Arlequín: El legado vigente de José Luis Ardissone
En mayo del 2024, el país dijo adiós a uno de los pilares del teatro nacional. Pero Alejandra y Pablo Ardissone, además, se despidieron de un padre, un colaborador cercano y el director de la institución que llevan adelante hasta hoy: el Arlequín. En el marco de este importante aniversario, los hermanos se sientan con Pausa para hablar de su más reciente puesta —un hermoso homenaje a José Luis— y el rol del arte en el proceso personal de sanación.
Por Patricia Luján Arévalos. Dirección de producción: Camila Riveros. Fotografía: Fernando Franceschelli.
José Luis Ardissone (1940-2025) nunca vio al teatro como un espacio de recordación del pasado, sino como algo vivo, nos explica su hijo Pablo. Empieza esta entrevista con un mantra que tiene muy claro: “La mejor manera de recordarlo es no detenerse mucho a contemplar lo que hizo, sino seguir creando. Y como decía la Madre Coraje, hay que seguirla y no aflojar. Ese es el lema que nos permitió llegar hasta hoy”.
Y seguir creando fue lo que hicieron. A finales de mayo estrenaron Duendes y sueños, poesía española de todos los tiempos, puesta que forma parte de un camino que se empezó a transitar en 2024 con el proyecto Poesía, de José Luis, y el estreno de En las calles de la memoria, enfocado en autores paraguayos. En 2025, la mirada se volcó a la región con De norte a sur, en la palabra. Poesía de América Latina.

“Hasta el año pasado, papá participó muy activamente en ambos procesos. En el primero, de principio a fin, desde la dirección y con presencia en todas las funciones”, recuerda Pablo. Para la segunda parte, formó parte de la selección de poemas y la estructuración del espectáculo, pero su partida llegó antes que el estreno y fue ahí cuando su hijo tomó el lugar que era suyo: en la palabra.
Este cierre del recorrido iniciado por José Luis no contó con su presencia física por primera vez, aunque eso no implica su ausencia: “De alguna forma, estuvo presente. En el espectáculo hay emoción, recuerdos compartidos a lo largo de todos estos procesos y, por qué no, mucha alegría por hacer lo que, de verdad, es una pasión para nosotros. Además, en este espectáculo y los anteriores, el equipo artístico se repite, entonces hay mucha vida compartida con varios de los componentes de la trilogía”.
El hilo conductor, desde el principio, es el amor por la palabra, y cada puesta está conectada a la otra por la estructura: música en vivo y “un poco de actuación”, dice Pablo; porque se trata de un espectáculo semimontado, es decir, una parte se dice de memoria y en otra se asume la lectura.

Duendes y sueños fue tanto el resultado de una exploración como la necesidad de conmemorar la partida de José Luis. “De alguna manera, sabemos que la poesía es un tema que a él le hubiese encantado explorar. Yo creo, y espero no equivocarme, que hubiese querido, inclusive, participar. Concretar este espectáculo fue, también, terminar el camino que él ayudó a iniciar. Es lindo pensar que continuamos un proyecto en el que, si bien no estaba del todo pulido, él sigue vivo”, puntualiza Pablo.
Un elemento trascendental
Una característica que hila y conecta los tres capítulos de Poesía es la música en vivo. “Es fundamental, tiene una energía muy particular. Así como en el teatro, si bien la melodía es la misma, cada función es distinta finalmente”, explica Pablo.
Nicolás Roig González asumió un rol clave en Duendes y sueños porque son su voz y su guitarra las que dan esa dimensión adicional a la obra. “En este caso, Nico vive la historia y va conectándose con el público, y se siente esa interacción entre audiencia y artista. Por eso, es totalmente distinto a hacerlo en vivo que grabado”, acota Pablo.

Una mano invisible
Alejandra Ardissone, la otra gran pata sobre la que se sostiene el Arlequín, siente un cambio real y palpable en el trabajo diario. “Papá siempre se encargó de elegir las obras a representar. En algunos casos nos pedía nuestra opinión, y en varias ocasiones se hicieron puestas que yo personalmente no las hubiera elegido; pero si él quería llevarlas a escena, se hacían”, recuerda.
Con él trabajó siempre muy de cerca el vestuario de cada puesta: “Era mi partner perfecto, hacíamos una excelente dupla. Hoy, principalmente Pablo es el que busca y analiza las obras que se van a llevar a escena, aunque mi opinión también cuenta”.
“Se involucró en todos los aspectos de la vida del teatro”, reflexiona Pablo, y agrega que “tenía la capacidad de ocuparse de proyectos grandes, del día a día o, al menos, de tratar de articular desde donde podía todas las cosas. El teatro fue cambiando a lo largo de los años en la historia de Arlequín; lo que antes se resolvía más fácil, se hizo complejo. Pero él siempre quería estar al tanto, aunque sea desde la información”.
Un espacio donde José Luis se lucía era la escenografía, departamento que lideraba él exclusivamente. Desde el año pasado, es responsabilidad de Alejandra. “Creo tener criterio también en esa área, con mi base de arquitectura y por haber sido parte de cada trabajo suyo”, explica ella.

“Con su partida hubo cambios. Es un proceso desafiante, pero lo vamos transitando y vamos aprendiendo, para tratar de fortalecernos y crecer”, comenta Pablo.
Uno de los principales cambios en estos meses desde la partida de José Luis se materializó este año con la presentación de producciones de otros grupos e, incluso, coproducciones. Una de esas puestas fue Nunca estuve en Dublín, que permaneció varios fines de semana a sala llena, y de cuya producción formó parte el Arlequín.
“Yo diría que en todas las partes del proceso se siente la mano de José Luis Ardissone. Sabemos cuáles son sus criterios y lo que él quería mostrar al público. Los dos hicimos escuela a su lado. Aunque Pablo y yo tenemos nuestros gustos y procesos personales, el espíritu de papá está en todo”, puntualiza Alejandra. Pablo lo confirma: “Si hablamos del proceso artístico, hablamos del respeto por el público, la exigencia de los proyectos que presentamos, el cuidado de los detalles, la actitud ante cada función, el dar siempre lo mejor. Creo que después de tantos años —finalmente, todos los involucrados estamos trabajando hace mucho—, hay cosas que ya forman parte de nuestra manera de ver el teatro”.

Alejandra y Pablo no buscan emular lo hecho por José Luis Ardissone a lo largo de décadas de trayectoria. Para ellos no se trata de replicar sus hitos ni imitar sus gustos, sino de entender y extender su mirada, confiar en la huella que él imprimió. Al final del día, les toca transitar sus propios caminos y honrar el legado de su padre: una persona que fue capaz de sostener su vocación con trabajo, compromiso y pasión.




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