memoria histórica de ambos países se entrelaza por primera vez. “En la edición local, su primera itinerancia internacional, se transforma y crece al teorizar sobre la posibilidad de que la propia Josefina, que siendo española desarrolló la mayor parte de su trabajo en Paraguay, hubiera formado parte de este grupo de creadoras, de no haber decidido dejar España, e invita a reinterpretar su figura artística como agente afín a ese espíritu transformador, a través de la mirada de 10 fotógrafas paraguayas contemporáneas”, detalla Mesa. 

Arte colectivo

Entrar a la sala del Salazar exige, antes que nada, ajustar la vista. Hay silencio, quietud y una penumbra calculada; las imágenes están ahí para interrogar, no para decorar. Uno camina entre 38 fotografías que no llevan firma, ni instrucción de uso a la vista. Nada que le diga al espectador qué pensar o hacia dónde mirar. 

De pronto, nos interpela un velo de tul rojo sangre que atrapa dos cuerpos en medio de la vegetación; unos pasos más allá, una figura de espaldas se diluye sobre el agua en una doble exposición casi fantasmagórica; en la otra sala, una composición de teatralidad doméstica congela a 10 mujeres en posturas pictóricas como si el tiempo se hubiera detenido de golpe.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

El resultado de este doble proceso colectivo está integrado por el trabajo de 11 fotógrafas de distintas edades, bagajes y sensibilidades, que dialogaron con 10 figuras relevantes de dicha generación para crear cada una de ellas dos piezas de nueva producción, un retrato de una de sus 10 compañeras y una obra libre basada en la Sinsombrero que se le asignaba. La exposición se completó con un reportaje de cinco imágenes de espacios simbólicos de la Residencia de Señoritas en España, activa entre 1915 y 1936, institución clave en el proceso de emancipación femenina impulsado por la II República. Por parte del país europeo participan Ana Amado, Alba Serra Ferrer, Ana Paes, Elisa Miralles, Laura C. Vela, Lurdes R. Basolí, Marina Bobo, María Platero, Montaña Gama, Rocío Bueno y Sofía Moro.

El resultado del proceso colectivo realizado en Paraguay está integrado por el trabajo de 10 fotógrafas nacionales, que nos invitan a imaginar a Josefina Pla dentro de esa constelación de pioneras, una figura cuya trayectoria intelectual, artística y política dialoga con el espíritu emancipador de esa generación. Las exponentes son Bambi González, Betania Ruttia, Evelyn Mendoza, Lourdes Franco, Luján Gómez, Luz Vera, Martina Cantero, Pamela Cáceres, Raquel Rivaldi y Sara Alfonso.

Las fotografías de las paraguayas y las españolas no están separadas por fronteras, sino que conviven, coexisten y dialogan entre sí. El recorrido es una construcción de ausencias, sombras que vuelven, pieles, geografías y miradas que se buscan a través de distancias imposibles. En la sala hay una vibración física, una tensión flotante que obliga a detener el paso, observar de cerca cada textura y preguntarse quién mira a quién cuando la memoria se enciende en el presente.

Ojos que yo encendí toma su nombre de un verso de Josefina Pla y, desde el comienzo, sentimos que condensaba el espíritu de la muestra. Hay algo muy potente en la imagen de una mirada que se prende en otros, pues es capaz de atravesar el tiempo y provocar nuevas perspectivas”, explica Leonor de Blas. 

Otra característica de la ponencia es que el cuerpo femenino atraviesa toda la exposición, sin los viejos códigos de la historia del arte dominada por la mirada masculina. Pasa de objeto observado a sujeto que mira; no posa para complacer: cuestiona, irrumpe o decide, con soberana libertad, el modo en que quiere ser mostrado o sustraído.

Resonancia

Algo muy interesante de la muestra es que no intenta ilustrar conceptos literalmente; más bien, fue un ejercicio de traducir ideas abstractas como memoria, olvido y exilio. “Durante las tutorías trabajamos mucho desde las preguntas: ‘¿Qué significa hoy la memoria? ¿Cómo aparece una ausencia, qué heredamos, qué olvidamos, qué relación tenemos con nuestro territorio, con el deseo o con la libertad?”, dice Leonor.

En algunas obras aparece el archivo; en otras, el cuerpo, el paisaje, el autorretrato, la intervención de la imagen, el movimiento, la superposición o la construcción de escenas. Hay fotografías muy silenciosas y otras mucho más gestuales.

“Creo que la memoria está hecha de fragmentos, vacíos, desplazamientos, imágenes que aparecen y desaparecen. La fotografía tiene una relación muy particular con todo eso: aparentemente fija algo, pero al mismo tiempo siempre nos recuerda que aquello que vemos ya no está exactamente allí”, expone la curadora.

Desde el comienzo hubo una decisión muy clara de no recrear el pasado ni producir imágenes que intentaran representar literalmente a Josefina Pla o a las mujeres de la Edad de Plata. Lo que les interesaba era averiguar qué sucedería si las inquietudes de aquellas llegaran al presente. Qué permanece de sus preguntas, cuáles se transformaron y cuáles todavía siguen abiertas.

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Por esa razón, estas obras poseen plena autonomía. “Son trabajos contemporáneos que parten de las experiencias, preocupaciones y lenguajes de cada artista. El diálogo con aquellas mujeres está presente, pero funciona más como una resonancia que como una representación”, desarrolla Leonor. 

En la exposición se puede apreciar desde obras con sellos estéticos pictóricos hasta fotografías de registro performático. Una de sus riquezas es la enorme diversidad de lenguajes que conviven. Hay trabajos construidos desde el autorretrato, fotografías vinculadas a acciones, intervenciones del cuerpo, paisajes, escenas íntimas, imágenes documentales y capturas que se alejan deliberadamente de la representación directa.

“En el montaje intentamos que las diferencias no aparecieran como compartimentos separados. Las obras de las artistas se mezclan y empiezan a establecer relaciones entre sí: un gesto encuentra otro, un cuerpo parece continuar en otra imagen, ciertos colores o formas reaparecen a distancia”, explica Leonor. No hay un recorrido único ni una lectura cerrada; es más bien una constelación. Cada espectador es libre de construir asociaciones diferentes y descubrir los vínculos. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Otro elemento de singular potencia es el mural colectivo titulado Unas tardes futuras posibles, construido durante un taller de tres jornadas continuadas. En él, las artistas paraguayas proyectaron su reflexión sobre el futuro: si hoy recogemos las preguntas de hace 100 años, ¿qué legado e inquietudes queremos dejar a las mujeres que habitarán el mundo en medio siglo? Apreciar esta obra es un deleite en sí mismo. 

Fotografía: Fernando Franceschelli.

Guía para el visitante 

La muestra puede visitarse en las salas de exposiciones del Centro Cultural de España en Asunción, ubicado en Tacuary 745 casi Herrera, hasta el próximo 24 de octubre de 2026, de martes a sábados, de 10.00 a 21.00, con acceso libre y gratuito. Para delegaciones escolares, universitarias o colectivos interesados, ofrecen visitas guiadas especializadas, previa solicitud al correo electrónico info.ccejs@aecid.es

Ojos que yo encendí, además de ser una cita imperdible con la fotografía contemporánea iberoamericana es, también, un recordatorio urgente de que la memoria es un acto de resistencia. Una declaración de que los derechos de las mujeres no pueden darse por sentados y que el fuego de la libertad solo se mantiene vivo cuando hay otras manos dispuestas a recoger la antorcha.

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