Salud

Claves para la derivación psiquiátrica infantil

Abordajes y desafíos

Mientras las consultas por salud mental en niños aumentan en todo el mundo, muchos padres siguen sin saber cuándo un cambio de conducta amerita preocuparse. Un psiquiatra infantil, una pediatra emergentóloga, una neurorradióloga y un pediatra del desarrollo analizan cuándo una variación en el comportamiento es una etapa, cuándo conviene evaluar y cuándo se convierte en una urgencia.

Por Leticia Ferro Cartes

Existe una preocupación generalizada por el gran número de consultas y urgencias pediátricas vinculadas a la salud mental, especialmente pospandemia del covid-19. La gran influencia de las redes sociales sobre la autopercepción y la autoestima, y las presiones que estas ejercen sobre niñas, niños y adolescentes también son un importante factor que entra en juego para analizar cómo cambió, en los últimos años, la psique de esta parte de la población.

La necesidad de recurrir a la psiquiatría en esta fase de la vida puede comprender varios desafíos que tienen que ver con la etapa de desarrollo en la que se encuentra el niño, las condiciones de las consultas de atención primaria, los preconceptos existentes y la falta de capacitación en los programas médicos generales.

Un editorial publicado por la doctora Lourdes Zelaya de Migliorisi, en la revista Pediatría de la Sociedad Paraguaya de Pediatría, en agosto del 2025, advierte que los problemas de salud mental infantojuveniles vienen en aumento sostenido a nivel global. Existen más diagnósticos de ansiedad y depresión, y a edades cada vez más tempranas inician las conductas autolesivas.

Según cifras de la OMS citadas en ese trabajo, el suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes y cerca de la mitad de los trastornos comienza antes de los 14 años. En las urgencias pediátricas, las consultas de salud mental representan entre el 2 y el 5 % del total de atenciones —una proporción baja, pero con una alta tasa de hospitalización—, y las más frecuentes son por intentos de suicidio, alteraciones del ánimo, ansiedad, problemas de conducta y abuso de sustancias.

Un puente entre pediatría, neurodesarrollo y salud mental

Con relación a esta problemática, el IX Congreso Paraguayo de Psiquiatría, que se llevó a cabo en Asunción del 2 al 4 de setiembre, propuso discutir el tema en una mesa redonda nacional. El espacio apuntó a construir un puente entre pediatría, neurodesarrollo y salud mental para comprender el alcance de esta especialidad. Esta valiosa discusión fue organizada por la Sociedad Paraguaya de Psiquiatría.

La mesa la coordinó el doctor Mauricio Acosta Núñez, psiquiatra de niños y adolescentes y parte del capítulo infantojuvenil de la Sociedad Paraguaya de Psiquiatría. “La idea surgió de algo que vemos cada día en la práctica clínica: no todo cambio en la conducta, el ánimo o el desarrollo de un chico es necesariamente un trastorno”, explica el especialista.

Un niño irritable, que cambia su comportamiento, presenta dificultades escolares o parece desconectado puede estar atravesando un problema emocional. Por otro lado, también es posible que detrás haya una condición del neurodesarrollo, neurológica, endocrinológica o algún otro problema médico. “Antes de preguntarnos solamente qué diagnóstico psiquiátrico tiene ese chico, debemos cuestionarnos también qué le está pasando”, sostiene.

Para el médico, aún existe una brecha entre pediatría y psiquiatría infantil en Paraguay a la hora de derivar o diagnosticar a tiempo: “Hemos avanzado bastante y atendemos muchas veces distintas partes de una misma historia. El pediatra tiene una posición privilegiada porque acompaña al niño desde muy pequeño y puede detectar cambios en su desarrollo sueño, alimentación, conducta o rendimiento. Nosotros, desde la salud mental, tenemos la posibilidad de profundizar después en aspectos emocionales, conductuales y del neurodesarrollo”.

Ciertamente, su análisis apunta a que el desafío es que esas miradas no funcionen como compartimentos separados. “Hay cada vez más cooperación, pero necesitamos seguir mejorando la comunicación entre pediatría, neurología, psiquiatría, psicología, escuela y familia. Cuanto antes conectemos esas piezas, menos tiempo perderá el niño antes de recibir la ayuda que necesita”, enfatiza.

También se detiene en un punto que atraviesa a varias de las familias que llegan a su consultorio: el miedo a la palabra “diagnóstico”. “La evaluación no cambia quién es su hijo. El niño que entró al consultorio sigue siendo exactamente el mismo después de ponerle un nombre a lo que le ocurre”, plantea.

Lo que sí cambia, explica, es la capacidad de comprenderlo: un buen diagnóstico debería responder qué le está pasando, qué necesita y cómo ayudarlo. Ese temor a ponerle nombre convive, según el psiquiatra, con otra forma de etiquetar mucho más dañina: decir que un niño es “vago”, “malcriado” o “caprichoso” cuando en realidad hay algo que aún no se comprende.

Dr. Mauricio Acosta. Fotografía: Fernando Franceschelli.

¿Cómo saber si vale la pena consultar? Acosta propone guiarse por tres criterios: intensidad, duración e interferencia. Si una conducta es intensa, persiste en el tiempo o interfiere con la vida familiar, escolar o social del niño, hay que evaluarlo. “No hace falta tener seguridad. Prefiero decir ‘está todo bien, observemos’, que descubrir años después que hubo señales que pudimos haber atendido antes”, resume.

A veces, algunas señales indican miedo de parte de los padres, lo que puede frenar la ayuda que el niño necesita. Por ejemplo, si familiares, docentes y el propio pediatra notan dificultades persistentes pero las evaluaciones se postergan, o cuando se cambia de profesional en busca de alguien que confirme que “no pasa nada”.

Sin embargo, no hay que culpar a los padres: detrás de esa resistencia suele haber miedo, desinformación o experiencias previas negativas. “Nuestro trabajo no debería ser presionarlos, sino ayudarlos a entender que evaluar no significa necesariamente diagnosticar, y diagnosticar no significa necesariamente medicar”, plantea. Para él, “evaluar significa intentar comprender mejor a tu hijo”.

En la guardia: Descartando el riesgo vital

De la consulta programada a la guardia, el panorama cambia. La doctora Laura Cardozo, pediatra especialista en Emergentología Pediátrica, jefa de sala de internados del Departamento de Emergencias Pediátricas del Hospital de Clínicas (Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Asunción), explica que todo paciente pasa primero por un triaje: en 30 segundos, sin tocarlo, el equipo evalúa su estado respiratorio, circulatorio y neurológico para determinar si hay riesgo vital. Recién después llega el momento de indagar en su historia.

Hay signos que, para la doctora Cardozo, siempre ameritan acudir de inmediato a la guardia: dificultad para respirar, agitación intensa, palidez extrema o labios morados, alteración del sensorio (cambio en el nivel de consciencia), convulsiones, fiebre o vómitos intensos. En los más pequeños y no verbales, una causa frecuente de estas señales es el dolor. En los más grandes, los traumatismos y, con menor frecuencia, trastornos del sistema nervioso central, procesos autoinmunes o intoxicaciones.

Dr. Juan Fernando Ojeda. Fotografía: Fernando Franceschelli.

La pediatra hace especial hincapié en la escucha a la familia, algo que coincide con lo señalado por Acosta sobre la intuición de los papás. “La preocupación de los padres es un signo de alarma para muchas enfermedades”, subraya, y advierte que en un ambiente de sobrecarga como la guardia, un error frecuente es no prestarles suficiente atención.

Solo una vez descartadas las causas médicas se plantea un posible origen psiquiátrico. Cardozo agrega que la emergentología pediátrica está incursionando en este campo, lo que exige capacitación continua de los equipos de guardia.

Lo que explican las imágenes

Lo que explican las imágenes

Por su lado, la médica radióloga María Moreno, subespecialista en Neurorradiología Pediátrica, aporta una mirada generada a partir de las imágenes. Explica que una resonancia o una tomografía no están indicadas ante cualquier alteración emocional o de conducta; su valor aparece cuando hay banderas rojas, señales que hacen sospechar de algo estructural, como signos neurológicos focales (debilidad motora, problemas de sensibilidad, visión o deglución), regresión de habilidades ya adquiridas, o alarmas físicas como dolores de cabeza y convulsiones.

En pediatría, la resonancia es el estudio de elección por su detalle del tejido cerebral y porque no usa radiación. La tomografía, sin embargo, se reserva casi exclusivamente para emergencias agudas.

Dra. Laura Cardozo. Fotografía: Fernando Franceschelli.

La doctora Moreno advierte que hay cuadros neurológicos que pueden imitar, al inicio, un problema puramente psiquiátrico: tumores de crecimiento lento que debutan con apatía o bajo rendimiento es colar, y ciertas encefalitis autoinmunes que generan agitación extrema o alucinaciones que simulan un cuadro psicótico.

Incluso algunas alteraciones corticales causan episodios de pánico o desconexión que se confunden con TDAH o berrinches, cuando en realidad son convulsiones encubiertas. Por eso coincide con Acosta y Cardozo en que pedir un estudio de imágenes debería ser una decisión interdisciplinaria, guiada primero por la clínica.

Las familias tienen que saber que una resonancia normal es una buena noticia. No significa que el sufrimiento del niño no exista, sino que se puede enfocar el tratamiento en terapias de apoyo sin temor a un daño estructural de fondo.

¿Alarma o etapa del desarrollo?

El pediatra Juan Fernando Ojeda, del Departamento de Neurología del Hospital de Niños Acosta Ñu y del Consultorio de Neurodesarrollo del Instituto de Previsión Social, aporta la mirada del desarrollo temprano. Para él, hay señales que sí ameritan derivar sin esperar: ausencia de sonrisa social a los tres meses, no responder al nombre al cumplir un año, falta de gestos para comunicarse (como señalar) a los 18 meses, o la pérdida de una habilidad ya adquirida previamente, como dejar de hablar o de hacer contacto visual.

Dra. María Moreno. Fotografía: Fernando Franceschelli.

El doctor Ojeda coincide con sus colegas en la importancia de validar lo que perciben los padres: el pediatra general cumple un rol clave al vigilar activamente la trayectoria del desarrollo y tomar en serio la intuición familiar cuando algo “no va bien”, luego de lo cual deriva a tiempo en vez de esperar. Además, advierte que buena parte de las conductas que angustian en el hogar son en realidad esperables del desarrollo. 

Más allá de las especialidades, los cuatro profesionales convergen en que la comunicación entre pediatría, salud mental, neurología e imágenes debe ser fluida y temprana. Asimismo, la intuición de los padres es un dato fundamental que merece ser escuchado por los profesionales, no minimizado. Y, finalmente, un diagnóstico —lejos de ser una sentencia— es una herramienta para comprender mejor a un niño y decidir cómo ayudarlo a tiempo, sin que esto signifique necesariamente que el cuadro continúe en la adolescencia o la adultez.

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