Nota de tapa

Guapo’y

Sobre la memoria (en un país que busca el olvido)

¿Cómo y desde dónde hacemos memoria en Paraguay? ¿Puede esta sanar una herida aún abierta?
¿Cómo se configura una mirada en el cine? Guapo’y busca una aproximación a estas respuestas pero deja nuevas preguntas, mientras tantea un diálogo sobre un pasado reciente que, muchas veces, se intenta tergiversar u ocultar.

Por Laura Ruiz Díaz. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Betha Achón. Producción: Sandra Flecha. Fotografía: Javier Valdez y archivo de Guapo’y. Agradecimientos: Alejandra Rojas, Gabriela Cueto y Flavia Borja.

Celsa Ramírez Rodas pasea por su patio y señala unas plantas en específico. “Hay un proverbio oriental que dice que lo que crece a tu alrededor, eso es lo que necesitás”, cuenta. Apunta a la uña de gato (Uncaria tomentosa), de propiedades antiinflamatorias. En seguida habla de otra especie, que es especial para golpes y hematomas. Cada una tiene un procedimiento para extraer sus atributos.

Una de las grandes protagonistas de esta historia es, sin querer, la planta de pipí (Petiveria alliacea). La descubrió gracias a una memoria de acero, ya que recordó a su tío decir: “Kóa iporâ réuma penguara, pero vaka ho’urô”. Y concluyó que si las vacas no la pueden comer, ella tampoco. Entonces fue descifrando métodos para utilizarla, primero por contacto con la piel y, luego, como aceite concentrado.

“Hay un proverbio oriental que dice que lo que crece a tu alrededor, eso es lo que necesitás”

Celsa Ramírez Rodas.

Como cualquier paraguaya conocedora de la fuerza del pohâ ñana, Celsa utiliza el pipí para aliviar los dolores de la artritis que la aquejan a raíz de los golpes que sufrió durante su reclusión forzada, sobre todo durante el tiempo que pasó en la sección de Delito y Vigilancia.

“Estoy adoptando el romero porque cuentan que ayuda a la memoria”, dice Celsa Ramírez, quien fuera detenida por las fuerzas de la dictadura más larga de Sudamérica, la de Alfredo Stroessner, que duró 34 años y 172 días (1954-1989). Su madre, María Lina Rodas, ya llevaba un buen tiempo en reclusión en el campo de concentración de Emboscada, que es donde Celsa crió a Derlis Villagra, el hijo que, pese a toda esa adversidad, consiguió más de 400 tíos y tías que lo cuidaron.

Para Celsa Ramírez Rodas, los remedios naturales la ayudan a sanar cuerpo y alma. Fotografía: Javier Valdez.

Este mundo es el que transmite Sofía Paoli Thorne en su ópera prima, Guapo’y. Y este, a su vez, es el tema que abordará nuestra nota de tapa de la semana.

Nos guarecimos bajo la sombra

De niña, Celsa escuchaba en su casa las “conversaciones de adultos”. Todo el grupo familiar se exilió en Argentina por la persecución política del régimen estronista. Y en esa casa aprendió de todo, fue desde bailarina de danza paraguaya hasta peluquera, pero lo más importante: empezó a tocar el arpa a los 14 años, arte que la sigue acompañando hasta hoy. Y dato no menor, adquirió una mirada crítica de la realidad que la rodeaba.

“Siempre tuve el arpa en la cabeza. A mis 7 años, Nicolasito Caballero fue a Buenos Aires y quedé encantada con su dominio del instrumento. Logramos que me enseñe y pronto mi papá también estudió guitarra y me acompañaba”, recuerda. Tanto amaba la música que los torturadores intentaron utilizarla en su contra, pero le dio más fuerzas.

Celsa llegó al campo de concentración de presos políticos en Emboscada un 6 de setiembre de 1976, casi un año después de su detención, con Derlis en brazos. Y sintió un alivio inmediato al ver los rostros conocidos de algunos compañeros. “Este es el hijo de Derlis Villagra”, gritó y la algarabía se apoderó de la prisión. El nacimiento era un destello de esperanza después del asesinato de Derlis Villagra padre en el 75, en un contexto de persecución a toda disidencia política que se llevó la vida y la libertad de más de 1500 personas.

Celsa Ramírez Rodas seleccionando el poha ñana de su patio para aliviar los achaques derivados de la tortura que sufrió durante la dictadura estronista. Fotografía: Javier Valdez.

Después de tanto tiempo sin socializar, verse acompañada por caras familiares fue un alivio. “Realmente había mucha gente que estaba mal, no recibía la luz del sol, enfermaban… pero esa resistencia, esa conciencia de desear lo mejor, nos daba fuerzas, nos estimulaba. Eran personas muy buenas, que vivían con la esperanza de ver a su país feliz”, rememora.

 Y en esa prisión encontró a su madre, María Lina. “Yo nunca conté quién era mi mamá porque quería que me mandaran con ella, entonces cuando entramos recién, primero abracé a varias compañeras y después a ella, fue muy emotivo”, cuenta. La comunidad fue el primer paso para empezar a sentir algún alivio.

“El apoyo de los compañeros que viven ese mismo deseo y esa misma lucha nos daba muchas fuerzas, contrario al aislamiento, que es muy negativo y desesperante. Ellos usan bastante eso también”

Celsa Ramírez Rodas.

Allí se formaba un círculo de niños, eran unos 16. “Hacíamos la comidita para ellos con verduras, alimentos de mejor calidad. Nos turnábamos para jugar, contábamos cuentos, todos los compañeros eran tíos”, testimonia. Y hasta se organizaron para que se sacara un alambre de púas, que impedía el acceso al guapo’y bajo el cual se reunían. “El apoyo de los compañeros que viven ese mismo deseo y esa misma lucha nos daba muchas fuerzas, contrario al aislamiento, que es muy negativo y desesperante. Ellos usan bastante eso también”, afirma, y nos cuenta que ese deseo era el de un país feliz y justo, un Paraguay mejor. 

En el documental, María Lina y Celsa cuentan que bajo el guapo’y se reunían y hacían actividades culturales. Un deseo febril de liberación desembocó en expresiones como tallado, elaboración de guampas, rompecabezas, telares, croché, hamacas, portarretratos, floreros, veladores, cestos, anillos, figuras, talabartería… Declamaban poesía, hacían obras de teatro, cantaban guaranias y Celsa tocaba el arpa. Los niños jugaban y, juntos, se sostenían mutuamente con la esperanza de un mañana mejor, donde la palabra libertad no fuera censurada.

Fotograma de Guapo’y.

Cuerpo y memoria: una mirada femenina desde el cine 

“Yo soy cachivachera”, dice Celsa entre risas. Mientras, Sofía, la directora, se ríe, y Gabriela Cueto, la productora, dice: “Sofi venía a charlar con Celsa y se ponían a ver cosas, encontraban recuerdos, siempre algo distinto. Íbamos pensando escenas que tuvieran que ver con eso y en la siguiente visita [esa cosa] ya no estaba; pero hallábamos algo más”. 

Sofía recuerda que encontró a Celsa por un artículo periodístico del periódico E’a, Canciones de cuna en los calabozos de Stroessner, escrito por el periodista Jorge González. “No me pude sacar a Celsa de la cabeza, sabía que debía conocerla”, dice. 

“Me parecía necesario abordar la película de ese lado, que las cosas no pasaron, que hay huellas marcadas en nosotros y no se pueden olvidar así sin más”

Sofía Paoli Thorne, directora de Guapo’y.

Como muchos, Sofía encontró un vacío en los libros de historia, donde no se nombran los horrores de la dictadura, pero sí se sienten en el tejido social horadado y hasta en los cuerpos: “Me parecía necesario abordar la película de ese lado, que las cosas no pasaron, que hay huellas marcadas en nosotros y no se pueden olvidar así sin más”.

Se acercó a la sobreviviente con intenciones de saber más sobre ella y se encontró con distintos mundos que compartían, entre ellos la maternidad y la necesidad de sanar. “Ella tiene tantas cosas para contar, que hacer el recorte fue muy difícil. Por cada minuto que aparece en la película, hay horas y horas de material de archivo”, dice, mientras recuerda al sonidista, Diego, que era quien sostenía el micrófono durante largas jornadas.

Según la productora, Gabi, el desafío estaba puesto en la mirada. “Es un proceso diferente, más íntimo, una apuesta a crear una narrativa distinta a lo que se suele abordar con la temática de la dictadura”, afirma. Para Sofía, era fundamental que el equipo que la acompañara tuviera en cuenta esa dinámica: “Que entendieran nuestra relación”. 

Sofía Paoli Thorne, directora de Guapo’y. Fotografía: Javier Valdez.

El acercamiento a la temática no se dio de forma lineal. “Tomábamos mate, conversábamos y, de repente, surgía algo; pero no directamente, sino que se conectaba con lo vivido en esa época, desde la maternidad, la relación con las plantas… No teníamos que hablar directamente del tema, era algo que estaba ahí todo el tiempo”, afirma Sofía. Y eso buscó transmitir en el rodaje: “No quería una entrevista formal, sino un compartir”.

“Sofía, vos estás haciendo una revolución con los documentales”, retruca Celsa. Son historias impresionantes y ella las presenta de una manera diferente, con sutileza. “Un compañero me contó que no está yendo a ver la película porque no soporta emociones fuertes. Yo pasé por esa etapa también y me alegra mucho pensar que es un filme que la gente va a poder observar con otra mirada”, remarca.

Para Celsa, no fue un proceso fácil. Significó recordar (y casi revivir) la historia que vivió en carne propia. “Queda una sensación extraña», describe. “Yo considero que tengo el deber moral de acceder a las entrevistas, porque es parte de la memoria que se distorsionó tanto”, resalta. “Por eso digo, qué importante esta película, que muestre a los jóvenes y puedan ver también, porque ellos no conocen y los adultos tienen hasta una mirada bastante acomodada por el miedo que generó esa época: ‘No te metas’ o ‘Cuanto menos sabés, mejor’”, analiza. Y continúa: “[Una mirada] que se entiende: no tenías garantías de pensar, hablar, hasta de caminar, porque si llegaba una hora y te encontraban, ibas preso; entonces la gente se olvida, como una especie de parche de alivio, de resguardo. Las personas iban a la cárcel por décadas. Nadie quiere estar en esa situación”.

La noche de estreno fue un reencuentro con otros compañeros de la época; después de la proyección, pudieron compartir y volver a abrazarse, como en la época del guapo’y, que fue talado luego del juicio político —o golpe de Estado parlamentario— a Fernando Lugo.

Detrás de escena de la grabación del documental.

Hacer visible lo invisible

La botánica envuelve a toda la película con una energía sanadora. El patio se hace mágico y es donde terminan las conversaciones. La autora busca también mostrar esto: “La relación entre las plantas, las curaciones, muy de cerca con una frase que alguna vez escuché que dice ‘donde encontramos refugio para transitar el dolor’, y esa conexión que la ayudaba [a Celsa] a fortalecerse y sanar”. 

“Buscamos qué plantas, texturas y colores nos conectaban con la piel, y no solo con ella sino con lo corporal, lo físico”, cuenta Paoli Thorne. Grabaron más de 60 plantas con un lente macro, que registra detalles como si estuvieran bajo un microscopio, con la dirección de fotografía de Delfina Margulis. 

“Sofía siempre le dio muchísima importancia a la iluminación”, cuenta Delfina en una entrevista para la Asociación de Autores de Fotografía Cinematográfica Argentina. Recuerda que, de los 10 días de rodaje, ocho estuvieron nublados. “Antes hice un proceso de scouting y busqué replicar esa luz natural que vi”, menciona en la nota. Una de las ideas principales era respetar lo más posible la casa de Celsa. Las plantas fueron un elemento en la fotografía, pues las utilizaron para generar distintas texturas y sombras.

En toda la propuesta fue fundamental el cuidado. “Queríamos que Celsa estuviera cómoda en cada etapa”, afirma Sofía. El rodaje transcurrió durante la pandemia y por ello el equipo estuvo limitado en número. Respetaron los cuidados sanitarios para no poner en peligro a las entrevistadas, pero también hubo especial atención a lo emocional. Los procesos, las texturas y la iluminación fueron fundamentales para transmitir lo que ella buscaba.

De izquierda a derecha: la directora, Sofía Paoli Thorne; Celsa Ramírez Rodas, protagonista del documental; y la productora, Gabi Cueto. Fotografía: Javier Valdez.

Que el sonido también sane

“Paraguay tiene una musicalidad que la gente de acá muchas veces no identifica. Este país suena hermoso y en cada temporada es distinto”, afirma Dahia Valenzuela, que tuvo a su cargo la dirección de sonido del documental. Y lo auditivo es una pata fundamental del proyecto.

Fue un proceso que también tuvo su etapa de scouting. Primero con muchas reuniones, y luego implicó pensar en la sonoridad de cada espacio de la casa. “Partimos desde el sentir de Celsa, para luego buscar cómo crear esos sonidos”, plantea Valenzuela.

En ese desarrollo, la directora pensó en la idea de que el sonido también sane. Así, se cruzaron con el concepto de “armonización sonora”, y Dahia se puso a investigar. “Hablamos de curarnos con la tierra y que todo lo que tenía que sonar debía partir de la naturaleza. Eso tuvimos claro desde el primer momento”, manifiesta.

“Hablamos de curarnos con la tierra y que todo lo que tenía que sonar debía partir de la naturaleza. Eso tuvimos claro desde el primer momento”

Dahia Valenzuela, directora de sonido y montajista de sonido de Guapo’y.

Todo lo que Dahia encontraba sobre armonización sonora tenía que ver con sonidos metálicos, pero debían encontrar la forma de adaptar el concepto a la idea principal del documental, que buscaba sonidos más orgánicos, con la naturaleza, las semillas y las plantas. “Así vino Paloma, que es la intérprete de sonidos de la tierra”, se ríe y aclara: “Intentamos lograr una sonoridad que vibre a una frecuencia que relaje”. “Tenía que transmitir una sensación de alivio”, agrega Sofía.

Y a este ambiente se contrapone un registro sumamente necesario de la actualidad social y política, con recortes de noticias y audios de entrevistas a quienes toman las decisiones en los puestos de representación. “Necesitábamos contar lo difícil que es sanar en un país sin memoria, donde los discursos siguen siendo los mismos”, reflexiona Sofía. Buscaron una forma no invasiva, que proteja la casa y ese espacio de sanación. “Lo extradiegético no se escucha en la casa, pero está ahí, resuena”, acota Dahia.

Todo este proceso de búsqueda, experiencia y diálogo le posibilitó a Dahia crear un diseño de sonido en el primer corte: “Pude concentrarme en la construcción sonora para reflejar lo que se sentía en ese momento”.

Celsa Ramírez Rodas. Fotografía: Javier Valdez.

En el país de Nomeacuerdo

Gabriela Cueto tuvo un doble rol de producción, por un lado en Argentina y, por otro, asistiendo a Sofía en Paraguay. Y, en ese sentido, identifica la importancia de pensar en producir materiales que reflejen nuestra identidad: “Me parece que es importante ganar esa batalla cultural en términos de que la gente apoye que el cine debe salir de acá, se tiene que apoyar y financiar desde acá; consumir de forma local, y para eso es necesario el apoyo del Estado”. La potencia audiovisual es innegable y necesaria.

El equipo fue conformado mayoritariamente por mujeres. Y en ese sentido, también hubo distintos desafíos. La maternidad fue uno de ellos, y abrió las puertas a una pregunta que miles de trabajadoras nos hacemos a diario: ¿Cómo equilibrar los distintos roles? “Era algo que había que considerar, así como el no poder vivir del cine, entonces en paralelo debíamos tener otros trabajos porque había que pagar las cuentas y no pertenecemos a clases acomodadas”, añade Cueto.

Otro fue conseguir que se tomara en serio una película dirigida y realizada por mujeres. Así, pone en cuestión las distintas perspectivas que se tuvieron en cuenta a la hora de realizar este filme llevado adelante por trabajadoras.

“Creemos en el cine como algo colectivo, somos muchas personas que estamos potenciando a la autora”

Gabi Cueto, productora del documental.

Un rayo de esperanza

“Celsa se sigue sorprendiendo con la vida constantemente”, dice Sofía. Lo que la caracteriza es la esperanza. Y hay que tenerla para vivir en un país donde muchas cosas no cambiaron después de más de tres décadas de la caída de la dictadura. Ella sigue luchando por un país más justo y con más accesos.

Guapo’y invita a conocer un universo, la vida de Celsa, pero paso por paso; sugiere dejar de lado el ajetreado quehacer cotidiano donde vivimos apurados para adentrarnos en un patio que parece infinito, con cientos de plantas que sirven para sanar. Pero, ¿para qué? La respuesta la tiene aquella primera frase de Celsa, que dice que usa el romero para la memoria.

“Creemos en el cine como algo colectivo, somos muchas personas que estamos potenciando a la autora”, dice Gabriela Cueto. Y en una frase, resume todo el esfuerzo de un equipo liderado principalmente por mujeres, que dio fuerzas a Sofía en su labor.

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