El payé correntino que conquista el mundo
“Corrientes tiene payé”, dice un chamamé, y se refiere al magnetismo, encanto o hechizo especial que esa provincia del litoral ofrece a sus visitantes. El sentimiento quedó inmortalizado en el famoso poema de Osvaldo Sosa Cordero y la canción del mismo nombre, popularizada por Los de Imaguaré y otros artistas. ¿Será el monte? ¿El Paraná y su fuerza indomable? ¿La gente? Lo cierto es que el nordeste argentino tiene su magia, y acá te contamos la historia de uno de sus hijos, que hoy se presenta al mundo con su identidad bien puesta.
Por Laura Ruiz Díaz. Dirección de arte y producción: Camila Riveros. Asistente de producción: Pamela Pistilli. Fotografía: Javier Valdez. Agradecimientos: Josefina Otero, Gran Hotel del Paraguay. Maquillaje y peinado: Carmen Etsuko. Camisa de lienzo: Fauvè. Prendas: Shigeyuki.
“Qué tienes, mi tierra roja, que a todas partes te llevo, que por más que ande caminos me sigues con tu misterio”, decía el gran músico del nordeste argentino Ramón Ayala. Y Gastón Ybalo se llevó un pedacito de su amado litoral y la identidad guaraní hablante al viejo continente. Hoy, años después, no dice niño ni chico, sino “gurí”; no usa chancletas ni zapatillas, sino “ojotas”; y mantiene la pronunciación característica de la erre con mucho orgullo.
En su contenido, amalgama una serie de elementos relacionados con su identidad. La moda es un pilar muy importante, claro está, pero también lo es su lugar de origen, que reivindica en cada uno de sus videos, especialmente en lo lingüístico. En varios de ellos habla en un guaraní correntino que a los paraguayos nos genera inmensa curiosidad. Con su encanto, carisma y tonada litoraleña, logró números importantes en TikTok e Instagram: superó el medio millón de seguidores en ambas cuentas.
Pero queremos que experimentes su encanto de primera mano. Hoy conocemos a Gastón Ybalo, novísimo ícono correntino de la moda, que salió hace no muchos años de Tabay (Corrientes) —tava’i en guaraní— y ya conquista pasarelas europeas.

Gastón, llevás la cultura guaraní en tu ADN y en tu voz. ¿Cómo creés que esa herencia influye en tu manera de entender la estética y la belleza?
– La cultura guaraní no es algo en lo que piense, sino lo que siento y vivo; con lo que crecí y me crié. Está en mí: en la forma de mirar, moverme y elegir. Lo simple puede ser profundamente poderoso, y lo auténtico no necesita pedir permiso: cuando uno es quien es, ya se nota, sin necesidad de cosas extravagantes. Esto influye en cómo entiendo la moda y la imagen. Para mí, vestirse no es disfrazarse, sino habitar un cuerpo con identidad. Es mi día a día, mi forma de ser. Valoro las texturas, lo orgánico, lo que tiene historia, lo hecho con intención. En cuanto a mis raíces y cómo me crié, hay una conexión fuerte con la tierra, lo natural, el tiempo lento. La belleza real nace cuando hay coherencia entre lo que sos, lo que sentís y lo que mostrás. Es más importante quién sos para ser único y diferente.
El guaraní es un idioma conectado con la tierra. ¿Hay alguna palabra o concepto que defina tu filosofía de vida actual?
– Hay una expresión que me encanta: “ñande reko”, que es como un modo de vivir, una forma de ser. Tener equilibrio entre no consumir tanto y buscar tu identidad lo resume. Es más que nada elegir con conciencia, crear desde la verdad y caminar sin desconectarse del origen, ¿viste? Incluso si estoy en un espacio donde todo parece ir rápido y ser superficial, ñande reko me recuerda que el verdadero lujo es seguir alineado con tu identidad, honrar de dónde venís mientras construís a dónde vas.
Siempre trato de decirles a las otras personas que no se fijen tanto en el consumismo, ni en el éxito instantáneo o el lujo barato, porque el verdadero lujo está en lo hecho a mano, en lo cultural, lo tradicional. Al comprar una pieza artesanal, adquirís algo único, porque no va a ser igual a otra, al no estar creada por máquinas.

En el mundo globalizado de la moda, hablar tu lengua materna, ¿es tu “superpoder” para diferenciarte? Al llegar a un entorno cosmopolita, ¿sentiste alguna vez la necesidad de ocultarla para encajar o siempre fue tu carta de presentación?
– Hoy en día lo siento como un superpoder, porque me dio la posibilidad de catapultar mi carrera como modelo y en redes sociales. Pero claramente no siempre fue así. Existe ese sentimiento que te hace pensar: «Tal vez me neutralizo, bajo el volumen de mi origen o suavizo mi acento para poder encajar».
Con el tiempo entendí que si ocultás tu lengua, ocultás tu mirada. En moda no hacen falta más copias, sino más voces. El hablar guaraní y llevarlo conmigo, incluso cuando no lo pronuncio, define mi ritmo, sensibilidad y mi forma de nombrar el mundo.
Entonces, ¿sentís que su uso en tus plataformas ayuda a derribar prejuicios sobre la juventud guaraní hablante?
– Sí, totalmente. Para mí es una gran responsabilidad mostrar el guaraní. Publicar en plataformas como Instagram, que son superglobales, ayuda a romper esas ideas ya instaladas de que solo pertenece al pasado, al campo o a ciertos sectores.
Cuando un joven guaraní hablante se ve representado en espacios como la moda, la estética o una conversación global, esa idea se acomoda. Sirve para que una persona deje de ocultar su lengua, se sienta más orgullosa y se anime a ocupar espacios donde antes no se sentía invitada, ¿viste?

¿Cómo fue ese primer choque cultural al pasar de tus raíces a las pasarelas y los flashes de la alta moda?
– Obviamente fue un choque muy fuerte, silencioso y también interno. No tanto por el brillo de las pasarelas, sino porque me hacía una pregunta constantemente: “¿Será que me van a dar esta oportunidad con la forma que yo soy?”.
Donde me crié, la sociedad es más colectiva, uno piensa mucho en los demás… Qué sé yo, piensa “cómo estará mi vecina” o en ayudar… Si se te queda el auto y hay que empujar, va a venir todo el barrio a empujar. Es mucho más colectivo, más simple. Y entrar en un mundo que a veces parece superficial, donde la imagen importa un montón y hay egos enormes y mucha velocidad, como que te descoloca.
Al principio mirás y observás; aprendés los códigos, cómo se manejan, cómo son las cosas que hacen. Obviamente hay una sensación de desarraigo enorme, como si nuestro tiempo interno no coincidiera con ese mundo, ¿viste? Es un choque grande.
Pero con el tiempo entendí que no tenía que elegir entre uno u otro, mi raíz no era un peso, sino más como un contrapeso, ¿entendés? Eso me permitió no perderme en el ruido ni creerme el personaje. Hoy camino yo las pasarelas con la misma conciencia con la que ando mi origen: consciente de que el brillo es momentáneo.
Esto de la fama y el reconocimiento como que es más momentáneo, pero la identidad es lo que uno sostiene cuando se apagan las luces. O sea, ¿quién sos una vez que nadie te ve? Eso es lo que hay que seguir manteniendo para no caer en la locura.
Mucho nos hablás sobre lo artesanal y lo ancestral como una posibilidad a la hora de elegir qué vestir. ¿Creés que la moda finalmente está aprendiendo a respetar y valorar las culturas que antes eran silenciadas?
– Hoy en día hay un interés real por lo artesanal, lo ancestral, y eso ya es un cambio muy importante. Ahora, la diferencia clave está en cómo se hace. Valorar no es solo usar una estética, es entender el origen, respetar los tiempos, reconocer la raíz y generar un intercambio justo. O sea, valorar lo que hacen las comunidades nativas.
Yo soy superoptimista, pero también crítico, ¿viste? La moda tiene una oportunidad enorme de saldar una deuda histórica: migrar de la apropiación a la colaboración. Colaborar, o pasar del silencio a la voz compartida.

Y desde tu experiencia, ¿de qué manera la mirada de alguien que viene de “afuera” enriquece el proceso creativo de los diseñadores con los que trabajás?
– Creo que venir de afuera te da algo que no se aprende en ninguna escuela. En mi caso, que fui de Argentina a Europa, eso me permitió leer el mundo de otra forma.
Y en el proceso creativo de un diseñador, eso es oro. Que las personas con las que vas a colaborar piensen críticamente es valioso. Mi mirada tiene que ver con que vengo de la cultura del litoral, donde todo tiene sentido, ¿viste? Los colores, las texturas y los gestos cuentan su historia. Hay cultura, tradición, y eso abre diálogos nuevos.
Cada vez más personas te ven como un referente de estilo. Si tuvieras que definir tu ready to wear diario con tres conceptos, ¿cuáles serían?
– Sería simple, pero con prendas que generen impacto. Un suéter, un blazer definido, camisas, cosas que digan “ahí viene Gastón”, no tan caras. Siempre visto ropa bien económica, pero con identidad y siluetas. Uso varios accesorios. Me encantan los colores neutros, pero también mezclar. Por ejemplo: todo un outfit negro con un cinto superrojo (que hago con una corbata encima, o sea, reciclo todo). Uso lo que tengo en el armario.
No necesito comprar ropa nueva, voy mezclando lo que hace falta. Una vez que uno tiene identidad, estilo, no necesita comprar mucho. Sabe lo que se va a poner; la prenda que adquiere hoy, la va a lucir en diferentes outfits.
¿Quiénes son tus mayores referentes, tanto en la industria de la moda como en la vida personal?
– Me encanta Claudia Rivera, una chica de ascendencia peruana que vive en Francia y lleva esa moda por las calles. Me parece icónico y revolucionario, porque muestra que, sin importar dónde estés, podés amar tus raíces. Eso me motiva muchísimo a seguir haciendo lo que hago. Está Valentín, de Noruega; me encanta cómo se viste.
También admiro a Alessandra Yupanqui, una activista que expone la cultura peruana desde dentro, lo originario e indígena, y defiende los derechos de estos pueblos.
En cuanto a estilo de vida, me inspira Rolón por su sabiduría. Aspiro a llegar algún día a su nivel de conocimiento y claridad mental para dar consejos así. Eso solo se logra con un camino recorrido. De Argentina, admiro a la creadora de contenido y modelo Anabel Sánchez. Es muy inspiradora porque empezó desde abajo, se formó en redes sociales y hoy está muy bien posicionada en el mundo de la moda.
Espiritualmente, uno de mis mayores referentes es Jesús. Creo que nos enseña a amar sin condiciones, a amar lo que uno tiene sin pensar en el resultado.

Como influencer, tu vida parece un constante movimiento. ¿Qué es “casa” para vos y qué es lo que más extrañás cuando estás lejos?
– Los aromas y la comida son los que me hacen sentir en casa. Si experimento nostalgia, recurro a la comida. Me cocino polenta, chipa cuerito o cosas típicas de mi provincia, mi pueblo, mi país, algo que mi mamá o mi abuela me prepararían. Eso me conecta con mis raíces, mi centro, mi ser, porque me hace recordar mi infancia.
Y también los olores: perfumes o, por ejemplo, el aromatizante líquido para el piso, porque me recuerda mucho a las verdulerías, los kioscos y los boliches de mi pueblo. Eso siempre me trae momentos de mi vida: “Ay, ese perfume usaba mi maestra, ese otro perfume usaba mi mamá, ese aromatizante tenía el verdulero en la esquina”.
Cada vez que busco volver a mi ser, recurro a la comida y a los olores.
Muchos migrantes encuentran refugio en sus raíces, ¿cómo mantenés vivo el vínculo con tu comunidad y cómo te ayuda a no perder el piso?
– Crear contenido me hizo mantener el vínculo con mis raíces; aunque tenía amistades hispanohablantes, eran de otros países sin el mismo contexto… Si les hablaba del póra o el luisón o el pombero, no iban a entender, porque no vivieron esa parte.
Crear una comunidad me ayudó a no estar solo, a encontrar personas que entienden por lo que paso y el contexto del que hablo. Siento que somos una familia, porque nuestra relación es diferente. Tengo amigos influencers que no gozan de esa cercanía con sus followers; para mí, ellos no son seguidores, sino más bien familia.
Siempre estamos hablando, comentando, e incluso ellos me enseñan un montón. Aprendo guaraní, nuevas creencias, culturas y puntos de vista sobre nuestra historia.
¿Cómo lográs equilibrar la presión de las redes sociales con la búsqueda de autenticidad? Y en ese balance entre lo aspiracional y lo cotidiano, ¿cuál es el mensaje principal que querés que tus seguidores se lleven?
– El equilibrio aparece cuando uno deja de ver las redes como un escenario ficticio y las convierte en una extensión honesta de quién es. Porque la presión siempre está ahí: quién tiene más seguidores, más visibilidad. Eso es constante, pero yo no dejo que marque mi identidad. Sigo siendo quien soy, sin importar cuántos seguidores tenga. Te trato igual si sos buena persona conmigo. Eso no define lo aspiracional.
El mensaje que espero dar es que no hace falta convertirse en otro para aspirar a más. Se puede soñar en grande sin dejar atrás el origen, las creencias, la cultura, el idioma.
La autenticidad nunca está peleada con el crecimiento; es lo que lo hace sostenible. Si uno es auténtico, no le importa si las tendencias pasan, pues no necesita vivir de ellas.

Miles de jóvenes en comunidades rurales te ven como ejemplo. ¿Qué les dirías a quienes tuvieron que migrar por no hallar oportunidades en sus lugares de origen?
– Migrar no significa borrarse. La identidad no se pierde por cambiar de lugar. Uno puede mantener su cultura, creencias y tradiciones. Eso solo se pierde cuando nos avergonzamos de lo que somos. Venimos de comunidades con un fuerte sentido de pertenencia. El nombre, las historias y los gestos cotidianos nos forman, y eso no desaparece al cruzar una frontera. Siempre llevamos nuestra cultura con nosotros.
Migrar puede ser una forma de expandirse. Les diría que no teman evolucionar sin traicionarse. Debemos cambiar constantemente, pero nunca olvidar quiénes somos y de dónde venimos. No hay que intentar encajar si eso borra el origen. Uno debe destacar gracias a eso. Yo soy guaraní y hablo guaraní. Crecer no es dejar atrás quién sos, sino animarse a serlo en otros lugares.
Si mirás atrás, a ese Gastón que recién empezaba, ¿qué consejo le darías para navegar en este mundo sin perder su esencia?
– Le diría que no se apure. Llegar a la cima lleva tiempo y preparación. Que sea caradura, que golpee puertas y pregunte, que no le tema al «no», porque a veces construye más honestamente que un «sí» vacío. Que se capacite y prepare. El día que esté listo, la vida, el universo y Dios le darán lo que busca. Y que nunca se olvide de quién es: su identidad, su impronta, su personalidad, lo que lo hace único. Que no se frustre, que siga adelante con perseverancia, aunque tarde más.
Finalmente, ¿cuál es el próximo gran sueño que querés cumplir, ya sea frente a la cámara o dentro de tu comunidad?
– Mi próximo gran sueño es estar en Vogue. Es lo que más anhelo. El día que pase, voy a explotar de emoción, porque es por lo que vengo trabajando para que Dios me diga: “Listo, Gastón, este es tu momento. Te doy la oportunidad de dar lo mejor de vos”.
Eso abrirá camino para mucha gente y demostrará que, aunque seamos del interior, “del monte” como dicen muchos, también podemos aspirar y lograr algo enorme.
Quiero ayudar a mi comunidad. Llegar lejos para que se abran puertas y compartirlas. Llevar conmigo a otros con talento que no son escuchados. Darles la oportunidad, decirles: “Mirá, esta puerta se me abrió a mí y la quiero compartir contigo”. Así, cumplir nuestros objetivos juntos.
Desde Corrientes hasta Alemania, Gastón convirtió su herencia guaraní en el núcleo de su ser, su estilo y su mensaje. En una industria que a menudo prioriza la imagen efímera, él elige la autenticidad. Lleva consigo la lengua, las tradiciones y la calidez de su comunidad, para mostrar que la identidad es un patrimonio que no se pierde al cruzar una frontera, sino que se puede fortalecer y compartir.




Sin Comentarios