El cultivo de la soberanía alimentaria
En sus propios patios o terrenos comunitarios, muchas familias paraguayas están creando huertas urbanas en un intento simple pero concreto de decidir cómo se produce lo que se come, reconectar con la tierra y romper con la idea de que todo residuo es basura. Dos activistas nos comparten la experiencia de trabajar en esta modalidad para sembrar sus alimentos.
Por Eve Benegas. Fotografía: Fernando Franceschelli.
Dedicamos los fines de semana a hacer compras para la casa. Luego de intensas jornadas laborales, nos enfrentamos a la heladera vacía: hay que reponer todo. Lo normal es ir al supermercado más cercano para abastecernos, elegir lo que está en la vitrina, higienizar, dividir y guardar. Esa es la rutina de la mayoría, pero ¿alguna vez nos preguntamos de dónde viene lo que comemos, cuál es su proceso de producción?
El Informe de seguridad y soberanía alimentaria en Paraguay, elaborado por el Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (Cadep), demuestra que dependemos de la importación hasta para alimentos básicos. En 2016, por ejemplo, el 98 % de la papa registrada en el suministro y el 33 % de la cebolla provenía de Argentina; el 73 % del locote, el 55 % de la naranja y el 52% de la cebolla, de Brasil.
Son números que podemos leer como estadísticas técnicas y olvidarlos al rato, pero al mirar agudamente los datos nos damos cuenta de que aquello que ponemos en la mesa depende de decisiones que toma alguien más. Esa fue una de las preocupaciones que manifestó el gremio campesino en un foro mundial realizado en 1996.

Con la participación de 186 países, se desarrolló la Cumbre Mundial por la Alimentación, en Italia. De forma simultánea, la Vía Campesina organizó el Foro Mundial por la Seguridad Alimentaria, donde se acuñó el concepto de “soberanía alimentaria”, que se entiende como el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas de producción, distribución y consumo de alimentos.
Esa preocupación sigue vigente en organizaciones como el Centro de Estudios Heñói, que nació en 2010 como articulación de personas del campo y la ciudad preocupadas por la defensa del derecho a la alimentación y nutrición adecuadas. “Cada vez más adoptamos dietas impuestas, modas que enferman. Consumimos cosas que viajan miles de kilómetros, en lugar de frutas frescas de nuestros propios ecosistemas. En este contexto, las huertas urbanas son un camino para proveernos de algunos de los alimentos que necesitamos para estar sanos y son un aporte para que recordemos que somos seres humanos”, asevera Inés Franceschelli, miembro de esta agrupación.
Su trabajo se basa en la promoción de la producción de alimentos sanos, de distintas maneras, y uno de sus esfuerzos está en alentar a las familias a producirlos. “Plantar tu comida, aunque sea simbólicamente, te muestra la complejidad que enfrentan quienes trabajan la tierra; comer algo que uno mismo sembró, regó y cuidó con esmero es una enorme satisfacción, difícil de transmitir con palabras”, comparte Inés.

No se trata exclusivamente de producir, sino que se plantea como forma de recuperar un vínculo que fuimos perdiendo, dice Silvio Giménez, activista social de la Red de Jóvenes para la Acción Climática del Paraguay, convencido de que es una herramienta de educación: “Cuando una persona planta una semilla, espera, la cuida y finalmente cosecha, empieza a comprender de dónde viene realmente su alimento y todo lo que existe detrás de algo que normalmente compramos en un supermercado”.
Talleres
El Centro de Estudios Heñói impulsa charlas, cátedras libres y talleres productivos con el fin de investigar, formar, sensibilizar y apoyar a los movimientos sociales. Entre otras cuestiones, les preocupa la pérdida de la agrobiodiversidad del país, fomentan la producción sana y buscan la protección y promoción de las semillas nativas.
“Esta preocupación surgió cuando vimos que el avance de los agronegocios, sobre todo el monocultivo de soja y maíz transgénicos, arrinconaba la producción de las familias campesinas y las obligaba a abandonar sus tierras. En las últimas décadas Paraguay ha disminuido su autonomía alimentaria. Hoy dependemos de hortalizas importadas para abastecer nuestra dieta, que se ha deteriorado”, explica Inés.

La organización lleva a cabo talleres de huertas urbanas y periurbanas en diferentes ciudades. Una de las últimas actividades fue en Limpio con madres de familias vulnerables y pequeños productores del área metropolitana de Asunción. Enseñan a preparar el sustrato, compostar residuos orgánicos, elegir la disposición de lo que se va a plantar dependiendo de la incidencia de la luz solar, entre otras cosas.
“No somos extensionistas ministeriales, somos apenas promotores de una forma de entender la alimentación que, creemos, es la que mejor nos nutre, porque nos provee salud. La comida producida con agrotóxicos enferma, y nosotros entendemos que el cuidado de la vida es una dieta saludable”, plantea Franceschelli.
Sobre los resultados, comparte que cada vez más personas se acercan a pedir ayuda para desarrollar sus experiencias. En algunos casos las familias comienzan por cuidar plantas de acelga y lechuga e incorporan luego tomates, otros verdeos y batatas.
Silvio Giménez también dicta talleres. Empezó involucrándose en la realización de ollas populares en la pandemia y con el tiempo fue explorando otras formas de ayudar. Actualmente, participa en iniciativas vinculadas al ambiente, la educación, la plantación de árboles, el compostaje y las huertas comunitarias.

Con las plantaciones comunitarias, Giménez busca que las familias sean protagonistas. “No se trata de llegar a alguien y decirle qué debe hacer, sino de conocer su realidad, sus posibilidades y necesidades. A partir de ahí buscamos construir juntos, vemos qué espacio tienen, qué pueden plantar, cómo conseguir semillas, preparar el suelo y aprovechar los recursos que están a su alcance”, comenta.
En defensa de las semillas nativas
En el corazón de cualquier sistema agroecológico sostenible se encuentra la semilla. Toda la producción de alimentos parte de ahí. Heñói defiende el rescate y la protección de las variedades nativas y criollas, frente al uso de aquellas exclusivas. “Las semillas patentadas, que casi siempre tienen tecnología terminator, es decir, solo germinan una vez, hacen que los productores dependan de insumos externos, los obliga a comprar cada año”, explica.
Estas semillas criollas, adaptadas milenariamente a nuestros ecosistemas, son celosamente custodiadas por manos femeninas. Nuestro país está sostenido en gran medida por hogares monoparentales, encabezados por madres, abuelas, bisabuelas… En la experiencia de Heñói, son ellas quienes lideran el cultivo. “Las mujeres son protagonistas en el cuidado y la atención de las huertas familiares, y la conservación de los alimentos. Somos quienes sabemos qué comer cuando estamos enfermos, cómo alimentar a los niños y qué plantas medicinales utilizar”, destaca Inés.
El manual de Silvio
Para arrancar no se necesita un terreno de media hectárea ni un título de ingeniero agrónomo. Podemos iniciar nuestra huerta en un patio, un balcón, una terraza, un tambor cortado al medio, un espacio comunitario entre bloques de departamentos. Lo importante es hacer ese ejercicio. Aprovechamos los conocimientos y consejos de Silvio para sentar algunas bases.
El suelo urbano rara vez cuenta con las condiciones ideales. Suele estar compactado, empobrecido o contaminado. Entonces, hay que observar antes de intervenir, no se puede tratar todas las tierras de la misma manera. “Si está comprimido, el primer paso es airearlo, incorporar materia orgánica y dejar de pisarlo”, dice.

Silvio cree en alimentar la tierra antes que alimentar directamente la planta; por eso, está seguro de que el compost es la base de todo, porque permite abonar y alimentar la vida que hay abajo. “Un suelo vivo, con materia orgánica y organismos que trabajan constantemente, tiene mucha más capacidad de sostener un cultivo”, explica.
Para patios pequeños, balcones o terrenos urbanos reducidos, Silvio recomienda macetas o huertas colgantes, hechas con materiales reciclados que alargan la vida útil de lo que ya está en casa. La clave, dice, es combinar plantas de crecimiento rápido con otras que tardan más tiempo. “La rotación es importante para no tener siempre la misma especie en el mismo lugar, porque ayuda a mantener un suelo equilibrado y reduce determinados problemas asociados al cultivo continuo”, expone.
Agrega el consejo de sumar aromáticas y flores que atraigan polinizadores y depredadores naturales como las mariquitas, que son muy conocidas por matar pulgones. La clave es dejar de pensar las huertas como filas perfectas de una sola especie y empezar a verlas como pequeños ecosistemas.
Tampoco hacen falta grandes terrenos para hacer compost, se pueden utilizar recipientes adecuados, composteras pequeñas adaptadas al espacio disponible. “Lo importante es mantener el equilibrio entre materiales ricos en carbono, como hojas secas y restos vegetales secos, y materiales más húmedos y ricos en nitrógeno, como restos de frutas y verduras”, dice.
¿Qué plantar cuando se empieza?
No hay una lista única, pues depende del espacio, la luz y la estación. Pero Silvio da algunos ejemplos para quienes no sabemos por dónde arrancar: verdeos como lechuga, acelga, cebollita y rúcula; rabanito y zanahoria; tomate, ají y locote; hierbas aromáticas. Para quienes tienen estructuras verticales, las trepadoras son perfectas.

Recapitulando, debemos observar el espacio del que disponemos, cuántas horas de sol recibe y comenzar con algo sencillo; no esperar al espacio perfecto. En su lugar, “pensar en la soberanía que podríamos tener cuando elegimos qué y cómo se producen nuestros alimentos, por más que el lugar sea chico”.
Tal vez ese sea uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: dejar de ser solo consumidores y volver a ser participantes de nuestra vida. “No necesitamos destruir el sistema para comenzar a cambiarlo”, reflexiona Silvio. Podemos empezar por recordar que la comida tiene su origen en la tierra, revalorar las semillas, adoptar la paciencia y dejar de ver como normal aquello que nunca nos enseñaron a cuestionar.




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