Nota de tapa

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

El hombre inmenso

El piloto que más vuelo le ha dado a nuestra imaginación y principalmente a nuestro niño interior, Antoine de Saint-Exupéry, hubiera cumplido 120 años. Hoy recordamos su legado, sus viajes y su paso por Paraguay, que no fue desapercibido.

“Otro milagro del avión es que te sumerge directamente en el corazón del misterio. Eres un biólogo estudiando, desde el tragaluz, el hormiguero humano”, cuenta Antoine de Saint-Exupéry en el libro Tierra de hombres, publicado en 1939. 

Era una persona de altura, su perspectiva era inmensa. Amigo de las nubes y compañero fiel del viento. Quizás divisar el mundo desde allí fue la clave para abrir de par en par su horizonte. 

Proveniente de una familia aristocrática, Antoine nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, Francia. Era el tercero de cinco hermanos y perdió a su padre a muy temprana edad, por lo que se crió rodeado de mujeres, lo que también habría contribuido a cultivar su gran sensibilidad. 

A los 12 años Sanit-Exupéry tuvo su primer acercamiento con los aviones, precisa el artículo Aviadores del desierto. Aventura y viaje del capitán Rafael Martínez Esteve en el Hamad jordano-iraquí, de Joaquín María Córdoba. Era verano y fue con su familia al Château de Saint-Maurice, castillo que era propiedad de la tía de su madre. Quedó fascinado ante el descubrimiento del campo de aviación de Ambérieu-en-Bugey, donde se fabricaban y probaban los primeros aeroplanos. 

Era una persona de altura, su perspectiva era inmensa. Amigo de las nubes y compañero fiel del viento. Quizás divisar el mundo desde allí fue la clave para abrir de par en par su horizonte.


“Con su hermana Gabrielle se metía entre obreros y mecánicos, preguntando y descubriendo cosas maravillosas, hasta que a fines de julio de 1912, Gabriel Wroblewski se lo llevó con él en un corto vuelo que siempre recordaría deslumbrado”, menciona Córdoba. 

Al terminar su bachillerato intentó entrar a la escuela naval, pero lo rechazaron y decidió estudiar en Bellas Artes. Sin embargo, aprendió el oficio de la aviación cuando realizó el servicio militar en 1921. A partir de allí se desarrollaría su profundo romance con los cielos y las palabras. 

Es el autor de la universal obra El Principito (1943), el libro más vendido y traducido después de la Biblia. Pero también escribió otros títulos como El Aviador (1926), Correo del sur (1928), Vuelo nocturno (1931), Tierra de hombres (1939), Piloto de guerra (1942), entre otros. Varios de ellos narran sus viajes y aventuras conociendo los recovecos del planeta. 

Aventurero nato, caminaba de la mano de su niño interno, buscando comprender las contradicciones de la vida. Fue piloto de línea para una sociedad de aviación, jefe de estación aérea en el Sahara español y director de Aeroposta Argentina, filial de Aeropostale, puesto en el que tuvo la tarea de inaugurar y organizar la red de vuelos de América Latina.


Por sus 120 años, la Fundación Antoine de Saint-Exupéry preparó un ciclo de lectura online, en el que varios actores, actrices y escritores le han dado voz a los pasajes de El Principito. La actividad cerraba con un encuentro virtual para reflexionar sobre los grandes temas que abarca el autor y cómo estos se relacionan con el contexto que estamos viviendo. 

En un presente lleno de incertidumbre, como aquel en el que nació El Principito −en plena Segunda Guerra Mundial−, volver a lo esencial es más que necesario. Y esta historia podría proveernos de esas respuestas, muchas veces invisibles ante nuestros ojos. 

El propio autor no pudo dimensionar cuán enorme era el legado que dejaba, ya que murió poco tiempo después de publicar aquella obra, en 1944, haciendo lo que más le gustaba: volar. Su avión desapareció mientras iba por el Mediterráneo, probablemente un 31 de julio. Finalmente se hizo uno con el cielo. 

Paradójicamente humano  

Para Curtis Cate, uno los biógrafos del autor francés, Antoine tenía una personalidad sorprendente, muy difícil de transmitir. “¿Cómo se puede dar a conocer la magia, narrada desde una segunda voz, cuando se está hablando de un verdadero mago?”, se cuestionaba el historiador. 

Cate no llegó a conocerlo, pero realizó un profundo trabajo de investigación recolectando toda la información existente del piloto y, además, hablando con sus amigos, familiares y compañeros. 

Antoine de Saint-Exupéry: His life and times es un homenaje de Curtis a la naturaleza multifacética del autor, y cree que por esa característica desconcertó a quienes les gusta clasificar a las personas. “Era un pensador que usaba trucos de cartas, juegos de palabras, ajedrez y dibujos cómicos para enmascarar sus preocupaciones más profundas”, dice en la introducción del libro. 

Curtis también cuenta que Saint-Exupéry fue muy criticado por los intelectuales de la época por no pertenecer a las élites académicas. Sin embargo, la universalidad que consiguió el autor −que incluso sobrepasa a la de autores como Albert Camus y Jean-Paul Sartre− es suficiente respuesta para silenciar a sus detractores. 

Dicen que venía cada 15 días, trayendo y llevando correspondencia. Viajaba en un viejo avión, su motor tenía menos fuerza que el viento, por lo que hacía el trayecto
Buenos Aires-Asunción en 10 horas y media.

“Era un hombre de acción que odiaba el ejercicio, un poeta que deliberadamente le daba la espalda a la rima y se limitaba a la prosa. Era un matemático sin talento, que terminó condenando el culto a las matemáticas. Un incrédulo que quería desesperadamente creer en Dios”, describe Cate, intentando poner en palabras las paradojas del gran piloto francés. 

Según su sobrina-nieta, Nathalie Des Vallieres, Saint-Exupéry fue quien le dio alas a la literatura francesa. Ella también escribió una biografía sobre él con el título de El arcángel y el escritor. Allí narra de forma cronológica la relación de sus vuelos realizados y sus libros, cada uno de ellos nutrido de una nueva experiencia nómade. 

En una ocasión tuvo un accidente y quedó varado en el desierto del Sahara. “Cualquiera que lo haya conocido, allí donde todo en apariencia no es más que soledad y desnudez, evocará sin embargo ese tiempo como el más bello vivido”, fueron sus palabras, rescatadas por Des Vallieres. 

Hubo muchos aviadores que recolectaron sus historias, pero para sus biógrafos, nadie lo hizo con tanta belleza y profundidad como Antoine. 

Mensajero alado 

“Tanto he hablado del desierto, que ahora me gustaría describir un oasis”. Con esta frase de Saint-Exupéry comienza el documental Oasis, de Danilo Lavigne, basado en el capítulo V de Tierra de hombres, en el que el autor relata su encuentro con la espesura suramericana. 

En 1929, Antoine llegó a la Argentina, donde viviría entre el 12 de octubre de ese año y el 1 de febrero de 1931. “Vino para ocupar el puesto de director de tráfico de la Compañía Aeropostal Argentina, filial de la Compañía General Aeropostal Francesa, con la misión de controlar la red de aeródromos que ya existían en la línea a Chile y a Paraguay”, explica Clara Rivero, profesora de Francés e investigadora de la actividad del escritor en el país bonaerense, a La Nación de Argentina. 

Saint-Exupéry fue uno de los pioneros en el transporte del correo aéreo. Y parafraseando a la periodista Natalia Blanc: no se quedó sentado en una oficina, sino que piloteó los primeros vuelos entre Buenos Aires y la Patagonia para llevar cartas y encomiendas. 

Por esos años también tuvieron lugar sus visitas al Paraguay. Dicen que venía cada 15 días, trayendo y llevando correspondencia. Viajaba en un viejo avión, su motor tenía menos fuerza que el viento, por lo que hacía el trayecto Buenos Aires-Asunción en 10 horas y media. 

El periodista y escritor Efraín Martínez Cuevas asegura que su mamá, Del Rosario Cuevas, conoció al mítico piloto. “Era un hombre alto y jovial, un francés que intentaba hablar castellano. Se llevaba bien con la gente con la que se encontraba”, manifiesta Martínez en su canal de YouTube. 

Del Rosario y Saint Exupéry coincidieron en la casa del empresario don Félix Cuevas, ubicada sobre Independencia Nacional casi Azara. Allí se alojaba él cada vez que venía al país los fines de semana, mientras realizaba su noviciado. 
Dicen que le gustaba recorrer la ciudad y hablar con las personas, a pesar de su escaso español. Una vez, recorriendo la parte baja de Asunción, hacia Chacarita, se encontró con el escritor Hérib Campos Cervera. Antoine estaba en la Estación del Ferrocarril observando dos cruces que fueron colocadas allí en memoria de unos obreros que fallecieron en un accidente. Cuando Hérib se acercó, el autor francés le preguntó qué significaba aquello, y se lo explicó. Se generó un diálogo que giró en torno a la fe, el amor y la muerte.

Recién al final de la conversación se presentaron ambos. Hérib le dijo su nombre y Antoine le pasó una tarjeta, que había sacado de una billetera un poco ajada. Aquella anécdota −muestra el periodista Martínez− está registrada en la revista Ñande y data del año 1961. Fue titulada El buscador de fe. 

“Me atraía, en el Paraguay, esa hierba irónica que muestra la nariz entre el pavimento de la capital y que, de parte de los invisibles bosques vírgenes, viene a ver si los hombres mantienen aún la ciudad, si no ha llegado la hora de sacudir un poco todas las piedras. Me gustaba esa forma de deterioro que no expresaba sino una riqueza demasiado grande. Pero allí, de verdad, quedé maravillado”, expresa Saint-Exupéry, en el capítulo Oasis, de Tierra de hombres. 

La tierra que abraza e inspira

Las visitas de Antoine no se limitaron solo a Asunción, sino que también conoció San Bernardino. Hasta allí iba en auto, con su amigo también piloto Leonardo Selvetti, invitado por Hilda Ingenohl, sobrina de los Weyler, dueños en ese entonces del Hotel del Lago. 

El parque San Carlos, de Concordia, Argentina, también realizó actividades conmemorativas por medio de sus redes sociales para recordar a Antoine. Para las autoridades es muy importante valorar la inspiración que encontró el autor en aquel sitio, incluso cuentan con un monumento del pequeño príncipe. Como parte de ese festejo, inauguraron un Buzón de valores del Principito, en el que los niños y niñas pueden dejar mensajes que le enviarían al personaje o al autor.

Hilda también era piloto, una de las primeras mujeres aviadoras de su época. La llamaban Tigresa, por rescatar animales de la caza. Se habían conocido en Francia y sellaron su amor en el Hotel del Lago, a orillas del lago Ypacaraí. 
Conforme los datos del hotel, hay dos registros oficiales del hospedaje de Antoine. En un reportaje realizado por el periodista Andrés Colmán Gutierréz, el gerente del alojamiento, Gustavo Codas, afirma que a ella le gustaba estar en la suite 14, que desde hace varios años lleva su nombre y está decorada con fotos y recortes de ambos. 

Fue también en San Ber en 1928, narra Sindulfo Martínez en el libro Hombres y pasiones, donde un alemán de nombre Walter Bawer, conocido por leer las manos y tirar las cartas, le adelantó a Antoine su fructífero futuro con la literatura; él, escéptico siempre, le respondió riendo: “Cómo puedo ser famoso por la literatura, si apenas soy piloto”. 

Sin embargo, en su interior ya se estaba gestando la que sería su más grande regalo a la humanidad. Y fueron aquellas tierras sudamericanas las que lo abrazaron y sacudieron profundamente. 

“De acuerdo con el relato de una bisnieta de Saint-Exupéry, el conocido dibujo del elefante dentro de una boa está inspirado en el cerro Patiño”, refiere Codas, señalando que viniendo de Altos a San Ber, el cerro parece más grande, y a medida que vas bajando, se constriñe como la boa. 

De acuerdo con el relato de una bisnieta de Saint-Exupéry, el conocido dibujo del elefante dentro de una boa está inspirado en el cerro Patiño

Gustavo Codas

A Martínez le gusta creer en esa historia. Sueña con que su mamá, Del Rosario, fue una de las personas que lo observaron escribiendo debajo de un yvapovõ asunceno algunas líneas del tan querido Principito. 

“Volaba bajo por Paraguay, lo conocía como a la palma de su mano. Se bajaba a descansar de tramo en tramo, sobre todo en las costas del río Paraguay. Incluso dicen que llegó a traer a su madre desde Francia para que vea los tajýes en su época de florecimiento, ya que ella admiraba mucho al lapacho”, agrega el escritor Martínez. Incluso menciona que en el aeropuerto Silvio Pettirosi hubo una placa con su nombre.  

Documentalistas e historiadores argentinos también lograron encontrar conexiones con dicha obra y lugares que visitó el autor, como el castillo de San Carlos, ubicado en la ciudad de Concordia. La prueba de ello es un artículo del mismísimo escritor en una revista francesa titulado Princesas argentinas y narra un escenario fantástico ocurrido en Entre Ríos, donde vivían dos niñas junto a su madre, que cultivaban rosas, domesticaban zorros y algunas víboras. 
Estos descubrimientos fueron recopilados por el cineasta Nicolás Herzog, en su material Vuelos nocturnos. Oriundo de Entre Ríos, compartió a la periodista Silvina Premat que desde pequeño había escuchado leyendas sobre aquel castillo. Además, en su trabajo de investigación, Herzog se topó con unos audios que Saint-Exupéry grababa para enviárselos al director Jean Renoir, pues tenía interés en hacer una película con todo lo que estaba viendo. Sin embargo, esa idea nunca se pudo concretar. 

Eterno niño 

Curtis cree que Saint-Exupéry podría entrar en la categoría que Thomas Mann llama “hijos de los dioses”, redentor de sus padres. Pero a él no le fascinaban prototipos heroicos como Goethe o Tólstoi, sino escritores como Dostoievski y Nietzsche: “Los niños de la noche”.

Desde este 2020 se celebra cada 29 de junio el Día Mundial de El Principito, en conmemoración al aniversario de su autor, Saint-Exupéry. Este clásico de la literatura tiene 77 años y es la obra en francés más traducida y vendida del mundo.

Desde el 2015, El Principito pasó a ser una publicación de dominio público, por lo que nuevas traducciones y ediciones aparecen cada año. Hay formatos en braille, código morse y en lenguas originarias, como el guaraní. El año pasado se presentó dicha edición realizada por María Gloria Pereira, hablante nativa bilingüe castellano-guaraní. 

El pequeño príncipe también es protagonista de una adaptación feminista y con lenguaje inclusivo, La Principesa. Además, existen varios materiales audiovisuales, como The little prince, disponible en Netflix.

Probablemente el querido autor y piloto francés habrá atravesado por las transformaciones de Nietzsche, en Así habló Zaratustra, para llegar a comprender que somos infancias en pausa.

Como planteaba el filósofo alemán: el primer estadio es el camello sumiso que todo lo aguanta; el segundo es el león, corajudo y rebelde, que rompe con todo lo establecido, y el tercero es un niño. Pero, ¿por qué? El pensador responde: “El niño es inocencia y olvido, un nuevo inicio, un juego, una rueda que comienza a girar de forma espontánea, un movimiento inicial”. 
 

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