Vivir con las cuentas en la cabeza
Llegar a fin de mes ya no es un objetivo, es una carrera de supervivencia. Entre ingresos inestables, deudas crecientes y un costo de vida cada vez más alto, miles de familias viven bajo una presión constante. ¿Qué pasa cuando el dinero deja de ser un medio y se convierte en una preocupación permanente? A través del testimonio de Amanda Báez (nombre ficticio), el análisis de los economistas Luis Rojas y Amílcar Ferreira, y la mirada de la psicóloga Cecilia Bareiro, exploramos el impacto de existir en un estado de alerta económica.
Por Eve Benegas. Retratos: Fernando Franceschelli y gentileza.
El día estuvo cargado de espesas nubes grises. El sol no se dejó ver, pero hizo calor; a ratos aliviaba una brisa fresca, y el final inevitable de la jornada fue un intenso temporal. Amanda Báez no intenta romantizar ese día lluvioso. ¿Cómo podría? Si el barrio se inunda completamente. Esa noche se acostó temprano, agotada, pero su mente no paraba: despertó a medianoche y volvió a dormir un rato, pero la preocupación no la dejó en paz.
No era insomnio, era cálculo: pensaba qué cocinaría mañana, cuánto quedaba de sus insumos, qué faltaba en la heladera y qué deuda vencía primero. Era hacer cuentas en la oscuridad, en el absoluto silencio de una casa que ni siquiera es suya.
Amanda Báez tiene 34 años, es abogada egresada de la Universidad Nacional de Asunción y madre de una adolescente de 14 años. Trabaja con una colega en un estudio jurídico; comparten casos y honorarios, pero el ingreso es irregular. Hay meses buenos y otros en los que no entra “ni mil guaraníes”.
“Este mes colapsé”, cuenta sin rodeos. Con el salario de su marido no alcanza para cubrir las expensas mensuales y la consigna es clara: “Nos toca sobrevivir”. Esa preocupación no se quedó en su cabeza, sino que bajó al cuerpo y se instaló. “No podía mover el cuello, me resultaba imposible conciliar el sueño”, relata Amanda.

Desde la psicología, el estrés financiero tiene una definición. “Es el malestar emocional que aparece cuando las preocupaciones económicas se vuelven constantes y difíciles de manejar”, explica la psicoterapeuta Cecilia Bareiro. No se trata solo de la falta de dinero, sino de convivir con la incertidumbre, con la sensación de escasez y con una preocupación que acapara el pensamiento diario.
Pero, ¿en qué momento una preocupación económica normal se convierte en un problema psicológico? “El estrés financiero coloniza el descanso y la concentración. Lo que no se habla por vergüenza, se expresa en el mal humor y la distancia. La persona piensa en dinero todo el tiempo, incluso cuando debe descansar, lo que desencadena la sensación de agotamiento permanente”, indica la profesional.
Amanda lo describe con crudeza: “Es desesperante. Estoy todo el día y la noche pensando qué voy a hacer, qué voy a cocinar, cómo voy a pagar”.
¿Menos pobreza?
La realidad de Amanda no es un caso aislado. Según el último informe de la Encuesta Permanente de Hogares Continua del Instituto Nacional de Estadística (INE), alrededor de 985.000 personas viven en pobreza monetaria total, lo que significa que sus ingresos son inferiores al costo de una canasta básica.
De acuerdo con los datos publicados, la pobreza total se ubicó en 16 %, con una reducción de 3,6 puntos porcentuales. Se trata de un descenso histórico, pero, ¿se siente eso en las calles?

Aunque la evidencia anecdótica cotidiana carece de rigor científico, permite ilustrar el panorama. “Esta reducción de la pobreza que el Gobierno viene señalando año tras año, a mí, cuanto menos me resulta llamativa”, advierte Luis Rojas Villagra, analista económico. Para el experto, recorrer el país evidencia carencias y vulnerabilidades que contrastan fuertemente con las cifras oficiales, pues dejan la impresión de que esta baja “responde más a un ajuste estadístico que a una mejora real”.
Bajo una mirada crítica, resulta curioso comparar nuestros índices con los de la región. Rojas, miembro fundador de la Sociedad de Economía Política del Paraguay (SEPPY) y docente de la UNA, señala que, estadísticamente, Paraguay tendría menos indigencia que Uruguay o Argentina. Sin embargo, ambos países nos superan ampliamente en ingresos per cápita, productividad e inversión pública. “Me cuesta creer que una economía como la nuestra, con tantas limitaciones estructurales, pueda tener niveles de pobreza más reducidos que países más desarrollados”, argumenta.
La casa como campo de tensión
Para calcular el monto mínimo de subsistencia, el Banco Central del Paraguay (BCP) mide la inflación mediante un índice de precios al consumidor de la canasta básica. De acuerdo con eso, establece el salario mínimo legal —actualmente en G. 2.899.048 mensuales— y realiza un ajuste anual si corresponde. ¿Pero alcanza?
“Creo que es bien difícil que una familia viva con un salario mínimo”, expone Amílcar Ferreira, consultor en finanzas y estrategia. Explica que, en Paraguay, el modelo tradicional en el que solo una persona provee ya no es viable; las familias extendidas suelen compartir techo y aportar desde edades tempranas para sostener el hogar.

Convivir con abuelos, padres, tíos y sobrinos permite dividir gastos y brindarse apoyo mutuo, pero también puede convertir la casa en un campo de tensión. El problema económico se filtra en los vínculos y se manifiesta con distanciamiento. “El estrés financiero suele generar tensiones importantes. Aparecen discusiones por gastos, reproches o diferencias en la forma de administrar el dinero”, advierte Bareiro.
Amanda es tajante al respecto: “De amor no se vive. Si uno está económicamente mal, todo está mal”. La abogada confiesa que la situación agota su paciencia y que la mayoría de las discusiones con su pareja giran en torno al dinero.
El impacto del estrés financiero tiene un efecto cascada que, inevitablemente, alcanza a los más jóvenes. Como madre de una adolescente, Amanda siente ese peso indefectiblemente. “Una intenta que no se den cuenta, pero los chicos absorben todo”, confiesa. La frustración de no poder costear una salida, un par de calzados nuevos o el acceso a ciertos espacios de socialización genera una culpa punzante.
Para la psicóloga Cecilia Bareiro, los adolescentes son radares emocionales: “Aunque no se hable de los números exactos de la deuda, ellos perciben la irritabilidad, la restricción de golpe y el cambio en las dinámicas, lo que muchas veces los empuja a asumir preocupaciones de adultos antes de tiempo”.
A esto se suma un factor que no se puede ignorar: el estrés financiero tiene una innegable perspectiva de género. En Paraguay, como en gran parte de la región, las mujeres suelen ser las principales administradoras de la economía doméstica en tiempos de escasez y asumen el trabajo de cuidado no remunerado. Amanda lleva la carga mental de hacer rendir un presupuesto fragmentado y garantizar el plato en la mesa. Esta sobrecarga invisible multiplica el agotamiento y convierte la gestión del hogar en un malabarismo constante que desgasta tanto física como emocionalmente.

En el extremo opuesto residen las dificultades que se silencian. La psicóloga explica que es muy común evitar hablar de plata por vergüenza o miedo al conflicto. Sin embargo, lo que no se verbaliza se expresa mediante el mal humor. En su consultorio, las personas suelen evadir el tema hasta que la situación es insostenible, buscan culpables de forma injusta o toman “decisiones impulsivas desde la urgencia o el temor, sin evaluar alternativas”.
Gastos de “bolsillo”
Si bien el dinero no da la felicidad, su falta sí puede quitarla.
“En una economía como la paraguaya, el dinero es absolutamente central, porque prácticamente todo hay que comprarlo”, explica Rojas. Al ser los servicios públicos escasos y de baja calidad, gran parte de la provisión de salud, educación y transporte termina saliendo directamente del bolsillo ciudadano.
En transporte, por ejemplo, el gasto es altísimo. Debido a los costos inmobiliarios, las personas se alejan hacia las periferias y deben tomar hasta cuatro buses diarios, pagar plataformas privadas o endeudarse para adquirir un vehículo. La educación y la salud repiten el patrón: falta de cupos, carencia de medicamentos y ausencia de especialistas empujan a las familias al sector privado. A esto se suman los importes habituales de vivienda, alimentación, vestimenta y tecnología.

El estrés que se siente en el cuerpo
Este estado de alerta prolongado no solo afecta la mente, sino que pasa una factura directa al cuerpo y genera un ciclo perverso. Amanda lo experimentó con la necesidad clínica de recurrir a medicamentos. Es tan trágico que enfermarse por estrés financiero genere, irónicamente, más deudas.
Una visita de urgencia, la compra de medicación o el pago de estudios especializados por dolores somatizados implican un desembolso que desangra aún más la billetera. En un país donde el gasto de bolsillo en salud es altísimo, el cuerpo enfermo agrava la crisis familiar. La historia resulta en un círculo vicioso: la falta de dinero enferma y curarse exige un dinero que sencillamente no se tiene.
La deuda como forma de supervivencia
El problema de fondo podría encontrarse en el mercado laboral. Rojas detalla que cerca del 70 % de la población trabaja en la informalidad y casi el 40 % gana menos del sueldo mínimo, sin seguro social ni médico. Aunque existe un 20 % privilegiado en la clase media y alta, la gran mayoría opera con recursos limitados. En este escenario, “muchas familias terminan recurriendo al endeudamiento constante como una forma de sostener, al menos, sus necesidades básicas”, indica el economista.
“Muchas familias terminan recurriendo al endeudamiento constante como una forma de sostener, al menos, sus necesidades básicas”
Luis Rojas.
Cuando el ingreso no alcanza, endeudarse aparece como un alivio o una trampa. Pero antes de llegar a la tarjeta de crédito o al sistema bancario, muchas familias recurren a una red de contención informal. Si el salario se esfuma en la primera quincena, la supervivencia depende de la libreta del almacén de barrio, de los préstamos entre parientes o la organización de adhesiones, ferias y las clásicas polladas solidarias. Este sistema, aunque salva el plato del día, evidencia la enorme precariedad estructural. Las redes de apoyo inevitablemente se rompen cuando todo el entorno atraviesa la misma asfixia.
Ya en el plano formal, a febrero de este año, el BCP reportó que el crédito al sector privado creció un 15,47 %. A simple vista parece positivo: la economía se mueve. El problema es que este crecimiento proviene, en su mayor parte, de financiación al consumo. La gente hipoteca su vida cotidiana con altas tasas de interés.
“En ese sentido sí preocupa que la economía se esté sosteniendo principalmente en el consumo, mientras el endeudamiento de los hogares aumenta”, alerta Amílcar Ferreira. El consultor señala un dato revelador: “La cartera de tarjetas de crédito crece a un ritmo del 20 %, muy por encima de la economía general. Las familias se endeudan para sostener el consumo básico”.
“En ese sentido sí preocupa que la economía se esté sosteniendo principalmente en el consumo, mientras el endeudamiento de los hogares aumenta”
Amílcar Ferreira.
Atribuye esto al aumento de precios en alimentos y combustibles, lo que “obliga a muchas personas a deber para sostener su nivel de consumo, que en muchos casos ni siquiera es opcional, sino básico”.
Rojas coincide en que es una señal negativa. A su criterio, el crédito productivo es el que debería dinamizar el empleo; cuando el consumo se financia con deuda y no con ingresos genuinos, queda en evidencia la debilidad adquisitiva. Además, cuestiona las estrategias agresivas de las entidades financieras: “Muchas personas empiezan a usar tarjetas por necesidad, no por elección, y esa deuda va creciendo”.
La culpa
En una sociedad en la cual el valor personal suele medirse en términos de éxito económico, la falta de dinero no solo limita, sino que hiere. La psicóloga Cecilia Bareiro afirma que no poder llegar a fin de mes genera “vergüenza, culpa y una sensación de fracaso”, aunque las causas estructurales escapen al individuo. En crisis financieras severas, la desesperación incluso deriva en conductas autodestructivas, sobreendeudamiento o la aceptación de trabajos abusivos.
Amanda vivió esto en carne propia: “Llegué a tener ansiedad, depresión, estaba medicada. Me maté estudiando, pero no encuentro una oportunidad laboral que me permita tener un ingreso digno y maternar”.
¿Se culpa demasiado al individuo? Para Bareiro, es fundamental entender que muchas personas sufren penurias por un empleo precario o desigualdad social, y no por falta de esfuerzo.
¿Se culpa demasiado al individuo? Para Bareiro, es fundamental entender que muchas personas sufren penurias por un empleo precario o desigualdad social, y no por falta de esfuerzo.
Amílcar Ferreira, en cambio, pone el acento en la responsabilidad personal. Considera que mucha gente se maneja con una idea bastante vaga de sus ingresos y gastos, sin tener claridad sobre sus compromisos financieros; y que esa falta de información “es la que a menudo lleva a tomar malas decisiones económicas”.
Rojas busca un punto intermedio: el individuo debe hacer su parte, pero requiere de condiciones básicas garantizadas por el Estado para desarrollarse. Mientras Ferreira insiste en que la educación financiera debe ser una política pública urgente para enseñar a ahorrar y manejar el crédito, Rojas advierte que esta herramienta tiene un alcance limitado cuando las desigualdades estructurales obligan a la gente a “apenas sostenerse día a día”. Para él, la prioridad debe ser una educación cívica sólida que forme ciudadanos críticos y conscientes de sus derechos.
Desde el punto de vista de Rojas, el énfasis debería estar en el desarrollo personal, en estudiar, adquirir habilidades, fortalecer capacidades. Es así que realmente una persona genera ingresos sostenibles y aporta valor a la sociedad desde su trabajo, ya sea como profesional, técnico o cualquier oficio: “Por eso, mi recomendación es priorizar la formación. La inversión puede ser una herramienta complementaria, opcional, pero nunca debería pensarse como la vía principal para el crecimiento”.

Estrategias para reducir el estrés
Una vez que logramos ponerle nombre al problema, ya es posible empezar a buscar salidas. Desde la psicología existen herramientas útiles que complementan la consulta profesional y se pueden aplicar en casa.
La clave, detalla Bareiro, está en frenar la inercia del pánico: “Hay que organizar prioridades, diferenciar lo urgente de lo importante y evitar decisiones impulsivas”. Recomienda seguir rutinas, descansar y evitar el aislamiento para cuidar la salud mental: poner el problema en palabras disminuye la carga emocional.
Desde el ámbito financiero, Ferreira propone clasificar los gastos en fijos y ocasionales, e identificar exactamente cuánto se destina a deudas. Este ejercicio permite tomar conciencia sobre los ingresos y compromisos reales, y él asegura que facilita decisiones más acertadas.
Pero cuando los ingresos no cubren todas las necesidades, ¿hay espacio para tomar otro tipo de decisiones?
Llega la noche, Amanda vuelve a acostarse temprano. Afuera todo parece en calma; adentro, las cuentas siguen abiertas y surge, inevitable, la misma pregunta de siempre: “¿Qué voy a hacer mañana para que no falte nada?”.




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