Nota de tapa

Literatura paraguaya contemporánea

Voces etéreas

Cuatro poetas paraguayos nos cuentan sobre qué escriben y cómo la palabra no está ajena a la acción y la realidad social. Entre la memoria, los debates y el cansancio, sus versos demuestran que la poesía sigue siendo el territorio más rebelde de la cultura.

Por Eve Benegas. Dirección de arte: Gabriela García Doldán. Dirección de producción: Camila Riveros. Fotografía: Javier Valdez.

Cada 11 de octubre, el calendario marca el Día del Poeta Paraguayo, fecha instituida para honrar la memoria y el legado de Natalicio Talavera, considerado el primer vate local después de la independencia. Cronista durante la Guerra contra la Triple Alianza, hacía versos en medio del fuego vivo de uno de los capítulos más trágicos del país.

El poeta paraguayo desde siempre entendió el arte como trinchera, a contracorriente, a la intemperie y bajo el asedio constante de la precariedad. En plena reconstrucción del país, luego de la devastadora Gue­rra Grande, Manuel Ortiz Guerrero escribió sobre la injusticia, la pobreza y el valor del ser humano.

Tiempo después, la generación del 40 fue el movimiento literario más importante del siglo XX en Paraguay. En esa época se encuadra la densi­dad telúrica y comprometida socialmente de Elvio Romero, la profundidad reflexiva de Roa Bastos, la melancolía de Hérib Campos Cervera, la rebeldía luminosa de Carmen Soler, y el rigor formal y sen­sible de Josefina Pla, José Luis Appleyard, Gladys Carmagnola y Esteban Cabañas.

Fotografía: Javier Valdez.

De ahí se heredan los temas, las ideas, el estilo y, sobre todo, la bravura de tomar una postura y enfrentar al mundo. Ellos escribieron contra un si­lencio impuesto, muchas veces, desde afuera. Y, sin embargo, a pesar de su gran linaje, Paraguay tiene poco apuro en escuchar a sus poetas. “La poesía si­gue siendo el arte más olvidado”, dice Norma Flores Allende. Mientras tanto, siguen escribiendo.

En esta edición convocamos a cuatro creadores del mundo literario contemporáneo. Además de Nor­ma, Luz Saldívar, Aracely Franco y Luiz Brizuela nos ayudan a entender cómo palpitan sus prosas insu­misas. Cada uno, desde su propio universo creativo, aporta una dosis de lucidez, desgarro y belleza.

Luz Saldívar

Su escritura desarma el cuerpo en vísceras y hue­sos para evidenciar el desgarre de la historia. En su obra, la reflexión filosófica y el gesto teatral se abrazan para condenar silencios y ausencias. Luz Saldívar se destaca por su prosa poética y su gran diversidad de recursos estilísticos. La poeta es licen­ciada en Filosofía y en Letras por la Universidad Nacional de Asunción, actriz de tablas, directora de teatro, docente titular de Estética y directora de Formación y Divulgación de la Diversidad Cultural en la Secretaría Nacional de Cultura. Sus principa­les poemarios publicados son Camalotes rojos (2012), Cantos de la muerte (2021) y Pangea (2022).

Además, Luz cuenta con una destacada trayec­toria en narrativa de cuentos, artes escénicas y lite­ratura. Sus relatos suelen transitar por la psicología de los personajes y la crítica a estructuras sociales. Escribió Odio Strawberry Fields Forever y otros cuentos (2017), además de varias publicaciones colectivas.

Luz Saldívar. Fotografía: Javier Valdez.

En 2024 ganó el concurso de poesía Carmen Soler con La rosa roja, un tributo a la revolucionaria Rosa Luxemburgo. “La elegí porque fue una mujer extraordinaria, una pensadora, activista y pacifista incansable. Su lucha frontal contra las injusticias marcó la historia y este poema es un homenaje me­recido a una figura que entregó todo por sus ideales. Un ejemplo de vida”, expone.

Como gestora cultural, investigadora y acadé­mica, admite que si bien se conquistaron espacios indiscutibles en la literatura local, las voces de la diversidad más profunda —excepto la poesía indíge­na de Alba Eiragi y la dramaturgia afroparaguaya de Dennise Portillo— siguen relegadas a los márgenes oscuros de una cultura oficial que aún padece el miedo a reconocerse plural. “Las mujeres diversas permanecen en las sombras, falta visibilización, romper este silencio es una tarea urgente”, resalta.

Absolutamente todo lo que nace de la vida coti­diana la inspira: amor, tristeza, dolor, injusticia, el paso del tiempo. “La existencia humana es tan pro­funda que el suceso más pequeño funciona como detonante creativo”, admite. Escribe para contra­rrestar el peso de la rutina: “La poesía evita que este universo tan diverso, cambiante y voraz nos engulla en sus fauces y nos prive de descubrir la belleza oculta del entorno”.

Norma Flores Allende

Creció en un hogar colmado de libros, por lo que su acercamiento a las letras fue muy natural. Escribe desde adolescente y publica sus trabajos desde finales de 2010, impulsada por Irina Ráfols. Norma Flores Allende transita las fronteras del desarraigo y la memoria colectiva. Su obra es muy diversa: fic­ción especulativa (terror, fantasía, ciencia ficción), textos sociales y hasta políticos. Su pluma tensa los recuerdos luminosos de su infancia salvadoreña frente al mar con el trauma sordo de las tiranías del Cono Sur y el dolor de la pérdida.

Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Nacional de Asunción. Escribe narrativa, poemas y guiones. Trabaja como comunicadora en una organización sin fines de lucro y enseña Inglés en el Anglo. A la par, se dedica a crear y facilitar espacios artís­ticos. “Hacer gestión es un deber moral y también una necesidad si uno quiere que más personas se acerquen a las letras, conozcan el propio trabajo y consoliden comunidad. Es un trabajo más que, quié­rase o no, se encima a nuestras ocupaciones como artistas en Paraguay, precarizados y vulnerabiliza­dos”, visibiliza.

Norma Flores Allende.

Al coordinar esos espacios, le tocó trabajar con autores jóvenes. Allí notó una gran disconformidad con la realidad y una imperante necesidad de contar lo que pasa.

Entre estas figuras emergentes de la poesía local encontramos a quienes admiran el impecable hilo conductor que caracteriza la prosa de Norma. Uno de ellos es Luiz Brizuela, quien reconoce: “Ella es profundamente social, y además es coherente consigo misma. Es una militante por los derechos humanos y el acceso a la cultura”.

La prosa de Norma puede nacer como imagen, palabra o sonido indistintamente; el brote creativo inicial es disparado por cualquier estímulo. El resto, como ella explica, “es artesanía, oficio, frustrarse, editar, reeditar, tenerle cariño al texto. Es un trabajo de artesanía, paciente, de lija”. Está convencida de que el lenguaje influye en la percepción de la realidad; que la poesía, el arte de la escritura, nos permite nombrar las cosas, entenderlas o, incluso, crearlas de la nada.

En su libro Veo el volcán que siempre se aleja y en el cómic 1989, la nada, la ausencia y la violencia son memoria colectiva y herencia, un aporte desde el arte para seguir empujando el trabajo de los activistas por los derechos humanos. “Creo que es imposible no sentirnos interpelados ante la herida abierta y no sanada de la tiranía estronista. Es un tema omnipresente, silencioso, pero que siempre está ahí. Y no sanamos como sociedad, en nuestras familias y comunidades”, expone. Norma no pudo ser parte de la producción de tapa con los otros escritores porque hoy está asentada en Londres, Inglaterra, donde cursará su maestría en Medios, Comunicación y Desarrollo, en el London School of Economics and Political Science (LSE).

Aracely Franco

Al final de la jornada laboral, el calor empieza a ce­der su prepotencia y los buses repletos avanzan en las avenidas. En ese mismo instante que se repite en cada esquina pudo haber nacido un poema escrito apresuradamente en las notas del teléfono o reteni­do en la memoria de su exponente, Aracely Franco.

Crecida en la mítica ciudad de Areguá y curtida cotidianamente en los interminables y asfixiantes viajes de ida y vuelta en colectivo rumbo a Asun­ción, Ara supo decantar su experiencia de frustra­ción y agotamiento físico en poemarios como El último Areguá y Kotydiano. Si uno vive en la periferia es imposible no sentirse identificado de manera profunda con su prosa, por las largas horas inverti­das en el asfalto hasta llegar a casa.

Tiene 24 años de edad. Recientemente graduada en Letras, su tesis se enfocó en la libertad ideológica dentro de la obra de Elvio Romero. Es docente de Literatura y admite tener mucha suerte de trabajar siempre de cerca con las palabras.

Aracely Franco. Fotografía: Javier Valdez.

Como es evidente, a Aracely le inspira lo coti­diano. Allí encuentra la reinterpretación constante de lo pasado. Por eso, le resulta imposible salir por la vida sin un cuaderno que la acompañe para registrar todo lo que estimula sus sentidos. Ninguna epifanía la toma desprevenida. Para ella, en el con­texto actual, “un poeta es un agente cultural muy importante de las ideas que confluyen en lo ideológico y no me parece que tendría que estar ajeno a las luchas sociales y a la realidad en sí”.

La escritura nunca fue su medio de escape, sino una lupa examinadora y analizadora del mun­do. “Escribir me permite plasmar la realidad de mi tiempo, tratar de entender mejor todo lo que percibo. Por otro lado, ha sido también un recurso liberador, en el que puedo desembocar los miedos, las culpas y las dificultades, para lidiar con ellos y enfrentarlos en algunos casos”, expresa.

Para compartir con nuestros lectores, Ara eligió un poema breve que resume la mezcla de emociones y experiencias con las que uno regresa a su casa des­pués de un día laboral o de estudio. Al mismo tiempo, se relaciona con los reflejos en el colectivo, en los que uno se encuentra de manera indirecta con tantas otras personas que atraviesan situaciones similares y que vuelven al hogar después de una larga jornada.

Luiz Brizuela

Escribe desde el cruce filoso entre la agudeza políti­ca, el humor, la ironía y la más honda ternura de lo cotidiano. Luiz Brizuela es abogado egresado de la Universidad Nacional del Este, militante activo de la Juventud Comunista desde hace más de cinco años e incansable gestor cultural.

Su poesía bebe tanto de los casos trágicos, mise­rables y absurdos que ve en los pasillos de la fiscalía y los juzgados, como de su fascinación casi científi­ca por la organización de las abejas. En poemarios de fuerte impronta urbana como Jalea real y La domesticación de los objetos salvajes, las máquinas de oficina, los departamentos vacíos y los colectivos de larga distancia se convierten en escenarios.

Su mayor formación en letras se dio en espacios alternativos y diversos como talleres, clínicas de poesía, residencias, entre otros. Se mudó de Ciudad del Este a Asunción para seguir participando de la escena cultural, que disfruta tanto que admite que su trabajo real no es importante en su vida, solo sirve para llegar a fin de mes.

Luiz Brizuela. Fotografía: Javier Valdez.

Escribir puede ser un escape, pero en muchas ocasiones es sobre todo otra forma de atravesar el día. También, de conectar una experiencia individual con una colectiva, aunque admite que no siempre es posible: “En ocasiones, nuestras condiciones materiales no nos permiten el espacio mental suficiente ni para convertir la explotación o el cansancio en poesía. Quienes escribimos, por ser mayoritariamente trabajadores, muchas veces solo tenemos la energía para sumar un día más”.

Le interesa encontrar en sus experiencias particulares vivencias universales y dar con una mirada que ayude a expresar su poesía. Luiz cree que el papel de los artistas es explicar qué significa el mundo para nuestra especie, y en ese sentido, no se puede desligar una obra poética de lo que ocurre en la realidad.

“No se trata de un panfleto, sino de admitir la crisis que estamos atravesando en todo sentido: ambiental, alimentaria, sanitaria, de vivienda, labo­ral, de acceso al ocio y la cultura. De alguna forma u otra, se cuela también en las obras que expresamos, aunque no haya una relación evidente. Por eso creo que el papel del poeta paraguayo es tomar concien­cia sobre esa relación”, se explaya.

Luiz es poeta, cuentista, editor y gestor. Lo que más disfruta es editar poemarios y lo que más le cuesta sostener es la gestión cultural, ya que todos, además de artistas, tienen empleos aparte de la mi­litancia que hacen. “Una porción del trabajo poético ocurre de forma subconsciente. Cuando alguien le da una mirada externa y ajena a una obra, puede captar intenciones más sutiles. Eso es lo que más me gusta, editar un buen poemario de otra perso­na”, cuenta.

¿Dónde escribe y lee la nueva generación?

Aracely lee a quienes tiene cerca y ve un auge de textos compartidos en Instagram, en historias y posteos. Es un recurso al que casi todos acceden, de rápido alcance. A esa vitrina se suman las plataformas de publicación por entregas, como Substack, que permiten llegar al lector sin intermediarios.

La necesidad y la sed que tienen los nuevos ar­tistas por escribir sobre lo que les rodea es urgente, y no todos cuentan con la suerte de trabajar con editoriales tradicionales. Muchas voces valiosas se pierden. En vista de esa realidad, los jóvenes emergentes optan por redes comunitarias y auto­gestionadas. Es el caso de Ruido Visual, un proyecto que nació desde el Colectivo Asunción Flores ante la necesidad de tener un espacio más constante de trabajo respecto a la poesía y los poemarios.

Fotografía: Javier Valdez.

Ara Franco, Luiz Brizuela y muchos otros escri­tores forman parte de este proyecto independiente. Ellos editan libros, piensan conceptos, los ilustran y acompañan con intervenciones callejeras. “Es una editorial con diversas voces que trabaja de forma dinámica gracias a la iniciativa y el esfuerzo de 20 poetas actualmente”, dice Luiz.

Cuando se agota una edición, el libro pasa a la biblioteca virtual de Ruido Visual, una página cons­truida colectivamente y diseñada por Majo Riquel­me, compañera del grupo. “Es uno de nuestros más grandes orgullos, pues demuestra que como edito­rial no estamos detrás del lucro, todos los títulos son descargables de forma gratuita. Ahí está la mayoría de los míos y otros ruidosos, incluso de poetas que decidieron contribuir a nuestra biblioteca como Norma Flores Allende y Andrés Urzúa”, cuenta.

La llama que no se apaga

A pesar de que a la poesía se la ha perseguido y negado, todavía conserva fuerzas para contener el temblor de los artistas. Mientras un bus siga avan­zando, las abejas dancen y el volcán espere, habrá siempre un verso latiendo a escondidas, esperando el momento exacto en que alguien decida nombrar­lo para la belleza. Al final de cuentas, ya sea en las páginas rústicas de un fanzine, en la pantalla fría de un teléfono inteligente a las 4.00 de la tarde o en la memoria colectiva, los poetas de esta tierra roja aún cumplen con creces su tarea milenaria.

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