Perfil Pausa

Alejandro Servián

Alejandro es músico y cocinero propietario de la pizzería D’Alessandro.

Dos palabras que te definan: Cínico optimista.
Libro que te marcó: El Estado y la revolución, de Vladimir Ilʹich Lenin.
La última serie que viste: All Her Fault.
Un ingrediente que nunca falta en tu casa: Aceite de oliva.
Destino nacional favorito: Coratei.

¿Qué filosofía hay detrás de tu cocina?
En lo culinario, usar lo mejor de la tradición italiana. Pero no caer en el delirio que se vive allá, somos criollos. En Asunción hay una tradición pizzera de décadas que reivindicamos. En lo más amplio, desde hace un año nos convertimos en una cooperativa de trabajo. El principal objetivo es distribuir mejor las ganancias que generamos con nuestro laburo.

Los ingredientes son cruciales. Más allá de su calidad, ¿cómo elegís lo que va sobre la masa? 
El origen es importante; si es artesanal, probablemente tenga menos elementos dañinos que la industria suele introducir. Aunque no creo en el activismo a través de las elecciones del consumo —solo elige quien tiene dinero para elegir—, hemos cortado relaciones con proveedores nacionales que tienen prácticas que consideramos incompatibles con nosotros.

Fotografía: Fernando Franceschelli. Tratamiento de imagen: Beto Sanabria Britos.

¿Podrías compartir un momento que te hizo redefinir por qué hacés lo que hacés y para quién?
Una noche, casi al momento de cerrar la pizzería, un cliente que estaba cenando solo me llamó a la mesa, me agradeció por la comida y me contó que estaba ahí en memoria de su hijo que había fallecido hacía un año, con quien solían compartir lo que preparábamos. Momentos como ese me quitan del cinismo cotidiano y me ponen a pensar que hacemos algo más que alimentar a la gente. 

¿Qué mundo estás tratando de construir con tu trabajo?
Un mundo donde se busque el respeto en el sentido más amplio de la palabra y donde constantemente se busquen maneras de mejorar las condiciones de quienes lo habitan. Aunque al final del día somos una empresa que no existe en el éter, las ganancias no pueden ser el principal criterio de crecimiento.

¿Cómo inició tu camino en este oficio?
El abc de la cocina lo aprendí los domingos de ambos lados de mi familia, comida hecha sin escatimar trabajo para el mejor resultado. Pero la masa siempre fue un misterio aparte, porque estaba viva y variaba mucho. A los 10, con mi papá hacíamos pizzas con premezclas fáciles; con un primo de Ypacaraí preparamos las primeras “de verdad”, gracias a un libro traído por un cura italiano.

Tu postura, con todo lo que nos contás, no debe ser fácil. ¿Cómo navegás el equilibrio entre la honestidad de tu mensaje y las presiones del entorno?
Es un tira y afloje. A veces pienso: “Si digo estas cosas, se me van a cerrar estas puertas”. Pero tengo la enorme suerte de que mi trabajo es respetado, inclusive por gente que no necesariamente está de acuerdo conmigo. Eso me da una plataforma para no censurarme y defender lo que me parece importante, algo que atesoro.

¿En qué momento te tomás una pausa?
Por suerte, después de 11 años con la pizzería, tengo el privilegio de vivir un buen balance entre tiempo laboral y personal. Me encanta manejar en la ruta hacia el interior, tocar música con mis amigos y estar con mis hijos.

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