Una visita al taller de los Reyes
En vísperas de Reyes, mientras algunas tiendas importan ilusiones de plástico, en Fernando de la Mora un emprendimiento de 24 años fabrica sueños de tela y madera, y en otro local se tejen redes de integración latinoamericana. En esta edición, damos un recorrido mágico en el cual el juguete no se agota con las pilas, sino que planta la semilla de que aprender puede ser, realmente, divertido.
Por Laura Ruiz Díaz. Dirección de arte: Sandra Flecha. Dirección de producción: Camila Riveros. Fotografía: Javier Valdez.
Se viene la noche mágica, la del 5 al 6, cuando los zapatitos esperan a tres importantes visitantes. La ciudad y su vorágine ya empieza a amainar y es el momento de mimar a los pequeños (y no tanto) de la casa. ¿Cómo? Esa es la pregunta que nos hicimos y queremos que nos acompañes a conocer otras opciones más allá de los catálogos, el plástico y los juguetes con ruidos estruendosos.
La primera pregunta es qué buscamos. Porque a la hora de obsequiar algo a los más chicos siempre hay una cuestión que interpela, ¿qué les damos para que ocupen su mente? Las madres, cuidadoras y padres nos entenderán. Buscamos que estén entretenidos pero no que se vuelvan adictos a la pantalla y ¡ay! cuando se ponen caprichosos por no poder
usar la bendita tablet o el celular, ni hablar. Entonces, ¿qué queremos para ellos? ¿Un videojuego? ¿Un pedazo de fábrica muy, muy lejana, con pilas y sonidos estridentes? ¿O algo que tiene tierra, historia y manos adentro?
La respuesta es simple: claro que todas y todos deseamos que las infancias jueguen con materiales didácticos, que conjuguen diversión con el aporte a su desarrollo. ¿Quién no lo querría? El desafío es que estos también sean atractivos y desafiantes.

En esta edición te contamos dos historias, traducciones de una nueva tendencia de mercado a nivel internacional, una que responde a esas necesidades de los padres de hoy, que hace mucho tiempo la educadora, pedagoga, psiquiatra humanista y filósofa italiana María Montessori ya vio venir… Pero para saber más, seguí leyendo.
La profe con la que hablamos hoy nos cuenta su historia desde su taller en Fernando de la Mora, lleno de olorcito a madera recién cortada y mesadas con materiales. Acá no hay cinta transportadora, sino una mesa larga donde Gazul Martínez, junto a sus compañeras, despliega otro tipo de producción en serie: letras de tela, títeres de lobo, carteleras que son selvas de fieltro.
Todo esto se llama MAPP: Materiales de Apoyo para Profesores y Padres. Pero suena muy formal. Acá es la trinchera donde el juguete deja de ser chuchería y se vuelve herramienta para no aburrirse en clase y generar conexiones reales.
Hace 24 años, Gazul veía el bostezo colectivo en las aulas desde su labor docente y la necesidad imperiosa de tener herramientas que faciliten su trabajo. Con el tiempo, los padres y las personas que trabajan con niños fueron adquiriendo sus creaciones.

La cuestión es el material. La madera, la tela, la goma EVA… “Son nobles”, dice Gazul, a quien podemos imaginar ajustando detalles del títere del lobo de Caperucita. No se rompen al primer manoseo. Un juguete de plástico fino, si se cae, se parte y muy pocas veces se puede reparar. Uno de estos, si se descose, se cose de nuevo.
Pero no es solo lo físico. El juguete tiene un chip psicopedagógico necesario. Gazul lo dice sin vueltas: el juego hace a las infancias agentes activos de su propia formación. No son recipientes vacíos a llenar con datos. Son personas chiquitas que prueban, experimentan, se equivocan y, en ese trajín, aprenden. Sin darse cuenta.
“Las ideas surgen de los congresos sobre educación, de las inquietudes de maestros y profesionales”, cuenta. Un juego emblemático de MAPP es la Cartelera de abecedario, que “empezó hace años a decorar las clases para que los niños aprendan jugando. Al comienzo lo hicimos de goma EVA, luego pasamos a la tela”, describe. Los que llaman poderosamente la atención sin dudas son los kits de títeres de cuentos como Los tres chanchitos, Caperucita, Pinocho, Hansel y Gretel, que vienen con el relato incluido.
“En el 2026 vamos a agregarles orientaciones para fomentar la creatividad… Por ejemplo, ¿qué pasaría si Caperucita, en vez de encontrarse con un lobo, se cruzara con un conejito? Actividades que van más allá de la simple narración de cuentos”, adelanta. Ahí se rompe el molde y es la frontera de inicio del territorio de la imaginación. Ese es el salto. Del juguete que entretiene al juguete que libera.

Detrás de cada lobito de tela hay una cadena de gente que no aparece en las fotos lindas de Instagram. La costurera en su máquina, el serigrafista que estampa con paciencia, el carpintero que lija la madera hasta que quede suave, las compañeras de Gazul que recortan la goma EVA con precisión de cirujana. Es una economía a escala humana, con talleres chicos y amistad duradera.
Venden un vínculo. Explican que esto no es para que los chicos se encierren solos en sus habitacio nes, es para que la abuela le mueva el títere, para que el padre haga voz de ogro, para que la maestra arme una obra en clase. Es un imán que junta gente. Este juguete pide compañía, ruido y que alguien pregunte “¿y ahora qué hacemos?”.
Han logrado sumarse a congresos de educación y jornadas pedagógicas. Las redes sociales les dieron un altavoz que no esperaban. Pero el sueño grande, el que parece inalcanzable, tiene nombre y apellido: ver esas carteleras en cada escuela pública del Paraguay, una clavada en un aula de Bahía Negra, en un salón de Caaguazú, en reemplazo de las paredes peladas. Que el aprendizaje sea un lujo al alcance de todos.
El sueño concreto del próximo año es más mundano, pero igual de difícil: meterse en las góndolas de los supermercados y en las farmacias. Llegar a la esquina. Ser una opción al alcance de la mano, más allá de quien “ya sabe” que existe.

Mismas ideas, distintas escalas
A 20 minutos de ahí, en el mundo de las luces led y las reposeras impecables, la juguetería Teko ofrece otra atmósfera. Los juegos vienen en cajas con diseño cuidado, los materiales son de madera o ima nes de colores. Conversamos con Martín Barrán, el emprendedor uruguayo detrás de esta cadena, que llegó a Paraguay hace ocho años.
Junto a su familia, identificó un espacio para algo distinto a la oferta masiva. Trajo lo que en otros mercados ya tenía fuerza: entretenimiento con un concepto detrás, que tiene en cuenta el desarrollo del niño. “Nosotros vemos el juguete como una hrramienta más de aprendizaje”, explica.
Su proyecto nació en Uruguay a partir de su búsqueda personal, la de un padre que, para sus tres hijos, quería alternativas a las pantallas y al plástico. Teko —nombre que eligieron de casualidad y después reconfirmaron al saber que en guaraní significa ‘cultura’ o ‘forma de vida’— es el resultado de esa búsqueda, convertida en un negocio familiar que creció. Su sueño es concreto: expandir una pro puesta que, él está convencido, hace bien.
A simple vista son mundos distintos. La escala artesanal contra la del emprendimiento mediano que importa. El velcro casero contra el diseño inter nacional. Pero si uno escucha con atención, detrás del ruido de la máquina de coser y de la estrategia comercial, late la misma convicción.

La historia se repite
Ambos responden (cada uno desde su lugar) a una demanda que crece en muchos lados. Padres y educadores buscan objetos que duren, que enseñen algo y fomenten la creatividad. Un movimiento que Mar tín ve concretarse en ferias internacionales y Gazul percibe en las consultas de sus clientes. No es una moda pasajera, sino la expresión de un cambio en lo que se espera de un juguete: que deje una huella.
Y este cambio de mirada, esta valoración del juego con propósito, tiene un arraigo profundo en la historia de la educación. Bebe de fuentes como María Montessori y toda la corriente de la pedagogía activa.
“El juego es el trabajo del niño”, decía Montessori. Esta idea central de su filosofía subraya que, para ellos, jugar no es un mero pasatiempo, sino la actividad seria y fundamental con la que exploran, comprenden el mundo y construyen su desarrollo. Más de un siglo atrás, los educadores ponían el acento en el chico como protagonista, en el mate rial didáctico como guía, en la mano que aprende manipulando.
Los conceptos que hoy inspiran a una maestra en su taller y guían la selección de productos en una juguetería como Teko (autonomía, exploración sensorial, aprendizaje lúdico) tienen su raíz en esas aulas experimentales. Lo que fue una revolución educativa, hoy encuentra eco en el mercado, con una generación de padres que, quizás sin saber todos los nombres teóricos, intuye que esos principios hacen bien a sus hijos. Y hay emprendedores, como Martín, y creado ras, como Gazul, que construyen puentes para que esa intuición se concrete en un objeto tangible.

Un mercado en crecimiento
Lo que Gazul Martínez plantea en su taller de Fernan do de la Mora y Martín Barrán confirma en las ferias de Alemania no es un fenómeno aislado, sino el reflejo local y regional de una nueva tendencia en el mercado. Según el estudio Educational Toys Market, de Market Research Future (MRFR) del 2024, elaborado por la analista de investigación Sakshi Gupta, las ventas globales de juguetes educativos experimentan un au mento transformacional: proyectan escalar desde los 79,78 mil millones de dólares de 2024 hasta los 239,32 mil millones para 2035, con una tasa de crecimiento anual compuesta del 10,5 %.
Las nuevas tendencias responden a realidades concretas: padres informados buscan juguetes que sean una inversión en el desarrollo integral de sus hijos, no solo entretenimiento. Esto se cruza con la prioridad global de las habilidades STEM, que ha convertido a los juguetes educativos en semilleros del futuro (hasta hay algunos que enseñan los prin cipios básicos de la programación, ¡sin pantalla!).
Al mismo tiempo, la sostenibilidad dejó de ser opcional; materiales nobles y procesos respon sables son ahora un requisito fundamental, pues el cuidado del planeta es parte inseparable de la educación que esos juguetes prometen.

La cartografía del aprendizaje lúdico es bas tante como la imaginamos. Estados Unidos lidera el mercado con 40% del mismo en sus manos y megaempresas como Lego, Hasbro y Mattel (que hoy desarrollan complejos ecosistemas de educación). Pero también se suman otros actores.
Europa es el bastión de la calidad y el diseño, con un 30 % de participación. Playmobil (Alemania) y Hape (Suiza) encarnan la fusión entre durabilidad, estética y valor pedagógico. Por otro lado, Asia Pacífico es la región de crecimiento explosivo, con 25 % (y subiendo). Una clase media en expansión en China e India, ávida de darles a sus hijos venta jas competitivas, impulsa la demanda. Así, VTech (Hong Kong) es líder en la democratización de la tecnología educativa.
Latinoamérica, Medio Oriente y África son la frontera, el territorio de mayor potencial desaprove chado. Aquí es donde la brecha entre la oferta global de alto precio y la necesidad local masiva es más evidente, pero también donde surgen adaptaciones y emprendimientos locales –como los casos de Paraguay– que buscan llenar ese vacío.

El mercado ha evolucionado de una segmentación por edad a una por propósito. Con los juguetes STEM ganan terreno aquellos diseñados para desarrollar habilidades socioemocionales —como la cooperación y la gestión emocional— en una suerte de antídoto a una infancia hiperconectada. También surgen juguetes que personalizan el aprendizaje y se adaptan al ritmo de cada niño. En cuanto a la dis tribución, mientras el comercio electrónico lidera por practicidad, el crecimiento más dinámico lo tie nen las tiendas especializadas, donde la experiencia sensorial y el asesoramiento pedagógico transforman al vendedor en un guía de ese mundo.
«Dime con quién andas y te diré quién eres”, dice el refrán. Y la industria juguetera se lo tomó muy en serio. Los grandes mensajes los encontramos en las alianzas estratégicas: VTech con National Geographic, Mattel con Google, Lego Education con escuelas de todo el mundo. No se trata solo de vender juguetes; se trata de posicionarse como un actor legítimo en el ecosistema educativo global.
Lo que comenzó en las aulas de María Montessori y otros pioneros de la pedagogía activa hace un siglo, hoy encuentra su expresión masiva en los pasillos de las ferias y en los algoritmos de Amazon. El “juguete educativo” dejó de ser un subgénero para convertirse en el núcleo de la industria. Y en este océano de da tos, tendencias y billones de dólares, proyectos como el taller de Gazul y la apuesta de Martín en Paraguay son más que casos aislados; son testigos de una ma rea que está redefiniendo, a escala planetaria, lo que significa jugar y, sobre todo, aprender.

Aprender a jugar para jugar aprendiendo
Así que esta nota, en vísperas de Reyes, no es solo de juguetes. Es sobre cómo ciertas ideas sobre la infancia terminan tomando forma, sea en la mesa de un taller familiar o en la repisa de una tienda. Dos caminos distintos para un destino similar: que el regalo que encuentren los niños no sea solo un objeto, sino una puerta a imaginar, a crear, a aprender. Y, en el fondo, a jugar de un modo que valga la pena recordar.
Mientras tanto, en vísperas de Reyes, el mensaje que quieren meter entre algodones y poner al lado del juguete es simple pero revolucionario en un mundo que hace del estudio un castigo: aprender es divertido.
Gazul agrega, casi de casualidad, lo que tal vez sea la verdad más honda: esos juegos también sirven para expresar las emociones. Un títere puede decir “tengo miedo” si el nene o la nena que lo maneja no se anima, una casita de madera es un refugio en un día de tristeza. Se vuelve cómplice, elemento de comunicación y hasta salvavidas.
Así que cuando este 5 de enero los más chicos dejen el zapato o la zapatilla bajo la cama, tal vez el Rey Mago pueda cargar en su saco, entre tanto juguete globalizado y anónimo, algo que tenga la huella de un taller de Fernando de la Mora, que huela a madera, a tela y a futuro. Un juguete que no venga con pilas, pero que sí traiga una chispa. La chispa de pensar, de crear, de vincular. De jugar en serio.
Porque al final, en esta vorágine de consumo, el acto más amoroso puede ser regalar un lobito de trapo que nos invite a pensar de formas distintas y, si hace falta, hasta a cambiar el cuento. Posdata: ¡No se olviden del agua y el pasto para los camellos, que mucho anduvieron recorriendo!





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