Nota de tapa

Guillermo Fridman

Resignificar la familia

Una vez que Guille adoptó su primer perro, el miedo que venía con la responsabilidad de hacerse cargo de otra vida rápidamente dio paso a un sentimiento mucho mayor: descubrió que era capaz de amar desmedidamente y que en su corazón no había límites para los animales que empezaron a llegar a él en busca de un hogar, algunos de los cuales necesitaban una nueva oportunidad para vivir dignamente. 

Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Producción: Anabel Artaza. Asistente de producción: Pamela Pistilli. Fotografía y tratamiento de imagen: Javier Valdez. Agradecimientos: Marita Alfonso.

Una decisión puede cambiar tu vida. En el caso de Guillermo Fridman, fue regalar a otra familia una mascota que adoptó y ya no pudo cuidar. Pasó hace casi 30 años, pero nunca se olvidó. Sasha llegó a él cuando estaba en la facultad: “Era una perrita muy quilombera. Me rompía todo. No le tuve paciencia y no estaba nunca. Fue una responsabilidad grande y yo no estaba preparado”.

Fotografía: Javier Valdez.

Recuerda que una vecina le pidió que le regalara a Sasha y él accedió. “Se la di y hasta ahora llevo esa culpa, porque no pude hacerme cargo”, comenta. Guille está convencido de que en aquel momento se creó una deuda.

En otra etapa de su vida, ya en 2013, decidió comprar una cachorrita píncher, hija de la mascota de un amigo que vendía las crías para pagar los gastos veterinarios de la madre. Hoy, en 2026, con todo lo que sabe ahora, mira aquel momento con una mezcla de emociones: por un lado, sabe que su dinero fue a parar a una familia con una necesidad específica; por el otro, ya no está de acuerdo con ese tipo de transacciones, especialmente cuando se adquieren animales de criaderos que explotan y abusan de las perras, cual incubadoras de estatus social.

La mayoría lo conoce como fotógrafo, peluquero y maquillador exclusivo de Maybelline. Los que lo seguimos en redes sabemos que más allá de su dimensión laboral se extiende una mucho mayor: es activista por los derechos de los animales y defensor de la adopción; lleva más de 10 años apoyando una causa que le ha costado tiempo, dinero y relaciones.

Bela.

Reinicio

Amelie, la pequeña píncher, despertó en Guille algo que estaba dormido y le preparó para recibir el llamado que llegó más adelante con Donatella: “Ella fue la primera perrita que realmente adopté. Recuerdo que esa noche me quedé pensando porque sentí miedo de que de repente se partiera el suelo a la mitad y no encontrara el fondo”.

Se preguntó a sí mismo si estaba seguro de ese paso. Después de todo, era contraer una obligación con otro ser vivo: “Inconscientemente sabés que estás adoptando una vida que fue desechada, que debe traer traumas y más, porque siempre nos dijeron, desde chicos, que los perritos nuevos venían de tu perrita o los comprabas. Sentí una responsabilidad enorme”.

Cordelia.

Con Amelie también sintió un deber, claro, pero la diferencia, para Guille, es muy clara: con la primera no existió una negligencia de la sociedad, con la segunda sí. “Me hice cargo de la falta de responsabilidad de otro, esa fue la sensación que me dio y que se repitió después, cuando fui ‘papá peludo’. Es la consecuencia de la ausencia de empatía. Ese bebé adoptado, ya sea chico o grande, viene con esa carga”, reflexiona.

Esa diferencia marcó un giro en su percepción, y una vez que dejó entrar a Dona a su vida, no hubo marcha atrás. “Gracias a ella, demasiado rápido perdí el miedo”, dice riendo, “me hizo entrar en consciencia. Nosotros vivimos en una vorágine, andamos a las corridas y no miramos alrededor. Siempre nos lamentamos de que nos falta esto y lo otro, y de golpe te das cuenta de que hay un ser vivo, el más leal del mundo, que no tiene nada y para quien vas a pasar a ser su mundo entero, a curar sus heridas”. 

Susana.

La falta de la sociedad

“El placer más grande es romper el miedo a adoptar. El día en que vos puedas rescatar o adoptar, va a ser como que hayas ido a 100 psicólogos”, asegura Guille, y agrega que lo único difícil es superar el bullying. A veces más suave, a veces menos, pero siempre presente: “Todos los grupos humanos son complejos. Si bien soy argentino, me considero paraguayo. Nuestra sociedad acá, lastimosamente, es muy hipócrita. Desde chiquititos nos inculcan la religión y las ‘buenas’ costumbres, pero hay cero empatía”.

Donatella.

Sin embargo no es pesimista ni cínico, sabe que el cambio toma tiempo y ve que cada vez hay más gente dispuesta a prestar atención y hacer lo correcto. Lamenta que en las casas y los colegios no se enseñe que los animales son seres sintientes. Le encantaría que las iglesias asuman un rol mayor en esto, en avanzar hacia una sociedad más humana.

“Se están empezando a poner multas y sanciones, pero si vos, como Gobierno, no ves que una persona que mata gatos puede, el día de mañana, asesinar a una persona… Ya es criminal lo que hace, y ¿cuánta distancia hay entre eso y dañar a un ser de su misma especie?”, desafía. Sus ejemplos pueden parecer lejanos o exagerados, pero todo el tiempo salen a luz situaciones de violencia con un nivel de ensañamiento que desafía todo intento de comprensión.

Cordelia.

Le llama la atención cómo hay personas que no solo no se detienen a ayudar a un animal, sino que buscan crear confl icto si se generan movimientos masivos en defensa de uno. “Cuando salió el caso de Canela no faltaba el comentario de ‘por qué no se preocupan por los niños primero’. Ese es el error de la sociedad: ¿Por qué hay que elegir entre una cosa y otra?”, cuestiona.

Encuentra esperanza en las organizaciones no gubernamentales que se dedican al rescate, en los refugios, en las personas particulares que utilizan sus plataformas para ayudar, pero choca contra la enorme muralla que es el Gobierno. “Yo voy a creer en un presidente que implemente leyes y ponga hospitales públicos para animales”, se atreve a soñar en voz alta.

Yukito.

Una familia en expansión

Donatella abrió un espacio en el corazón de Guille en 2015, le hizo creer en sí mismo y en su capacidad para ofrecer una nueva oportunidad a más perritos. En los años siguientes, la tribu comenzó a sumar números. Llegaron Jack, Carmelo, Sia y Tina, y empezó a utilizar sus redes sociales como una plataforma para difundir el trabajo de organizaciones que activamente luchaban por la adopción responsable y la no comercialización de mascotas.

“El sueño del pibe es tener un refugio, claro”, dice con una media sonrisa que da a entender que sí, lo pensó, pero que no pudo ser. “Soy consciente. Demasiado me cuesta salir adelante para lograr mis sueños. No sé si fui egoísta o no, pero le dediqué el tiempo que pude; con la plata que ganaba, cuidaba y rescataba bebés”, cuenta.

Susana y Bela.

Reconoce que en un punto, su deseo de ayudar se le fue de las manos: “Fueron tantos años de rescatar. Algunos me los quedé, a otros les encontré un hogar. Yo nunca recibí un peso de nadie ni pedí ayuda. De hecho, la única vez que busqué asistencia, que fue el año pasado cuando murió el perrito de mi empleada y yo no tenía dinero, nadie me ayudó”. No lo cuenta enojado, sino más bien resignado a la suerte que comparte con otras cientos de personas que hacen lo mismo que él, pero con menos exposición.

Lamenta la situación de los rescatistas que deben someterse al desgaste de buscar maneras de bancar alimentación, alojamiento y tratamientos de animales que otras personas intentaron descartar, con un costo personal tan elevado que, por momentos, se vuelve irreparable. Es una vocación solitaria, muchas veces. En ese sentido, siente un profundo agradecimiento por Pamela Barszez, la veterinaria detrás de Green Vet (@greenvetparaguay), la mano que le ayuda hasta hoy a sostener este proyecto de vida. “Fue la única persona que estuvo 100 % a mi lado. He tenido deudas millonarias con ella y de a poco las cancelé. Pamela me aguantó, había cosas que no me cobraba. Siempre estuvo a la par al lado de mis hijos”, reconoce. Como Pamela y Green Vet, hay muchas otras vetes que hacen lo suyo por la causa, “que así como cobran por su trabajo, también ayudan. Ella fue un sol en mi vida; sin su asistencia, no hubiera logrado todo lo que logré: tener a mis bebés conmigo”, puntualiza.

Petrona.

Hubo personas que pensaron que Guillermo estaba creando su propio refugio u oenegé, pero esa nunca fue su intención. Desde el principio se dedicó a apoyar incluso monetariamente el trabajo de los rescatistas, hasta que uno de ellos le dijo que no aceptaría más sus donaciones porque podía dimensionar lo que demandaba su creciente familia. Es que no es para menos: llegó a tener 17 perros al mismo tiempo en su casa, una residencia normal, que no se pensó ni planeó para albergar un número signifi cativo de animales. Todas sus adopciones y rescates suman 25 almas que encontraron en él un abrigo, literal y metafóricamente. 

Resiliente

La única constante es el cambio y él ya no teme a lo que el futuro le traiga: “Creo que si bien tuve una buena educación en casa, mis maestros de vida fueron mis hijos peludos. Me enseñaron a comprender y valorar la vida, y a enfrentar la muerte”.

Los últimos años fueron difíciles, y no lo oculta. Luego de perder a su pareja en 2020, se vio obligado a despedirse de varios de sus hijos. Es que muchos llegaron adultos a sus manos y él se encargó de darles afecto y devolverles dignidad en esa etapa. Pero el desgaste de adoptar y rescatar no es solo físico y fi nanciero, también es emocional. 

Merlí.

“Cada perrito que llegó a mi vida signifi có algo y también está conectado con la deuda que tengo con Sasha, la primera que adopté y no la pude tener. Es una doble responsabilidad”, remarca. Como lo viene haciendo desde hace más de 10 años, se dedica por completo a sus animales, e incluso sacrifi ca vínculos sociales que no aceptan esta pieza clave de su identidad. Hoy vive con siete perros y dos gatos, y hace un buen tiempo que no suma un miembro a su manada.

Casualmente, la noche antes de nuestra entrevista, sintió el fl echazo de un nuevo perrito que busca hogar. Sus amigos, preocupados por lo demandante de esta vocación, suelen manifestar su inquietud e implorar que reconozca sus límites, pero la voluntad de Guille es mayor: “Yo creo en la reencarnación. ¿Cómo sé que no es alguno de mis hijos pasados volviendo a mí?”.

Los desafíos existieron siempre, entonces ya nada le detiene. Sabe a lo que se enfrenta y sabe que puede, porque en este tiempo cambió otra cosa, algo capaz de frenar la voluntad más férrea, y que ahora ya no signifi ca lo mismo para él. Guillermo Fridman ya no tiene miedo de perder, ahora solo se dedica a amar.  

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