Arquitectura

Construcción en movimiento

Micelios, ¿la clave para un futuro sostenible?

¿Y si los materiales de construcción pudieran crecer en lugar de fabricarse? El micelio permite crear bloques ligeros, biodegradables y capaces de capturar carbono y transformar residuos en recursos. Esta innovación propone una arquitectura más responsable con el ambiente, con beneficios claros, desafíos actuales y un enorme potencial para el futuro.

Por Mariangel Meza, magíster en Arquitectura, especializada en accesibilidad, construcción sostenible y empleo verde. Para conocer las referencias bibliográficas utilizadas en este artículo, los interesados pueden contactar a la autora a través del correo mariangel.arquitectura@gmail.com. Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Hace más de 10 años, en el MoMA de Nueva York, apareció una torre de 13 metros que parecía haber brotado del suelo. No era un edificio común: era Hy-Fi, diseñado por David Benjamin del estudio The Living, como parte del Young Architects Program.

A diferencia de los edificios tradicionales, este no se construyó con ladrillos de arcilla ni cemento, sino que se cultivaron con tallos de maíz desechados y micelio, la red de filamentos parecida a raíces que forma las estructuras de los hongos.

Este fue el primer proyecto a gran escala que utilizó bloques de hongos, una técnica desarrollada por Ecovative en 2007 para embalajes y luego adaptada a la arquitectura.

Permitite imaginar por un momento un material que crece, se forma por sí solo en moldes, es ligero y aislante, y, al final de su vida, puede volver a la tierra sin dejar basura. En un mundo donde la construcción consume casi un tercio de la energía global y genera toneladas de CO₂, esta idea es revolucionaria. Es una arquitectura que no agota, sino que cuida: los edificios podrían tener huella ambiental cercana a cero e incluso llegar a ser “negativos” en carbono, al absorber más del que emiten.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Ejemplos inspiradores

Para entender esta revolución, hay que mirar debajo de nuestros pies. El protagonista no es el hongo que aparece en la superficie, sino el micelio, una red microscópica de filamentos que une y fortalece los materiales.

En construcción, el micelio funciona como pegamento natural; se alimenta de desechos agrícolas y forestales como paja, aserrín y cáñamo. Además, sus propiedades son sorprendentes: es ligero, más que el ladrillo común; su alta porosidad lo hace excelente aislante, como la lana de vidrio o el poliestireno; con técnicas como el prensado en caliente puede volverse tan firme como la madera o el corcho; y al final de su vida útil se convierte en compost, lo que elimina los escombros y residuos.

Estos casos no son solo una curiosidad de laboratorio. Hay proyectos concretos que muestran su potencial. Además de Hy-Fi, otro ejemplo es el Growing Pavilion en los Países Bajos, que utiliza micelio, madera, algodón y restos agrícolas. En los últimos años, algunos artistas han comenzado a experimentar con esta modalidad, como Eric Klarenbeek y Phil Ross, que incluso producen sillas, lámparas y calzados con el material, lo que demuestra que puede formar parte de nuestra vida cotidiana.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Cómo se construye con hongos

Este proceso puede parecer complejo, pero en realidad es muy parecido a cocinar. Todo comienza con la preparación de un inóculo, que funciona como la “masa madre” de pan: los hongos necesitan colonizar un sustrato (como paja, cáñamo o desechos agrícolas) y alimentarse de él para crecer y unir las fibras en un material sólido.

El proceso se desarrolla en tres etapas principales:
1. Se limpian y esterilizan los desechos orgánicos para evitar que otros organismos interfieran con el crecimiento del hongo.
2. Se introducen las esporas del hongo en el sustrato dentro de moldes. Durante varios días, el micelio crece “comiendo” el sustrato y forma una red que une todas las fibras. Así, toma la forma del molde.
3. Una vez que el bloque tiene la forma deseada, se somete a calor para detener el crecimiento del hongo y estabilizar el material. Eso logra que sea resistente y durable.

Por supuesto, es importante recordar que el tipo de hongo, las condiciones climáticas y otros factores influyen mucho en el resultado. Por eso, los experimentos locales son claves: lo que funciona en un contexto puede requerir ajustes en otro.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Ventajas y potencial ambiental

La construcción tradicional es una de las industrias que más dañan el planeta: consume enormes cantidades de energía, genera toneladas de gases que calientan la Tierra y produce montañas de residuos. Esto plantea una pregunta provocadora: ¿Y si pudiéramos usar organismos vivos en vez de materiales como cemento y plástico?

Los elementos biodegradables y orgánicos, como los hechos con micelio, pueden capturar carbono mientras crecen, lo que significa que un edificio tendría un impacto energético cercano a cero o incluso negativo. Es decir, este tipo de bioconstrucción, además de no contaminar, también ayudaría a mejorar el medioambiente.

Los hongos se alimentan de desechos agrícolas como paja, restos de maíz y caña, y transforman lo que normalmente sería basura en material de construcción útil.

En la producción industrial, estos ladrillos pueden generar hasta seis veces menos gases de efecto invernadero que materiales tradicionales como cemento y ladrillo de arcilla.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Además, almacenan carbono. Durante su crecimiento, los hongos absorben CO₂ y lo retienen en el bloque, lo que reduce la cantidad total de gases en la atmósfera. Algunos estudios estiman que esto disminuiría su huella hasta en un 60 %.

En otras palabras, las paredes podrían convertirse en pequeños depósitos de CO₂ y ayudar a frenar el cambio climático, mientras cumplen su función como aislamiento y estructura ligera. Construir con micelio no es solo innovador: es una manera concreta de hacer que los edificios trabajen a favor del planeta.

Retos y límites actuales

Aunque los ladrillos y paneles de micelio tienen muchas ventajas, todavía enfrentan algunos desafíos. Por ejemplo, la humedad puede hacer que el material absorba agua, lo que causaría que se encoja o deteriore si no se protege correctamente.

También hay limitaciones de tiempo y tamaño: necesita días o semanas para crecer, mientras que los materiales tradicionales se producen más rápido. Además, actualmente el micelio no es lo suficientemente fuerte para soportar grandes cargas, por lo que su uso principal se limita a aislantes o paneles que no sostienen peso.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Otro reto es la durabilidad en climas extremos, pues se descompone naturalmente, lo que es bueno cuando queremos que el material sea biodegradable, pero un problema si necesitamos que un edificio dure muchos años bajo lluvia o humedad constante.

Por esto, se requiere investigación continua que combine el trabajo de arquitectos, biólogos e ingenieros para mejorar su resistencia al agua y fuerza. Además, como aún no existen normas de construcción específicas, es importante que los investigadores compartan sus hallazgos y promuevan estas nuevas tecnologías para que se usen de manera segura y confiable.

El futuro de la arquitectura viva

Estamos entrando en la era de los “edificios que crecen”, y no es ciencia ficción. Arquitectos y científicos ya están explorando cómo los hongos y otros organismos pueden convertirse en material de construcción, al mezclar biología, diseño y tecnología. Proyectos como el Silk Pavilion, del MIT, tejido por gusanos de seda, o Aguahoja, que utiliza biopolímeros como la quitina (presente en hongos y crustáceos) para crear estructuras flexibles y resistentes, muestran que los edificios pueden adaptarse a su entorno de maneras sorprendentes.

En Paraguay, con nuestra biodiversidad y abundancia de residuos agrícolas, esta idea también podría tomar forma. Restos de yerba, caña, maíz y mandioca serían materiales de construcción sostenibles.

Imágenes: gentileza de Holcim Foundation.

Los arquitectos, en este nuevo contexto, no solo diseñan espacios bonitos: deciden el legado que dejamos. Las casas, escuelas y los edificios que diseñamos pueden influir en la vida de quienes los habitan y en la salud del planeta. Las paredes almacenarían carbono, ayudarían a mantener la temperatura interior sin necesidad de acondicionadores de aire e incluso se regenerarían cuando se desgastan.

Además, la micología arquitectónica no es solo para expertos. Se puede experimentar desde casa y en talleres, y aprender cómo se “teje” esta materia en bloques, paneles o incluso muebles. En Latinoamérica, existe el Manual de biofabricación con hongos, desarrollado en Chile por Aníbal Fuentes Palacios y Sebastián Rodríguez Jara con el fin de enseñar a crear materiales y objetos con especies nativas y restos agroforestales, con énfasis en aprender, probar, equivocarse y reintentar… igual que en la cocina.

¿Y Paraguay? ¿Qué tan lejos o cerca estamos de experimentar con estas técnicas? ¿Conocés a alguien que ya haya trabajado con hongos para crear materiales, objetos o soluciones de construcción? La realidad es que el futuro de la arquitectura está en nuestras manos y, con él, también el futuro de nuestro planeta

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