La noche en que el cetro se rompió
Recorremos la cronología del golpe que puso fin a casi 35 años de dictadura, en una noche atravesada por la incredulidad, el temor y la expectativa de una sociedad enfrentada a un hecho histórico irreversible.
Durante años, la idea de un golpe de Estado se había anunciado tantas veces que dejó de creerse. “Era tan larga la dictadura que al dos por tres había versiones, chismes, de gente que estaba supuestamente bien informada”, recuerda Alfredo Boccia. Se hablaba de descontentos en la Caballería, de la salud de Stroessner, de una posible sucesión que pondría a su hijo Gustavo en el poder. Pero nunca pasaba nada.
Esa repetición desgastó la expectativa. El anuncio constante del final produjo incredulidad. El régimen logró algo más profundo que la obediencia: había naturalizado su permanencia. Nadie sabía cuándo ni cómo caería un Gobierno que llevaba más de tres décadas en el poder y que había atravesado generaciones enteras sin alternancia. “Tanta gente decía que iba a venir el golpe y nunca venía, que nadie más creía. Ni siquiera el propio Stroessner”, recuerda Boccia. A pesar de las advertencias, el dictador no pensó que algo sucedería.
El país llegó así al 2 de febrero de 1989 sin ningún clima anticipatorio de cambio. Era un fin de semana largo, feriado por San Blas, pleno verano.
“Había fiesta por todos lados, todavía vacaciones. No era un periodo de hacer política ni de esperar un golpe”, asegura. El escenario parecía suspendido, como si el estronismo hubiera logrado convertir la aparente calma en la rutina aceptada por la gente.
Es en este contexto que Boccia reúne sus recuerdos en ¿Qué hacías aquella noche?, libro en el cual el médico hematólogo, analista político y escritor compila testimonios de referentes sociales, religiosos y políticos que vivieron de cerca aquel momento decisivo, y revela cómo la historia se cruzó con la vida cotidiana de los paraguayos.
Sus vivencias como opositor y las de aquellos que entrevistó nos guían para comprender qué pasó en esas horas decisivas para la historia nacional.

Tensión en ascenso
Algo se estaba moviendo. No de manera explosiva, sino lenta, acumulativa.
En diciembre de 1988, la Marcha por la Vida había dejado una marca difícil de borrar. Convocada para el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, fue precedida por una ofensiva preventiva del régimen que buscó descabezar la convocatoria. “La policía apresó a 100 dirigentes de todos los gremios, partidos, movimientos e iglesias”, relata el autor.
Aun así, la marcha se hizo y lo que ocurrió ese día fue distinto a todo lo anterior. La Catedral, el punto de partida, fue acordonada. Los grupos que venían desde distintos barrios no pudieron llegar al centro y se fueron acumulando en esquinas, donde los dejaba el cerco policial: “Y, de repente, esa gente se sintió más que la policía”.
No hubo un plan, solo encontronazos. Empujones. Golpes. Y un gesto inédito: “Por primera vez, la gente no corrió de las cachiporras”. Eso no fue una insurrección, pero sí una experiencia que dejó un precedente. “Fue una toma del centro”, dice Boccia. La policía tuvo que replegarse. Por unas horas, Asunción dejó de pertenecer al régimen. “Ahí se rompió el miedo”, subraya. La gente sintió por primera vez que el control no era absoluto y que el temor podía ser enfrentado colectivamente.
Boccia es cuidadoso al interpretar ese momento. No lo idealiza: “Había demasiado poder todavía en Stroessner”. Las movilizaciones del 86 y 87 fueron importantes, pero no parecían ir in crescendo. Aunque la del 88 se sintió distinta, no fue suficiente”. El quiebre definitivo no vendría solo de la calle: “El tema era interno: Stroessner estaba viejo, la postura de Estados Unidos cambió y había una tensión de años que crecía”.

La noche del 2
“La gente se enteró ya cuando hubo ruido en lo de Ñata Legal”, narra Boccia. Luego vinieron los movimientos de tanquetas en la Caballería. Alcibíades González Delvalle reconstruye ese tramo decisivo en su libro El golpe del 3 de febrero de 1989: hacia las 22.30 los marinos ya se instalaron frente al Cabildo, y la Policía no advirtió su presencia hasta que comenzaron a caer las primeras balas sobre el edificio, un fuego que se intensificó a medida que la resistencia se afirmaba. Al mismo tiempo, se producía el ataque al Palacio de Gobierno, donde también hubo enfrentamientos.
El punto de inflexión llegó alrededor de las 23.30, cuando el general Regis Romero informó a Andrés Rodríguez que la Aeronáutica había quedado bajo control de los sublevados. Era una noticia largamente esperada y, en palabras del periodista, “llenó de ánimo y esperanzas” a quienes combatían en el centro de Asunción: a la Marina, empeñada en doblegar a la Policía, y al Batallón Escolta, en el que el coronel Lino Oviedo buscaba cerrar cuanto antes el combate con la rendición de Stroessner.
La toma de la Aeronáutica, comandada por el general Alcibíades Soto, incondicional del dictador, no estuvo exenta de dificultades. No hubo noticias inmediatas de Romero y, de los dos tanques enviados en apoyo, uno quedó empantanado frente a la Comandancia por una mala maniobra. Mientras tanto, la población permanecía en vilo. Boccia insiste en que incluso en medio del combate, no hubo una reacción inmediata fuera del miedo y la confusión: “El júbilo esperó hasta que sea cierto. Demasiadas veces se había anunciado el final y no pasó nada”. Para él, la teoría de que una parte de la gente estaba al tanto de lo que pasaba no es del todo acertada. “Si Pastor Coronel no sabía, nadie sabía”, asevera.

La madrugada
Con la Aeronáutica bajo control de los sublevados, quienes combatían en el centro y en el Batallón Escolta renovaron sus energías.
“Han sido ocho horas de morterazos, ráfagas de metralla, tiros de fusiles automáticos y disparos retumbantes de 14 tanques Stuart con cañones de 35 milímetros de la Segunda Guerra Mundial del Tercer Regimiento de Caballería, 19 EE-9 Cascavel, 11 Urutú, un helicóptero artillado que por poco no arrojó sobre el barrio algunos ‘caramelitos’ y dos aviones Xavante que estaban listos para, en el momento álgido, pulverizar el Escolta. Dentro de un rato, la eficaz y aparatosa operación limpieza borrará para siempre todos estos rastros de la zona donde el conflicto armado se dio con mayor dureza y el intercambio de disparos fue demencial”, reflexiona el periodista Juan Pastoriza en su texto Memorias del fuego.
En el trasfondo del enfrentamiento, hay un factor decisivo: el quiebre interno de las Fuerzas Armadas. Allí aparecen los llamados “nueve Carlos y cuatro Víctor”, un grupo de altos mandos que jugaron un papel clave en la conspiración contra Stroessner. No fue una rebelión ideológica, sino una ruptura cuidadosamente articulada dentro del aparato militar. Eran oficiales formados bajo el estronismo, muchos de ellos con sus carreras bloqueadas por un sistema que concentraba el poder en una oligarquía.
La intervención de “los nueve Carlos y cuatro Víctor” permitió asegurar unidades estratégicas, neutralizar resistencias y, sobre todo, garantizar que el golpe no quedara aislado ni fuera sofocado en sus primeras horas. Sin ese alineamiento, la noche del 2 de febrero difícilmente habría llegado a la madrugada del 3 con Stroessner derrocado. Después, ciertas emisoras difundieron la proclama del comandante del Primer Cuerpo de Ejército que confirmó lo que pasaba en la calle. La incertidumbre se disipaba.
Mientras tanto, Stroessner ya estaba en el Primer Cuerpo de Ejército. Pidió reiteradas veces hablar con Rodríguez. No lo consiguió. Quedaba un último trámite para que la gesta se coronara: su renuncia. A eso de las 4.00 del 3 de febrero firmó el papel que decía: “Por este documento presento mi renuncia indeclinable al cargo de presidente de la República del Paraguay y al de comandante en jefe de sus Fuerzas Armadas”.

La mañana siguiente
En pocas horas, el nuevo Gobierno fue reconocido por Argentina, Brasil y Estados Unidos. La velocidad del reconocimiento internacional contrastó con la lentitud que había caracterizado todo el proceso político interno durante décadas.
En la calle, la reacción fue física y visceral. Boccia recuerda una imagen que se repite en muchos testimonios, que caló hondo en él: “Los taxistas y la gente común arrancaban con sus uñas las calcomanías de Stroessner de sus autos”. Bustos de plástico o metal del dictador, cuadros, fotos que desaparecieron: “Al día siguiente no encontrabas nada”. El estronismo desapareció de las superficies visibles con una rapidez que sorprendió incluso a quienes habían vivido bajo su yugo.
Los festejos fueron masivos y contagiosos. Todo el mundo salía a la calle. Aunque la protesta no era una costumbre sostenida, la necesidad acumulada de expresión superaba todo. “No teníamos una cultura de manifestación. Pero esa característica de la reacción social es típica de Paraguay”, explica. Para el analista, la gente estaba podrida, cansada. Se celebraba la caída, pero también la posibilidad, todavía vaga, de otra cosa. La idea de la democracia se sentía ajena a pesar de lo que estaba pasando. “Nos dimos cuenta de que no todos eran colorados como parecía en el estronismo. Se rompieron las compuertas de la dictadura”, subraya.
Boccia rechaza las explicaciones simplistas. No fueron solo las protestas. No fue solo el golpe. Fue una conjunción de todo. El problema era estructural: “Como Stroessner mantenía los mismos generales por décadas, las camadas que venían por debajo no podían ascender”. La frustración generalizada en la plana militar, las tensiones acumuladas y rumores de retiros masivos aportaron al malestar. “Los que le echaron estaban también defendiendo sus propios intereses”, asegura. Pero sin la presión social previa, insiste, el desenlace no habría sido posible. “Sin esas protestas tampoco habría pasado”. La dictadura no cayó por una causa única, sino por el cruce de múltiples fisuras.
Además, Rodríguez logró construir una figura aceptable para muchos sectores. “Andrés Rodríguez tenía todo para caerle bien a la mayoría: era colorado, militar y parte del Gobierno también. Había hecho el golpe. Por primera vez en esos años, Brasil y Argentina tenían democracia, ya era mal visto seguir con un gobierno militar. Y los estadounidenses apoyaban. Yo creo que Rodríguez percibió eso con mucha claridad. Porque en el fondo era un militar de comunicación mucho más sencilla que la que tenía Stroessner, era un tipo que inspiraba respeto y miedo, no simpatía. Tenía esa manera de hablar más humilde, cercana. Era el momento de volver a traer la libertad pública, de garantizar la libertad. Entonces se modernizó. Se aggiornó”, reflexiona.
El nuevo presidente pronunció frases que marcaron una diferencia, como “que vengan los comunistas” o “que venga Roa Bastos”. Su discurso era integrador en un contexto regional que ya no toleraba dictaduras militares abiertas y donde la excusa del anticomunismo ya no era suficiente para apoyar a gobiernos totalitarios.

Transición y memoria
En retrospectiva, Boccia es crítico con lo que vino después: “Nunca tuvimos una buena transición”. El coloradismo siguió en el poder hasta 2008. La transición se cronificó. “Con una lentitud exasperante”, precisa. Para él, uno de los déficits más graves fue la ausencia de acciones por la memoria, y se dio lo contrario: hubo una política de desmemoria. El periodo autoritario casi no existe en la educación formal.
Sin la aparición de los Archivos del Terror, advierte, se habría impuesto una narrativa indulgente, el bien conocido discurso de las “luces y sombras” de ese periodo, anclado en la idea de un Stroessner ajeno a los abusos. Los registros demostraron lo contrario y reafirmaron que se trató de un esquema sistemático, organizado. Aun así, muchas recomendaciones de la Comisión de Verdad y Justicia no se cumplieron. La democracia se construyó, pero con deudas.
Para quienes no vivieron el 2 y 3 de febrero, Boccia subraya lo que, a su criterio, es más difícil de transmitir: “Esa sensación de asfixia crónica que produce la dictadura”. Y aclara que el daño no se limita a las víctimas directas —torturados, desaparecidos, exiliados—, sino que se extiende al conjunto de la sociedad. “Todos somos víctimas del estronismo por los atrasos sociales, culturales y educativos que dejó. La dictadura embrutece, mediocriza, atrasa”, sentencia.
La Noche de la Candelaria no es solo una efeméride ni una fecha en el calendario. Es ese punto exacto en el que una vida privada se cruza con la historia. “Hubo aspectos que el país cambió totalmente”, reflexiona Boccia, “y creo que esa percepción es como un flash, un instante que irrumpe en tu vida”. En nuestro día a día, de pronto, se incrustan acontecimientos que desbordan lo personal. “Hay generaciones que pasan, se vuelven viejas y se mueren sin que nada importante haya sucedido en el país. A nosotros nos pasó que sí: nos atravesó un golpe de Estado que cambiaba 35 años de dictadura por un periodo que parecía ser democrático”, sentencia.
Este cruce de lo íntimo y lo colectivo explica por qué, años después, el recuerdo de aquella noche sigue vigente. No se trata solo de registrar un hecho histórico, sino de volver a ese instante en que la tiranía se desmoronó y la historia dejó entrar finalmente el respiro que todos esperaban, ese que insufló al Paraguay aires democráticos.




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