Psicología

Cómo aprender a vincularse mejor

¿Es necesario el conflicto en las relaciones de pareja?

Por Laura Persingola, psicóloga y mentora. En Instagram como @psic.laurapersingola

Durante años, la mayoría de las personas crecimos con una idea bastante clara sobre el amor: si hay peleas, algo anda mal. Si discutimos, si nos molestamos
o no coincidimos, es porque quizás no estamos con la persona correcta. Esta creencia, tan instalada y poco realista, lleva a muchas parejas a esconder, negar o evitar el conflicto… con la esperanza de mantener el vínculo.

Pero, ¿y si el conflicto no fuera el problema? ¿Y si en realidad fuera una oportunidad?

En consulta, escucho con frecuencia frases como “nunca discutimos”, “no tenemos problemas”, “siempre estamos bien”, dichas con orgullo, como si fueran garantía de una relación sana. Sin embar- go, cuando profundizamos, muchas veces aparece otra verdad: silencios largos, emociones guardadas, necesidades no expresadas, miedos a incomodar, a perder, a ser rechazados. En resumen, no discutir no siempre significa estar bien. A veces, solo impli- ca el no animarse a decir.

El conflicto como parte de lo humano

Dos personas que se eligen para compartir la vida no dejan de ser individuos con historias distintas, heridas diferentes, expectativas propias y formas únicas de ver el mundo. Pretender que nunca haya fricciones es absolutamente irreal.

El conflicto surge cuando algo importante para mí no es visto, escuchado o respetado. Cuando una necesidad choca con otra. Cuando mis límites se sienten invadidos. Cuando mis emociones no en- cuentran espacio o son invalidadas constantemente.

Desde esta perspectiva, el conflicto no es una falla, es una señal, una forma en que la relación nos ha- bla. Es por eso que el problema en realidad no es dis- cutir; el problema generalmente es cómo lo hacemos.

Conflicto no es sinónimo de violencia

Muchas personas asocian “conflicto” con gritos, reproches, humillaciones, silencios castigadores o rupturas temporales. Pero ese no es un conflicto sano, sino una mala gestión emocional. Lo saludable implica expresar lo que siento sin atacar; escuchar sin defenderme todo el tiempo; decir “me dolió”, “me sentí desplazado”, “necesito más de vos” sin convertir al otro en enemigo.

Cuando una pareja aprende a discutir sin destruirse, el vínculo se fortalece. Porque el conflicto deja de basarse en ganar o perder, y empieza a enfocarse en comprender.

Lo que pasa cuando evitamos el conflicto

Evitar el conflicto suele parecer una estrategia de paz. Pero, en realidad, muchas veces es una forma de postergación emocional. Porque cuando no digo lo que me molesta se acumula el resentimiento, se debilita la intimidad, aparece el desgaste silencioso, se pierde autenticidad e incluso lleva a actuar desde la complacencia.

Empiezo a adaptarme de más, a callar de más, a resignarme de más. Y sin darme cuenta, me voy alejando de mí. Y empiezan las conductas conocidas o calificadas como “tóxicas” en la relación. Muchas rupturas no suceden por grandes peleas, sino por pequeños silencios sostenidos en el tiempo.

El conflicto como espacio de crecimiento

Las parejas que crecen no son las que no discuten, sino las que aprenden a atravesar sus diferencias con respeto y honestidad. Es por eso que un conflicto bien trabajado permite que la pareja se conozca en profundidad, establezca acuerdos, ajuste expectati- vas, sane heridas, fortalezca la confianza y construya formas nuevas y saludables de vincularse. Cada discusión puede ser una puerta o hacia el distancia- miento o hacia una mayor intimidad emocional.

No se trata de discutir más, sino de discutir mejor. Para ello es fundamental aprender a hacerlo, hablar desde el “yo”, no desde el ataque. En vez de “vos siempre…” o “vos nunca…”, intentar “yo me siento” o “cuando pasa esto”. También es fundamental escuchar para entender, no para responder. La mayoría de las veces ya estamos pensando nuestra defensa mientras el otro aún está hablando, y de esa manera no es posible comprender al otro.

Elegir el momento tiene el poder de marcar la diferencia. No todo se habla en medio del cansancio, el enojo o el estrés, pero tampoco puede extenderse o prolongarse en exceso; eso es falta de responsabilidad emocional con el miembro de la pareja que necesita resolver los problemas lo antes posible.

Hay que entender que validar no es estar de acuerdo. Puedo comprender tu emoción aunque no comparta tu punto de vista. Y, por último, pero no menos importante, debemos aprender a buscar soluciones, no culpables.

Y recordar en todo momento que el objetivo no es ganar, es mejorar el vínculo. Estas habilidades no nacen solas. Se aprenden, practican y fortalecen con compromiso.

Cuando el conflicto revela heridas personales

Muchas discusiones de pareja no hablan solo del presente, sino del pasado emocional de cada uno. A veces, lo que parece una pelea por un mensaje no respondido es en realidad miedo al abandono. Lo que parece enojo por una decisión es inseguridad. Lo que parece control es temor a perder.

Las relaciones activan nuestras heridas más profundas. Y el conflicto las deja al descubierto. Por eso, trabajar en uno mismo es tan importante como trabajar en la pareja. No todo es del otro. No todo es de la relación. Mucho es historia personal.

Entonces, ¿es necesario el conflicto?

Sí. Es necesario, inevitable y, bien gestionado, es saludable.

Una relación sin conflictos no es una relación perfec- ta. Es, muchas veces, una en la cual alguien se calla. Y el amor no se sostiene en el silencio, sino en la verdad, el respeto y la valentía emocional.

Amar no es evitar las diferencias, es aprender a atravesarlas sin perderse. No se trata de buscar conflictos, sino de no huir cuando aparecen. Porque si dos personas pueden mirarse incluso en medio del desacuerdo y seguir eligiéndose con honestidad, el vínculo se vuelve más fuerte, más real y más huma- no. Y eso, en tiempos de relaciones descartables, es profundamente valioso.

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