Nota de tapa

Arquitectas textiles

Carapeguá, punto de encuentro entre la artesanía y el reciclaje

Como antesala al Día de la Mujer Paraguaya, desde esta revista homenajeamos a las herederas y guardianas del tejido en Carapeguá y, con ellas, a todas las artesanas que a lo largo y ancho de nuestro territorio sostienen familias enteras con el fruto de sus manos. La maestra del arte ña Mirtha Orihuela y las representantes de la Asociación de Artesanas Cristina Pérez Da Silva, Petrona Miranda y Lidia Ramona Ferreira nos comparten los secretos de su oficio y la pasión por su técnica.

Por Laura Ruiz Díaz. Dirección de producción: Camila Riveros. Producción: Sandra Flecha. Fotografía y tratamiento de imagen: Amalia Rivas. Agradecimientos: Instituto Paraguayo de Artesanía.

Ña Mirtha inicia el día antes de las 5.00 de la mañana. En su casa-taller, que también es granja, ordena su universo: prepara su “canilla”, el dispositivo para acomodar los hilos, y limpia el espacio sagrado donde la creación es posible. Recién después de ese ritual, cuando el reloj marca las 6.30, se permite el primer respiro: cocido con leche y mbeju o chipa, combustible perfecto para manos que, desde los 14 años, no paran de tejer.

Además de ostentar el título de maestra artesana y de llevar medio siglo de oficio, ña Mirtha es la guardiana de una memoria casi extinta. Hija y nieta de artesanas, aprendió de su mamá, pero también de su tía abuela Marina, una mujer que vivió hasta los 100 años y tejía en un telar de “cuatro lisos”, que casi pereció con su partida.

Ese tejido, que permite dibujos complejos con base en una técnica milenaria, era caro, consumía mucho hilo. Con el tiempo, resultó más rentable hacer las hamacas y caminos de mesa más sencillos y baratos que luego inundaron el mercado. Cuando la tía Marina falleció, el saber del cuatro lisos se fue con ella.

O al menos eso creyeron hasta que llegó la pandemia. En medio del silencio y la pausa global, ña Mirtha miró a su hija y le dijo: “Vamos a hacer otra vez ese cuatro lisos, a ver qué pasa”. Así, a pura memoria muscular y resiliencia, recordó las enseñanzas de su tía abuela, montó el telar y, para su sorpresa, el dibujo volvió a aparecer entre los hilos. Y siguen produciendo desde entonces.

Hoy, su taller en la compañía Espartillar es una parada obligatoria en la Ruta de la Artesanía. Además de adquirir sus productos, también es posible detenerse por un desayuno, almuerzo o simplemente un buen tereré para apaciguar el calor abrasador.

A casa de ña Mirtha llegan turistas de España, Francia, Alemania e incluso de la lejana Alaska. Avisan con varios días de anticipación y coordinan con un guía, para desayunar un auténtico cocido con leche o almorzar un guiso típico paraguayo, rodeados de telares en funcionamiento. “Me gustó muchísimo”, dice sobre el intercambio cultural, a la sombra de su patio en Espartillar. Sin embargo, el camino ha sido cuesta arriba. De todo Carapeguá, donde el 80 % de la gente se dedica a este oficio, solo cuatro saben tejer en cuatro lisos: ña Mirtha, su hija, su hijo y una señora que se acercó a estudiar la técnica. “Somos las últimas”, confiesa con una mezcla de orgullo y preocupación: “La gente no quiere aprender porque es difícil, hay que estar atentos a los dibujos, cuidar… no es fácil”. El saber, valioso pero complejo, se resiste a ser transmitido.

Consciente de que la batalla es colectiva, ña Mirtha Orihuela es la presidenta del comité San Ramón, que agrupa a 22 artesanas de la zona. Con el apoyo del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) y la visibilidad que ha dado la nueva administración, han logrado lo que antes parecía imposible: que se aprecie el trabajo. «Antes poco se vendía, ahora muchísimo. Se valora y se compra», dice con satisfacción. Su prestigio ha cruzado fronteras: sus piezas llegaron a ferias de Argentina, Brasil y Bolivia.

“Por este producto de cuatro lisos nadie me baja el precio. No puedo hacer más barato por el costo y el esfuerzo que lleva”, asegura al responder la pregunta de cómo reaccionan los clientes cuando valoriza su trabajo. Ella, como nosotros, aprendió con el tiempo que sus manos son muy poderosas.

Afuera, el sol del departamento de Paraguarí ya ilumina nuestro camino con fuerza. Adentro, el sonido rítmico del telar de ña Mirtha marca el pulso de una historia que se niega a desaparecer. Así, cerramos la tranquera de su kokue para pasar a visitar a las demás entrevistadas.

El nido de las tejedoras

El horno del verano paraguayo aún no ha alcanzado su máximo esplendor, pero en el fondo del patio varias generaciones de mujeres se reúnen alrededor del telar. El trabajo ya lleva horas de ventaja. Aquí, en este rincón de Carapeguá que Cristina llama “nuestro nidito”, el calor se combate madrugando. A las 5.00 de la mañana, cuando el fresco aún lo permite, las manos se ponen en movimiento.

Cristina Pérez Da Silva tiene 32 años y una certeza en la sangre: el tejido es herencia que se honra. “Mi bisabuela empezó con todo esto”, nos cuenta con orgullo mientras sus dedos repasan los nudos de un telar. “Va por generación. Mi abuela me enseñó a comenzar por el telar grande, el de 1,70 m de ancho y 2,40 m de largo”, recuerda.

Lo que hace especial a su trabajo no es solo la paciencia que requiere dominar esas dimensiones, sino el origen de la materia prima. Todo es reciclado. Todo. Cristina y su mamá, Saturnina Da Silva, compran retazos de tela de la fábrica y los transforman (antes se regalaban esos recortes, porque eran considerados desechos, ahora ya no). Los cortan en tiras de medidas exactas, los atan y tensan uno por uno, y luego, ayudadas por una tacuarilla, los introducen en la urdimbre del telar.

En este oficio, el tiempo es relativo. Mientras algunas de sus vecinas se especializan en piezas pequeñas, Cristina prefiere los grandes formatos. Una alfombra de mayores dimensiones le lleva dos días enteros de trabajo a ella y a su mamá. El proceso implica idear, crear y también lidiar con la escasez. “Los colores rojo, amarillo y azul son los que más faltan. Hay momentos en que la tela no aparece y eso nos retrasa”, explica.

Pero no todo es dificultad. Cristina encuentra en el telar una terapia, un espacio de paz. “En cada color que hacés, cada tejido, se va un poquito de nosotros: un poquito de creatividad, tranquilidad… Te saca el estrés, el cansancio… El amor por la tela es increíble”, confiesa con una sonrisa luminosa que nos hace olvidar la hora y el calor.

Ese amor, sin embargo, choca a menudo con una realidad dura: la del mercado. Si hay algo que cansa más que tejer bajo el sol de enero, es escuchar el plagueo por el costo. “La mayor experiencia que tenemos es el reclamo del precio”, afirma sin rodeos.

Piezas chicas, como portatererés, cuestan en ferias desde G. 10.000, y escalan según el tamaño. Pero la ecuación es simple para Cristina: “No podemos minimizar nuestra creación. Lleva tiempo, sacrificio”. Las ventas tienen su propia geografía y calendario. Diciembre es la salvación, la “salida laboral rápida”. En cambio, en enero y febrero hay sequía económica, el bolsillo de la gente está ajustado y las ferias se vacían.

Cuando tiene la oportunidad de representar a su asociación en eventos grandes, como la feria de diciembre en el Puerto de Asunción, ella absorbe todo como una esponja. Fue la primera vez que salió de su “zona de confort”, como dice, y volvió llena de aprendizajes, de contacto con otras artesanas y nuevas técnicas.

La Asociación de Artesanas de Carapeguá es su otra familia. Está compuesta por 33 miembros, todos dedicados al textil. La presidenta es Alejandra Brítez, una mujer muy activa que no pudo estar presente para esta nota por razones de fuerza mayor. El tejido de la organización, como el del telar, requiere que cada hilo cumpla su función, incluso desde la distancia.

En el fondo, lo que Cristina quiere decirle al mundo es sencillo y profundo a la vez. Mientras juega con un pedazo de tela que pronto será alfombra o individual, suelta su último deseo para esta crónica: “Que valoren nuestro trabajo, es todo lo que pido”. Habla de un oficio que permite a madres solas como ella criar a sus hijos, en su caso un adolescente de 15 años al que en las vacaciones de tres meses también le enseña el telar “para que haga su platita”. “Un estudiante tiene que llevar el rol de siempre y nunca olvidarse de sus raíces”, sentencia.

Ramona Ferreira, su vecina y compañera, no recuerda la fecha exacta en que empezó, pero su memoria guarda con nitidez el olor de las telas, el cansancio en sus brazos de niña y el sabor amargo de una promesa incumplida que, paradójicamente, terminó por forjar su destino. Su historia comenzó con su madre, una concepcionera que llegó a Carapeguá de jovencita y aprendió el oficio mirando a sus vecinos. No traía la herencia en la sangre, pero supo sembrarla en sus hijos. En aquellos años de escasez, cuando “no había plata” y el recreo escolar era un lujo, Ramona ya aprendía las primeras lecciones de supervivencia. Su mamá seleccionaba las telas con mano dura, reservaba las mejores para la venta y desechaba los retazos pequeños.

Pero Ramona —Lachi, para las amigas— recogía esos “pedazos chiquitos”, los cortaba, los ataba en bolitas y se los vendía a una señora llamada Marta. Así juntaba para su recreo. Ya entonces, sin saberlo, practicaba la economía circular que hoy define su oficio. Pero el motor que la impulsó a dominar el telar fue otro: el sueño de sus 15 años. Con la ilusión a flor de piel, le pidió a su madre que le enseñara a tejer para juntar el dinero de la fiesta. El primer día fue una revelación: cansaba mucho más de lo que parecía. “Terminé la primera colcha en una semana. Para mí era un récord”, recuerda con una mezcla de orgullo y ternura. Su mamá se reía al ver a su hija desplazándose con dificultad de un extremo al otro, estirándose para alcanzar, haciendo un esfuerzo doble por su tamaño. Pero Lachi no se rindió.
La práctica la volvió ágil, y la urgencia de su sueño la convirtió en una máquina: a los 14 años tejía cuatro colchas en un solo día. “Me apuraba, quería mi quinceaños”, dice con una sonrisa. Ese esfuerzo titánico le permitió juntar el dinero para comprar el chanchito para su fiesta. Pero la vida, a veces, teje tramas más complejas. Una razón dolorosa la obligó a irse a Asunción justo cuando el sueño estaba a punto de cumplirse. Los 15 no se festejaron. Regresó un año después. Y volvió a lo único que conocía: el telar. Y desde esa época sigue trabajando.

Hoy es viuda, madre de tres varones —Moisés (19), Víctor Isaías (15) y el pequeño Paulo (6)— y sostén de su hogar. Su casa, como la de tantas artesanas, es también su taller. El más chico ya empieza a hacer las “pelotitas” de tela, y aunque el corte aún le sale mal, las bolitas le quedan “divinamente”, con las características precisas: duras, perfectas. El de 15 también sabe tejer. El mayor, futbolista, ya no le dedica tanto tiempo porque el deporte le exige, pero corta y ata si hace falta. Además, “maneja totalmente la casa”. Ramona sonríe al hablar de ellos. Son su orgullo y su equipo.

Pero el día a día no es fácil. Para esquivar la competencia feroz y los precios bajos que imperan en Carapeguá, se convierte en macatera: viaja y vende sus piezas donde se valoren más. Sabe que muchos, “por desesperación, regalan su trabajo”, pero ella se niega. “Ofrezco calidad. Ahí está la diferencia”, sentencia. Eso le da clientes fieles.

“¿Algún mensaje?”, decimos, como siempre, para cerrar la entrevista. Y el pedido se repite en cada parada: “Que la gente venga a visitarnos, vean nuestro trabajo y no regateen tanto”. Lachi habla de jornadas en las que se sacan 20 o 30 piezas y ganan 100.000 guaraníes, que deben alcanzar para cuatro personas, luz, agua, comida, ropa, estudios. Y lanza un ruego directo a quienes consumen artesanía: “Cuando salimos en la tele o las revistas la gente nos conoce, pero después compran de los revendedores. Los productores comercializamos a muy bajo costo. Compren de nosotros”, remarca.

Ramona Ferreira, que tejió cuatro colchas en un día para comprar un sueño que no pudo ser, hoy teje el futuro de sus tres hijos. Y en cada nudo, en cada trama de colores reciclados, va un pedazo de esa historia: la de una mujer perseverante, que encontró en el telar no solo un oficio, sino la libertad de estar con los suyos.

Petrona Miranda ya está frente a su telar a las 6.30. A las 15.30, cuando el sol empieza a ceder, habrá tejido 30 portatererés. Pero la jornada no termina ahí. Luego viene el trabajo para el trabajo: cortar la tela, atar las tiras, formar las pelotitas que mañana volverán a convertirse en tejido: 10 de ellas para 20 portatererés; 15 para 30. A las 23.00, cuando el pueblo duerme, ella sigue. De 7.00 a 23.00. Ese es su ritmo.

Tiene 42 años y empezó a tejer a los 10, en su casa; le enseñó su madre. “Chembo’e la che sy”, dice en guaraní, con una mezcla de orgullo y buen humor que atraviesa todo su relato, bien condimentado con los chistes que tan bien hace. Su madre sigue viva, trabajando. Ya no teje, pero corta y ata. Su tío también se dedica al oficio, él produce las frazadas grandes. “Todito, todito, todito es en familia”, resume. Porque acá, en este rincón de Carapegua, el telar es un asunto de herencia.

A lo largo de los años, Petrona vio evolucionar el mercado; antes no se valoraba tanto. Ahora, dice, “se quiere un poquito más”. Pero ese “más” es relativo. Lo que ella da por G. 7.000 en Carapeguá, otros lo llevan a Asunción y venden a G. 15.000. Los revendedores compran barato, venden caro. Ellas, las que ponen el cuerpo, madrugan y trasnochan, se quedan con la parte más dura de la ecuación. “Apenas rovendé”, dice con resignación. Es mamá de dos hijos, uno de 23, futbolista, y otro de 5, que va a la escuela. El mayor vive con ella y ayuda en lo que puede. El pequeño va a estudiar y luego vuelve a casa, donde su madre teje mientras cocina, mientras atiende, mientras vive. Porque vivir, para Petrona, es eso: encontrar espacio en medio del trabajo.

Ahora tiene pedidos: 10 juegos de individuales. Cada uno trae seis unidades y un caminero, a tres pares por día. La cuenta es sencilla y agotadora a la vez. Son 18 individuales diarios, 10 pelotitas por 20 unidades; 15, por 30. Once de la noche. Siete de la mañana. Así, sin pausa.

En medio de esa rutina implacable, también hay espacio para la amargura. Petrona habla de una injusticia reciente, con la prudencia de quien no quiere dar nombres pero necesita desahogarse. Alguien que no trabaja, que no teje, que no se esfuerza, recibió un apoyo —una licitación— que ellas, las que se esmeran, no obtuvieron. “Ha’e ko ndorekói la culpa”, dice por la persona beneficiada. Pero la herida está.

Su pedido final es simple y profundo: que la gente valore su esfuerzo. “Que vengan a ver cómo trabajamos cada día, que aprecien nuestro producto”, remarca. A ella, como a sus compañeras, le gustaría que quien compre sepa que detrás de cada portatereré hay una mujer que empezó a las 7.00 y terminó a las 23.00; que tuvo que dejar de hacer otras cosas para cumplir con el pedido; que vive gracias a sus manos.

“Kóa la oremantené”, sentencia. Las manos nos mantienen. Y en esa frase cabe toda la dignidad de Petrona Miranda y de las miles de artesanas que, como ella, tejen su vida día tras día, hilo tras hilo, pelotita tras pelotita. Esta segunda y última parada con tres testimonios del viaje a Carapeguá nos deja una lección: lo más valioso se construye con sostenibilidad, paciencia y la memoria de las abuelas. Y desde esta redacción pedimos encarecidamente: ¡Ya no regateemos a las artesanas!

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