Psicología

«La que siempre puede»

Cuando el rol de sostén se vuelve mandato

Por Laura Persingola, psicóloga y mentora. En Instagram como @psic.laurapersingola

Cuando el rol de ser el sostén de la casa, de la relación o la familia se convierte en un man dato más, no estamos hablando de “fortaleza infinita”, sino de una carga invisible que, mu chas veces, resulta en negligencia personal. A menudo, para cumplir con las expectativas de todos los demás, la mujer queda última en su propia lista.

Muchas no recuerdan cómo empezó todo: no saben en qué momento dejaron de ser ellas mismas para convertirse en las que tienen que poder con todo. Tal vez fue cuando alguien les dijo “sos la fuerte de la familia”, y en ese momento se sintió como un halago. O cuando vieron cansada a su propia madre y decidieron que no serían una carga más. O cuando entendieron que ser la hija mayor no era solo un lugar en el orden de nacimiento, sino un trabajo si lencioso e invisibilizado que implica cuidar, sostener y resolver (a hermanos y padres). Y entonces crecie ron. Y siguieron cuidando, sosteniendo y resolviendo. Nunca dejaron de ser las que pueden.

Son mamás que organizan mochilas, merende ros, citas médicas, comidas, emociones y silencios. Esposas que escuchan, contienen, traducen estados de ánimo y suavizan conflictos. Hijas mayores que sienten que deben estar disponibles siempre, incluso cuando nadie se los pide explícitamente.

No es solo el sueño acumulado ni la agenda repleta y rebosante, sino ese agotamiento que aparece cuando te acostás y recién entonces te das cuenta de que en todo el día nadie te preguntó cómo estabas.

Son mujeres que recuerdan fechas, anticipan ne cesidades, resuelven problemas y sostienen vínculos; que funcionan tan bien que nadie sospecha cuánto en realidad les cuesta. Porque hay algo que no se ve: el cansancio que no se percibe a simple vista.

No es solo el sueño acumulado ni la agenda repleta y rebosante, sino ese agotamiento que aparece cuando te acostás y recién entonces te das cuenta de que en todo el día nadie te preguntó cómo estabas. Viene de la mano con estar pendiente del resto, me nos de vos. Es ese momento en que alguien te dice “menos mal que estás vos” y sonreís, pero por den tro sentís ganas de llorar. Ese es el peso silencioso.

Permiso para descansar

El problema no es ser fuerte, sino cuando sentís que no tenés permitido no serlo.

Muchas mujeres aprendieron que pedir ayuda es molestar, que decir “no puedo” es fallar y que descansar es un lujo que primero hay que merecer. Entonces siguen, aun cuando el cuerpo les pide pausa y la mente les suplica silencio. Siguen porque creen que si aflojan, algo se puede romper; que si no sostienen, todo se va a caer.

Y lo más duro es que el mundo suele reforzar esa idea. A la mujer que puede con todo se la admira, se la nombra como ejemplo, se la celebra por su entrega y dedicación, pero casi nunca se le pregunta qué le cuesta, qué le pesa, qué le duele o cómo se le podría ayudar. Se reconoce su resistencia, no su cansancio. Se aplaude su capacidad, no su necesidad de descanso. Y así, sin que nadie lo diga en voz alta, se instala el “tenés que poder”.

Y entonces aparece algo muy profundo, algo sin voz que empieza a ocupar un espacio cada vez mayor en su interior: la culpa por necesitar alivio o una pausa.

Con el tiempo, ese mandato deja de sentirse como una voz externa para convertirse en un mantra interno. Ya no hace falta que alguien lo exija, ella misma se lo impone.

Y entonces aparece algo muy profundo, algo sin voz que empieza a ocupar un espacio cada vez mayor en su interior: la culpa por necesitar alivio o una pausa.

Un mandato que hay que desaprender

Soltar, para quien acostumbra sostener, no es simple. Para muchas, no se trata solo de no asumir algunas tareas, sino de dejar ir toda una identidad construida desde ese rol. ¿Quién soy si no soy la fuerte?

Entonces la tarea se convierte en animarse a des cubrir qué queda cuando una deja de ser impres cindible para todos. Esa pregunta asusta porque, por años, su valor (incluso el autopercibido) estuvo atado a su capacidad de resistir. Hay algo que mu chas necesitan escuchar, creer y aceptar: poder con todo no es sinónimo de estar bien. Aliviar la carga no significa no amar o cuidar, sino dejar de hacerlo desde el desgaste físico, mental y emocional. Dar un paso atrás es entender que sostener no debería do ler, acompañar no debería drenar y estar para otros no implica desaparecer para una misma.

Y entonces aparece algo muy profundo, algo sin voz que empieza a ocupar un espacio cada vez mayor en su interior: la culpa por necesitar alivio o una pausa.

Y entonces aparece algo muy profundo, algo sin voz que empieza a ocupar un espacio cada vez mayor en su interior: la culpa por necesitar alivio o una pausa. cuestionar la voz interna que dice que deberías poder con todo sola, pedir ayuda antes de estar desbordada, delegar sin dar explicaciones eternas, descansar sin esperar a colapsar, e incluirte en tu propia vida, no como última opción sino como prioridad real.

Al principio puede sentirse raro, incluso incómodo. Quizás aparezca esa sensación de estar hacien do algo mal o fallándole a alguien. Pero esa inco modidad no es señal de error, sino de cambio, es el sonido interno de un mandato que se está aflojando. Nadie nace creyendo que tiene que poder con todo. Eso se aprende. Y lo que se aprende, también puede desaprenderse.

Las mujeres que siempre pudieron no precisamente se vuelven frágiles. Necesitan saber que cuentan con alguien, sentirse acompañadas, descubrir que ser soste nidas no las hace menos valiosas y que no son queridas solo por lo que hacen, sino por quienes son. Ellas deben ser conscientes de que su presencia es suficiente. Tal vez no se trate de preguntarse cómo seguir pu diendo con todo. Tal vez la pregunta verdadera sea otra: ¿Quién te enseñó que tenías que hacerlo todo sola?

Hay una fuerza distinta a la que el mundo suele aplaudir y no es la de aguantar, sino la de reconocerse.

Hay una fuerza distinta a la que el mundo suele aplaudir y no es la de aguantar, sino la de reconocerse. Mirarse con honestidad y decir: “Esto me pesa, me cuesta, no sé o no quiero hacerlo”. Animarse a soltar un poco sin sentir que se derrumba todo. Aceptar que necesitar a los demás también es una forma de valentía.

Ser fuerte no debería significar vivir cansada, y poder con todo no puede ser el precio para sentir que valés. Es por eso que, a veces, el acto más amoroso, con los demás y contigo misma, no es sostener más; es, por fin, permitirte descansar.

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