Arte

Autorretratos proyectados

Un vistazo al mundo interior de Raúl Villalba

Uno de los fotógrafos más reconocidos del país marca un punto en la historia paraguaya al llevar, por primera vez, una muestra fotográfica al Museo Nacional de Bellas Artes. A través de su programa Museo Vivo (MUVI), la institución abre las puertas a las expresiones contemporáneas y nos ofrece la oportunidad de experimentar el talento de Raúl Villalba de primera mano y en grandes formatos, una experiencia que merece ser vivida en persona.

Por Patricia Luján Arévalos. Producción: Sandra Flecha. Fotografía: Javier Valdez y obras de Raúl Villalba. Agradecimientos: Christian Ceuppens y Alejandra Cortesi.

Luz y sombra bailan sobre sus ojos cerrados, y en sus oídos armonizan las hojas al viento y los pasos seguros de una mujer. En su nariz, el distintivo aroma de un cigarrillo recién encendido, mezclado con la humedad de la tierra y un perfume anclado en lo más profundo de su memoria.

Raúl Villalba es apenas un niño observando a su madre, Elba Stella, en el jardín, mientras pasea entre plantas que enmarcan su presencia. Es un patio enorme y rico en naturaleza, y plantas como los cuernos de alce alcanzan medidas sorprendentes. Es un lugar cuidado por su guardiana, alguien que tiene muy claros sus gustos y que pone en destaque todo lo que considera hermoso.

Pero lo estético, a sus ojos, no es solamente algo externo y observable con los sentidos. Lo que es considerado lindo cambia con el tiempo, pero ella puede ver la belleza de una persona en un amplio rango de matices. La reconoce en el desarrollo personal: un egresado académico, alguien que alcanza el éxito en el área que le apasiona o en cualquiera que habita su piel con confianza.

Raúl Villalba. Fotografía: Javier Valdez.

Cuando habla de su mamá, Raúl reconoce los trazos que dibujó en él y sus hermanos, y sabe que su propia concepción de lo que es hermoso fue formada por el criterio de esa matriarca. “Ella supo instruirnos y darnos las herramientas para llegar a nuestro máximo potencial de belleza desde su óptica”, comenta, y agrega: “Si bien esta es mi historia, mía y de mi madre, es la misma de mis hermanos. Cada uno ha tenido su proceso, y el mío es este”.

Raúl es intrínsecamente distinto, pero ineludiblemente similar. Como artista, encuentra inspiración en el lado más vulnerable de las personas, en la fibra más honesta de los sujetos. Esto se aplica a la fotografía de bodas, trabajo que le ha ganado renombre en los años que lleva al frente de El Faro —incluso desde antes—, y a las fotos de desnudos, su proyecto personal, que hace pasear su nombre entre la admiración y la infamia.

Acta non verba

Contrario a lo que sus detractores puedan pensar, él no busca incomodar, no quiere provocar, no intenta despertar indignación. Es una persona naturalmente tímida y no anhela confrontación. A menudo sugiere a quienes cuestionan su proyecto personal que se examinen a sí mismos, que evalúen de dónde surge esta incomodidad de la que se quejan, porque —piensa él— esta habla más del rechazo a la propia piel, al cuerpo de uno, que de la calidad de la obra.

Esta iamgen forma parte de la exposición Elba de Raúl Villalba en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Lo que sí desea es expresarse en el proceso de capturar esas imágenes y ayudar a expresar la identidad de sus sujetos —a falta de una mejor palabra— con sinceridad.

“Sostengo que una persona que termina estudiando fotografía es alguien que necesita hablar y ser escuchado, pero no tiene las herramientas para abrir la boca y hacerlo. Entonces, utiliza esa plataforma como una manera de comunicar, hacer las paces, pedir perdón y perdonar”, postula. Llegó a esa conclusión como docente, un trabajo que ama hacer, y tras varios años de terapia, un recurso en el que confía plenamente y recomienda.

Cada obra es un dispositivo de comunicación propio: “A veces, a través de una pieza de arte, uno establece, corta vínculos o se acerca más al otro”. Su interés en la fotografía fue tanto narrativo como emocional porque él es una de esas personas con necesidad de hablar, pero con dificultad para estar en el centro de la conversación.

Esta iamgen forma parte de la exposición Elba de Raúl Villalba en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Él incursionó en la fotografía a sus 34 años, después de una vida académica y laboral dedicada a un rubro diametralmente opuesto. Y fue a través del ejercicio fotográfico que llegó a la introspección definitiva. Ese era el medio a través del cual podía dialogar consigo mismo y los demás, capturar estados de ánimo. “Empecé a desarrollar mi trabajo desde la mirada de la sanación”, cuenta.

Esta idea tomó forma definitiva recientemente, en medio de su correspondencia con el escritor y crítico de arte Damián Cabrera, quien le ofreció una definición que le convenció —y que, de paso, prestamos para la nota de este material—: autorretratos proyectados. “Todo mi trabajo va a ser autorreferencial de alguna u otra manera”, agrega.

Elba

Su nueva exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes marca un hito en muchos sentidos. En primer lugar, es la primera vez que se realiza una exposición fotográfica en el lugar. Quizás en honor al recinto es que Raúl escogió el bodegón como estilo principal en esta ocasión.

El artista posa con el videorretrato de su madre, pieza central de la instalación que forma parte de Elba en el Museo Nacional de Bellas Artes.

A través de la composición y los colores, sus fotografías dialogan con la colección permanente del museo y generan una sensación de pertenencia dentro del espacio. De hecho, la desnudez encaja perfectamente en las paredes rojas del lugar, especialmente con la paleta elegida por el artista: la piel, por momentos desaturada, cobra vida en contacto con relojes y cristalería, objetos traídos directamente de la infancia del autor.

En estos elementos se acentúa la mano de Elba Stella; son sus tesoros, sus cosas hermosas, que heredó a sus hijos junto con su gusto por lo bello, lo estéticamente armonioso. “A veces transferimos a los objetos que forman parte de nuestra cotidianeidad y que construyen nuestra historia, emociones y apego”, y esto se hace evidente en las poses del modelo de esta muestra: en muchas de ellas, toma posesión de los elementos; es más, se sostiene en ellos.

Sobre la belleza

Esta colección visual es también un hito personal para Raúl porque a través de ella se revela el entramado de una relación compleja y se analizan los hilos con los que se tejió una vida. Es un espectáculo para el público, pero un ejercicio íntimo para su creador, y hay mucho de él en cada imagen, aunque es el primero en decir que ya no se reconoce en las fotos.

Esta iamgen forma parte de la exposición Elba de Raúl Villalba en el Museo Nacional de Bellas Artes.

“No puedo negar que tengo una mirada escultórica en todo y que asocio la belleza con la perfección porque es lo que absorbí de niño. Hay objetos en las imágenes que te van a parecer hermosos y yo viví en medio de eso; elementos que mi madre atesoró y que, por eso, yo sabía que eran preciosos. ¿Por qué? Porque alguien los amaba”, comparte. Entonces, ¿podemos reconocernos hermosos a través del amor? Él asegura que sí, y que todo parte del momento en que uno se ama a sí mismo.

Y él mismo se siente hermoso en muchos momentos a través de su desarrollo personal: cuando trabaja, cuando una persona a la que retrata se reconoce en la foto y se emociona ante su propia imagen. “La fotografía es el verdadero reflejo al cual uno no le puede mentir. En el espejo uno dibuja su propia imagen, pero a la cámara no se le puede mentir. Y si uno se abraza a sí mismo, es hermoso”, afirma.

El curador Carlos Sosa lo resume mejor: “Desde donde se mire, la propuesta de Raúl Villalba alude a la belleza de una manera sutil: sean los elementos visuales prestados de la historia de la forma, en realidad citas rotundas, todos, sin excepción, resignan su entidad visual dominante y comparecen ante contenidos conceptuales que invisten en ellos valores éticos y estéticos como andamiaje o arquitectura de la belleza. O sea también la acertada estrategia de mostrar la imagen fotográfica en una institución que conserva objetos bellos de nuestra cultura e historia visual”.

Esta iamgen forma parte de la exposición Elba de Raúl Villalba en el Museo Nacional de Bellas Artes.

En esta muestra, Raúl Villalba es, al mismo tiempo, aquel niño en el patio de su casa, el joven que observaba sus sentimientos (los más agradables y los menos, también) y no sabía cómo expresarlos; y el fotógrafo que ya no se reconoce en su trabajo final, porque su lugar está en el proceso.

Elba vio la luz el jueves 9 de abril y planea quedarse por un tiempo. Se combinan fotografías impresas y encuadradas con instalaciones fotográficas en tela y una instalación botánica audiovisual donde la misma matriarca espera a sus visitantes en una recreación sensorial de aquel jardín al que Raúl regresa con un simple parpadeo

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