Narrativas de la (sempiterna) transición
La transición democrática es un concepto que cada año vuelve a cuestionarse y tomar relevancia, como si siempre estuviéramos en el mismo lugar, en tránsito. Esta vez, vemos una exploración más que necesaria desde el arte y la tecnología, de la mano de Hugo Giménez y Luis Vera. En esta nota, te invitamos a conocer Liminal, su propuesta.
Por Laura Ruiz Díaz. Dirección de arte y producción: Sandra Flecha. Fotografía: Fernando Franceschelli. Tratamiento de imagen: Beto Sanabria Britos.
Este 2026 se cumplen 37 años del fin (por lo menos nominal) de una dictadura que duró más de tres décadas. También son 50 de uno de sus episodios represivos más cruentos, cuando avanzaron contra la juventud y capturaron a la OPM (Organización Primero de Marzo u Organización Político Militar) y la intervención al colegio Cristo Rey; la Pascua Dolorosa y la represión a la comunidad campesina organizada.
Según el Informe final de la Comisión de Verdad y Justicia, fueron más de 20.000 las víctimas directas de violaciones de derechos humanos, como desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y torturas durante el régimen de Alfredo Stroessner (1954-1989). Además, se registraron más de 100.000 personas exiliadas.
En el límite
Sos heredero de la claque estronista. Tenés dos opciones: ser artista o empresario. Y, como elucubraciones varias, podríamos agregar que otro oficio es dedicarse al negocio familiar: la política. Esta es una de las propuestas que más hondo calaron en nosotros después de conocer Liminal, la muestra de Hugo Giménez, con la curaduría de Luis Vera, en la Casa Bicentenario de las Artes Visuales Ignacio Núñez Soler.

¿Qué es la transición, entonces? Esta es la interrogante que nos hacemos y que, de paso, guía toda la muestra interactiva, que propone una estética y narrativa que pocas veces fue implementada con tanta fuerza. Por medio del arte, la pregunta y un uso brillante de la gamificación de la que estamos presos, Hugo y Luis incitan a una reflexión profunda sobre la democracia y los tiempos que nos toca vivir.
Hugo, esta exposición se sitúa en un momento histórico simbólico: cruzamos el umbral de los 36 años de democracia, uno más que la duración que tuvo la dictadura estronista. Más allá de la cifra, ¿qué sensación te genera ese paralelismo temporal?
Lo veo más como un estado de inacción. Estamos en un limbo donde todo parece estar sucediendo [todavía]. Ser conscientes de que pasó más tiempo de lo que duró la dictadura solamente hace que pese más la impunidad de esa época.
Igualmente, en esta distopía paraguaya, no debemos bajar la guardia, porque estamos en un presente que desea “dar una vuelta de página” a ese horroroso tiempo; el predominio del narcoestado ya no necesita de esas narrativas, les conviene un devenir histórico que sea sin memoria y justicia social.
¿Cómo surge en vos la necesidad de expresarte sobre el tema?
Soy hijo de la (eterna) transición. Despertar al mundo siendo un preadolescente en el año del golpe de Estado del 89 fue significativo en mi formación y búsqueda de encajar en esa “nueva” sociedad. En algún momento de 2012, cuando ocurrió el otro golpe (el parlamentario), conecté las piezas y entendí que todo tiene que ver con ese tiempo del régimen. Hacer una película sobre la Masacre de Curuguaty me permitió sistematizar ese “eco presente” de la dictadura que seguía habitando en nosotros. Se volvió una obsesión en mi obra y mi búsqueda expresiva.
En Liminal utilizás estética retro game, RV y RA. ¿Cómo encontraste esa conexión con la representación de un pasado traumático? ¿Qué esperás que genere en la gente que quizá no se siente interpelada por los relatos históricos tradicionales?
Hay trauma y nostalgia, tensión y contradicción. Es como interpelar la época de mi despertar con la actualidad en que somos adultos. Por otro lado, planteamos una manera de representar y trabajar mi tema de cara a las nuevas generaciones, renovar la manera de narrarnos y narrar la memoria en clave de actualización.
El discurso con relación al uso de las tecnologías se fue dando de a poco, y en lo formal siempre predominó una interpelación incómoda que aparecía en cada obra. Si la muestra nos invita a cuestionar desde cualquier arista, ya cumplió su cometido.

¿A quiénes interpela específicamente Liminal?
Creo que en ese espacio liminal estamos todas y todos, presentes y ausentes, vivos y muertos, organizados y desorganizados, solitarios y en conjunto. Somos parte de esta pesadilla, aunque no nos demos cuenta.
Explorás el espacio liminal como una transición entre memoria y olvido. En el contexto paraguayo, ¿qué creés que reside en ese “umbral” hoy?
Allí hay una lucha entre olvidar y recordar, y sobre todo borrar-invisibilizar y reescribir; orwelliano presente de quienes nos gobiernan y necesitan un revival de narrativas de “un país gigante y poderoso”, con estados de bienestar difusos. El “vamos a estar mejor” se sostiene sobre el horror de la dictadura y sus prácticas que siguen vigentes.
La propuesta busca “poner en crisis el discurso y la iconografía del régimen”. ¿Podrías darnos un ejemplo concreto de cómo una de tus obras desmonta o subvierte un símbolo, una imagen o un lema estronista?
Sin entrar en pedagogías y lecturas únicas, creo que el arte debe sacudirnos donde estamos parados, desde su construcción social y cultural. Tal vez pueda poner sobre la mesa la deconstrucción de la imagen del dictador como eje central. Hay muchas capas y experiencias, y sería mejor que los que vayan a la muestra nos den ejemplos.
Pasás del cine de ficción a un proyecto expositivo multimedia. ¿Cómo migra tu narrativa de la pantalla lineal al espacio envolvente de una galería?
Cuando Liminal se desprendió de mi proyecto documental en desarrollo llamado (pre)Historia, lo hizo porque sentía una necesidad de que las obras que aparecían acontecieran en un espacio físico.
Pensaba en un lugar para ese limbo y esa “esquizofrenia del presente” que trabajo en (pre)Historia, y hacerlo como exposición era más fuerte que en la pantalla. También es una manera de expandir mi narrativa y explorar otros caminos para los procesos de memoria.

Una obra que nos llamó la atención interpela directamente a los herederos del régimen y su relación con el mundo del arte y las empresas. ¿Qué significa para vos, como artista, ver que muchas veces toca compartir espacios con esta herencia?
Es reconocer los tentáculos del régimen y su construcción de alianzas y validaciones; tener solvencia económica —muchas veces malhabida— habilita a escalar cultural y empresarialmente sin mayor esfuerzo en este país, y como todo se sigue organizando en función a feudos, es también reconocer que son los primeros en beneficiarse de los fondos públicos. Un régimen que duró 35 años tuvo el tiempo suficiente de permear en toda la sociedad.
Mencionás imaginarios míticos junto a la iconografía dictatorial. ¿Qué mitos creés que se entrelazaron o fueron cooptados por el discurso del poder estronista?
Toda dictadura se organiza sobre un conjunto narrativo y mitológico, lo necesita. El estronismo bebió de Morínigo, el proceso regional y el contexto geopolítico mundial, además del culto al personalismo. Eso es lo que vemos replicado en todas partes.
Lo que más me llama la atención de nuestro régimen es cuando los hechos del horror pasan a ser construcciones míticas; el axioma del “se dice que” siempre habilitó todo un espacio liminal para la negación de la realidad. Hay una obra en la muestra llamada Confidencial que condensa todo esto: allí un informante pide que se “haga algo” por las cosas que dicen del general y su relación con menores edad. Lo paradójico es que no pide que se haga algo por considerarlo una mentira, sino porque “ellos están al día de las cosas que ocurren”. Es muy significativo en todo el discurso del “se dice que”, pues usualmente maquilla la realidad.
Con tu experiencia en coproducciones y festivales, ¿imaginás a Liminal traspasando las fronteras?
Hay ideas y conversaciones para montar la muestra fuera de Paraguay, pienso que reside una universalidad en relación con algunos temas por más que parezcan muy nuestros. Creo en el poder del arte para generar un diálogo a través de una experiencia por sobre el contexto (sin descuidarlo).

Por último, planteás una tensión entre la generación actual y la que vivió el final de la dictadura. ¿Qué preguntas incómodas deberían hacerse una a la otra en la sala de exposición?
Las que yo me pregunto en los textos de sala. ¿Dónde están? ¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama el lugar donde reside lo no superado? ¿Cuánto pesa un símbolo?
Habitar el umbral
En Liminal, el curador abandona la neutralidad para convertirse en un mediador crítico que diseña experiencias morales y políticas. Su labor no es preservar el archivo como reliquia, sino activarlo como “huella que exige una respuesta ética”, según el mismo Luis Vera. La curaduría se ejerce mediante el “desmantelamiento de lo monumental para revelar su fragilidad material y moral”, al subvertir símbolos como el busto plástico del dictador para “despojar al régimen de su aura sagrada y transformar el ídolo en un residuo que interpela al presente”.
La liminalidad se traduce en una experiencia física y temporal. El visitante no contempla, sino que habita el entre-lugar (lo liminal) donde el pasado es un fantasma latente. La pieza de 36 horas sobre el exilio, en palabras del curador, “obliga a una vivencia corporal del tedio y la fatiga, como espejo de los años del régimen”. “Involucramos el cuerpo a través de una experiencia performática en la cual el visitante debe cruzar umbrales físicos y habitar la espera”, expresa Vera.
“La innovación técnica se subordina siempre a la misión instructiva del archivo documental”, plantea. La tecnología opera como herramienta pedagógica-sensible que pretende conmocionar sin paralizar el análisis. Esta estrategia democratiza el acceso: “Por un lado, atrae a los jóvenes y, por otro, el documento conecta a quienes vivieron el trauma. Encontramos accesibilidad mediante un diálogo generacional”.

El espacio expositivo confronta el contexto urbano en el que, en palabras de Luis, resurgen discursos neoestronistas. La muestra fortalece la memoria como tarea cotidiana de actualización y visibiliza la distribución desigual de la visibilidad, como demostración de que las estructuras del pasado siguen latentes en el presente.
Finalmente, el curador aspira a que la muestra sea una chispa que encienda más interrogantes. La permanencia virtual en Roblox y la exposición online (si querés conocer más, tenés que visitarla) buscan que el proyecto sobreviva a su estancia física y que el público instale una mirada encarnada en el debate público permanente.




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