Inevitablemente artista
Él nunca tuvo opción: el arte siempre fue su camino. La música, su primer amor, es transversal a todo lo que hace —que no es poco—, desde intervenciones de cerámica y escultura hasta indumentaria y fotografía, pasando por diseño gráfico y producción. Para Carlos Ahner, las cartas estuvieron echadas desde el principio. Hoy vive su vida creativa sin reparos y le dedica cada respiro a realizar sus sueños. Esta semana materializa su amor por Asunción en una muestra fotográfica que homenajea sus monumentos, que se estrena en la Manzana de la Rivera justo para el cumpleaños de la Madre de Ciudades.
Por Patricia Luján Arévalos. Producción: Anabel Artaza. Fotografía: Fernando Franceschelli.
Un llamado a las artes. Eso es lo que Carlos Ahner sintió siempre, desde que tiene memoria, y respondió de todas las maneras que pudo abarcar. Dio sus primeros pasos en la música y, como cantante, sigue actuando hasta hoy, pero también pasó por la cerámica, el diseño de vestuario y joyas, y la fotografía.

En su faceta de intérprete entendió lo que significa abrirse a los demás: “Aprendí a perder la vergüenza para realizar todos los proyectos que pueda”. Esa libertad que vino con interactuar tan de cerca con la gente le permitió pensar más allá de los límites de cualquier tipo de timidez a la exposición personal y le animó a fusionar disciplinas más adelante. “La música es muy liberadora”, dice con la convicción de quien lo ha experimentado en piel propia.
“También pienso que, de todas las disciplinas que manejo, la música es la madre, la inspiración. A través de ella vamos creando. Escuchamos una canción y diseñamos, esculpimos, sacamos fotos”, agrega. Las notas son sus compañeras de noche y de día, en todo lo que hace.

Después vino la arcilla, específicamente de Areguá, donde encontró la cerámica que quiso intervenir. En este momento cita a la ceramista Carolina Noguera, de Tobatí, que una vez dijo que el barro quita la depresión. “Al tocar la tierra que vas a convertir en arte se van tus malas energías”, confiesa, “es terapéutico. Cada vez que trabajaba con eso me sentía distinto. Una parte de mí que me acompañaba siempre, ya no estaba”.
Y aunque su proceso con esta materia prima llegó a su fin (por ahora), la recuerda con mucho cariño. En especial por las conexiones que logró, como la amistad que entabló con Carolina y con quien tiene pendiente una exposición de querubines, una imagen que los conmueve a ambos. Tanto que fue la pieza base de su primera exposición individual, inspirada en el barroco hispano-guaraní: “De todo lo que nos dejaron tallado en las iglesias los franciscanos y jesuitas, a mí me llamaron la naturaleza, el dorado y los ángeles”. Con el tiempo, su curiosidad miró para otros horizontes, como el arte textil y el diseño de joyas que combinan texturas naturales con metal: realiza collares, broches, pendientes y tocados con fibras, semillas y frutos, de brillos cuidadosamente ubicados para resaltar esa dicotomía entre lo orgánico y las piedras.

Pyhare mimbi
Durante el 2021, Carlos alcanzó una edad significativa. Sus 25 años despertaron en él otro interés: el diseño de moda. “Para ese entonces, ya estaba cantando y pintando cerámica, entonces tenía un conocimiento bastante amplio de estas disciplinas. Me dije que a fin de año reuniría a mis amigos en casa para mostrarles todas las cosas que sé hacer”, recuerda.
Impresionado aún por el movimiento franciscano, pensó en trabajar con los angelitos de las artesanas de Areguá e intervenirlos con el dorado, color que ejerce una atracción casi hipnótica en él. Entonces decidió sublimar telas, crear prendas y recibirlos con una canción de ese periodo.

Todo cambió cuando su lista de invitados no dejó de crecer y una idea mayor ocupó su mente. El proyecto comenzó a escalar y terminó en la Casa Bicentenario Josefina Pla; pasó de cantar en solitario a convocar un coro; de una remera sublimada con un diseño propio, creó bordados para tres piezas distintas. Y todo, absolutamente todo, pasaba por él. Sin darse cuenta, empezó a producir un evento de dimensiones que no había considerado, que convocó prensa e invitados, y generó una conversación sobre lo que un joven con un sueño puede alcanzar.
La exposición contó con un diseño de experiencia que incluyó danza y juego de luces, y el público comprendió el potencial de Carlos Ahner al son de Ennio Morricone. El artista salió a saludar con una máscara puesta, pero no cualquiera, sino una de barro: la tierra que le sirvió de refugio se convirtió en su carta de presentación.

Esa primera experiencia individual se llamó Pyhare mimbi, un proyecto que abarcaría años de su vida, tres ediciones consecutivas y una cuarta en puertas para el 2027. Con cada entrega, la apuesta se renovaba en escenario y obras. Su trabajo estuvo en el café del Teatro Municipal Ignacio A. Pane y en el Museo Monseñor Juan Sinforiano Bogarín de la Catedral Metropolitana; su público trascendió a familiares y amigos para convocar a todo aquel interesado en el concepto refrescante de un nuevo artista.
Los sueños como norte
El próximo año, la “noche brillosa” (como a él le gusta traducir el nombre de su muestra) espera llegar al Cabildo durante Semana Santa. Sabe que es algo ambicioso, pero también que está en sus manos alcanzar la meta. Durante los cinco años que pasaron desde aquella noche en que Pyhare mimbi se abrió al mundo, Carlos se dedicó en cuerpo y alma a conseguir los recursos necesarios para concretar su visión.

Lo hizo sin apoyo institucional, ni de fundaciones, ni de mecenas. Tocó puertas, pidió favores y, sobre todo, trabajó. Su laburo particular fue el que hizo posible la puesta en marcha de su idea; gastó en sí lo esencial y destinó todo lo que le fue posible a hacer de cada edición un momento memorable para los asistentes, para lo cual consideró incluso brindis y materiales relacionados con lo que expuso en cada ocasión.
Ser artista no es fácil, y la multidisciplina es el requerimiento mínimo para ser notado en un país que, tristemente, invierte en cultura una ínfima parte de lo que se destina a asfalto, cemento y salarios de la misma gente de siempre.
La erosión del espíritu es real: “En el medio de la creación está la parte de la realidad, que es el plato de todos los días para los artistas paraguayos. Lo que digo no es novedad y desgasta un poco, más cuando no hay tampoco un equipo de producción que te ayude”.

Entonces, ¿qué queda? ¿Cómo se mantiene vivo el sueño cuando no hay suficiente? “Con la esperanza de que algún día va a cambiar”, dice Carlos sin dudar. Él cree que llegará un día en que las cosas dejen de ser tan difíciles y que encontrará el apoyo necesario para dedicarse por completo a crear. “Es algo que yo amo”, recalca, “trato de trabajar y ganar lo máximo posible para volver a invertir en esto, que a mí me da mucha felicidad. Paraguay se merece, nos merecemos que se exalte la cultura y que se vea que somos un país hermoso, que tenemos una gran historia”.
Hesa jo’a
En un nuevo esfuerzo creativo, Carlos Ahner despega la mirada del suelo para dirigirla al patrimonio del centro asunceno, su ciudad querida, de la que está tan orgulloso que le dedicó años de exploración. El nombre en guaraní (no podía ser de otra forma) habla de la superposición de capas que encuentran armonía en su composición.

Aporta una mirada contemporánea a lo que nos rodea porque, como él lo ve, los monumentos merecen mucha apreciación, valoración y cuidado. “Es nuestra historia. ¿Qué nos queda si ya no tenemos esto? ¿Qué vamos a recordar? ¿De dónde venimos si no sabemos dónde estamos? Es así de simple”, explica sobre su fijación con la arquitectura capitalina. La muestra abre sus puertas la noche del viernes 14 de agosto, en vísperas del aniversario 489 de Asunción, en el Centro Cultural de la Ciudad Carlos Colombino-Manzana de la Rivera. En total, hay 17 composiciones con imágenes capturadas entre 2023 y 2026, bajo la expografía y curaduría de la maestra Lourdes Franco Galli.
Hesa jo’a estará hasta el 31 de agosto, una invitación para reconectar con Asunción y con un espíritu creador y dedicado, que siempre tiene sed de más.




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