El hombre que el río devolvió
Cinco décadas después de ser secuestrado en Formosa; torturado en el Regimiento de Monte 29; cruzado, sedado y envuelto en frazadas en el maletero de un Mercedes Benz hacia el infierno del Departamento de Investigaciones de Stroessner comandado por Pastor Coronel, el caso de Domingo Guzmán Rolón Centurión llegó a juicio oral. Su testimonio, desde más allá de la muerte, acusa a los últimos torturadores vivos de un sistema represivo que no entendía de fronteras. Esta es la crónica de un viaje que continúa en búsqueda de justicia.
Por Laura Ruiz Díaz. Fotografías: Iván Agüero y Laura Ruiz Díaz.
Este año se cumplen 50 veranos desde que Domingo Guzmán Rolón Centurión, un muchacho con ojos de guitarra y manos campesinas, cruzó el río por segunda vez, no en una canoa de sueños, sino en el vientre metálico de un automóvil, envuelto en frazadas que olían a orín y miedo.
Casi medio siglo después, los jueces Fabián Escobar, Carlos Hermosilla y Juan Pablo Mendoza escuchan los ecos de aquel viaje, en una sala que huele a desinfectante y los cuerpos nerviosos de quienes son carcomidos por la culpa. La historia de Domingo se levanta como un espectro impertinente y reclama su porción de justicia en un país que aún prefiere mirar al río antes que al fondo de sus aguas turbias.
Domingo, se decía en San Ignacio, nació con el alma musical y rebelde de los Rolón. Su familia, arraigada en la tierra colorada de Misiones, integró las Ligas Agrarias Cristianas. Eso, en tiempos del General que hoy ciertos intelectuales reivindican con tanto afán, era una condena de muerte escrita con tinta indeleble en los registros del miedo. A los 19 años, cuando otros jóvenes pensaban en amores de verano, él enfrentó el exilio. Se fue a Buenos Aires en el 74 y llevó toda su identidad en un puñado de documentos falsos. Mientras tanto, la sombra larga y silenciosa de Alfredo Stroessner se extendía hasta los cafés de Constitución donde se reunían los paraguayos errantes que soñaban desde lejos con una patria nueva.

En uno de esos cafés, entre humo de cigarrillos y el rumor de noticias clandestinas, supo de la Pascua Dolorosa del 76. La policía política, esa bestia sin nombre dirigida por Pastor Coronel, había barrido San Ignacio con toda su familia. Martín, el hermano que tenía su misma sonrisa tímida, desapareció en la nebulosa del terror y ya nunca más se supo de él, salvo que quedó en la lista de los 440 desaparecidos. Según dicen, fue entonces que llegó el mensaje, tortuoso y perverso, como un río que fluye al revés: Coronel ofrecía canjear la libertad de los suyos por la entrega de Domingo.
Así empezó el viaje de retorno, un viaje que ya era, aunque él no lo supiera, un descenso al infierno. Cruzó a Paraguay con sus papeles de mentira, un joven flaco y decidido que creía aún en negociar. Pero los amigos, aquellos que aprendieron a oler la traición en el aire, le aconsejaron desistir. La rendición, le dijeron con los ojos llenos de sombras, no era un trueque, sino una trampa para cazar al último Rolón suelto.
Domingo, con un nudo en la garganta, dio media vuelta. Pero el 14 de octubre de 1976, en Puerto Pilcomayo, la Gendarmería argentina lo atrapó. Solo era un joven con documentos apócrifos, un trámite menor, hasta que los teléfonos del Plan Cóndor comenzaron a zumbar.
Inteligencia transnacional
Las fuerzas de uno y otro lado del río hablaban el mismo idioma del horror. Desde Asunción enviaron, con la presteza de quien entrega un recibo, una copia de su cédula verdadera. Esa imagen fue su sentencia. Lo trasladaron al Regimiento de Monte 29, en Formosa. Allí, durante dos meses que se estiraron como siglos en la oscuridad, lo interrogaron voces con acento chileno, paraguayo y argentino.
Era el coro multinacional del Cóndor, una campaña de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el respaldo del Gobierno de Estados Unidos, que incluía operaciones de inteligencia y el asesinato de opositores en todo el continente.
El 2 de diciembre de 1976, le dijeron que lo liberarían. La alerta fue superior: muchas veces era la excusa para no volver jamás, como tantos otros. Le vendaron los ojos con un trapo áspero, lo subieron a una camioneta y, después de un viaje cuyo rumbo solo adivinaba por el vaivén, lo introdujeron, envuelto como un fardo en una frazada, bien al estilo hollywoodense, en el baúl de un Mercedes Benz.

El auto, elegante y funerario, cruzó el río Paraguay bien cerca de la desembocadura del Pilcomayo, sobre una balsa. Domingo, aturdido por alguna droga amarga, sintió el crujido de la madera bajo las ruedas y supo, con una certeza visceral, que volvía a su país. Por primera vez, la perspectiva de pisar su tierra no le trajo felicidad.
El Departamento de Investigaciones de Asunción, en la calle Presidente Franco, hedía a humedad y terror. Allí, en la oficina donde se tomaban datos y fotos a los condenados, comenzó el verdadero calvario. La primera noche la presidieron dos hombres cuyos nombres quedarían grabados a fuego en su memoria: Fortunato Lorenzo Laspina, de quien se murmuraba que hacía comer excremento a sus víctimas, y Manuel Crescencio Alcaraz, el supuesto dactilógrafo que 50 años después afirmaría ante el tribunal ser de signo zodiacal Virgo y, por tanto, honesto por naturaleza. Es el mismo que rió a carcajadas ante la mención de la escatofagia por parte de la fiscalía.
Lo llevaron a la pileta, la “bienvenida”. No era una piscina, sino una tina de metal llena de agua sucia y pestilente. “La pileteada”, la llamaban. Lo sumergían una y otra vez, hasta el límite del ahogo, hasta que los pulmones le ardían como brasas. Luego venían los golpes con el tejuruguái (el látigo de cuero predilecto de los “investigadores”) y la picana eléctrica, aplicada con meticulosidad sádica. Todo para que confesara su pertenencia a Las Ligas Agrarias Cristianas o la OPM (la Organización Político Militar u Organización Primero de Marzo). Pero no paraban luego de encontrar la información deseada.

El tormento no era solo físico: lo engrillaron en un rincón de esa oficina y lo sentaron en el suelo, detrás de la puerta, convertido en un mueble más del horror. Allí, durante un año exacto, fue testigo mudo y encadenado del desfile de condenados. Vio pasar a Agustín Goiburú, Dora Marta Landi, Cástulo Vera Báez, con sus miradas vacías, y escuchó sus gemidos ahogados. No le permitían ir al baño; tenía que hacer sus necesidades allí mismo, en el suelo que compartía con sus grilletes. La comida era un potaje inmundo que, según testificó luego un compañero, “ni los cerdos comerían”.
Eusebio Torres estaba siempre presente, el policía de carrera, el especialista. No solo golpeaba con el tejuruguái, al que llamaba “Constitución”, o hacía saltar en cuclillas a las víctimas hasta que caían exhaustas; su arma más fina era la palabra: se inclinaba sobre el encadenado y le susurraba, con calma aterradora, que lo mataría, que ya mató a su familia y su hermano Martín estaba muerto en una fosa sin nombre.

Domingo, sin noticias ciertas, vivía en la zozobra perpetua. Un infierno psicológico que, años después, los informes del Ministerio de Salud Pública diagnosticaron con “múltiples secuelas psicológicas indelebles”.
Finalmente, en agosto de 1978, Domingo fingió una enfermedad mental para salir del Penal de Emboscada. La libertad fue otra prisión: durante 11 años se presentó cada semana a firmar un libro en la comisaría, un recordatorio constante de que el ojo del poder nunca parpadea. Huyó a Buenos Aires. Fue localizado. Regresó.
Denunció su calvario ante la Cruz Roja y el Estado paraguayo, que eventualmente le dio una indemnización tardía. Se hizo empleado de la Defensoría del Pueblo y luego trabajó en la Comisión de Verdad y Justicia, buscando para otros lo que a él le costaba tanto encontrar: un eco de justicia.
A las pruebas me remito
Cuando existe, la justicia se construye con papeles. En juicio, la fiscala Sonia Sanguinés, de la Unidad Especializada de Derechos Humanos, fue desplegando sobre el banquillo los documentos del Archivo del Terror como quien exhuma pruebas de un crimen perfecto. La ficha n.° 0143F-0471 detallaba su traslado ilegal desde Formosa. Las fichas n.° 0143F-1118, 1119 y 1120 certificaban su ingreso al Departamento de Investigaciones. La declaración indagatoria extraída bajo tortura. El informe n.° 0143F-1121 trataba sobre su liberación.
El juicio oral empezó el 3 de noviembre del 2025. Domingo ya no estaba, falleció el 20 de mayo de 2024, a los 67 años; se llevó en el cuerpo las marcas de los hierros, y en el alma, el eco de las amenazas. De los 10 originalmente acusados, cinco murieron, dos están prófugos y solo tres enfrentan el banquillo: Laspina, Torres y Alcaraz.

En la sala, Jorge Rolón Luna habló de las funciones siniestras de Laspina y Torres, registradas por la Comisión de Verdad y Justicia. Eulalia Leguizamón, hermana de otro preso, se quebró al recordar a su hermano sordo por los “telefonazos” de Torres. “Ipo pohýi la Eusebio Torres”, le decía mientras se señalaba las orejas.
El doctor Carlos Casco describió la pileta, los “preaprietes” de Alcaraz y cómo vio las marcas en el cuerpo de Domingo en Emboscada. Y dejó caer, como un epitafio, el nombre de Mario Arzamendia, el repartidor de Sendero que murió ante sus ojos después de una sesión de tortura y un sedante aplicado por Alcaraz.
Los acusados negaron todo, como era previsible. Alcaraz, el dactilógrafo, dijo que solo transcribía, que nunca vio ni oyó nada, que en lo de la tortura había “algo de fantasía”. Dijo, con una soberbia que heló la sangre, que gracias a su trabajo hoy existen los Archivos del Terror que lo condenan. En los alegatos finales, la fiscala Sanguinés pidió 25 años para Alcaraz, y 30 para Laspina y Torres. Las defensas hablaron de prescripción, excesos y órdenes superiores.

La esperanza de la justicia
Mientras los jueces deliberan, la viuda de Domingo, María Luisa Delgado, asiste a cada sesión. Espera, dice, “escuchar la sentencia dictada por los jueces”, que se nombre al difunto, que su lucha no haya sido en vano. En los pasillos del Palacio de Justicia, los sobrevivientes Guillermina Kanonnikoff, Raúl Monte Domecq, Teresita López Bocio y Celsa Ramírez intercambian miradas. Saben que el juicio no es solo por Domingo, sino por todos los que pasaron por la pileta, el tejuruguái y el baúl del Mercedes Benz.
Sí, 50 años después, la historia de Domingo Guzmán Rolón Centurión es un espejo roto donde Paraguay puede ver, si se atreve, los jirones de su propia memoria. Es la crónica de un muchacho que salió huyendo del miedo y regresó para enfrentarlo; que fue torturado en dos países por una maquinaria represiva que no conocía banderas y que, desde la tumba, sigue exigiendo que se sepa la verdad, para que estos hechos no se vuelvan a repetir. Un recordatorio de que nuestro río no solo lleva agua, sino también historias de dolor que, tarde o temprano, afloran a la orilla y piden justicia antes de que el tiempo las lleve para siempre al olvido.





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