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El niño: Parte II

Los peligros del suelo

Impulsado por corrientes cada vez más cálidas en el Pacífico, el fenómeno de El Niño avanza a su etapa más crítica. Tras conocer sus orígenes oceánicos, en esta entrega bajamos la mirada para observar el suelo e intentar responder cómo reacciona ante el exceso de agua, cómo afecta al campo y, por ende, el sustento de todo un país.

Por Eve Benegas

En la primera entrega de esta serie vimos el ori­gen del fenómeno. Un breve repaso: cada dos a siete años, los vientos alisios que empujan las aguas cálidas del Pacífico hacia Asia y Australia se debilitan, y ese frente tibio regresa a Sudamérica. El océano calienta el aire, se forman más nubes y cambia el mapa de lluvias del planeta.

Para Paraguay, la tendencia histórica es de más agua de lo habitual en primavera y verano, sobre todo en el centro, sur y este de la región Oriental. Eduardo Mingo, director de Meteorología e Hidrología, advirtió que los acumulados mensuales superarían entre un 30 y un 50 % el promedio, con episodios de más de 100 o 150 milíme­tros en menos de 24 horas. El fenómeno ya está presente desde la segunda quincena de julio, pero sus efectos más intensos se esperan entre noviembre y enero.

Cuando llueve, casi siempre miramos hacia arriba: el cielo, las nubes, los relámpagos. Sabemos que ante una precipitación intensa o granizo están en riesgo nuestros tejados y parabrisas, pero casi siempre los embates los recibe el suelo.

La esponja

El suelo no es simplemente tierra, es una mezcla de arena, limo y arcilla, con materia orgánica, además de millones de microorganismos y, entre todo eso, huecos o poros. Por ahí circula el agua y el aire que necesitan las raíces; su estructura define cuánta lluvia se infiltra, cuán­ta se almacena y cuánta se drena.

La geóloga Ingrid Godoy, divulgadora científica, nos pide que imaginemos a la tierra como una esponja: si le echamos agua de a poco, la absorbe sin problema, pero si ya está muy empapada, el líquido que llegó de golpe no tiene dónde ir y se escurre. “Hay suelos que infiltran con mayor facilidad y otros donde pasa lentamente. También influye si el lugar es bajo, tiene pendiente o venía acumu­lando lluvias previas”, aclara.

Los suelos arenosos filtran el agua rápido, pero retie­nen poco; la arcilla la almacena mejor, pero la deja ir con lentitud. En perfiles estudiados en Caaguazú predominan las superficies con buena proporción de arena, suscep­tibles a la erosión y al lavado de nutrientes; en Itapúa y parte de Alto Paraná, en cambio, abundan las arcillosas, más resistentes. El impacto depende del terreno. “Incluso dos lotes vecinos pueden tener distintos terrenos, rocas y profundidades del agua subterránea”, explica Ingrid.

¿Puede el suelo dejar de absorber?

Sí, y por tres razones, según Godoy. Primero, si la lluvia es tan intensa que cae más rápido de lo que puede recibir, porque deja pasar agua despacio o ya está saturado. Eso no significa que el líquido deje de moverse bajo tierra, sino que lo hace más lento de lo que llega. Lo que sobra se acumula o corre por la superficie hacia zonas bajas.

La urbanización desordenada y el sellado del suelo empeoran la capacidad natural de drenaje y absorción de la tierra. Cuando reemplazamos un patio de tierra por cemento o asfalto, el agua que antes podía entrar empieza a correr hacia otro lado.

Hagamos las cuentas. Un milímetro de lluvia equivale a un litro de agua por metro cuadrado. Un aguacero de 100 milímetros descarga, entonces, unos 100 litros por metro cuadrado en un lote de 10×30 m: son unos 30.000 litros en menos de un día, pero pueden ser más o menos dependiendo de la composición del suelo. “Si esa imper­meabilización ocurre en muchas propiedades y calles, ese líquido que no se infiltra va a los desagües y arroyos, y llega más rápido. Si el drenaje no alcanza, se acumula y se desbordan los canales. Además del espacio construido, importa que los cauces y registros estén libres de obstruc­ciones”, manifiesta Godoy.

En estas condiciones corren muchos raudales conta­minados que arrastran todo a su paso. Preocupa el estado de los pozos y la calidad de la recarga de los acuíferos. “El suelo retiene algunos contaminantes, pero no podemos confiar en que siempre va a limpiar todo. En Central hay más riesgo de infiltración de patógenos, por la cantidad de población y lo que eso acarrea, pero en zonas rurales también existe ese riesgo por escorrentía o escurrimiento. Tampoco significa que todas las fuentes de agua se vuel­ven tóxicas cada vez que llueve”, advierte la geóloga.

Conocemos el problema de los raudales, también hay que considerar las inundaciones por desborde de los ríos. Son situaciones diferentes y necesitan evaluarse de manera diferente

Ingrid Godoy, geóloga.

La profesional admite que desde su área lo que más preocupa es lo que pasa cuando esas lluvias encuentran terrenos muy anegados, cauces obstruidos o lugares don­de el agua no tiene una salida adecuada. “Conocemos el problema de los raudales, también hay que considerar las inundaciones por desborde de los ríos. Son situaciones diferentes y necesitan evaluarse de manera diferente”, expresa Ingrid.

Riberas y caminos

Cerca de un arroyo o río, la corriente puede llevarse la tierra que sostiene la orilla, la barranca pierde apoyo y se desprende. En una ladera, el agua del terreno facilita que el suelo se deslice. Godoy enumera señales de alerta: grie­tas en el piso, áreas que se hunden, árboles o postes que se inclinan, nacientes que brotan donde antes no había, grietas en viviendas o puertas que de repente se traban. Si aparecen, hay que avisar a las autoridades, porque algunas fallas ocurren muy rápido, sin aviso.

Esa preocupación la aplica a caminos y puentes: la socavación o desgaste del terreno ocurre cuando la corriente o raudal retira el material que sostiene una estructura y debilita sus cimientos aunque la parte visible parezca intacta. “Como criterio de evaluación, priorizaría los cruces sobre ríos y arroyos, los accesos y los sectores donde el agua se concentra sobre materiales fácilmente erosionables”, dice Godoy.

Dos realidades en el campo

¿El Niño es una mala noticia? Depende de quién res­ponda y qué suelo pise. Los años Niño han sido relativa­mente buenos para el cultivo extensivo de soja del país a nivel histórico, a diferencia de los años Niña, como 2022, marcado por la sequía. En Itapúa, productores ya nivelan terrenos y ajustan medidas para evacuar el exceso de agua.

Pero no es la misma realidad para el sector campesi­no. Genaro Ferreira, coordinador del Consejo Directivo de la Asociación de Productores Orgánicos (APRO), señaló que el miedo es siempre el perjuicio que causaría a los cultivos y las pérdidas económicas que generaría, ya que el exceso de humedad y las lluvias atípicas ocasionan destrozos. “Con los raudales, llueve demasiado en poco tiempo. Si no se tiene coberturas y un buen drenaje o un muro alrededor de las fincas, afecta gravemente”, expone.

Ferreira dice que la alteración climática afecta a todo tipo de sistemas de producción, no solo a la orgánica, más a la agricultura familiar campesina: “Se planta a pequeña escala y sin la infraestructura básica por lo menos, como invernaderos”. Hay comités de labriegos con los que trabajan que tienen pequeños invernaderos semilleros, no así para producir bajo techo. La mayoría dispone solo de mallas tipo media sombra: “No hay mucho que pueda hacer el productor si no dispone de infraestructura”.

Por su parte, el secretario de la Federación Nacional Campesina, Marcial Gómez, expone las preocupaciones del sector ante el fenómeno: “La llegada del Niño ha’e peteĩ demostración del desequilibrio absoluto del tema ambiental. Las adversidades climáticas cada vez más oafecta la producción nacional”.

La familia campesina, en gran medida depende de su autoconsumo. La ikokuépe oproducíagui okaru, ha upéi parte del excedente ovende ocubri haĝua otros gastos

Marcial Gómez, secretario de la Federación Nacional Campesina.

Gómez describe lo ocurrido en Caaguazú: granizadas recientes arrasaron maíz, sandía, cebolla y maní, y él mismo perdió un invernadero. Sin semilla para replantar, por ejemplo la de mandioca, la recuperación se com­plica. “Ore tuicha la preocupación roguereko porque evidentemente la nde producción oñehundipáramo, eproduci hag̃ua oreko todo un costo”, cuenta Marcial. La producción hortícola, por ejemplo, tiene mucha inver­sión, necesita de infraestructura como medias sombras, invernaderos, sistemas de riego. “Péa peteĩ amadau mbarete ohundi paite, ¿ha e recupera hag̃ua? Muy pro­blemático para el campesino ha la Estado iolado ndaipóri ninguna posibilidad de por lo menos oñe repone hag̃ua la pérdida del pequeño productor”, reclama.

Perder una zafra para un trabajador del campo signifi­ca muchísimo, porque además de la parte económica, se enfrenta a la pérdida de producción de su propia comida. “La familia campesina, en gran medida depende de su autoconsumo. La ikokuépe oproducíagui okaru, ha upéi parte del excedente ovende ocubri hag̃ua otros gastos, como luz, agua, teléfono, la moto, la escuela, tema de salud”, manifiesta.

Por eso, recomiendan diversificar y sembrar escalona­damente: “Rome’e orientaciones a la familia campesina para garantizar producción de huerta: no plantar todo en una vez las semillas, ikatu hag̃uaicha ojejapo en varios meses la plantación, ojediversifica haguã los rubros, ikatu haguãicha oñeñoty michimimi en varios momentos”.

Además, enfrentan la dificultad de preparación de suelo, la disponibilidad de semillas, la falta de acompa­ñamiento técnico e insumos. Desde la federación piden un seguro agrícola público para pequeños y medianos productores, créditos blandos, asistencia.

En el campo, el golpe también llega por caminos vecinales. Gómez denuncia que las lluvias intensas los destruyen y dejan aisladas a las comunidades, además de escuelas con techos rotos. Y destacó el apoyo de los vecinos: “Evidentemente la solidaridad en el campe­sinado ha’e peteĩ elemento muy importante ante la destrucción de viviendas, de la producción oñopytyvo la gente. En mi comunidad, en la última granizada heta techo oñembyai. Inmediatamente roñembyaty, roñeor­ganiza, rocolabora oñondive”.

El Niño no se puede evitar, pero el efecto que tendrá en los suelos y la vida del sector que trabaja con la tierra va a depender de nuestra capacidad como país para tomar las decisiones correctas. Paraguay se encuentra ante el desafío de demostrar que la anticipación y el cuidado son las mejores herramientas para amortiguar el golpe del coloso climático. Quedate atento a las próximas ediciones, que todavía seguiremos hablando del impacto de este fenómeno a nivel local.

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