Nota de tapa

El niño en puertas

Alerta roja climática

El fenómeno El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) es considerado el factor climático más influyente del planeta. Su efecto calienta las aguas del Pacífico ecuatorial y altera el clima en todo el mundo, lo que desencadena sequías, incendios e inundaciones. Recientemente, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) emitió una alerta global por su intensidad este año. ¿Qué entendemos de este fenómeno? ¿Por qué enciende alarmas? ¿Cómo afectará a nuestro país? Te lo explicamos, paso a paso.

Por Eve Benegas

Muchos años atrás, pescadores de las costas de Perú y Ecuador notaban que, cada cierto tiempo, por lo general a finales de diciembre, las aguas frías del mar que habitualmente bordeaban Sudamérica de repente se calentaban extrañamente. Con ese cambio, los peces desaparecían o migraban al sur, lo que afectaba su sustento.

Como ese calor raro llegaba siempre cerca de Na­vidad, los pescadores bautizaron al fenómeno como “El Niño”, en alusión al Niño Jesús. Los lugareños ya sabían de forma empírica que cuando el mar se ponía tibio, el clima del año siguiente cambia­ba por completo. Tiempo después, el evento fue ampliamente estudiado, la ciencia prestó atención y los pescadores tenían razón. Y el nombre quedó: oficialmente es El Niño-Oscilación del Sur (ENSO), según la Administración Nacional Oceánica y At­mosférica (NOAA por sus siglas en inglés).

Los vientos alisios

Para entender de qué trata y cómo se produce este viejo y conocido fenómeno, imaginemos al océano Pacífico ecuatorial —esa inmensa masa de agua que va desde las costas americanas hasta Australia y Asia— como una gigantesca bañera.

En condiciones normales, la naturaleza pone en marcha un enfriador invisible que sopla de este a oeste: se trata de los vientos alisios. Nuestro gran ventilador empuja constantemente las aguas super­ficiales cálidas hacia el lado asiático y australiano. Al correrse hacia el oeste, se produce un gran fenó­meno frente a Sudamérica: desde las profundidades ascienden corrientes frías, cargadas de nutrientes (un proceso llamado afloramiento), que mantienen el equilibrio marino y climático de la región.

Fuente: Servicio Nacional de Satélites e Información Ambiental de Estados Unidos.

Pero resulta que cada dos a siete años, los vientos alisios aflojan, se vuelven débiles o directamente se detienen. ¿Y qué pasa? La enorme masa de agua cá­lida que quedó acumulada en el lado asiático rebota, regresa y se desliza lentamente hacia las costas de Sudamérica. Ese proceso anómalo se llama oficial­mente “fenómeno de El Niño”.

El clima depende mucho de la temperatura del océano; al calentarse el mar, también lo hace el aire que está encima. Donde el agua está cálida se for­man más nubes y llueve más. La anomalía altera por completo la circulación atmosférica global y trastor­na el mapa de precipitaciones de todo el planeta.

Sin precedentes

Pero si es un fenómeno natural recurrente y forma parte de la variabilidad climática terrestre desde hace milenios, ¿por qué la preocupación? Esta vez, las alarmas vienen del mar. Los científicos miden la temperatura del océano con satélites meteorológicos en el espacio. Según la NOAA, para que se formen las condiciones de El Niño, el calor mensual de la superficie en el Pacífico tropical central y oriental debe aumentar 0,5° C por encima de lo normal. Ya en marzo del 2026 se registró una anomalía de 1,31 °C.

Actualmente, el panorama está generando mo­vidas. En un informe divulgado la semana pasada desde Ginebra por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Oficina de la ONU para la Coor­dinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), las au­toridades internacionales advirtieron que su última actualización pronostica que, en el epicentro de El Niño, la temperatura podría aumentar hasta 3,8 °C por encima del promedio entre noviembre de 2026 y enero de 2027. Celeste Saulo, secretaria general de la OMM, señaló que este episodio opera sobre una línea de base jamás registrada en la historia moder­na. A su vez, Tom Fletcher, jefe de ayuda humanita­ria de la ONU, lo definió gráfica y crudamente como una “bola de demolición” climática.

Celeste Saulo, secretaria general de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). AFP

¿Y por qué es tan especial, además de eso? El di­rector de Meteorología e Hidrología, Eduardo Mingo, lo explica técnicamente: “Lo particular esta vez es la profundidad del calentamiento en el océano (hasta 100-200 metros), que genera una gran reserva de energía e inestabilidad. Eso refuerza el flujo de hu­medad desde el norte hacia nuestra región (a través del chorro en capa baja) y crea tormentas y precipi­taciones severas”.

Esto significa que el océano acumuló una reserva descomunal de energía térmica e inestabilidad que garantiza no solo su persistencia, sino efectos cola­terales de larga duración. Estos se extenderán, con seguridad, hasta bien entrado el 2027.

Cambio climático

En esta ocasión, El Niño tiene un “agravante”. Esta­mos ante una temporada muy fuerte, con impactos más devastadores por el cambio climático. “Aunque es un fenómeno natural que existe desde hace mile­nios, el calentamiento global actúa como un factor que altera sus impactos”, confirma Mingo.

El planeta atraviesa en la actualidad la base cli­mática más cálida de toda la historia de la humani­dad. “Por física básica, una atmósfera más calurosa tiene mayor cantidad de vapor de agua (aproxi­madamente 7 % más por cada grado de aumento), lo que deriva en precipitaciones más intensas en periodos cortos”, expone Mingo.

¿Cómo nos afecta?

El Niño, ahora, es el director de la orquesta del clima en todo el planeta: altera drásticamente los patrones habituales de temperatura y precipita­ción en múltiples regiones del mundo. Por un lado, mientras que en lugares como Perú, Chile, Ecuador, Paraguay y el sur de Estados Unidos el fenómeno provoca lluvias récord e inundaciones, en otras zonas del globo, como Australia, Indonesia y partes de Asia, desencadena sequías severas y una escasez crítica de agua.

Según datos de la NOAA, este desorden climático también repercute de manera directa en la tem­porada de huracanes y la vida marina. Durante el verano, el exceso de calor en el Pacífico alimenta la formación de tormentas en sus zonas central y oriental, mientras que actúa como un freno que dificulta su desarrollo en el Atlántico. En el invierno, sus efectos se intensifican y dejan un clima más hú­medo y frío en el sur estadounidense, con condicio­nes más secas y cálidas en el norte.

El aumento de la temperatura oceánica altera las corrientes marinas y obliga a los peces y a otras especies de la costa norte de Sudamérica a migrar en busca de aguas más frías. Es un desplazamiento masivo que, en los eventos más extremos, puede registrarse incluso en lugares tan lejanos como el golfo de Alaska.

Las advertencias globales emitidas desde las altas cumbres de Ginebra y los centros meteoroló­gicos internacionales repercuten de manera directa en nuestra región mediterránea. Resumidamente, advierten sobre olas de calor extremo, sequías prolongadas e inundaciones interconectadas que amenazan con golpear de manera implacable a las poblaciones más vulnerables de América Latina, África y Asia.

La Dirección de Meteorología e Hidrología (DMH), dependiente de la Dirección Nacional de Aeronáuti­ca Civil (Dinac), mantiene un seguimiento estricto y en tiempo real de la evolución de estos indicadores oceánicos en estrecha coordinación con agencias globales de referencia. Aquí entra a jugar la ya nom­brada Administración Nacional Oceánica y Atmos­férica (NOAA) de los Estados Unidos.

El impacto en Paraguay

Como en otras regiones de Sudamérica, se estima que el fenómeno traiga a nuestro país muchas llu­vias. El director de Meteorología aclara con pruden­cia que la climatología operativa no maneja cifras únicas o rígidas expresadas en milímetros exactos para todo el territorio nacional de forma homogé­nea, sino rangos de probabilidades acumuladas, trimestrales y estacionales.

Fuente: Servicio Nacional de Satélites e Información Ambiental de Estados Unidos.

Bajo las condiciones de El Niño, la tendencia his­tórica para Paraguay muestra lluvias por encima de lo normal, principalmente en la primavera y el vera­no, que afectan más al centro, sur y este de la región Oriental. “En la práctica, transitaremos meses con acumulados de lluvia que podrían superar fácil­mente entre un 30 y un 50 % el promedio mensual habitual, con episodios puntuales verdaderamente críticos, que registrarán acumulados superiores a los 100 o 150 milímetros de agua caída en un lapso inferior a las 24 horas”, advierte Eduardo Mingo.

Su impacto depende del tipo de cuenca y la geografía del lugar. Según informaciones de la Dirección de Meteorología e Hidrología, en la región Oriental (sur y este), departamentos como Ñeem­bucú, Misiones, Itapúa, Caazapá y Paraguarí se perfilan como los más expuestos a inundaciones repentinas. Las lluvias desmedidas, la saturación de los suelos y el comportamiento de las cuencas del Tebicuary y el Paraná crean un escenario de alto riesgo para anegamientos urbanos y rurales.

La ribera del río Paraguay adoptará crecidas gra­duales pero sumamente prolongadas, alimentadas por el agua que drena de las altas cuencas hacia el curso medio y bajo de su corriente. Hablamos de las ciudades de Asunción, Concepción, Alberdi y Pilar.

Transitaremos meses con acumulados de lluvia que podrían superar fácilmente entre un 30 y un 50 % el promedio mensual habitual, con episodios puntuales verdaderamente críticos, que registrarán acumulados superiores a los 100 o 150 milímetros de agua caída en un lapso inferior a las 24 horas

Eduardo Mingo, director de Meteorología e Hidrología

Por su parte, en el Bajo Chaco los problemas crónicos surgirán debido a la extrema lentitud del drenaje natural del agua. En el Chaco Central las lluvias copiosas paralizan de inmediato los caminos de tierra y erosionan la frágil infraestructura vial.

A este panorama hídrico se suma la severidad de los hechos en los cauces principales. La crecida extraordinaria del río Paraná ya golpea con fuerza extrema el sur del país. En Ayolas, el nivel del cauce rozó los 6,50 metros, ya dejó más de 3000 personas damnificadas y obligó a la habilitación de refugios temporales y al rescate continuo de familias y ani­males en barrios anegados. Asimismo, en Ñeem­bucú, la situación es crítica en zonas como Cerrito, donde el avance del Paraná inundó gran parte del distrito, dejó comunidades enteras aisladas y escue­las clausuradas.

Jorge Sánchez, subdirector de Hidrología, detalla que, sobre el cauce principal del río Paraguay, con excepción de Pilar y Alberdi, los niveles hidromé­tricos actuales se encuentran todavía por debajo de los promedios normales para la época del año. En contraste, el río Paraná está por encima.

En Asunción, el impacto de El Niño amenaza con desencadenar consecuencias críticas en las zonas ribereñas y vulnerables de la capital. Infor­mes técnicos elaborados por el laboratorio GEOlab de la Agencia Espacial del Paraguay (AEP), citados por notas de Última Hora y Telefuturo, advierten mediante ensayos informáticos y superposición de imágenes satelitales que un escenario de inun­dación afectaría de forma directa a gran parte del Bañado Sur, incluyendo la zona de influencia del vertedero Cateura.

El estudio señala que los habituales rellenos precarios de terreno realizados por pobladores en estos sectores convierten a los bañados en fuentes adicionales de contaminación ambiental, frente a las crecidas y lluvias extraordinarias pronosticadas para el periodo.

Además de la lluvia

La situación no se puede reducir exclusivamente a la acumulación desmedida de agua o al volumen de las lluvias. Los especialistas en ciencia atmosférica enfatizan permanentemente que este fenómeno es, ante todo, una gigantesca inyección de energía desestabilizada en la atmósfera.

También debemos esperar sistemas de tormen­tas organizadas (sistemas convectivos a mesoesca­la) con lluvias intensas en lapsos breves, ráfagas de viento fuertes que pueden superar los 100 km/h en precipitaciones puntuales, granizo, alta frecuencia de descargas eléctricas y olas de calor con elevada humedad durante el verano, lo que elevaría consi­derablemente la sensación térmica.

Para mantener informada a la ciudadanía, la actualización de los boletines de alerta temprana de la Dirección de Meteorología se maneja a través de distintos niveles según el plazo establecido. Por un lado, las perspectivas climáticas estacionales se actualizan de forma mensual con proyecciones a tres meses; por otro, el pronóstico diario y a me­diano plazo se publica y actualiza entre dos y tres veces por jornada para un horizonte de tres a cinco días. Además, los avisos de tiempo severo o Nowcas­tings se emiten en tiempo real con actualizaciones continuas cada una a tres horas, de acuerdo con la lectura constante de radares, satélites y estaciones automáticas.

Aunque es un fenómeno natural que existe desde hace milenios, el calentamiento global actúa como un factor que altera sus impactos

Eduardo Mingo, director de Meteorología e Hidrología

Mingo pide a la ciudadanía mantenerse atenta a los avisos diarios en los canales oficiales de la Dirección de Meteorología. Están en la web (www.meteorologia.gov.py), en X (@DMH_paraguay) y en Facebook (Dirección de Meteorología e Hidrolo­gía-DMH) para reportes diarios y boletines de alerta, además de su perfil de Instagram (@dmh_paraguay) y su canal oficial de WhatsApp para el seguimiento en tiempo real de la situación. Además, pide evitar conductas de riesgo como cruzar raudales o arroyos crecidos, y asegurar techos y estructuras livianas por los vientos fuertes.

Ante este diagnóstico global y local, las adverten­cias de la Organización de las Naciones Unidas y de la comunidad científica internacional coinciden de manera unánime: hay que anticiparse, prepararse. La ciencia atmosférica y los organismos técnicos nacionales cumplieron su rol al encender las luces de alerta roja en los tableros de control estratégico.

“Es importante recordar que el clima es variable por naturaleza, pero los desastres se pueden pre­venir o mitigar. La meteorología cumple la función de diagnosticar y avisar a tiempo, pero la reducción del impacto depende del trabajo coordinado entre las instituciones de respuesta, los municipios y la propia comunidad”, sentencia.

El director insta a las autoridades de municipios, gobernaciones y la Secretaría de Emergencia Nacio­nal a prepararse con tiempo y utilizar la informa­ción como herramienta preventiva. “Debemos usar las proyecciones climáticas para la planificación de obras, el mantenimiento de cauces, los drenajes urbanos y la preparación de albergues o contingen­cias”, dice.

Sin dudas, el daño que va a ocasionar debería ser directamente proporcional a la voluntad política. El inmenso desafío consiste en determinar si el Estado, los gobiernos departamentales, los muni­cipios y los sectores más vulnerables de nuestra estructura social poseen realmente la capacidad de respuesta, los recursos y la organización necesaria para amortiguar el impacto de una bola de demo­lición climática que ya ha comenzado a golpear las puertas de nuestra región.

Pausa preparó una serie especial de cuatro entregas sobre el impacto del fenómeno de El Niño en nues­tro país. En la próxima edición, profundizaremos en términos de geología la vulnerabilidad de los suelos ante la saturación de agua y los planes de contingencia estatales frente a la crisis. ¡No te lo pierdas!

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