Una pieza clave en la atención de la salud
Durante décadas, el doctor de familia ocupó un lugar central en la vida cotidiana: conocía generaciones enteras, visitaba casas, escuchaba problemas que iban más allá de los síntomas y construía vínculos atravesados por la confianza. Pero entre consultas breves, pantallas y especializaciones cada vez más específicas, ese rol se fue desdibujando. A propósito del Día Mundial del Médico de Familia, conversamos con referentes del área sobre la figura tan necesaria de los profesionales de blanco que trabajan en atención primaria.
Por Eve Benegas. Dirección de arte: Gabriela García Doldán.
Oficialmente, la medicina familiar en Paraguay tiene alrededor de 36 años de trayectoria institucional. Si bien el inicio de la residencia en 1981 marcó el primer gran paso, fue la fundación de la Sociedad Paraguaya de Medicina Familiar en 1990 el hecho clave para que esta disciplina emergiera con fuerza propia entre las especialidades tradicionales del país. Y desde 2011, cada 19 de mayo se conmemora el Día Mundial del Médico de Familia.
Oficialmente, la medicina familiar en Paraguay tiene alrededor de 36 años de trayectoria institucional. Si bien el inicio de la residencia en 1981 marcó el primer gran paso, fue la fundación de la Sociedad Paraguaya de Medicina Familiar en 1990 el hecho clave para que esta disciplina emergiera con fuerza propia entre las especialidades tradicionales del país. Y desde 2011, cada 19 de mayo se conmemora el Día Mundial del Médico de Familia.

Sin embargo, mucho antes de los decretos y especialidades, existieron pioneros que se preocupaban por la salud desde una dimensión comunitaria y humana. Los pasos firmes en el pasillo anunciaban su llegada; venían con estetoscopios, maletines y los historiales silenciosos de tres generaciones. Eran médicos de cabecera intuitivos, quienes conocían el árbol genealógico de la enfermedad en cada hogar, sabían quién era el más testarudo para tomar los remedios y cómo la humedad de la pared o el estrés financiero calaban en los huesos de la familia.
En la memoria colectiva de nuestra salud, esa mística tiene nombres propios, personas que entendieron que curar era una tarea profundamente social y humana.
Andrés Barbero
Único hijo de una familia de inmigrantes italianos, nació en Asunción el 28 de julio de 1877. Estudió en el Colegio Nacional de la Capital, donde compartió aulas con Eusebio Ayala, Félix Paiva, entre otros. Fue el graduado número uno de la primera promoción de Medicina del país, en 1904.
En un artículo periodístico, la historiadora Beatriz Rodríguez Alcalá lo describió como un hombre que transformó su propia existencia en un refugio para los desamparados: “Para Barbero, la medicina era solo un medio para prestar ayuda eficaz a los marginados. De ahí que nunca abriera consultorio y solo atendiera gratuitamente a gente pobre que acudía en demanda de sus servicios, a quienes, en la mayoría de los casos, además proveía de los medicamentos necesarios”, escribió.
Entre muchas luchas y méritos, una de sus obras más importantes fue la fundación de la Cruz Roja Paraguaya. Para su funcionamiento donó un amplio y costoso edificio, y le dedicó especial atención al área materno-infantil.
Joel Filártiga
Una figura fascinante y disruptiva. Médico, artista plástico y activista, atendía a las familias campesinas de forma gratuita en la clínica que abrió en 1959 en Ybycuí. Filártiga entendía que el dolor de sus pacientes no solo tenía origen en las patologías sino también en las injusticias sociales y las carencias del campo.
El doctor, férreo opositor del régimen dictatorial, fue vilmente perseguido. Sufrió uno de los mayores dolores cuando la policía de Stroessner torturó y asesinó a su hijo adolescente de 17 años, Joelito Filártiga. Sin embargo, a pesar del profundo desconsuelo, siguió en la lucha y el activismo. Su incansable labor sentó las bases para la formación de la Comisión Verdad y Justicia.
Wesley Schmidt
Ya hacia finales del siglo XX, Schmidt se convirtió en el puente definitivo hacia la modernidad. Fue el visionario que comprendió que esa mística del médico que cuidaba a todos no debía perderse con el avance de la ciencia, sino institucionalizarse.
En 1981, en el Hospital Bautista, introdujo formalmente la especialidad al país y elevó la antigua labor de acompañamiento a cátedra universitaria rigurosa. Por ello, es considerado padre de la medicina familiar en Paraguay.
Hoy, esa herencia se traduce en una especialización de tres años de residencia que busca rescatar la visión holística del ser humano. Como bien define el Dr. Federico Lezcano, presidente de la Sociedad Paraguaya de Medicina Familiar: “El médico de familia es el especialista en personas. Es el profesional que tiene una visión integral del individuo y entiende al paciente como un ser humano completo, y no solamente como una enfermedad”.

Para la doctora Neusa Auada, médica en la USF de San Antonio y profesional del área de Urgencias del IPS Boquerón, el médico de familia es aquel capaz de ver al paciente de manera integral, como un todo y no únicamente desde la enfermedad: “La labor implica conocer no solo la salud de la persona, sino también a su familia, su contexto socioeconómico y las limitaciones que atraviesa en su vida cotidiana. Porque, si no conoce verdaderamente a su paciente, ¿cómo puede saber si tendrá acceso a una medicación o incluso si podrá comprender correctamente una indicación?”.
Anteriormente, al finalizar la carrera, los profesionales ejercían una medicina general cercana y continua. Atendían a toda la familia, realizaban visitas domiciliarias y conocían a sus pacientes a lo largo de generaciones: al abuelo, al padre y a los hijos. La doctora Auada sugiere que este rol no desapareció, sino que fue transformándose, principalmente debido al avance del conocimiento y la creciente especialización. “Hoy, el médico de familia no solo se enfoca en la persona, sino también en las patologías; es capaz de diagnosticar enfermedades complejas y realizar un seguimiento integral y multidisciplinario de los pacientes”, afirma.

Entonces, podemos aseverar con certeza que el rol de los médicos generales no quedó en la anécdota, sino que ahora tiene una asignatura propia en el currículum educativo. “Ese concepto fue cambiando principalmente porque el modelo pasó de paternalista a participativo, de un enfoque puramente biológico a biopsicosocial. Nuestro perfil de egreso de la carrera está enfocado en Medicina Familiar y Atención Primaria de Salud”, explica la doctora Cinthia Camacho, especialista del área y docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNA.
“El perfil del médico de familia se destaca por su empatía, compromiso ético, capacidad resolutiva y enfoque humanista; prioriza siempre la continuidad del cuidado y la calidad de vida de las personas, las familias y la comunidad. Es el especialista en el ser humano”, asegura la doctora Camacho.

De a poco, esta área fue ganando su lugar junto a las demás especialidades. La doctora Auada explica que su posición firme dentro de la medicina se debe a que es un pilar fundamental en la salud pública.
Dimensión humana del cuidado
A más de uno le habrá sucedido mirar hacia atrás y añorar al estudiante que fue, aquel que egresó de las aulas universitarias con grandes ideales, antes de recibir la gran sacudida del mundo real. El paso por las residencias médicas es un proceso de desgaste tan sistemático y exhaustivo que, a menudo, parece entrenar a los médicos para la indiferencia.
En ese ecosistema de guardias interminables, privación del sueño y falta de insumos e infraestructura, el sistema de salud paraguayo convierte el ejercicio de la medicina en un acto de pura valentía. Por el camino, heridos por el mismo engranaje que deberían manejar, muchos jóvenes van perdiendo el entusiasmo de los primeros días; se vuelven más duros, levantan paredes invisibles ante el dolor ajeno y terminan automatizando su profesión. Se saturan de dolor, burocracia y cansancio.
“Es humanamente imposible mantener la misma sonrisa y cordialidad al llegar al paciente número 50 u 80. Muchas veces atendemos mal no por desidia o falta de empatía, sino porque el reloj corre y el Ministerio exige productividad para las estadísticas, por encima de la calidad y efectividad de la consulta”, advierte el doctor Arturo Rabito, médico de atención primaria con más de una década de labor en la Unidad de Salud Familiar (USF) de la Chacarita.

Según explica Rabito, las instituciones exigen un máximo de 10 o 15 minutos con todos los pacientes, aun cuando algunos motivos de consulta requieren una atención de 30 o 45 minutos para realizar una entrevista correcta y permitir que la persona detalle sus padecimientos, más allá de los síntomas visibles o aparentes.
Ahora bien, ¿qué debería cambiar para recuperar una práctica más cercana? Los médicos en ejercicio identifican varios factores. Primero, establecer y respetar un máximo de pacientes por doctor podría ayudar. Para ello sería necesario contratar más profesionales que puedan satisfacer la progresiva demanda de atención.
Sin embargo, el cambio más profundo debe nacer en las aulas, para erradicar la lógica comercial desde el origen de la profesión. El doctor Arturo Rabito es categórico al señalar que se necesita un enfoque menos mercantilista, más servicial, lo que requiere un mayor control estatal: “Es necesario aumentar el cupo de estudiantes en los centros universitarios nacionales y controlar más a las instituciones privadas. El acceso al estudio de medicina no debería estar supeditado a la capacidad económica, sino a la verdadera vocación. Quien invierte millones en su formación se ve obligado a contraer deudas casi de por vida y pasará el resto de su profesión más interesado en recaudar para saldar esa cuenta o recuperar esa inversión”.
Unidad de Salud Familiar
Si bien la estructura de la atención primaria en Paraguay arrastra carencias crónicas y está lejos de ser perfecta, las USF del Ministerio de Salud constituyen el único eslabón del sistema que ha logrado preservar el sentido de comunidad. Ellas encarnan la evolución lógica de los antiguos médicos de cabecera, profesionales que no esperan al paciente detrás de un escritorio corporativo, sino que cruzan el portón para comprender a las personas desde el entorno.
“En las USF del Ministerio, gracias a la territorialización, los doctores de familia están retomando su rol cercano y continuo. En el sector privado, aunque de manera más lenta, también se va recuperando la fi gura del médico de cabecera capaz de resolver hasta el 85 % de las situaciones más frecuentes”, explica el doctor Federico Lezcano.
En los pasillos y recovecos de los barrios vulnerables, el guardapolvo blanco deja de ser una armadura científi ca para convertirse en una llave de entrada a la vida de la gente. El propio Dr. Arturo Rabito confi esa, con una mezcla de orgullo y nostalgia, el privilegio que representa este lazo comunitario: “A veces creo que quien no trabaja en atención primaria de la salud puede envidiar esos encuentros cercanos con la gente en su propio patio. En cualquier casa uno pide permiso y espera para ingresar; el médico es como que tiene un pase directo, y el de APS aún más. Ya es un miembro más de la familia y se siente la gratitud por cada visita, en la mayoría de los casos”.

En ese espacio más íntimo, el acto médico se despoja de su rigidez y se mimetiza con la cotidianidad de los hogares. “Siempre surge una tortilla, un mate, un sorbo de tereré, un cocido o un guiso según la hora de visita. Yo me divierto mucho más en las consultas domiciliarias que en el consultorio”, relata Rabito. Para él, este trabajo extramural no es una carga, sino una vocación suspendida que anhela recuperar.
Aunque hoy se encuentra temporalmente limitado por las secuelas de una fractura, la mirada sigue puesta en el regreso. “Apenas me sea posible, espero ansioso volver a caminar esos pasillos y recovecos que muchos influencers y extranjeros pagan por visitar con escolta, y yo lo recorro como un local más, saludado por mis pacientes a cada paso que doy”, cuenta orgulloso.
Lo que nos trajo la modernidad
Si bien el médico de antaño poseía una intuición admirable, muchas veces sus diagnósticos estaban limitados por las herramientas de su época. Hoy, la medicina contemporánea ha dotado al profesional de una mirada certera, con una imagen en alta definición, un laboratorio molecular o un mapeo genético en cuestión de horas.
Enfermedades que para generaciones pasadas equivalían a una sentencia de muerte o una discapacidad segura se transformaron en condiciones crónicas perfectamente controlables, lo que permite a los pacientes proyectar su vejez con una calidad de vida que los pioneros de la salud jamás se atrevieron a soñar. “La ciencia actual tiene sus ventajas en cuanto a la tecnología, como el uso de herramientas digitales para evaluar y diagnosticar más rápidamente. Se han generado las consultas telemáticas y así se evitaron los obstáculos por la distancia”, aporta la doctora Camacho.
La tecnología, cuando deja de ser una barrera y se convierte en un puente, multiplica el alcance del cuidado. Los entrevistados coinciden en que la digitalización no llegó para reemplazar el ojo del médico: vino para respaldarlo.
“Hoy, el médico de familia no solo se enfoca en la persona, sino también en las patologías; es capaz de diagnosticar enfermedades complejas y realizar un seguimiento integral y multidisciplinario de los pacientes”
Dra. Neusa Auada
El gran desafío de nuestra era no es frenar los avances, sino aprender a habitarlos sin perder el alma. Precisamente, este equilibrio es el eje central de la salud global. Hoy, la Organización Mundial de Médicos de Familia (WONCA) estableció un lema este año para conmemorar el Día Mundial del Médico de Familia: “Atención compasiva en un mundo digital”.
La contemporaneidad nos ha regalado las herramientas más exactas de la historia de la humanidad; el reto actual de la medicina es usarlas no para esconderse detrás de un escritorio, sino para blindar la confianza y asegurar que, aun en un mundo hiperconectado, el paciente nunca deje de sentirse profundamente comprendido.




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