Literatura

Agustina Bazterrica y el sonido de las palabra

EL CAUDAL ARROLLADOR DE UNA VOZ

A propósito de su venida a Asunción para el festival Words & Sound, hablamos con la premiada autora argentina Agustina Bazterrica, quien comparte su mirada sobre formar una voz propia, el oficio de la escritura y lo que espera mostrarnos en su próximo libro.

Por Leticia Ferro Cartes. Fotografía: Lina Botero.

Empezó a escribir muy temprano. Tanto, que considera que la escritura siempre estuvo ahí. Su potencial creador nació de un entorno que la estimuló a encontrar en las palabras material para construir los fascinantes mundos de sus poderosas obras.

Proviene de una familia de ávidos lectores, las letras fueron la piedra angular de una imaginación tan expandida como vívida. “De muy chiquita, cuando aprendí a escribir, yo ya estaba contando cuentos. De hecho, los destacaban en el colegio”, relata.

Su novela Cadáver exquisito (Alfaguara, 2017) se tradujo a más de 30 idiomas y vendió más de un millón de ejemplares alrededor del mundo, además de tener un gran impacto en clubes de lectura y plataformas como TikTok. El éxito de la obra junto a su siguiente libro, Las indignas (Alfaguara, 2023), consolidó a Bazterrica como una de las voces más destacadas de las letras en español y la convirtió en parte de lo que se conoce como el fenómeno de la literatura argentina contemporánea.

Fotografía: Lina Botero.

No es la primera vez que la escritora viene a Paraguay; sin embargo, había hecho ese viaje de chica y no recuerda mucho. En esta oportunidad, Agustina visitó Asunción en el marco del festival Words & Sound, en el que brindó una charla sobre literatura, imaginación y los mundos que habitamos, en el Centro Cultural del Puerto.

Habías dicho que escribís para “el lector que está en mi cabeza, que es infumable”. ¿Quién es ese lector?

– Es un lector abstracto, compuesto por todo lo que leí, y por los maestros y maestras que están en mi inconsciente. Tengo un grupo de lectura con amigas; dentro de él hay un subgrupo: la Secta Saer. Nos juntamos una vez al mes a analizar toda la obra de Juan José Saer, un autor que estudio. Hay novelas suyas que releí tres veces y que con ellas voy a discutir por cuarta vez.

Uno de mis objetivos en la vida —que no voy a lograr nunca— es llegar a los talones de Saer. O de Virginia Woolf, Borges, Flannery O’Connor o Clarice Lispector. Me exijo un montón. En ese lector infumable también están las personas que me enseñan: mi maestra Liliana Díaz Mindurry, a quien conozco hace más de 30 años y a quien le sigo mandando mi obra; mi editora de Alfaguara, Magalí Echegaray, gran escritora; mi agente; y mis críticos clave: mi marido, mi hermana, mis amigos. Ese lector está conformado por muchas cabezas en las que confío.

Son personas que ya conocen los detalles importantes para vos. Es como si fueras formando tu voz a la par que te van leyendo, ¿verdad?

– Total. Además, tienen muy claro que a mí no me sirve que me digan “qué bien que escribís”, sino “esto funciona, esto no, fijate por acá, fijate por allá”. Si bien la envidia es parte de la condición humana, sé que estas personas corrigen desde un lugar de querer realmente mejorar la obra.

Tenés una confianza abal en ellas. Imagino que es como mostrarles un esqueleto…

– Es eso: el primer borrador es un esqueleto al que le faltan inclusive huesos. A medida que lo corregís, no solo lo vas completando, sino que le das movilidad, lo llenás de carnadura, órganos, sangre. Lo ideal es que eventualmente se transforme en algo que vaya cambiando a medida que leés y releés la obra. Yo siempre digo que el 70 % de la creación de un libro es la corrección.

Sos muy obsesiva con las correcciones y te definís como una escritora lenta. ¿Cuándo encontrás el punto final?

– Nunca (risas). Borges decía que publicaba para dejar de corregir. Es un poco eso: aunque digás: “Listo, ya leí esta novela 1700 veces”, después la lanzás, te invitan a leer fragmentos en público y mientras lo hacés, pensás: “Ay, no, esto suena remal”.

Fotografía: Lina Botero.

Para mí, en una novela todas las palabras tienen un sonido, y si la obra no está trabajada en ese sentido, se nota muchísimo. Por eso con cada una trato de encontrar su tono específico. Y para eso hay que leerla en voz alta.

Cadáver exquisito es una obra muy visual. ¿Qué te dejó la formación en artes visuales en la forma de mirar?

– La carrera de Artes en la Universidad de Buenos Aires, donde me especialicé en plásticas, era extremadamente exigente, en una época sin IA. Te obligaba a leer mucho, muy rápido, muy concentrada y a analizar. Toda obra está diciendo algo: se trata de encontrar los detalles, entender que cada autor o autora tiene una mirada, una búsqueda específica; que está atravesado por su época y sus circunstancias. El bagaje de imágenes que habitan mi cabeza es enorme, porque tuve que estudiar muchísimas. Era un trabajo de hormiga.

Liliana Díaz Mindurry fue una de tus mentoras más importantes. En un espacio donde tenías que mostrar tu obra y ser corregida constantemente, ¿cómo desarrollaste tu propia mirada?

– Eso es lo más difícil de lograr en el arte en general, porque al principio uno tiende a copiar. Tengo cuentos de esa época que son muy cortazarianos. Después, lo ideal es alejarse, o tomar todo eso y reformularlo para encontrar tu voz, que es tu mirada particular: que alguien lea un texto y, aunque no sepa que es tuyo, lo identifique.

Liliana es genial y muy generosa cuando se da cuenta de que alguien tiene la semillita —no quiero usar la palabra “talento”, porque con él solo no hacés nada— y las ganas. Porque también es un oficio: prueba y error, prueba y error. Como buena tallerista, te enseña a criticar otros textos, porque con decir “no me gusta” no hacés nada. ¿Por qué no te gusta? ¿Qué está funcionando y qué no?

Encontrar la propia voz es algo que vas haciendo a lo largo de la vida, no es que yo ya la hallé. Cada libro es una búsqueda diferente. Yo empecé con poesía con Lili, por eso para mí es tan importante el sonido, el ritmo, los silencios, la paradoja. Allí podés aprender todo.

¿Qué lee Agustina Bazterrica?

– Voy a hablar de argentinas: Susana Thénon es una poeta que me encanta, Olga Orozco me fascina, Irene Gruss. De las contemporáneas, Pamela Terlizzi Prina, Elena Anníbali y Claudia Masin. Lo que me gusta de viajar a las ferias es descubrir escritores que de otra manera no conocería. Trato de leer clásicos (¡me faltan un montón!) y muchos contemporáneos. Estoy todo el tiempo buscando. Es infinito.

Fotografía: Lina Botero.

¿En qué momento dijiste: “Sí, me puedo dedicar a esto”?

– Escribí desde siempre, desde antes de saber lo que era ser una escritora. Y por más que tuve desvíos, la escritura me volvió a traer. Trabajé 22 años como secretaria en un estudio de abogados mientras estudiaba y seguía creando. Siempre pensé: “Voy a hacer esto aunque no me conozca ni me lea nadie. No me importa”.

Lo de Cadáver exquisito fue gradual. Hay gente que piensa que el libro salió, fue best-seller y ya empecé a vivir de eso. No, lo publiqué en 2017 y recién dejé de trabajar en relación de dependencia en 2021, en un país de economía completamente inestable.

Hoy puedo decir que estoy haciendo carrera porque tiene proyección internacional, pero sé que los libros son entes vivos y eso puede cambiar. Ojalá los míos se lean por lo menos mientras yo esté en este mundo. Nunca me interesó hacer otra cosa.

Puertas infinitas

En Argentina, la novela salió con el sello de Clarín y Alfaguara y, como el primero es un diario y no una editorial, cada reedición costaba: durante meses no se conseguía, y aun así llegó a ocho ediciones. Al resto de Latinoamérica arribó en 2020 con apenas 500 ejemplares, como parte del Mapa de las lenguas de Alfaguara, hasta que en México empezó a reeditarse sin parar. Hoy es best-seller en Colombia y, gracias a TikTok, en Estados Unidos, donde vendió 900.000 unidades.

Pero las cifras no cuentan bien la historia: en Argentina se lee mucho pirata, y en las más de 100 escuelas que visitó, casi ningún alumno tenía el libro en papel. Ella no usa TikTok, pero sus amigos le mandaban videos de lectores que se filmaban mirando la pared, en shock, después de terminar Cadáver exquisito. “Toda experiencia de lectura es válida. Todo lo que difunda los libros está bien”, expresa.

En Santiago de Chile, durante una firma, se le acercó una chica de 15 años con su madre: viajaron unos 400 kilómetros solo para decirle que Cadáver exquisito le abrió la puerta a la lectura. Nunca había terminado un libro, ni siquiera en la escuela; ahora leía todo el tiempo.

Algo parecido le pasó en una escuela para adultos en Argentina, donde una joven que intentaba terminar el secundario mientras criaba a su hija pequeña le contó que era el primer libro que había leído entero en su vida.

“Hay personas que se quejan de que cada vez se lee menos, pero para eso necesitás tiempo de ocio, y hay gente que está todo el día pensando cómo sobrevivir o cómo va a pagar las cuentas. No le podés exigir al planeta entero lo mismo”, reflexiona. Por eso, siente que estos encuentros son muy importantes para ella.

Una novela completamente argentina

Su próxima obra está terminada desde el 31 de marzo y hoy la corrige con calma y minuciosidad, junto a Magalí Echegaray. Saldrá en mayo de 2027 en la Feria del Libro de Buenos Aires: llegar antes habría significado publicarla en diciembre, que no es buena fecha para lanzar un libro. Tener tiempo, admite, viene con una contra: la ansiedad de querer verlo publicado. Y una ventaja: seguir encontrando cosas y ajustarlas.

La historia transcurre en Buenos Aires; sus personajes, en su mayoría porteños, hablan con todos los insultos propios y mucho lunfardo. La mayoría lleva nombres de escritores y escritoras argentinos. En sus páginas hay referencias a Mirtha Legrand, Susana Giménez, Gardel, el dulce de leche, Boca versus River y Maradona con su gol a los ingleses. En una escena de tensión extrema, uno de los protagonistas le pide al otro: “Decime todas las frases de Moria Casán”.

Aunque es una distopía atravesada por una situación límite, el corazón del libro está en otro lado: el valor de la amistad. “Los vínculos son el mayor recurso que tenemos en Latinoamérica, sobre todo en Argentina, que es el país que más conozco”, subraya.

A lo largo de la charla, Bazterrica encuentra y valora los vínculos: su lector, infumable en apariencia, en realidad está hecho de maestras, amigas y personas clave. Con ese espíritu llega a Asunción, con ganas de descubrir, como en cada feria a la que viaja. “Me gustaría conocer, que me recomienden libros de autores y autoras actuales que no conozco de Paraguay”, dice. Eso sí, ya tiene una puerta de entrada: estudió la obra de Roa Bastos y la encuentra fascinante. “A él lo amo”, confiesa.

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